Cuadernos de un chapero
Recorrido vital de un chapero, sumiso, y pasivo, y de sus venturas e infortunios.
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Cuaderno XXXII
A la propuesta de Sal de quedar para el fin de semana siguiente le dije rápidamente que sí, y le dije también que intentaría ir lo más rápidamente posible, pero que tendría que ser el sábado por la mañana porque el viernes por la tarde tenía clase. De todas las maneras el lunes era fiesta y el fin de semana sería largo.

Uffff.....menos mal, creí que no me propondría volver a quedar
El viernes por la noche le llamo por teléfono y le digo que no podré ir tan pronto a su casa el sábado como pretendía, porque tengo otra obligación, pero que en cuanto termine estoy con él. No sé la hora pero es seguro que será pronto porque ya le estoy deseando. Estoy seguro que entiende el tipo de obligación que tengo, pero muy discreto nada me pregunta. Christian me ha llamado el viernes al mediodía mandándome a una cita ese sábado por la mañana a una casa no lejos de donde vive Sal. Para aquel entonces había aprendido lo suficiente como para saber cómo desembarazarme rápidamente de una cita o situación no deseada.

Llego un poco más pronto de lo normal a la cita en cuestión y me recibe un tipo altivo, huesudo, cuarentón, de ojos hundidos, canoso, vestido con un chándal, de esos tíos que van con esta prenda igual a sacar al perro, como a comprar el pan, o el periódico. Y tras comprar éste se pondrán el pan debajo el sobaco para poder leerlo a gusto.

Según entro en aquella casa, pongo cara de antipático, ya suficientemente ensayada, esto es, el gesto grave y torcido, el rostro ceñudo y malencarado, y mirándolo yo a él también por encima del hombro. Y desde luego en la estrategia no puede faltar algo muy importante, simular estar muy nervioso y agitado. Casi sin saludar siquiera, me desnudo y muy serio le pregunto dónde y cómo quiere que me ponga. Con esta actitud árida y aquel ceño fruncido y sobretodo, el no parar quieto ni un momento, es difícil que a alguien le apetezca conversación, o algo más que follarte. Tan borde aparento que el tío decide desnudarse rápido él también, cierra la puerta del salón y veo detrás de ella que tienen un colchón apoyado en la pared. Extraño lugar éste para tener un colchón, pienso, debe tenerlo preparado para la ocasión. Lo tira en el suelo en el medio de la estancia y me manda ponerme a cuatro sobre él con la cabeza sobre el asiento del sofá. No parece querer más prolegómenos, menos mal. Cuando veo que me va a follar sin condón y sin lubricante, decido entablar entonces con él una amable conversación:

-¿No vas a ponerte condón, tío? –le pregunto ya en posición sobre el colchón y con la cabeza mirando hacia atrás, a la vez que aprovecho a lubricarme el culo empapándome los dedos de la mano con mi propia saliva

-No, paso, me gusta más así, a pelo –me dice ya de rodillas detrás de mí, agarrándome de las cachas, y muy dispuesto, mientras me manoseaba el culo

-Tú verás, pero por mí ha pasado ya medio Madrid –le contestó muy convincentemente pero en absoluto tranquilo

-Bueno, ya será menos. Vamos a ver si en verdad ese culazo es tan tragón como me han asegurado –me responde muy chulito

-Como quieras, tío, tú mismo, pero hago esto por lo menos un par de veces al día porque necesito pelas para ponerme. Por mí ha pasado ya más gente que por el arco de cuchilleros, pero tú verás

A veces, estas conversaciones tan transcendentes y profundas funcionaban y aquel día, menos mal, funcionaron, no sólo porque el tío se apresuró a ponerse un condón, y además suyo, sino porque terminó rápido y no quiso más rollo del imprescindible, ni darse la charla, ni cigarrito, ni nada de nada. Justo lo que quería, en menos de media hora había acabado con mi obligación.

Y media hora más tarde estaba de lo más contento en casa de Sal, donde nos habíamos propuesto pasar todo el largo fin de semana sin salir de la cama, poco más o menos. Lo haríamos nada más que para bajar a comer en el restaurante chino de sus amigos. Me había prometido por teléfono una sorpresita agradable si llegaba pronto, y yo estaba a la expectativa por ello.

Y tras unos saludos efusivos y aunque me había duchado antes de salir de casa esa mañana, no pude por menos de pedirle con cara de circunstancias que me dejara hacerlo otra vez. Y Sal lo entendió. Y tras la ducha, me sentí más yo, más relajado, no sólo más limpio, me sentí como mejor, como si por el desagüe de la bañera se hubiera ido toda la podredumbre y la miseria en la que se había transformado mi vida. Parecía que quisiera engañar a los dioses, o que éstos me permitieran la ficción de creer que estar limpio de cuerpo podría equivaler a estar limpio de alma también.

A la salida de la ducha me senté en el sofá donde ya estaba sentado Sal. Ahora sí, le di un beso más profundo y sentido, más propio, y luego me tumbé y apoyé la cabeza sobre sus rodillas. Parecía que por el sumidero de la ducha se me había ido hasta el morbo y que me había relajado tanto como para dejarme como un témpano. ¿O me había enfriado el chandalero? ¿O es que me apetecía hablar? ¿O era quizá que me daba miedo que iniciase de nuevo esos juegos tormentosos que tanto le gustaban? ¿O era que tenía miedo a que me volviera a internar por aquellos caminos procelosos de la dominación y el sometimiento? Desde luego ganas de hablar tenía. Y hablamos, y hablamos, y hablamos sí, y me encantó hacerlo.

-Entonces, dices que en el sexo te gusta hacerlo de manera poco convencional. Pasas de hacer lo que hace todo el mundo. Prefieres hacerlo de una manera que se salga de lo normal, en el límite. ¿Es así?

-Bueno, no sé qué es lo convencional, ni tengo muy claro lo que se tiene por normal. Por no saber, ni siquiera sé cómo se lo monta la gente, lo que hacen normalmente. Ni sé las fantasías más comunes que la gente tiene, ni lo que ésta sueña con hacer, aún cuando nunca haga.

-Pero te pone hacerlo con un cierto grado de riesgo, ¿me equivoco? Te gusta llevar el morbo, o el orgasmo hasta un punto cercano al no retorno. Con la cera del otro día pude comprobar que esto que digo es así. ¿Es así o no?

- Pues seguramente sí. Pero te confieso que tengo muchas obsesiones, y a veces tengo cierta preocupación por separarme de lo normal.

-¿Separarte de lo normal? –me hace esta pregunta cortándome de repente y mirándome a la cara con aire sorprendido.

-Sí, tengo mucho miedo, como no imaginas, de caer en alguna conducta sexual desviada o extraña

-¿Conducta sexual desviada o extraña? Pero qué dices, tío –esta pregunta ya me lo hace dando un grito, que no deja de sobresaltarme, y levantando la voz y gesticulando mucho con las manos.

-¿Qué pasa? ¿He dicho algo raro? –le miro sorprendido porque en verdad no sé si he dicho una inconveniencia o una chorrada

-Pero chico, ¿Tú qué dices? ¿Y qué es lo normal? ¡No me fastidies¡. ¿Lo habitual? ¿Lo que hace la mayoría?

-Bueno, no sé, poco más o menos. ¿no? –le digo yo, mirándolo y agachando la cabeza porque no estoy ni medio seguro de lo que digo

-Lo que se dice normal es lo que no se separa del patrón ideal impuesto por alguien con a saber qué criterio o interés. Quizá el patrón moral de la clase social imperante en cada momento histórico. Bueno, y para qué vamos a hablar del patrón que querría imponer la iglesia.

-Ya, pero a nadie le gusta ser el raro en ninguna parte, por muy cisne que uno sea entre los patos. Primero te llamarán feo y luego cuando ya seas crecidito y vean que eres mas guapo que ellos te llamarán maricón.

-Mira, a veces lo que hace la mayoría es aburridísimo, Alejandro. Y lo que se hace con más frecuencia se puede deber a condicionamientos culturales o morales, pero no necesariamente porque sea lo mejor o lo más placentero. Por eso, siempre ha habido gente que le ha gustado explorar nuevos mundos, nuevos horizontes, hacer cosas diferentes y eso, obviamente, queda fuera de la normalidad.

-Yo quiero ser de ésos. Quiero probarlo todo y disfrutarlo todo. Hay cosas sin las que no me gustaría morir, sin haberlas experimentado antes. Hay cosas que me gustaría conocer y disfrutar, al menos, una vez en la vida.

-¿Qué cosas?

-Pues qué cosas van a ser, tío, las que producen gusto y placer, coño. ¿Qué cosas, dice? Primero, las cosas que te emocionan y conmueven desde luego, que uno es una persona sensible. –se lo recalco por si no se ha dado cuenta

-Bien, eso está bien porque es un requisito necesario. Para poder disfrutar de las cosas es imprescindible ser sensible, tener capacidad de percibir las sensaciones que recibas, si no, vamos listos.

-Luego están las cosas que te asombran, las que te impresionan, las que te deslumbran, en definitiva las cosas por las que uno se queda fascinado aún cuando no sepa muy bien explicar porqué. ¿Sabes lo que quiero decir?

-Te entiendo, sí. La capacidad de asombro es imprescindible también. ¿Qué más cosas quieres probar?

-Y luego están todas aquellas cosas relacionadas con la pasión y el sexo. La concupiscencia carnal que me decían los curas en el hospicio. Esas sí, que no me las quiero perder, porque son las que más fácilmente nos hacen vibrar. Sí, no me gustaría morirme sin probarlo todo en el sexo.

-Sí, las cosas relacionadas con el amor y el deseo son las que más nos ayudan a sentirnos vivos, y tienes razón en lo de vibrar. Pero no estamos aquí para vibrar, tío, porque eso por sí sólo no nos daría gusto alguno. Es la satisfacción de los deseos lo que nos produce placer y por el placer podemos llegar a la felicidad. Eso decían los epicúreos al menos.

-Sí, supongo que a eso se reduce todo a conseguir la felicidad

-Luego venían los otros, los estoicos, a amargarnos la existencia diciendo aquello de que hay placeres que producen después de su satisfacción mayor dolor que el placer original, y que por tanto debemos pasar de éstos porque nos producen desasosiego e intranquilidad. –a mí, es esto justamente lo que me pasa cuando me sacan a relucir a los griegos, asi que hábilmente hago un cambio de tema del que salgo airoso.

-¿Y sabes qué? ¿Sabes otra cosa que no me gustaría perderme?

-¿El qué?

-Viajar. Visitar todas las maravillas que hay en el mundo, sobre todo los grandes paisajes naturales. No tanto los grandes monumentos humanos, que también, como la naturaleza. Me gustaría visitar el Masaimara y el Serengueti, el cráter del Gorongoro, el desierto del Kalahari y la desembocadura del Okabango, el Amazonas, los fiordos noruegos……

- Vaya, vaya. Con todo lo que oigo, veo que el niño me ha salido hedonista, ¡Qué barbaridad¡

-Puede. -le contesto riéndome pero metiéndome yo solito otra vez en el atolladero griego -No me parece una mala filosofía ésa. Buscar el placer por el placer sin hacer ningún mal al prójimo no me parece una mala cosa. El placer debería ser más importante para los hombres que todos los dioses juntos -le contesto muy enfático y clavando la respuesta.

-Muy buena reflexión, sí señor. ¿Y qué más te gustaría experimentar? –me inquiere ahora poco persuasivo

-¿Porque me haces tantas preguntas? ¿A dónde quieres ir a parar exactamente, tío? –a pesar de estas preguntas como respuesta, ya le he contestado a todo. Estoy sorprendido de mi propia osadía y de la confianza que ya me merece Sal, a pesar del poco tiempo que ha transcurrido desde que le conozco.

-No quiero llegar a ningún sitio en particular. Lo que quiero, sencillamente, es que disfrutemos juntos, que experimentemos juntos, que nos conozcamos mejor, y que nos arriesguemos juntos.

-Yo también quiero eso contigo. ¿Pero que nos arriesguemos a qué? No me conozco mucho a mí mismo y lo poco que me conozco no creas que me gusta mucho. No estaría mal conocerme un poco más. No, seguro que no me vendría mal. Lo poco que tengo claro es que muy normal no me parezco. Vamos, creo. Quien sabe, a lo mejor contigo me aclaro algo.

-¿Quieres ser mi esclavo? ¿Quieres ponerte en mis manos? ¿Quieres entregarte a mí? ¿Quieres que yo te lleve por alguno de esos senderos pocos convencionales en busca del límite para ver hasta dónde eres capaz de acercarte? –me espeta todas estas preguntas de golpe, de corrido, en toda regla, dejándome casi sin palabras. Tras un rato de titubeos, le pregunto

-¿Qué me dices, tío? ¿Qué me harías? ¿Ponerme algún collar de perro en el cuello y apretarlo hasta cortarme la respiración? –le pregunto yo también, como desbocándome, una pregunta tras otra

-¿Cómo? ¿Crees que eso es poco habitual? Vas tu lista

-Pero sí, ya te veo, quieres cortarme el oxígeno al cerebro mientras follamos para que alucine y vea cosas, ¿no? y cerca del orgasmo ya, abrirme la bolsa de plástico de la cabeza de golpe y conseguir que vea el rayo verde. ¡A que sí¡. ¿Es eso verdad? Creía que era un mito

-Te pregunto otra vez: ¿Quieres ser mi esclavo? ¿Quieres hacer todo lo que yo te ordene? ¿Estas dispuesto a recorrer y a experimentar conmigo alguno de esos caminos como el del otro día con la cera? Lo hiciste muy bien. ¿Quieres entregarte a mí? O, no. ¿Quieres recibirme?

-Me das miedo, tío, cuando te pones en este plan es que te temo, pero claro que sí. Tengo alma de esclavo, eso desde siempre lo he sabido, y lo que es más tengo alma de víctima. Me está subiendo cierto escalofrío por la espalda sólo de oírte hablar así y si me dejas me gustaría demostrarte lo esclavo que puedo ser

-Bien, vamos bien. Sí, el miedo es necesario para todo esto, es uno de los ingredientes necesarios, entre otros. Cuando alguien tiene miedo se le domina mucho mejor –y mirándome fijamente sin pestañear me vuelve a decir -Entrégate a mí

-Tío, me excita mucho lo que me dices. Pero de verdad que me das miedo ¿qué quieres hacerme? ¿Atarme y pasarme las puntas de tus afilados cuchillos o tijeras por todo el cuerpo? ¿Pincharme con ellos? –sigo desbocado

-Paso de ataduras. Prometo no atarte, Alejandro

-¿Seguro que con el rollo de los chinos y lo del músculo aquél conoces los puntos acupunturales, que dicen que si los pinchas con agujas o cuchillos adecuados puedes correrte sin tocarte la polla? ¿Es eso verdad?

-Mis amigos chinos del restaurante con cocinar ya tienen bastante, te lo aseguro, dudo que conozcan esos puntos.

- Dicen que hay expertos acupuntores gays que se dedican nada más que a poner las agujas en esos puntos y a correr a la gente sin tocársela y creo que ganan una pasta gansa

-Pues mira tú que bien, ¡que aséptico¡

-Ya sé: ¿Quieres atarme y meterme una pistola en la boca? ¿Es eso lo que quieres hacerme? ¿no? Atarme y azotarme violentamente una vez que me veas desvalido e inerme. ¿Meterme en una jaula o mazmorra? ¿Es eso lo que quieres? Aquí no veo ninguna

-¡Y dale¡ Te he dicho que no pienso atarte, coño, relájate. Oye, no desvaríes Alejandro ¿eh?. –me corta tajante levántando la cabeza con cara un poquito de alucinado, aunque nada parecida a la que se le quedará en un rato.

-Vale, vale. Pero relájate tú también un poco, coño, que estás pelín alterado. Tú lo que quieres es darme piquana, ¿es eso?

-¿Piquana dices? Tío, hay que ver cómo desbarras, tú, ¿eh?. ¿Supongo que referirás a alguno de esos pequeños aparatos que dan pequeñas descargas eléctricas y te hacen contraer los músculos y se te erizan todos los pelos?

-Sí, supongo que sí. Nunca he visto ninguno

-Pues dependiendo de la potencia de la descarga hace daño y cantidad, te lo advierto. Y en las zonas donde hay vello hace mucho más daño si te lo dan fuerte. Es como si te tiraran de los pelos. Y en los huevos ya ni te cuento. Con eso se ha torturado a gente no lo olvides.

-Sí, ya lo sé. ¿Pero, es algo de eso lo que quieres hacerme? o no

–Bueno, todos esos caminos los podemos recorrer si tú quieres.

-Quiero, quiero, sí y cuando tú quieras. -y Sal, como acordándose de repente de algo, incorporándose del sofá y sacándose un cojín de detrás, con la cara muy seria, me espeta extrañado

-Y por cierto, tío............. ¿se puede saber qué demonios es eso del rayo verde? ¿Qué historia es ésa? Me lo has preguntado ya un montón de veces y es que no sé qué es – y haciendo gestos raros con la cara y boca, y movimientos agitados con las manos me pregunta a continuación. –¿Pero no tiene eso que ver con la puesta final de sol en el horizonte?

-Ahhh. No sé, no sé. –le digo yo un poco decepcionado por su pregunta y alzando los hombros como signo de sorpresa –Pues un rayo de colores que dicen que se ve cuando el cerebro se queda casi sin oxígeno y justo en ese momento se alcanza el orgasmo. O se alcanza el orgasmo justo porque se ve el rayo dichoso, no sé. Me han dicho que hay gente que se tapa la cara con bolsas de papel y plástico y respiran dentro de ellas mientras les follan o le excitan sexualmente y cuando están a punto del orgasmo, pues....., pues......., pues eso....... que alcanzan el éxtasis, yo que sé........ dicen que tienen el orgasmo más intenso del mundo. Eso dicen no sé. Se puede decir justamente que casi mueren del gusto. –esto se lo digo ya en plan gracioso- ¿Tú no sabes nada de eso? Yo creía que sí.

-Pero, tú tío ¿qué libros lees o a qué bares vas? Mira, Alejandro, desde siempre la gente ha hecho en el sexo las cosas más raras. Déjate de piquanas y de rayos verdes. Y si quieres verlos, a la vez que tienes un orgasmo, pues procuras montártelo con alguien en la terraza o en el campo o en la playa, justo cuando se pone el sol, y así a la vez que te corres observas el horizonte.

-Sabes Sal, he oído decir también que, convenientemente atado, si te dan calor en la zona que va de los testículos al ano con un puro encendido, hecho con no sé qué hierbas machacadas, te lo pasas de puta madre y alcanzas también el orgasmo sin tocarte la polla. ¿Seguro que es eso lo que quieres hacerme? ¿A qué sí? –yo sigo a mi rollo y no atiendo a razones

-¿Te refieres a la moxibustion? ¿Qué has oído sobre ella? ¿Te gustaría recibir la moxa en el perineo mientras alguien te mantiene atado? Creo que sigues desbarrando pero a lo grande, grande.

-¿Cómo lo has llamado? –inquiero interesado

-Moxibustión. La moxibustión es la aplicación de calor en el cuerpo hecha con la raíz machacada de una hierba que se llama artemisa formando una especie de puro llamado moxa. Supe de su existencia cuando viajé al Tibet.

-¿Me darías moxibustion en el perineo? Dicen que se consiguen unas sensaciones increíbles. ¿Es todo eso cierto? Dicen que te puedes correr sin que nadie te toque la polla.

-¡Y dale¡ Pues a mí, sólo me quitó un fuerte dolor de muelas que tenía, hasta que me las sacaron ya en Madrid, y aunque desde luego ya fue bastante, te aseguro que no sentí nada en la entrepierna.

-¿Pero te aplicaron el puro ese en el perineo? o no, porque después de tu gusto por la cera, nunca sería eso un problema para tí –mi pregunta no está exenta de un poco de sorna.

-Pues no, desde luego que no. Me parece a mí, tío, que tú descarrilas. Aunque no estás falto de imaginación y eso casi siempre está bien.
-Uyyyyy, imaginación la que quieras, me sobra, de otra cosa no, pero imaginación, cantidad

-Y otra cosa.....¿se puede saber por qué tienes tanto afán en corrarte sin que te la toquen? ¿Qué obsesión, tío?

-No. Es una nueva sensación, otra manera de sentir una buena corrida, es como una estimulación desde dentro, no sé.......

-¿Pero es que no te gusta que te la toquen? o ¿qué? Resulta que te digo lo de no correrte y te extrañas. Pero más extraño me resulta a mí que quieras correrte sin que te la toquen, cuando esto es lo mejor que hay. En fin, tu sabrás.

Y mientras me decía todo esto enfrente de mí, me metía la mano suavemente por las perneras de los pantalones cortos de deporte que me había prestado tras ducharme y me acariciaba los muslos, y cuando tuve mi rabo bien duro me los bajó dándome un fuerte tirón, y bajando lentamente la cabeza empezó a hacerme una mamada de ensueño y cuando me tuvo completamente desnudo y excitado a tope, mirándome a los ojos me volvió a preguntar

-¿Entonces, te vas a entregar a mí, o no?

Y con sus manos magreándome el rabo sólo le pude decir........... que sí, claro que sí, lo que él quisiera.
 
Cuaderno XXXIII
Y Sal preparó un porro de maría que nos fumamos entre ambos, yo aprovechándome más que él, dejándonos relajados a los dos, a mí más que a él, y buscó un paquete que me pareció era aquel que le habían dado sus amigos chinos en el resaurante. De aquel paquete sacó unos trozos de setas más secos que la mojama, puso en el fuego una de esas cazuelas para vaporizar vegetales, de varios pisos, donde puso agua en la parte inferior y echó algunos trozos en la parte superior por donde habría de pasar el vapor. Con otro trozo seco se acercó a mí:

-¿Sabes que esto? –me dice mirándome fijamente a los ojos con cara de estar descubriéndome el gran secreto de la porcelana china

-Setas secas, ¿porqué? –le digo esto extrañado porque es obvio lo que tiene en sus manos

-Son venenosos –fue oír esto y me estremecí hasta los huesos. La afirmación como es natural me dio un mal rollo de la hostia. Sé que hay setas venenosas aunque no necesariamente mortales porque en mi pueblo hay setas cantidad, aún cuando nunca las presté demasiada atención porque no me gustan, nada. Pero aún así me estremecí a la vez que un escalofrío me recorrió la espalda.

-¿Venenosos? –le digo con cara angustiada –No pensarás hacerte una tortilla, porque a mí no me gustan, te advierto –intento distender la situación porque el nerviosismo que me está entrando es grande a pesar de que la maría es buena. La tensión psicológica también aumenta

-Ésta, concretamente es el Amanita muscaria – Tiempo después sabría que muscaria viene de mosca. En mi pueblo la llaman matamoscas porque antiguamente si se la ponía con agua o mejor con leche en un plato, servía para matar las muchas moscas que había dada la proximidad de las casas a los establos y vaquerías. Y cuanto mayores eran las moscas, sobre todo las verderonas, mejor, antes caían. Al menos eso decían.

-¿Y las otras más pardas? –le digo señalando con la cabeza a las setas secas que quedan aún en el paquete

-Esos son más venenosos aún. Las llaman panteras. Vas a meterte un trozo en la boca y lo vas masticar sin tragártelo. Sólo para lixiviarlo. -Este hongo más adelante sabría que era el Amanita pantherina que en contraste con la muscaria, que es de color rojo intenso al menos en España, esta otra es de color pardo, como café con leche y también con sus verruguitas blancas pero mucho más psicoactivo

-¿Quieres envenenarme, tío? ¿Estás loco? -le digo esto a la par que se acerca a mí y me besa, me pasea el trozo de hongo seco por los labios, me mete el dedo corazón espetándome la boca mientras con su otra mano me acaricia los muslos, los huevos y el rabo que ya no puede estar más duro.

-Vaya, no sabía que tan pronto te rendirías. ¿Es a esto a todo lo que se limita tú entrega? ¿es éste, el límite al que quieres acercarte? –Y levantándose se acercó a la cazuela y depositó en un plato el contenido de lo que ya podríamos llamar, setas al vapor. Se comió un trozo que estuvo durante un buen rato masticando mientras me miraba para tranquilizarme.

– ¿Quieres ahora tú una? –me dijo mirándome muy seriamente

Y cuando sus manos se acercaron a mí, una a mi boca y la otra a manipular mi miembro, con sus ojos negros profundos mirando fijamente a los míos, mis labios se abrieron rendidos y con no poca aprensión me comí un trozo de hongo que a mí me pareció demasiado grande y me dispuse a caer fulminado sin remisión en breves instantes. Recuerdo que mientras mordía aquello pensé en la forma en que encontraían nuestros cuerpos y en que al menos deberíamos estar correctamente vestidos para la ocasión, para cuando llegaran jueces y policías. Pensé también que el corazón se me pararía, que empezaríamos a vomitar, que nos retorceríamos de dolor apretándonos con las manos el estómago. Y pensé que ojalá en el momento del desmayo no cayéramos en una posición demasiado sórdida. No me habría atrevido a probarlas por muy seducido y cachondo que hubiera estado, de haber sabido en aquel entonces que hay un Amanita, el llamado phalloides, -porqué será que le llaman así- que tiene el sombrerete entre blanco o gris-verdoso en el que con unos pocos gramos escasamente un pequeño mordisquito ya eres hombre muerto. Con otro hongos de similares formas también hay que tener cuidado, son más sonrosados, pero casi pasa lo mismo, te arruinan la vida por siempre y no hay que ir a los bosques de abedules a buscarlos.

Pero nada de todo eso pasó y nada sentí, ni sentí mareos, ni náuseas, ni vómitos, ni visiones borrosas ni mucho menos caí fulminado por ningún rayo divino. Tras un rato de dudas miré al experto micólogo y le hice un gesto de decepción

-Tío, que es lo que se supone que tiene que pasar, porque no siento nada de nada. ¿Porqué no enciendes otro porrete? Creo que será más interesante si queremos ponernos de algo.

-Tranquilo, espera un poco, no seas impaciente

-Pero, ¿esperar a qué? ¿Qué es lo que tiene que pasar? Venga, vamos a comernos otro de ésos

-No, espera un poco, coño.

-Claro, tío, no me extraña que no pase nada si estaban más secos esos hongos que la mojama.

-Hay que tomarlos siempre secos, es más difícil que provoquen el vómito y son más potentes.

-Si tu lo dices, pero ese estaba muy seco, tío, no había más que verle y en cambio muy potente parece que no –digo yo esto muy chulo como si fuera el más experto en el asunto de los hongos alucinógenos

Tras casi media hora en la que sólo sentí la placidez suave y dulce del porro, Sal me da un trozo de los hongos secos y me ordena masticarlo durante bastante rato.

-No quiero que te lo tragues, sólo mastícalo. Cuando lo hayas masticado quiero que me lo pases. –Y a su criterio acercando su boca a la mía me besa apasionadamente mientras nuestras lenguas pasan de mi boca a la suya el contenido masticado del hongo. Y al cabo de un cuarto de hora hacemos la misma operación.

-Te advierto que me encanta, Sal pero ¿porqué lo mastico yo primero y te lo paso después? –le pregunto yo extrañado de semejante operación que a mí me parece de lo más morbosa.

-Muy fácil –me contesta mirándome muy serio y con el gesto torcido, con una expresión que no le he visto nunca. –ya te he dicho que algunas de estas setas son venenosas y como mi esclavo que eres simplemente te utilizo como conejillo de indias, si el hongo está envenenado, tú sentirás primero los efectos, tú te llevarás la peor parte. Una vez masticado y viendo que nada te pasa ya me lo como yo.

Me quedo callado y estupefacto de oír lo que oigo. Estoy totalmente paralizado y sin dar crédito de escuchar aquello. Cierro los ojos, echo la cabeza sobre el sofá y con profunda consternación pienso en cómo me he vuelto a dejar engañar. Pero me sorprende tanto que sea por Sal....... Desde que le conocí no dejaba de preguntarme cómo un ser así podía ser amigo o relacionarse con tipos como Christian o como Pierre o como los otros, me preguntaba cómo era posible que él qué era la bondad personificada podría andar entre tanta víbora, y he aquí que ahora se me descubre como la peor de todas ellas, como la peor áspid, como la más rastrera. Cuando por fin recupero el habla sólo me pudieron salir unas palabras:

-Eres un cabrón y un hijo de puta –pero a pesar del exabrupto que sale de mi boca, Sal no parece ni inmutarse

-En la antigüedad había esclavos dedicados exclusivamente a esto. Ellos probaban estos hongos antes de que los comieran los amos. Te sientes esclavo, ¿no? Compórtate y siente entonces como ellos. Nunca se sabe dónde está el veneno, quién lo pone y cuándo, y la única manera era así, masticándolos ellos primero y pasándoselos a sus dueños después.

Y me debí sentir como un esclavo porque en ese momento me acordé de Sergio. Recostada mi cabeza en el sofá, con las manos en la cara pensé en él, y en la mezcla del veneno que le pudo matar, o en la dosis de prueba demasiado pura, o en la estricnina. Eso, si no murió congelado en alguna fría noche de invierno tirado en aquel páramo hendido de surcos. O atropellado en cualquiera de las carreteras que habían abierto en los alrededores de Mercamadrid, recién inaugurado por aquel entonces, no lejos de allí. Y pensé también que encima se habría tenido que arrastrar por el lodo delante del suministrador del veneno, delante de su esclavizador, suplicándole que le diera aquella dosis mortal para acabar, no sólo con el mono de aquel día, sino probablemente para acabar con todos los monos de una puta vez.

Y también pensé que quizá se habría lamentado de no poder seducir ya al camello, como quizá habría hecho tantas veces, sobre todo al principio, para conseguir esa dosis última, aquella que provocaría el ansiado final. Y no podría ser así porque, debido a aquellos labios con pústulas y aquellos dientes negros consecuencia de tantos malos viajes, hasta al chivo aquél ya le repugnaría. ¿Se habría quejado Sergio de no haber podido trocar su cuerpo para conseguir su postrero viaje?

Y le vi tirado en cualquier oscuro y escondido rincón o en su vieja tienda entre convulsiones y espasmos muriendo como había vivido, como un puto perro, solo y abandonado. Y le imaginé arrojado y hundido dentro de un recóndito pozo donde habría sido tirado por sus esclavizadores para tratar de ocultar el delito cometido. Y también vi a Sergio aplastado por un camión de pescado en cualquier cuneta de carretera en aquellas noches en las que le daba la negra o el mono, porque a la pasma, o a la bofia, o a los leños, o a los polinarcos o a los estupas, que a la policía como al jaco también de muchas formas son conocidos, decidían hacer una redada o una batida de varios días para espantar al ganado.

En alguno de estos hostigamientos, quizá por estar en elecciones o para dar gusto a los bienpensantes, aquellos defensores de la tranquilidad pública ponían sitio el territorio, asediando la plaza, o los puentes, como si de fortalezas medievales se tratara, obligando a sus indefensos moradores y visitantes, más espectrales que nunca por la restricción del suministro, a realizar recorridos más amplios, hacer grandes rodeos o a cruzar las carreteras de circunvalación en estado mas que modorro, para romper el asedio y conseguir su sustento.

Nunca he conocido a nadie con quien los dioses se hayan ensañado tan cruelmente como con Sergio. ¿Tanto fue su desafío, tanta su provocación como para merecer tal venganza? ¿Tanto daño les hizo a ellos o a otros, como para tal desquite? Visto el mal que los hombres son capaces de realizar dudo mucho que Sergio mereciera tanta saña. ¿Qué pudo hacerles como para merecer tanto odio? ¿Tanto les pudo ofender su vida como para darle tan mal escarmiento? ¿Tanto se encaró con ellos? ¿Tanto les insultó? ¿Siempre se comportarán así ante cualquier ser humano que se atreva a vivir libre? ¿A quienes osen vivir libre de acuerdo a sus criterios tendrán que temer por siempre tan horrendas represalias?

Estoy en la duda de que Sergio pudiera hacer tanto mal a alguien como para merecer tanto castigo, y además con tanto ensañamiento, porque ni tiempo para ello tuvo. ¿Tanto mal se puede hacer con veinte años? ¿Y por ser casquivano o atolondrado, quizá cabra loca, uno debe temer tal fin? ¿Tener la desgracia de ser falto de juicio, o de inteligencia o ser un alocado, también tiene el riesgo de acabar como Sergio?

¿O es acaso la vanidad lo que no aguantan los dioses? ¿Tanto les repugna? ¿Pueden soportar la codicia, que es la causante de todos los males de la humanidad y no la vanidad? ¿O es, quizá, el dejarse arrastrar por los placeres de la carne lo que los dioses no pueden soportar? ¿No será el hedonismo lo que no perdonan? ¿No será porque acaso el hedonismo es lo único que nos acerca a los dioses? ¿Lo único que nos aproxima a ellos? Los dioses no sufren, eso queda para los humanos, sólo disfrutan, y si es en el Olimpo, allí más que en ninguna otra parte. Y además eternamente que para eso beben el néctar de la inmortalidad y la ambrosía, por no hablar de los caudalosos ríos de leche y miel. Ni de las vírgenes y huríes. ¿Pero en cualquier caso no se rebajan hasta el fango los dioses vengándose tan encarnizadamente por tan poca cosa? ¿Merecen siquiera que pensemos en ellos si se entretienen en tal nimiedad?

Me martilleaba el cerebro con todas estas preguntas como si fuera un tas, me las hacía una tras otra sin descanso, pero me sentía tan disperso que era incapaz de darme respuesta alguna. Algo me estaba ocurriendo en el cerebro, o en los ojos, que me impedía concentrarme, pero no podía saber exactamente qué.
 
Cuaderno XXXIV
-¿Y tú llamabas cabrón a Christian? Eres más canalla que él

Pero a pesar del disgusto que me embarga no estoy en absoluto cabreado, me siento muy ligero, parece que mi cuerpo no pesa nada, tengo la misma sensación que cuando flotas en un mar extremadamente salado, o mejor aún, la misma sensación que deben sentir los astronautas en la luna, los brazos hasta parecen levantarse solos, me siento ágil, subiría y bajaría la escalera de caracol aquella sin cansarme varias veces, y me siento fuerte pues me atrevería a levantar yo solito el sofá en el que estamos sentados con un solo brazo.

Abro los ojos y por un momento el entramado de cristales del techo parece que se cae sobre mí, sobre mi cabeza, me sobresalto, pero enseguida pasa, qué raro, me digo, ¿pues no me he creído que el techo se caía sobre mí? Los cristales parecen que se superponen unos a otros, que se hacen los unos más grandes mientras otros se hacen a su vez más pequeños. Los muchos cuadros que Sal tiene colgados en las paredes parece que se mueven, es más, parece que bailan, y me digo a mí mismo que eso sí que es tonto, creerse que los cuadros bailan.

Estoy muy excitado, miro mi rabo superduro y me parece más grande que nunca, eso que nunca ha sido pequeño, pero hoy parece que está especialmente exuberante, me lo agarro, me extiendo en el asiento para mayor comodidad y me exhibo y me masturbo para excitar a Sal, que se desnuda diligente. Me excito mucho. Sólo de saber que me desea me pone cantidad. En un golpe infrecuente por mi parte de vanidad, me gusta saber que se muere por mis huesos. Por cierto, me doy cuenta ahora de los pies tan enormes que tiene, ¿pero cómo conseguirá zapatos de su número este tío? Intento atarme los cordones de los míos una y otra vez, aún cuando recuerdo perfectamente que no son los zapatos de cordones, y es peor aún pues soy consciente de que estoy descalzo. Me ato los cordones tantas veces como si fuera un ciempies.

Ya se me ha pasado el enfado que tenía con Sal, me siento tan enérgico y vital, tan fuerte, que no es para menos, a mi vista desaparece el efecto triangular de su cabeza, me parece oír voces lejanas, persistentes y muy cantarinas, que me dicen cosas sugerentes y morbosas y como que me incitan a que le acaricie y bese, o me invitan a que le coma la polla, y no espero más, de un impulso eso es lo que hago, me acerco a él y le morreo mientras le echo mano al miembro que rápidamente se empalma y se hace supercabezón. No me desagrada nada cuando lo toco
desempalmado, también me gusta, pero hoy me apetecía tenerle bien empalmado. Me agacho a comérselo y me sorprendo también del tamaño. Siento como si tuviera las gafas de otro y viera todos los objetos a través de los cristales de unas gafas de miope. Es una sensación extraña, pero queda sólo en eso y además dura poco, aunque vuelve la sensación al rato.

No es extrañeza lo que tengo en este momento por el rabo de Sal, en absoluto. Está pletórico, nunca me ha parecido tan grande, parece que ha crecido en los últimos días, es precioso, tan bien proporcionado, aunque dudo que hoy me quepa en la boca, el capullo es espléndido, desde luego lo voy a intentar, me lo voy a tragar enterito. Me lo como y ayudado por su mano en mi nuca me entra hasta dentro.

El también quiere mamar y me dejo, y lo hace igual de bien que me lo ha hecho otras veces, mientras me la come veo como si las paredes de la casa se movieran, como si vinieran hacia mí y se alejaran, como si la habitación se estrechara y se hiciera mas pequeña. Sí, las paredes de la casa parece que se juntan, los objetos son mas grandes de lo que recuerdo, los cuadros se mueven, los libros se abren de vez en cuando, los cojines se levantan y las puertas de los armarios se abren y se cierran solas. Y de todo soy consciente. Soy consciente de que es imposible que el cajón de una cómoda se abra por sí solo pero no por ello dejo de atarme los cordones de unos zapatos inexistentes, y sigo con mis rodillas dobladas para facilitarme la tarea con mis dedos sobre el empeine de mis pies.

Tengo cosquillas en la boca del estómago, es una sensación extraña, no son náuseas, o ¿sí? no llega a molestia desde luego, es como desazón, algo en cualquier caso que no acierto a describir, y luego está la visión borrosa o ¿es el sol tan radiante que entra por los cristales? Y los ruidos aquellos tan persistentes, no son molestos pero si me parecen raros y desde luego preferiría que dejaran de martillearme el tarro.

Sal sigue con la mamada y sé que pronto me voy a correr en su boca porque no hace caso en modo alguno de las instrucciones que le doy. Le digo varias veces que pare un poco, que se controle, pero que va, hoy está especialmente fogoso y sé que no va a hacerme pero que ningún caso. Cuando me abandono y me derrama en su boca me agarro a su cabeza porque tengo miedo de que me vaya a levantar del sofá en los espasmos y convulsiones, de que vaya a levitar, si me agarro a su cabeza es para evitar irme al techo, doy mas gritos de los que acostumbro que no suelen ser pocos y siento ahora que el miedo que he pasado con los hongos venenosos era una tontería, una broma de Sal y me la he creído, pero, hombre, si se muere uno antes de un empacho que de los efectos psicoactivos, para morir de muscaria hacen falta muchos gramos o que se mezcle con ella otras, por ejemplo la phalloides, y a ésa, tengo la impresión que el tipo éste la conoce muy bien.

-En Winchester, de donde yo soy, me mandaban las esporas desde Holanda y las cultivaba yo, como hago con la maría. ¿Pero cómo has podido ser tan tonto? ¿Cómo te lo has podido creer?

-Sí. Lo siento, pero me lo has dicho todo tan serio. Has puesto una voz tan tenebrosa cuando me has dicho eso de ¨los senderos en busca del límiteeeeeeee¨, que sí, reconozco que me lo he creído.
También reconozco que me dio hasta miedo tu mirada. Siento mucho haberte llamado canalla. Lo único que no te perdono es no hayas preparado las setas con alguna salsita picante.