Cuaderno XXVII
Hoy, cuando camino presuroso y me acerco gustoso al tiempo de los olvidos, rememoro el principio de aquel primer encuentro y lo que más recuerdo de él, es que no ví nada, no aprecié nada, no observé nada, ni me enteré de nada hasta pasadas varias horas. Sólo tiempo después pude observar sus ojos, que eran negros y muy profundos, y con unas grandes pestañas.
Sus ojos eran tan inquietos que miraban sin cesar a una y otra parte, sin descanso, como si estuvieran mosqueados por algo, o buscando algo, o quizá más bien, queriendo controlarlo todo. Los ojos de Sal sólo permanecían fijos cuando se enganchaban a los míos y esto por suerte para mí lo harían con posterioridad muy frecuentemente.
Otra cosa que recuerdo bien es que Sal tenía la frente atravesada por surcos profundos y al lado de las comisuras de los labios. Y también la gran oquedad que dejaban sus dientes incisivos centrales superiores, que estaban muy separados y que le daban un aire juvenil y muy gracioso. Era moreno aunque ya con más canas de las que le corresponderían por su edad y con los pelos muy levantados casi formando una cresta, y que para evitarla mantenía su pelo supercorto. Una bobada porque aquel pelo ayudaba también a darle un especto muy juvenil, pero nunca quiso hacerme caso y dejárselo un poco más largo. Éramos de la misma altura poco más o menos y también delgado como yo, aunque era más musculoso y fibrado. Había ya pasado de largo los treinta y diría que si no guapo al menos no era feo. Pero lo mejor de su físico, aparte de unas finas manos de pianista que acariciaban genial era, sin lugar a dudas, el culo. Era redondo, férreo, consistente y respingón, realzado por aquellos vaqueros ajustados que aquel primer día apenas sí pude admirar.
Aunque de sus ojos pudiera deducirse que Sal era un tío inquieto o impaciente no era así en absoluto, al contrario era una de las personas más tranquilas que he conocido en mi vida. Y esa paz de la que disfrutaba la transmitía a todos los que estaban a su alrededor. Hay personas que transmiten intranquilidad y nerviosismo a los demás por su forma de ser, de comportarse, de moverse, de agitarse, por lo que sea. Otras personas en cambio parece que irradian placidez y serenidad. Lo de la famosa flema británica yo creo que lo exageraba y lo llevaba al límite, pues más que flema era pachorra -sí, a veces su tranquilidad podía ser excesiva -o cachaza, y en ocasiones, las más, podía ser tan meloso como ella.
Tras abrirme la puerta y entrar, sólo pude darme cuenta de la impresión que me dio la escalera de caracol que apareció delante de mí para subir a donde entonces supuse estaban el salón y las habitaciones superiores de aquella casa. No podía ser, qué suerte la mía, lo que me faltaba, pensé, no he tenido que subir escaleras ningunas hasta aquí y ahora me toca subirlas, y encima, dando vueltas. Pedí permiso para dejar la chaqueta en una silla y así disponer de mis manos libres, pero cuando empecé a subir por aquellas escaleras noté que, por mucho que subía, nunca llegaba al final. Cuanto más subía más sentía la impresión de que la escalera se hundía poco a poco bajo mis pies. Cada paso que daba más altos me parecían los escalones, más pesados tenía los pies, más necesitaba aferrarme a la barandilla, hasta que, en algún momento me agarré a la columna central, apoyé mi cabeza en ella como para recuperar aliento, y......... ... y ya no recuerdo nada más.
Mi siguiente recuerdo es estar tumbado en un sofá, mi cuerpo dolorido estaba completamente empapado no sabría decir si por la lluvia o por el sudor que me provocaba la fiebre. Todo mi ser desprendía calor febril y la cara me ardía, en cambio mi cuerpo temblaba de frío a la vez que sudaba y mi frente se perlaba de gotas de sudor. Sentía que tenía sed, sudaba, tiritaba, daba vueltas agitadas, me dolía la cabeza y mi cuerpo ardía como una estufa.
Cuando vuelvo en mí, intento incorporarme pero me vuelve la tiritera, las náuseas y el dolor de cabeza. Veo a Sal tratando de impedir que me levante. Me ha quitado los zapatos, me ha desabrochado la camisa y el cinturón de los pantalones y me ha echado una manta encima. Apenas balbuceo unas palabras que intentan pedirle perdón, y apenas oigo otras amables que me responden intentando tranquilizarme. Sal me hace tomar una aspirina y un vaso de anís mezclado con agua que me sabe a rayos. Me pone en la frente un trapo mojado en agua muy fría que me parece una acción un poco exagerada pero que le agradezco, aunque me produce un fuerte dolor punzante en el entrecejo, como el que a veces producen las bebidas muy frías tomadas con ansia en el calor del verano. Me intento destapar porque el calor febril que desprendo es demasiado y los sudores muchos, pero Sal me vuelve a tapar una y otra vez, y a cambiarme el trapo de la frente. Tengo los pies fríos, dolor lancinante de cabeza, la camisa empapada, y una temblaera incontenible que hace castañetear mis dientes y, por si todo esto no bastara, además deliro.
Estoy en medio de un paisaje espeluznante que miro petrificado y sobrecogido. Tanta destrucción sólo puede ser el resultado de un terremoto, o de una batalla o de una catástrofe nuclear. O quizá sea la consecuencia de todo a la vez. Hay muertos desnudos tirados en el suelo por todas partes formando figuras grotescas y otros muchos, también desnudos, amontonados al lado de fosas y barrancos, hay cadáveres ardiendo en piras gigantescas sobre montículos, y al lado de cráteres y zanjas, todo es fuego, ruina y desolación. Hay restos de armamento que observo extrañado porque corresponden a épocas diferentes. Huele a carne humana quemada y es un hedor tal que me provoca náuseas y me pone al borde del vómito, y ruidos estruendosos y ensordecedores que no hacen sino estremecerme aún más. Veo que también hay sombras a mi alrededor que se acercan y se alejan, todo es gris o negro, tétrico, sopla un viento boreal, veo a lúgubres figuras que parecen como monjes o forzados galeotes. Llevan cruces y cirios apagados aunque todavía humeantes los unos, y arrastran fuertes cadenas y grilletes los otros, todos están entre tinieblas, o entre un denso humo, o bajo una pesada niebla, algunos monjes a pesar de que llevan la capucha del hábito levantada dejan ver sus caras cadavéricas y desvaídas. Otros monjes llevan en sus manos, ásperas y nudosas como sarmientos, látigos provistos de tralla con los que flagelan salvajemente a diestra y a siniestra a todos aquellos galeotes desnudos que se arrastran hasta ellos, revolcándose por el lodo, intentando comerles los roñosos pies, o las albarcas de cuero y esparto, obscenamente entregados, a cuatro patas algunos, ansiosos todos por obtener su penitencia, dispuestos a cualquier cosa por recibirla, revueltos, exaltados y con su miembros empalmados y agarrándoselos unos a otros, haciéndose entre ellos mil puñetas, suplicando a los ajusticiadores, que sean despiadados con los zurriagos sobre sus espaldas para poder alcanzar la remisión de sus muchos pecados y culpas cuanto antes. Otros suplicantes están de rodillas ante los verdugos mostrándoles sus bocas babeantes, o están ya dentro de sus hábitos balanceando frenéticamente sus cabezas, con aquellas manos de cernícalos lagartijeros de los castigadores sobre sus nucas, mientras reciben los feroces azotes de éstos. Otros disciplinantes llevan capirotes como los nazarenos de Semana Santa, éstos me dan más miedo pues vagan como embobados haciendo círculos infinitos, sin rumbo fijo, andando sobre muñones sanguinolentos en vez de pies. Algunos de estos nazarenos sólo muestran unos ojos blancos, opacos, carentes de iris, mientras que otros tienen largos clavos perforándoles los ojos, todos levantando los brazos y sacudiendo violentamente, a uno y otro lado, sus báculos, o sus cayados. Otros feroces sayones tocados de mirras y birretes, con gruesos anillos de amatistas o granates en sus dedazos de uñas negruzcas, vestidos con largas y sucias túnicas negras de donde refulgen exagerados crucifijos de oro y zafiros verdes martirizan a los penitentes que se les exhiben desnudos, tirando cruelmente de lo único que cubren su cuerpo, de fajas gruesas de cerdas o punzantes cilicios de hierro que les desangran como mortificación muslos, falos, brazos, torsos y tripas. Otros flagelantes, con la espalda descubierta, muestran multitud de puntos sangrantes provocados por flagelos de púas que ellos mismos sacuden con las manos atadas. Algunos forzados arrastran a otros galeotes tirándoles de argollas en el cuello o en la nariz mientras a su vez, arrastran gruesas cadenas en manos y pies y parece que se ríen de manera estentórea con sus bocas desdentadas, y dan gritos tenebrosos o quizá, son los gritos del averno donde por fin, después de haberlo temido tanto, ya me encuentro, aunque me digo que es extraño pues es mucho el frío que hace, pero desde luego los gritos son exagerados para ser humanos. Y unos penitentes a las órdenes de un encapuchado descomunal se acercan a mí y me despojan violentamente de todas mis vestiduras y doblándome sobre mi cintura dejan mi culo bien expuesto, unos pretenden azotarme con una larga verga de toro, mientras el encapuchado exhibe ya la suya al aire, enorme y bien dispuesta, por debajo del hábito, no dejando lugar a dudas de lo que pretende hacer con ella. Yo estoy aterrorizado, nada impido, estoy entregado, rendido, y después de sufrir los primeros zurriagazos me voltean y me levantan las piernas sosteniéndome en alto mil brazos de huesudas manos, y aparece por debajo de mí, en mi entrepierna desnuda, una zarpa, queriéndome arrancar mi falo erecto y los huevos, y por los laterales aparecen sendas garras que me clavan sus uñas afiladas y rasgan mi carne profundamente abriéndome las tripas y el pecho, de donde no sale sangre alguna, como si estuviera seco o como si estuviera muerto. Y las garras escarban ávidas en mis entrañas y en vez de vísceras extraen en su lugar infinidad de asquerosas serpientes que inmediatamente reptan por todo mi cuerpo, y se enroscan en mi cabeza, en mi cuello, en mi pecho, en mis piernas. Y mientras me pregunto sorprendido cómo es posible que haya dejado anidar en mi interior tal caterva de asquerosos engendros, cuando daba por seguro que iba a ser devorado de lo poco que de mí quedaba, empezando por mis ojos vidriosos que parecen gustar a sus bífidas lenguas, aparece de repente, a los sones de clarines y atabales, un bellísimo y radiante ángel blanco de profundos ojos negros y grandes pestañas, blandiendo una fulgente espada y vistiendo túnica roja tirando a violeta, ribeteada en oro, y pertrechado de emplumado yelmo, imbricada loriga, ajustada escarcela, y metálicas grebas, montado en un caballo blanco y alado también, elegantemente enjaezado y que pisa con sus patas y cascos a esos seres aberrantes, e inmundos, que contra él nada pueden, y salen despedidas, huyendo despavoridas tras monjes, galeotes, nazarenos y flagelantes.
Cuando desperté de esta pesadilla gótica ya estaba anocheciendo y la lluvia golpeaba con fuerza en los cristales. Era ahora cuando me daba cuenta que estaba en una de las casas más bonitas en la que haya estado nunca. Era como una de esas casas que aparecen en las películas de Paris, como una de esas buhardillas de Montmartre, donde viven pintores bohemios o músicos y artistas de la farándula. Miré a mi alrededor y vi que era una casa muy antigua a la que se le había añadido la mitad de una enorme terraza acristalando las paredes y parte del techo de ésta. La cubierta de medio salón era de cristal sostenido por un gran armazón de hierro y una columna de forja en el medio de la amplísima estancia. Las vigas del techo con sus remaches y todo también eran vistas y estaban bien cuidadas y pintadas como la escalera de caracol que también era de hierro, aquella que no recordaba haber terminado de subir. También había una bonita estufa, redonda, de ésas que hay que levantar una tapa en la parte superior con un gancho para echar el carbón, y cuyo tubo de evacuación iba paralelo a la columna hasta salir a la calle.
Me encantó escuchar el tintineo intermitente de la lluvia sobre el techo entramado de cristales. Y éstos, que no sé si estaban sucios o era vaho que se formaba alrededor de ellos apenas dejaban ver nada del exterior, ni siquiera los golpes de la lluvia sobre ellos. Por una esquina y gracias a una mortecina luz pude ver el final de un canalón que bordeaba toda la fachada de cristal, y que recogía el agua del techo ligeramente inclinado y lo dejaba caer en forma de un fuerte chorro sobre el suelo de la terraza donde se encontraba el sumidero. Durante mucho rato mis ojos miraron hacia la estructura de cristales encima de mí, pues estaba como fascinado. Hoy, recordando aquello, estoy casi seguro que habrán cambiado la estructura de hierro por feo aluminio y aquella bonita estufa de carbón por cualquier chimenea de pega de esas que simula el fuego y hasta habrán tapiado las vigas de hierro. Pronto escuché los ruidos de alguien subiendo por la escalera interior. Cuando Sal por fin apareció intenté incorporarme del sofá pero no me dejó:
-No, no te levantes, espera un poco todavía –me dice acercándose al sofá donde me encuentro
-Lo siento, no sé que me ha pasado, me he debido desmayar –contesté, apenas balbuceando
-Pues que has tenido mucha fiebre y todavía parece que tienes un poco. Ahora vas a tomarte otra aspirina. –me dice poniéndome la mano sobre la frente
-Lo siento, lo siento de verdad, ¿Qué hora es? Parece de noche. ¿Cuánto tiempo llevo aquí? ¿Cuánto tiempo he dormido?
-Varias horas. No veas qué susto me he llevado. Te has abandonado dejándote caer en la escalera y apenas podía subirte
- Sí. Lo último que recuerdo es una escalera de caracol que parecía que se hundía bajo mis pies según la iba subiendo, tío. Y ¿sabes? me he debido caer en el infierno porque he tenido una visión horrible. He debido tener una pesadilla donde había monjes y nazarenos y......
-Y serpientes –me contesta muy seguro
-No me digas que también he delirado –le digo consternado, a la vez que bajo la mirada turbado.
-Mucho –me dijo.
Pero nunca llegué a saber lo que había salido de mi boca ese día en aquel estado febril. Sé que sólo pudo ser la descripción de alguna de aquellas miserias de las que para entonces se había llenado mi vida. Estoy seguro que mi delirio se centró en detallar que encuentro gran placer y gran satisfacción en el acatamiento y la sumisión, en que disfruto de manera brutal con alguien que me someta, con alguien que me use a su capricho y que me posea sin piedad, que disfruto con cualquier mezcla de humillación, dolor, vergüenza y castigo. Y que cada vez me gusta más y necesito más que todas esas prácticas se desarrollen cerca del límite. Que cada vez necesito emociones sexuales más fuertes, que estén cada vez más próximas al vértigo, al frenesí.
O quizá le dije que aunque aquello me atraía con locura hasta el punto de buscarlo sin descanso, desesperadamente y de llevar una vida desenfrenada y licenciosa, a la vez, aquello me repelía tanto como me atraía, que me aterrorizaba este trastorno de los sentidos, que estaba muerto de miedo por esta exaltación violenta, que me espeluznaba lo que hacía y lo que era aún peor, lo que estoy seguro que podría llegar a hacer. Quizá también le dije que sabía que tarde o temprano aquello me llevaría a la perdición o a la locura, eso sino tocaba fondo antes y no me tiraba yo mismo al abismo buscando un poco de tranquilidad y sosiego. No sé si deliré, ni lo que dije, ni lo que oyó pero tengo la impresión de que fuera lo que fuese, eso fue le que le enamoró de mí. Por eso se pasó todo aquel día velando mi sueño sin casi apartarse de mi lado, y por eso me enseñó todo lo que sabía, por eso siempre se preocupó tanto por mí, y por eso me dolió tanto....... tanto...... fallarle, traicionarle.
-¿Qué he dicho? –le pregunto sonrojándome y volviendo a subir muy lentamente los ojos pero sin atreverme a enfrentarlos con los suyos.
-Tranquilo, Alejandro, sólo cosas sin sentido
-Por favor, no le digas a Christian nada de cómo ha ido esto –le digo angustiado y cogiéndole del brazo –te lo ruego, volveré otro día cuando tu quieras, mañana si me siento mejor, o podemos hacer ahora algo si te apetece, pero por favor no le digas nada a Christian. Esta mañana le llamé nada más levantarme y vi que me sentía mal, para que te llamara y anulara la cita pero no ha querido.
-No te preocupes, que no pasa nada. Ahora te vas a tomar otra pastilla, ¿vale?. ¿Con qué la quieres con leche caliente o con anís?
-Con leche, con leche, tío, o con agua. Ahora recuerdo que la otra me la diste con anís y me supo a rayos.
Al decirle esto se echó a reír ampliamente, y fue entonces cuando por primera vez vi la oquedad que había entre sus dientes incisivos superiores, que me encantó y también me di cuenta de la profundidad infinita de sus ojos negros y de las pestañas tan largas que tenía, y cuando se levantó y se dio la vuelta pude mirar de soslayo, bueno, no tan de soslayo, su cuerpo y admirar brevemente, esto sí, su culo y cuando me trajo el vaso de leche caliente con la pastilla me fijé en sus manos muy finas y en su blancura nívea y en sus uñas bien recortadas.
-Creo que ya estoy bien –le dije incorporándome -¿Quieres que hagamos algo? Creo que ya podría -Volví a insistir pero mirándole esta vez directamente a sus infinitos ojos negros.
-Ya te he dicho, Alejandro, que estés tranquilo, que no te preocupes por nada, que no pasa nada.
-¿Prefieres que quedemos para otro día? ¿Mañana domingo? Seguro que para mañana ya estaré bien. Esto me pasa con frecuencia no te preocupes. Cada vez que tengo la gripe o pillo algún catarro me dan unos subidones de fiebre que son espectaculares. Contra ellos lo mejor que se puede hacer es meterme durante un rato en una bañera con agua bien fría. Y si el agua puede estar llena de hielos mejor. Mi madre lo sabe bien porque a la pobre le ha tocado meterme muchas veces en mi vida. Y al rato ya estoy como si nada hubiera pasado. No sé, pero creo que esto debe ser un rollo de la infancia. Alguna reminiscencia infantil que me queda no sé.
-Alejandro, te he dicho ya tres o cuatro veces que no pasa nada, tranquilízate, tío. Christian no se enterará de nada de todo esto, si es lo que te preocupa ¿De acuerdo? Lo único que siento es no haber sabido lo de la bañera. Ufff, cómo me habría gustado desnudarte y haberte llevado en brazos, totalmente abandonado a depositarte dentro del agua. –me dice sonriendo con una amplia sonrisa burlona. -Es broma, pero si en verdad te sientes mejor y no tienes ninguna prisa pues prefiero que charlemos un rato, si te apetece. ¿Qué dices?
-Vale. ¿Sabes? Tienes una casa muy bonita, nunca he vista nada similar. Y me encanta cómo suena la lluvia sobre los cristales del techo. Será genial dormir aquí cuando llueve, ¿no? Me encanta ese rumor intermitente de la lluvia y por las noches en la cama, más aún
.
-A mí también. Venga, pues ya está hecho, volveremos a quedar los dos en una noche de lluvia y te vienes a dormir conmigo, ¿de acuerdo?
-¿Y porqué no hoy? Hoy ya llueve ¿O es que has quedado con alguien? Mi vieji está en el pueblo y no hay nadie en mi casa, no tengo porqué volver.- le dije yo, dándole todo tipo de detalles familiares
Después de pensárselo durante más tiempo del que a mí se me antojó necesario para decidirse dada mi predisposición, y en el que giraba su cabeza a derecha e izquierda de una manera que no presagiaba nada favorable, mirándome fijamente a los ojos me sonrió, esta vez sin enseñarme el vacío interdental, y por fin me dijo que sí, poniéndome la mano otra vez sobre la frente.
-De acuerdo, si quieres puedes quedarte pero no haremos nada porque no estás en condiciones. ¿De acuerdo? Todavía tienes algo de fiebre.
-Como quieras –le digo también sonriendo, pues desde hacia ya un rato largo este tío me estaba empezando a gustar una barbaridad.
-¿Pongo música?
-Como prefieras, estás en tu casa. –le digo yo muy bién educado
-¿Qué te gusta?
-Lo que te guste a ti, me gustará, seguro –sigo tan educado
-¿Te pongo ópera?
-¿Óperaaaaa? –contesto yo sorprendido y en algún tono que le debió de parecer gracioso pues empezó a reír. -Vale, vale, lo que tu quieras
.
Y empezó a sonar una especie de marcha militar, muy bonita que a mí, más que ópera me pareció música de película de romanos. Sí, una música que me recordó a las películas de Ben Hur, Espartaco, o a La caída del imperio romano. Y cuando me preguntó si me gustaba, así se lo hice saber.
-Bueno, no es de romanos, pero casi. Ésta es de egipcios. Se compuso para la inauguración del canal de Suez y trata de un militar egipcio que se enamora de una esclava negra. Claro que ésta luego resulta ser hija del rey de Nubia. Pero la hija del Faraón también está detrás de militar y ahí ya se complican las cosas. Ya sabes los celos. Al final los dos amantes morirán
-¿Y todo eso lo entiendes cuando cantan?- pregunto yo extrañado
-Hombre, no, pero lo lees. Los libretos de las óperas en general son muy bonitos, aunque muy exagerados y siempre suelen ser historias muy emocionantes. Mira voy a ponerte otra, y ésta mira tú por dónde, sí será de romanos.
-¿Y ésta de qué va? –le pregunto cuando empieza a sonar esta nueva ópera cuya música también me resultó muy bonita
-Transcurre en la Galia y es de una sacerdotisa druida que se enamora de un romano con quien tendrá dos hijos. Luego el romano se enrollará con otra y ahí empieza el lío. ¿Sabes quién fue Medea?
-Sí, la protagonista de una tragedia griega que mata a sus hijos por despecho, ¿no? Lo que no recuerdo bien es quién era el autor. Nunca sé con seguridad quien es el autor de las tragedias griegas.
-En este caso Eurípides, aunque tampoco creas que estoy muy seguro. Bueno, pues en esta historia la protagonista también planea matar a los hijos que ha tenido con el romano, por despecho hacia él. Pero como resulta que el tiempo de composición de la ópera es ya la época prerromántica, el autor del libreto la hace recapacitar y al final no los mata, muriendo ella a cambio, eso sí, como condición necesaria. Y el soldado romano viendo la determinación de la sacerdotisa rememora de nuevo su antiguo amor y vuelve y muere con ella. En la hoguera, así, sin contemplaciones.
-¿Todas las óperas son tan dramáticas? ¿Todas acaban así de mal?
-Bueno, no todas, pero muchas sí.
A la hora apropiada me trajo en una bandeja cosas muy ricas para cenar y abrió una botella de vino nacional que me ponderó mucho. Yo no entendía nada de vinos en aquel entonces por lo que escuché con mucha educación y muy detenidamente todos aquellos elogios y alabanzas y, al menos, no se me ocurrió pedirle gaseosa.
Y cuando terminamos de cenar y se cansó de oír música me dijo si me apetecía ver una película en el video. Claro, le dije yo, me encanta el cine. Me dijo que un amigo le había dejado varias películas de Fassbinder. Cuando me dijo el nombre yo me arrasqué la cabeza durante un rato.
-¿Cual te apetece? Venga, elige una. Yo, ya las he visto todas así que me da igual, vemos la que tú quieras –me leyó los títulos y me hizo una breve sipnosis del asunto de cada una de las películas
-¿Siempre tienen nombres de mujer los títulos de las pelis de este hombre? ¿Y siempre con la misma actriz? Pues vaya tela
-No todas, pero varias sí
-Pues pon cualquiera de ellas que seguro que nos gustará. Venga, la del rollo bollo estará bien.
Se echó a reír, puso el video, empezó la peli, me dio un vasito de vino, se sentó a mi lado en el sofá, y yo puse mi cabeza encima de sus piernas mientras él me acariciaba el pelo.
Cuando terminó la peli era ya muy tarde así que nos fuimos a la cama. Se marchó a lavarse los dientes y tardó horrores en volver. Yo me metí entre aquellos buenos edredones muy suaves y calentitos y esperé pacientemente su vuelta. Si tenía fiebre no la sentía, podría responder a su iniciativa, si ese era su gusto, no tendría que agitarme mucho, eso, sí, pero estaba seguro que en mi estado me lo haría bien, no me haría mucho daño y sería muy cariñoso conmigo.
Llegó con su pijama puesto; vaya, con lo que me gustaba en vaqueros pensé yo, mientras le miraba embozado hasta el cuello. Apagó la luz se metió en la cama y tuve que ser yo quien se acercara y se abrazara a él. Tras un ratito le di un piquito en la boca y me di la vuelta para invitarle a que se apretara a mí y poder sentir su miembro en mi culo. Tuve casi que obligarle a que lo hiciera echando su brazo encima de mi cuerpo. Y cuando por fin lo hizo no sentí miembro alguno, al menos duro y cuando empecé a culebrear muy sutilmente y a pegarme más a él, tampoco sentí miembro duro alguno. Y cuando ya un poco harto le pregunté si le gustaría follarme hoy o lo dejábamos para otro día, va y me contesta:
-Yo soy pasivo, Alejandro
-¿Cómo? –pregunto yo aturdido
-Lo que has oído. Que soy pasivo cien por cien
Me quedé sin más palabras para el resto de la noche. Y entre el frío, la fiebre y el cortocircuito que en mi cerebro me había provocado su confesión, la verdad fue que aquella primera noche dormimos los dos de lo más abrazaditos pero sin miembro duro alguno, eso sí, oyendo el rumor intermitente de la lluvia cayendo encima de la cubierta de cristales.
Sus ojos eran tan inquietos que miraban sin cesar a una y otra parte, sin descanso, como si estuvieran mosqueados por algo, o buscando algo, o quizá más bien, queriendo controlarlo todo. Los ojos de Sal sólo permanecían fijos cuando se enganchaban a los míos y esto por suerte para mí lo harían con posterioridad muy frecuentemente.
Otra cosa que recuerdo bien es que Sal tenía la frente atravesada por surcos profundos y al lado de las comisuras de los labios. Y también la gran oquedad que dejaban sus dientes incisivos centrales superiores, que estaban muy separados y que le daban un aire juvenil y muy gracioso. Era moreno aunque ya con más canas de las que le corresponderían por su edad y con los pelos muy levantados casi formando una cresta, y que para evitarla mantenía su pelo supercorto. Una bobada porque aquel pelo ayudaba también a darle un especto muy juvenil, pero nunca quiso hacerme caso y dejárselo un poco más largo. Éramos de la misma altura poco más o menos y también delgado como yo, aunque era más musculoso y fibrado. Había ya pasado de largo los treinta y diría que si no guapo al menos no era feo. Pero lo mejor de su físico, aparte de unas finas manos de pianista que acariciaban genial era, sin lugar a dudas, el culo. Era redondo, férreo, consistente y respingón, realzado por aquellos vaqueros ajustados que aquel primer día apenas sí pude admirar.
Aunque de sus ojos pudiera deducirse que Sal era un tío inquieto o impaciente no era así en absoluto, al contrario era una de las personas más tranquilas que he conocido en mi vida. Y esa paz de la que disfrutaba la transmitía a todos los que estaban a su alrededor. Hay personas que transmiten intranquilidad y nerviosismo a los demás por su forma de ser, de comportarse, de moverse, de agitarse, por lo que sea. Otras personas en cambio parece que irradian placidez y serenidad. Lo de la famosa flema británica yo creo que lo exageraba y lo llevaba al límite, pues más que flema era pachorra -sí, a veces su tranquilidad podía ser excesiva -o cachaza, y en ocasiones, las más, podía ser tan meloso como ella.
Tras abrirme la puerta y entrar, sólo pude darme cuenta de la impresión que me dio la escalera de caracol que apareció delante de mí para subir a donde entonces supuse estaban el salón y las habitaciones superiores de aquella casa. No podía ser, qué suerte la mía, lo que me faltaba, pensé, no he tenido que subir escaleras ningunas hasta aquí y ahora me toca subirlas, y encima, dando vueltas. Pedí permiso para dejar la chaqueta en una silla y así disponer de mis manos libres, pero cuando empecé a subir por aquellas escaleras noté que, por mucho que subía, nunca llegaba al final. Cuanto más subía más sentía la impresión de que la escalera se hundía poco a poco bajo mis pies. Cada paso que daba más altos me parecían los escalones, más pesados tenía los pies, más necesitaba aferrarme a la barandilla, hasta que, en algún momento me agarré a la columna central, apoyé mi cabeza en ella como para recuperar aliento, y......... ... y ya no recuerdo nada más.
Mi siguiente recuerdo es estar tumbado en un sofá, mi cuerpo dolorido estaba completamente empapado no sabría decir si por la lluvia o por el sudor que me provocaba la fiebre. Todo mi ser desprendía calor febril y la cara me ardía, en cambio mi cuerpo temblaba de frío a la vez que sudaba y mi frente se perlaba de gotas de sudor. Sentía que tenía sed, sudaba, tiritaba, daba vueltas agitadas, me dolía la cabeza y mi cuerpo ardía como una estufa.
Cuando vuelvo en mí, intento incorporarme pero me vuelve la tiritera, las náuseas y el dolor de cabeza. Veo a Sal tratando de impedir que me levante. Me ha quitado los zapatos, me ha desabrochado la camisa y el cinturón de los pantalones y me ha echado una manta encima. Apenas balbuceo unas palabras que intentan pedirle perdón, y apenas oigo otras amables que me responden intentando tranquilizarme. Sal me hace tomar una aspirina y un vaso de anís mezclado con agua que me sabe a rayos. Me pone en la frente un trapo mojado en agua muy fría que me parece una acción un poco exagerada pero que le agradezco, aunque me produce un fuerte dolor punzante en el entrecejo, como el que a veces producen las bebidas muy frías tomadas con ansia en el calor del verano. Me intento destapar porque el calor febril que desprendo es demasiado y los sudores muchos, pero Sal me vuelve a tapar una y otra vez, y a cambiarme el trapo de la frente. Tengo los pies fríos, dolor lancinante de cabeza, la camisa empapada, y una temblaera incontenible que hace castañetear mis dientes y, por si todo esto no bastara, además deliro.
Estoy en medio de un paisaje espeluznante que miro petrificado y sobrecogido. Tanta destrucción sólo puede ser el resultado de un terremoto, o de una batalla o de una catástrofe nuclear. O quizá sea la consecuencia de todo a la vez. Hay muertos desnudos tirados en el suelo por todas partes formando figuras grotescas y otros muchos, también desnudos, amontonados al lado de fosas y barrancos, hay cadáveres ardiendo en piras gigantescas sobre montículos, y al lado de cráteres y zanjas, todo es fuego, ruina y desolación. Hay restos de armamento que observo extrañado porque corresponden a épocas diferentes. Huele a carne humana quemada y es un hedor tal que me provoca náuseas y me pone al borde del vómito, y ruidos estruendosos y ensordecedores que no hacen sino estremecerme aún más. Veo que también hay sombras a mi alrededor que se acercan y se alejan, todo es gris o negro, tétrico, sopla un viento boreal, veo a lúgubres figuras que parecen como monjes o forzados galeotes. Llevan cruces y cirios apagados aunque todavía humeantes los unos, y arrastran fuertes cadenas y grilletes los otros, todos están entre tinieblas, o entre un denso humo, o bajo una pesada niebla, algunos monjes a pesar de que llevan la capucha del hábito levantada dejan ver sus caras cadavéricas y desvaídas. Otros monjes llevan en sus manos, ásperas y nudosas como sarmientos, látigos provistos de tralla con los que flagelan salvajemente a diestra y a siniestra a todos aquellos galeotes desnudos que se arrastran hasta ellos, revolcándose por el lodo, intentando comerles los roñosos pies, o las albarcas de cuero y esparto, obscenamente entregados, a cuatro patas algunos, ansiosos todos por obtener su penitencia, dispuestos a cualquier cosa por recibirla, revueltos, exaltados y con su miembros empalmados y agarrándoselos unos a otros, haciéndose entre ellos mil puñetas, suplicando a los ajusticiadores, que sean despiadados con los zurriagos sobre sus espaldas para poder alcanzar la remisión de sus muchos pecados y culpas cuanto antes. Otros suplicantes están de rodillas ante los verdugos mostrándoles sus bocas babeantes, o están ya dentro de sus hábitos balanceando frenéticamente sus cabezas, con aquellas manos de cernícalos lagartijeros de los castigadores sobre sus nucas, mientras reciben los feroces azotes de éstos. Otros disciplinantes llevan capirotes como los nazarenos de Semana Santa, éstos me dan más miedo pues vagan como embobados haciendo círculos infinitos, sin rumbo fijo, andando sobre muñones sanguinolentos en vez de pies. Algunos de estos nazarenos sólo muestran unos ojos blancos, opacos, carentes de iris, mientras que otros tienen largos clavos perforándoles los ojos, todos levantando los brazos y sacudiendo violentamente, a uno y otro lado, sus báculos, o sus cayados. Otros feroces sayones tocados de mirras y birretes, con gruesos anillos de amatistas o granates en sus dedazos de uñas negruzcas, vestidos con largas y sucias túnicas negras de donde refulgen exagerados crucifijos de oro y zafiros verdes martirizan a los penitentes que se les exhiben desnudos, tirando cruelmente de lo único que cubren su cuerpo, de fajas gruesas de cerdas o punzantes cilicios de hierro que les desangran como mortificación muslos, falos, brazos, torsos y tripas. Otros flagelantes, con la espalda descubierta, muestran multitud de puntos sangrantes provocados por flagelos de púas que ellos mismos sacuden con las manos atadas. Algunos forzados arrastran a otros galeotes tirándoles de argollas en el cuello o en la nariz mientras a su vez, arrastran gruesas cadenas en manos y pies y parece que se ríen de manera estentórea con sus bocas desdentadas, y dan gritos tenebrosos o quizá, son los gritos del averno donde por fin, después de haberlo temido tanto, ya me encuentro, aunque me digo que es extraño pues es mucho el frío que hace, pero desde luego los gritos son exagerados para ser humanos. Y unos penitentes a las órdenes de un encapuchado descomunal se acercan a mí y me despojan violentamente de todas mis vestiduras y doblándome sobre mi cintura dejan mi culo bien expuesto, unos pretenden azotarme con una larga verga de toro, mientras el encapuchado exhibe ya la suya al aire, enorme y bien dispuesta, por debajo del hábito, no dejando lugar a dudas de lo que pretende hacer con ella. Yo estoy aterrorizado, nada impido, estoy entregado, rendido, y después de sufrir los primeros zurriagazos me voltean y me levantan las piernas sosteniéndome en alto mil brazos de huesudas manos, y aparece por debajo de mí, en mi entrepierna desnuda, una zarpa, queriéndome arrancar mi falo erecto y los huevos, y por los laterales aparecen sendas garras que me clavan sus uñas afiladas y rasgan mi carne profundamente abriéndome las tripas y el pecho, de donde no sale sangre alguna, como si estuviera seco o como si estuviera muerto. Y las garras escarban ávidas en mis entrañas y en vez de vísceras extraen en su lugar infinidad de asquerosas serpientes que inmediatamente reptan por todo mi cuerpo, y se enroscan en mi cabeza, en mi cuello, en mi pecho, en mis piernas. Y mientras me pregunto sorprendido cómo es posible que haya dejado anidar en mi interior tal caterva de asquerosos engendros, cuando daba por seguro que iba a ser devorado de lo poco que de mí quedaba, empezando por mis ojos vidriosos que parecen gustar a sus bífidas lenguas, aparece de repente, a los sones de clarines y atabales, un bellísimo y radiante ángel blanco de profundos ojos negros y grandes pestañas, blandiendo una fulgente espada y vistiendo túnica roja tirando a violeta, ribeteada en oro, y pertrechado de emplumado yelmo, imbricada loriga, ajustada escarcela, y metálicas grebas, montado en un caballo blanco y alado también, elegantemente enjaezado y que pisa con sus patas y cascos a esos seres aberrantes, e inmundos, que contra él nada pueden, y salen despedidas, huyendo despavoridas tras monjes, galeotes, nazarenos y flagelantes.
Cuando desperté de esta pesadilla gótica ya estaba anocheciendo y la lluvia golpeaba con fuerza en los cristales. Era ahora cuando me daba cuenta que estaba en una de las casas más bonitas en la que haya estado nunca. Era como una de esas casas que aparecen en las películas de Paris, como una de esas buhardillas de Montmartre, donde viven pintores bohemios o músicos y artistas de la farándula. Miré a mi alrededor y vi que era una casa muy antigua a la que se le había añadido la mitad de una enorme terraza acristalando las paredes y parte del techo de ésta. La cubierta de medio salón era de cristal sostenido por un gran armazón de hierro y una columna de forja en el medio de la amplísima estancia. Las vigas del techo con sus remaches y todo también eran vistas y estaban bien cuidadas y pintadas como la escalera de caracol que también era de hierro, aquella que no recordaba haber terminado de subir. También había una bonita estufa, redonda, de ésas que hay que levantar una tapa en la parte superior con un gancho para echar el carbón, y cuyo tubo de evacuación iba paralelo a la columna hasta salir a la calle.
Me encantó escuchar el tintineo intermitente de la lluvia sobre el techo entramado de cristales. Y éstos, que no sé si estaban sucios o era vaho que se formaba alrededor de ellos apenas dejaban ver nada del exterior, ni siquiera los golpes de la lluvia sobre ellos. Por una esquina y gracias a una mortecina luz pude ver el final de un canalón que bordeaba toda la fachada de cristal, y que recogía el agua del techo ligeramente inclinado y lo dejaba caer en forma de un fuerte chorro sobre el suelo de la terraza donde se encontraba el sumidero. Durante mucho rato mis ojos miraron hacia la estructura de cristales encima de mí, pues estaba como fascinado. Hoy, recordando aquello, estoy casi seguro que habrán cambiado la estructura de hierro por feo aluminio y aquella bonita estufa de carbón por cualquier chimenea de pega de esas que simula el fuego y hasta habrán tapiado las vigas de hierro. Pronto escuché los ruidos de alguien subiendo por la escalera interior. Cuando Sal por fin apareció intenté incorporarme del sofá pero no me dejó:
-No, no te levantes, espera un poco todavía –me dice acercándose al sofá donde me encuentro
-Lo siento, no sé que me ha pasado, me he debido desmayar –contesté, apenas balbuceando
-Pues que has tenido mucha fiebre y todavía parece que tienes un poco. Ahora vas a tomarte otra aspirina. –me dice poniéndome la mano sobre la frente
-Lo siento, lo siento de verdad, ¿Qué hora es? Parece de noche. ¿Cuánto tiempo llevo aquí? ¿Cuánto tiempo he dormido?
-Varias horas. No veas qué susto me he llevado. Te has abandonado dejándote caer en la escalera y apenas podía subirte
- Sí. Lo último que recuerdo es una escalera de caracol que parecía que se hundía bajo mis pies según la iba subiendo, tío. Y ¿sabes? me he debido caer en el infierno porque he tenido una visión horrible. He debido tener una pesadilla donde había monjes y nazarenos y......
-Y serpientes –me contesta muy seguro
-No me digas que también he delirado –le digo consternado, a la vez que bajo la mirada turbado.
-Mucho –me dijo.
Pero nunca llegué a saber lo que había salido de mi boca ese día en aquel estado febril. Sé que sólo pudo ser la descripción de alguna de aquellas miserias de las que para entonces se había llenado mi vida. Estoy seguro que mi delirio se centró en detallar que encuentro gran placer y gran satisfacción en el acatamiento y la sumisión, en que disfruto de manera brutal con alguien que me someta, con alguien que me use a su capricho y que me posea sin piedad, que disfruto con cualquier mezcla de humillación, dolor, vergüenza y castigo. Y que cada vez me gusta más y necesito más que todas esas prácticas se desarrollen cerca del límite. Que cada vez necesito emociones sexuales más fuertes, que estén cada vez más próximas al vértigo, al frenesí.
O quizá le dije que aunque aquello me atraía con locura hasta el punto de buscarlo sin descanso, desesperadamente y de llevar una vida desenfrenada y licenciosa, a la vez, aquello me repelía tanto como me atraía, que me aterrorizaba este trastorno de los sentidos, que estaba muerto de miedo por esta exaltación violenta, que me espeluznaba lo que hacía y lo que era aún peor, lo que estoy seguro que podría llegar a hacer. Quizá también le dije que sabía que tarde o temprano aquello me llevaría a la perdición o a la locura, eso sino tocaba fondo antes y no me tiraba yo mismo al abismo buscando un poco de tranquilidad y sosiego. No sé si deliré, ni lo que dije, ni lo que oyó pero tengo la impresión de que fuera lo que fuese, eso fue le que le enamoró de mí. Por eso se pasó todo aquel día velando mi sueño sin casi apartarse de mi lado, y por eso me enseñó todo lo que sabía, por eso siempre se preocupó tanto por mí, y por eso me dolió tanto....... tanto...... fallarle, traicionarle.
-¿Qué he dicho? –le pregunto sonrojándome y volviendo a subir muy lentamente los ojos pero sin atreverme a enfrentarlos con los suyos.
-Tranquilo, Alejandro, sólo cosas sin sentido
-Por favor, no le digas a Christian nada de cómo ha ido esto –le digo angustiado y cogiéndole del brazo –te lo ruego, volveré otro día cuando tu quieras, mañana si me siento mejor, o podemos hacer ahora algo si te apetece, pero por favor no le digas nada a Christian. Esta mañana le llamé nada más levantarme y vi que me sentía mal, para que te llamara y anulara la cita pero no ha querido.
-No te preocupes, que no pasa nada. Ahora te vas a tomar otra pastilla, ¿vale?. ¿Con qué la quieres con leche caliente o con anís?
-Con leche, con leche, tío, o con agua. Ahora recuerdo que la otra me la diste con anís y me supo a rayos.
Al decirle esto se echó a reír ampliamente, y fue entonces cuando por primera vez vi la oquedad que había entre sus dientes incisivos superiores, que me encantó y también me di cuenta de la profundidad infinita de sus ojos negros y de las pestañas tan largas que tenía, y cuando se levantó y se dio la vuelta pude mirar de soslayo, bueno, no tan de soslayo, su cuerpo y admirar brevemente, esto sí, su culo y cuando me trajo el vaso de leche caliente con la pastilla me fijé en sus manos muy finas y en su blancura nívea y en sus uñas bien recortadas.
-Creo que ya estoy bien –le dije incorporándome -¿Quieres que hagamos algo? Creo que ya podría -Volví a insistir pero mirándole esta vez directamente a sus infinitos ojos negros.
-Ya te he dicho, Alejandro, que estés tranquilo, que no te preocupes por nada, que no pasa nada.
-¿Prefieres que quedemos para otro día? ¿Mañana domingo? Seguro que para mañana ya estaré bien. Esto me pasa con frecuencia no te preocupes. Cada vez que tengo la gripe o pillo algún catarro me dan unos subidones de fiebre que son espectaculares. Contra ellos lo mejor que se puede hacer es meterme durante un rato en una bañera con agua bien fría. Y si el agua puede estar llena de hielos mejor. Mi madre lo sabe bien porque a la pobre le ha tocado meterme muchas veces en mi vida. Y al rato ya estoy como si nada hubiera pasado. No sé, pero creo que esto debe ser un rollo de la infancia. Alguna reminiscencia infantil que me queda no sé.
-Alejandro, te he dicho ya tres o cuatro veces que no pasa nada, tranquilízate, tío. Christian no se enterará de nada de todo esto, si es lo que te preocupa ¿De acuerdo? Lo único que siento es no haber sabido lo de la bañera. Ufff, cómo me habría gustado desnudarte y haberte llevado en brazos, totalmente abandonado a depositarte dentro del agua. –me dice sonriendo con una amplia sonrisa burlona. -Es broma, pero si en verdad te sientes mejor y no tienes ninguna prisa pues prefiero que charlemos un rato, si te apetece. ¿Qué dices?
-Vale. ¿Sabes? Tienes una casa muy bonita, nunca he vista nada similar. Y me encanta cómo suena la lluvia sobre los cristales del techo. Será genial dormir aquí cuando llueve, ¿no? Me encanta ese rumor intermitente de la lluvia y por las noches en la cama, más aún
.
-A mí también. Venga, pues ya está hecho, volveremos a quedar los dos en una noche de lluvia y te vienes a dormir conmigo, ¿de acuerdo?
-¿Y porqué no hoy? Hoy ya llueve ¿O es que has quedado con alguien? Mi vieji está en el pueblo y no hay nadie en mi casa, no tengo porqué volver.- le dije yo, dándole todo tipo de detalles familiares
Después de pensárselo durante más tiempo del que a mí se me antojó necesario para decidirse dada mi predisposición, y en el que giraba su cabeza a derecha e izquierda de una manera que no presagiaba nada favorable, mirándome fijamente a los ojos me sonrió, esta vez sin enseñarme el vacío interdental, y por fin me dijo que sí, poniéndome la mano otra vez sobre la frente.
-De acuerdo, si quieres puedes quedarte pero no haremos nada porque no estás en condiciones. ¿De acuerdo? Todavía tienes algo de fiebre.
-Como quieras –le digo también sonriendo, pues desde hacia ya un rato largo este tío me estaba empezando a gustar una barbaridad.
-¿Pongo música?
-Como prefieras, estás en tu casa. –le digo yo muy bién educado
-¿Qué te gusta?
-Lo que te guste a ti, me gustará, seguro –sigo tan educado
-¿Te pongo ópera?
-¿Óperaaaaa? –contesto yo sorprendido y en algún tono que le debió de parecer gracioso pues empezó a reír. -Vale, vale, lo que tu quieras
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Y empezó a sonar una especie de marcha militar, muy bonita que a mí, más que ópera me pareció música de película de romanos. Sí, una música que me recordó a las películas de Ben Hur, Espartaco, o a La caída del imperio romano. Y cuando me preguntó si me gustaba, así se lo hice saber.
-Bueno, no es de romanos, pero casi. Ésta es de egipcios. Se compuso para la inauguración del canal de Suez y trata de un militar egipcio que se enamora de una esclava negra. Claro que ésta luego resulta ser hija del rey de Nubia. Pero la hija del Faraón también está detrás de militar y ahí ya se complican las cosas. Ya sabes los celos. Al final los dos amantes morirán
-¿Y todo eso lo entiendes cuando cantan?- pregunto yo extrañado
-Hombre, no, pero lo lees. Los libretos de las óperas en general son muy bonitos, aunque muy exagerados y siempre suelen ser historias muy emocionantes. Mira voy a ponerte otra, y ésta mira tú por dónde, sí será de romanos.
-¿Y ésta de qué va? –le pregunto cuando empieza a sonar esta nueva ópera cuya música también me resultó muy bonita
-Transcurre en la Galia y es de una sacerdotisa druida que se enamora de un romano con quien tendrá dos hijos. Luego el romano se enrollará con otra y ahí empieza el lío. ¿Sabes quién fue Medea?
-Sí, la protagonista de una tragedia griega que mata a sus hijos por despecho, ¿no? Lo que no recuerdo bien es quién era el autor. Nunca sé con seguridad quien es el autor de las tragedias griegas.
-En este caso Eurípides, aunque tampoco creas que estoy muy seguro. Bueno, pues en esta historia la protagonista también planea matar a los hijos que ha tenido con el romano, por despecho hacia él. Pero como resulta que el tiempo de composición de la ópera es ya la época prerromántica, el autor del libreto la hace recapacitar y al final no los mata, muriendo ella a cambio, eso sí, como condición necesaria. Y el soldado romano viendo la determinación de la sacerdotisa rememora de nuevo su antiguo amor y vuelve y muere con ella. En la hoguera, así, sin contemplaciones.
-¿Todas las óperas son tan dramáticas? ¿Todas acaban así de mal?
-Bueno, no todas, pero muchas sí.
A la hora apropiada me trajo en una bandeja cosas muy ricas para cenar y abrió una botella de vino nacional que me ponderó mucho. Yo no entendía nada de vinos en aquel entonces por lo que escuché con mucha educación y muy detenidamente todos aquellos elogios y alabanzas y, al menos, no se me ocurrió pedirle gaseosa.
Y cuando terminamos de cenar y se cansó de oír música me dijo si me apetecía ver una película en el video. Claro, le dije yo, me encanta el cine. Me dijo que un amigo le había dejado varias películas de Fassbinder. Cuando me dijo el nombre yo me arrasqué la cabeza durante un rato.
-¿Cual te apetece? Venga, elige una. Yo, ya las he visto todas así que me da igual, vemos la que tú quieras –me leyó los títulos y me hizo una breve sipnosis del asunto de cada una de las películas
-¿Siempre tienen nombres de mujer los títulos de las pelis de este hombre? ¿Y siempre con la misma actriz? Pues vaya tela
-No todas, pero varias sí
-Pues pon cualquiera de ellas que seguro que nos gustará. Venga, la del rollo bollo estará bien.
Se echó a reír, puso el video, empezó la peli, me dio un vasito de vino, se sentó a mi lado en el sofá, y yo puse mi cabeza encima de sus piernas mientras él me acariciaba el pelo.
Cuando terminó la peli era ya muy tarde así que nos fuimos a la cama. Se marchó a lavarse los dientes y tardó horrores en volver. Yo me metí entre aquellos buenos edredones muy suaves y calentitos y esperé pacientemente su vuelta. Si tenía fiebre no la sentía, podría responder a su iniciativa, si ese era su gusto, no tendría que agitarme mucho, eso, sí, pero estaba seguro que en mi estado me lo haría bien, no me haría mucho daño y sería muy cariñoso conmigo.
Llegó con su pijama puesto; vaya, con lo que me gustaba en vaqueros pensé yo, mientras le miraba embozado hasta el cuello. Apagó la luz se metió en la cama y tuve que ser yo quien se acercara y se abrazara a él. Tras un ratito le di un piquito en la boca y me di la vuelta para invitarle a que se apretara a mí y poder sentir su miembro en mi culo. Tuve casi que obligarle a que lo hiciera echando su brazo encima de mi cuerpo. Y cuando por fin lo hizo no sentí miembro alguno, al menos duro y cuando empecé a culebrear muy sutilmente y a pegarme más a él, tampoco sentí miembro duro alguno. Y cuando ya un poco harto le pregunté si le gustaría follarme hoy o lo dejábamos para otro día, va y me contesta:
-Yo soy pasivo, Alejandro
-¿Cómo? –pregunto yo aturdido
-Lo que has oído. Que soy pasivo cien por cien
Me quedé sin más palabras para el resto de la noche. Y entre el frío, la fiebre y el cortocircuito que en mi cerebro me había provocado su confesión, la verdad fue que aquella primera noche dormimos los dos de lo más abrazaditos pero sin miembro duro alguno, eso sí, oyendo el rumor intermitente de la lluvia cayendo encima de la cubierta de cristales.