Cuadernos de un chapero
Recorrido vital de un chapero, sumiso, y pasivo, y de sus venturas e infortunios.
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Cuaderno XXXII
A la propuesta de Sal de quedar para el fin de semana siguiente le dije rápidamente que sí, y le dije también que intentaría ir lo más rápidamente posible, pero que tendría que ser el sábado por la mañana porque el viernes por la tarde tenía clase. De todas las maneras el lunes era fiesta y el fin de semana sería largo.

Uffff.....menos mal, creí que no me propondría volver a quedar
El viernes por la noche le llamo por teléfono y le digo que no podré ir tan pronto a su casa el sábado como pretendía, porque tengo otra obligación, pero que en cuanto termine estoy con él. No sé la hora pero es seguro que será pronto porque ya le estoy deseando. Estoy seguro que entiende el tipo de obligación que tengo, pero muy discreto nada me pregunta. Christian me ha llamado el viernes al mediodía mandándome a una cita ese sábado por la mañana a una casa no lejos de donde vive Sal. Para aquel entonces había aprendido lo suficiente como para saber cómo desembarazarme rápidamente de una cita o situación no deseada.

Llego un poco más pronto de lo normal a la cita en cuestión y me recibe un tipo altivo, huesudo, cuarentón, de ojos hundidos, canoso, vestido con un chándal, de esos tíos que van con esta prenda igual a sacar al perro, como a comprar el pan, o el periódico. Y tras comprar éste se pondrán el pan debajo el sobaco para poder leerlo a gusto.

Según entro en aquella casa, pongo cara de antipático, ya suficientemente ensayada, esto es, el gesto grave y torcido, el rostro ceñudo y malencarado, y mirándolo yo a él también por encima del hombro. Y desde luego en la estrategia no puede faltar algo muy importante, simular estar muy nervioso y agitado. Casi sin saludar siquiera, me desnudo y muy serio le pregunto dónde y cómo quiere que me ponga. Con esta actitud árida y aquel ceño fruncido y sobretodo, el no parar quieto ni un momento, es difícil que a alguien le apetezca conversación, o algo más que follarte. Tan borde aparento que el tío decide desnudarse rápido él también, cierra la puerta del salón y veo detrás de ella que tienen un colchón apoyado en la pared. Extraño lugar éste para tener un colchón, pienso, debe tenerlo preparado para la ocasión. Lo tira en el suelo en el medio de la estancia y me manda ponerme a cuatro sobre él con la cabeza sobre el asiento del sofá. No parece querer más prolegómenos, menos mal. Cuando veo que me va a follar sin condón y sin lubricante, decido entablar entonces con él una amable conversación:

-¿No vas a ponerte condón, tío? –le pregunto ya en posición sobre el colchón y con la cabeza mirando hacia atrás, a la vez que aprovecho a lubricarme el culo empapándome los dedos de la mano con mi propia saliva

-No, paso, me gusta más así, a pelo –me dice ya de rodillas detrás de mí, agarrándome de las cachas, y muy dispuesto, mientras me manoseaba el culo

-Tú verás, pero por mí ha pasado ya medio Madrid –le contestó muy convincentemente pero en absoluto tranquilo

-Bueno, ya será menos. Vamos a ver si en verdad ese culazo es tan tragón como me han asegurado –me responde muy chulito

-Como quieras, tío, tú mismo, pero hago esto por lo menos un par de veces al día porque necesito pelas para ponerme. Por mí ha pasado ya más gente que por el arco de cuchilleros, pero tú verás

A veces, estas conversaciones tan transcendentes y profundas funcionaban y aquel día, menos mal, funcionaron, no sólo porque el tío se apresuró a ponerse un condón, y además suyo, sino porque terminó rápido y no quiso más rollo del imprescindible, ni darse la charla, ni cigarrito, ni nada de nada. Justo lo que quería, en menos de media hora había acabado con mi obligación.

Y media hora más tarde estaba de lo más contento en casa de Sal, donde nos habíamos propuesto pasar todo el largo fin de semana sin salir de la cama, poco más o menos. Lo haríamos nada más que para bajar a comer en el restaurante chino de sus amigos. Me había prometido por teléfono una sorpresita agradable si llegaba pronto, y yo estaba a la expectativa por ello.

Y tras unos saludos efusivos y aunque me había duchado antes de salir de casa esa mañana, no pude por menos de pedirle con cara de circunstancias que me dejara hacerlo otra vez. Y Sal lo entendió. Y tras la ducha, me sentí más yo, más relajado, no sólo más limpio, me sentí como mejor, como si por el desagüe de la bañera se hubiera ido toda la podredumbre y la miseria en la que se había transformado mi vida. Parecía que quisiera engañar a los dioses, o que éstos me permitieran la ficción de creer que estar limpio de cuerpo podría equivaler a estar limpio de alma también.

A la salida de la ducha me senté en el sofá donde ya estaba sentado Sal. Ahora sí, le di un beso más profundo y sentido, más propio, y luego me tumbé y apoyé la cabeza sobre sus rodillas. Parecía que por el sumidero de la ducha se me había ido hasta el morbo y que me había relajado tanto como para dejarme como un témpano. ¿O me había enfriado el chandalero? ¿O es que me apetecía hablar? ¿O era quizá que me daba miedo que iniciase de nuevo esos juegos tormentosos que tanto le gustaban? ¿O era que tenía miedo a que me volviera a internar por aquellos caminos procelosos de la dominación y el sometimiento? Desde luego ganas de hablar tenía. Y hablamos, y hablamos, y hablamos sí, y me encantó hacerlo.

-Entonces, dices que en el sexo te gusta hacerlo de manera poco convencional. Pasas de hacer lo que hace todo el mundo. Prefieres hacerlo de una manera que se salga de lo normal, en el límite. ¿Es así?

-Bueno, no sé qué es lo convencional, ni tengo muy claro lo que se tiene por normal. Por no saber, ni siquiera sé cómo se lo monta la gente, lo que hacen normalmente. Ni sé las fantasías más comunes que la gente tiene, ni lo que ésta sueña con hacer, aún cuando nunca haga.

-Pero te pone hacerlo con un cierto grado de riesgo, ¿me equivoco? Te gusta llevar el morbo, o el orgasmo hasta un punto cercano al no retorno. Con la cera del otro día pude comprobar que esto que digo es así. ¿Es así o no?

- Pues seguramente sí. Pero te confieso que tengo muchas obsesiones, y a veces tengo cierta preocupación por separarme de lo normal.

-¿Separarte de lo normal? –me hace esta pregunta cortándome de repente y mirándome a la cara con aire sorprendido.

-Sí, tengo mucho miedo, como no imaginas, de caer en alguna conducta sexual desviada o extraña

-¿Conducta sexual desviada o extraña? Pero qué dices, tío –esta pregunta ya me lo hace dando un grito, que no deja de sobresaltarme, y levantando la voz y gesticulando mucho con las manos.

-¿Qué pasa? ¿He dicho algo raro? –le miro sorprendido porque en verdad no sé si he dicho una inconveniencia o una chorrada

-Pero chico, ¿Tú qué dices? ¿Y qué es lo normal? ¡No me fastidies¡. ¿Lo habitual? ¿Lo que hace la mayoría?

-Bueno, no sé, poco más o menos. ¿no? –le digo yo, mirándolo y agachando la cabeza porque no estoy ni medio seguro de lo que digo

-Lo que se dice normal es lo que no se separa del patrón ideal impuesto por alguien con a saber qué criterio o interés. Quizá el patrón moral de la clase social imperante en cada momento histórico. Bueno, y para qué vamos a hablar del patrón que querría imponer la iglesia.

-Ya, pero a nadie le gusta ser el raro en ninguna parte, por muy cisne que uno sea entre los patos. Primero te llamarán feo y luego cuando ya seas crecidito y vean que eres mas guapo que ellos te llamarán maricón.

-Mira, a veces lo que hace la mayoría es aburridísimo, Alejandro. Y lo que se hace con más frecuencia se puede deber a condicionamientos culturales o morales, pero no necesariamente porque sea lo mejor o lo más placentero. Por eso, siempre ha habido gente que le ha gustado explorar nuevos mundos, nuevos horizontes, hacer cosas diferentes y eso, obviamente, queda fuera de la normalidad.

-Yo quiero ser de ésos. Quiero probarlo todo y disfrutarlo todo. Hay cosas sin las que no me gustaría morir, sin haberlas experimentado antes. Hay cosas que me gustaría conocer y disfrutar, al menos, una vez en la vida.

-¿Qué cosas?

-Pues qué cosas van a ser, tío, las que producen gusto y placer, coño. ¿Qué cosas, dice? Primero, las cosas que te emocionan y conmueven desde luego, que uno es una persona sensible. –se lo recalco por si no se ha dado cuenta

-Bien, eso está bien porque es un requisito necesario. Para poder disfrutar de las cosas es imprescindible ser sensible, tener capacidad de percibir las sensaciones que recibas, si no, vamos listos.

-Luego están las cosas que te asombran, las que te impresionan, las que te deslumbran, en definitiva las cosas por las que uno se queda fascinado aún cuando no sepa muy bien explicar porqué. ¿Sabes lo que quiero decir?

-Te entiendo, sí. La capacidad de asombro es imprescindible también. ¿Qué más cosas quieres probar?

-Y luego están todas aquellas cosas relacionadas con la pasión y el sexo. La concupiscencia carnal que me decían los curas en el hospicio. Esas sí, que no me las quiero perder, porque son las que más fácilmente nos hacen vibrar. Sí, no me gustaría morirme sin probarlo todo en el sexo.

-Sí, las cosas relacionadas con el amor y el deseo son las que más nos ayudan a sentirnos vivos, y tienes razón en lo de vibrar. Pero no estamos aquí para vibrar, tío, porque eso por sí sólo no nos daría gusto alguno. Es la satisfacción de los deseos lo que nos produce placer y por el placer podemos llegar a la felicidad. Eso decían los epicúreos al menos.

-Sí, supongo que a eso se reduce todo a conseguir la felicidad

-Luego venían los otros, los estoicos, a amargarnos la existencia diciendo aquello de que hay placeres que producen después de su satisfacción mayor dolor que el placer original, y que por tanto debemos pasar de éstos porque nos producen desasosiego e intranquilidad. –a mí, es esto justamente lo que me pasa cuando me sacan a relucir a los griegos, asi que hábilmente hago un cambio de tema del que salgo airoso.

-¿Y sabes qué? ¿Sabes otra cosa que no me gustaría perderme?

-¿El qué?

-Viajar. Visitar todas las maravillas que hay en el mundo, sobre todo los grandes paisajes naturales. No tanto los grandes monumentos humanos, que también, como la naturaleza. Me gustaría visitar el Masaimara y el Serengueti, el cráter del Gorongoro, el desierto del Kalahari y la desembocadura del Okabango, el Amazonas, los fiordos noruegos……

- Vaya, vaya. Con todo lo que oigo, veo que el niño me ha salido hedonista, ¡Qué barbaridad¡

-Puede. -le contesto riéndome pero metiéndome yo solito otra vez en el atolladero griego -No me parece una mala filosofía ésa. Buscar el placer por el placer sin hacer ningún mal al prójimo no me parece una mala cosa. El placer debería ser más importante para los hombres que todos los dioses juntos -le contesto muy enfático y clavando la respuesta.

-Muy buena reflexión, sí señor. ¿Y qué más te gustaría experimentar? –me inquiere ahora poco persuasivo

-¿Porque me haces tantas preguntas? ¿A dónde quieres ir a parar exactamente, tío? –a pesar de estas preguntas como respuesta, ya le he contestado a todo. Estoy sorprendido de mi propia osadía y de la confianza que ya me merece Sal, a pesar del poco tiempo que ha transcurrido desde que le conozco.

-No quiero llegar a ningún sitio en particular. Lo que quiero, sencillamente, es que disfrutemos juntos, que experimentemos juntos, que nos conozcamos mejor, y que nos arriesguemos juntos.

-Yo también quiero eso contigo. ¿Pero que nos arriesguemos a qué? No me conozco mucho a mí mismo y lo poco que me conozco no creas que me gusta mucho. No estaría mal conocerme un poco más. No, seguro que no me vendría mal. Lo poco que tengo claro es que muy normal no me parezco. Vamos, creo. Quien sabe, a lo mejor contigo me aclaro algo.

-¿Quieres ser mi esclavo? ¿Quieres ponerte en mis manos? ¿Quieres entregarte a mí? ¿Quieres que yo te lleve por alguno de esos senderos pocos convencionales en busca del límite para ver hasta dónde eres capaz de acercarte? –me espeta todas estas preguntas de golpe, de corrido, en toda regla, dejándome casi sin palabras. Tras un rato de titubeos, le pregunto

-¿Qué me dices, tío? ¿Qué me harías? ¿Ponerme algún collar de perro en el cuello y apretarlo hasta cortarme la respiración? –le pregunto yo también, como desbocándome, una pregunta tras otra

-¿Cómo? ¿Crees que eso es poco habitual? Vas tu lista

-Pero sí, ya te veo, quieres cortarme el oxígeno al cerebro mientras follamos para que alucine y vea cosas, ¿no? y cerca del orgasmo ya, abrirme la bolsa de plástico de la cabeza de golpe y conseguir que vea el rayo verde. ¡A que sí¡. ¿Es eso verdad? Creía que era un mito

-Te pregunto otra vez: ¿Quieres ser mi esclavo? ¿Quieres hacer todo lo que yo te ordene? ¿Estas dispuesto a recorrer y a experimentar conmigo alguno de esos caminos como el del otro día con la cera? Lo hiciste muy bien. ¿Quieres entregarte a mí? O, no. ¿Quieres recibirme?

-Me das miedo, tío, cuando te pones en este plan es que te temo, pero claro que sí. Tengo alma de esclavo, eso desde siempre lo he sabido, y lo que es más tengo alma de víctima. Me está subiendo cierto escalofrío por la espalda sólo de oírte hablar así y si me dejas me gustaría demostrarte lo esclavo que puedo ser

-Bien, vamos bien. Sí, el miedo es necesario para todo esto, es uno de los ingredientes necesarios, entre otros. Cuando alguien tiene miedo se le domina mucho mejor –y mirándome fijamente sin pestañear me vuelve a decir -Entrégate a mí

-Tío, me excita mucho lo que me dices. Pero de verdad que me das miedo ¿qué quieres hacerme? ¿Atarme y pasarme las puntas de tus afilados cuchillos o tijeras por todo el cuerpo? ¿Pincharme con ellos? –sigo desbocado

-Paso de ataduras. Prometo no atarte, Alejandro

-¿Seguro que con el rollo de los chinos y lo del músculo aquél conoces los puntos acupunturales, que dicen que si los pinchas con agujas o cuchillos adecuados puedes correrte sin tocarte la polla? ¿Es eso verdad?

-Mis amigos chinos del restaurante con cocinar ya tienen bastante, te lo aseguro, dudo que conozcan esos puntos.

- Dicen que hay expertos acupuntores gays que se dedican nada más que a poner las agujas en esos puntos y a correr a la gente sin tocársela y creo que ganan una pasta gansa

-Pues mira tú que bien, ¡que aséptico¡

-Ya sé: ¿Quieres atarme y meterme una pistola en la boca? ¿Es eso lo que quieres hacerme? ¿no? Atarme y azotarme violentamente una vez que me veas desvalido e inerme. ¿Meterme en una jaula o mazmorra? ¿Es eso lo que quieres? Aquí no veo ninguna

-¡Y dale¡ Te he dicho que no pienso atarte, coño, relájate. Oye, no desvaríes Alejandro ¿eh?. –me corta tajante levántando la cabeza con cara un poquito de alucinado, aunque nada parecida a la que se le quedará en un rato.

-Vale, vale. Pero relájate tú también un poco, coño, que estás pelín alterado. Tú lo que quieres es darme piquana, ¿es eso?

-¿Piquana dices? Tío, hay que ver cómo desbarras, tú, ¿eh?. ¿Supongo que referirás a alguno de esos pequeños aparatos que dan pequeñas descargas eléctricas y te hacen contraer los músculos y se te erizan todos los pelos?

-Sí, supongo que sí. Nunca he visto ninguno

-Pues dependiendo de la potencia de la descarga hace daño y cantidad, te lo advierto. Y en las zonas donde hay vello hace mucho más daño si te lo dan fuerte. Es como si te tiraran de los pelos. Y en los huevos ya ni te cuento. Con eso se ha torturado a gente no lo olvides.

-Sí, ya lo sé. ¿Pero, es algo de eso lo que quieres hacerme? o no

–Bueno, todos esos caminos los podemos recorrer si tú quieres.

-Quiero, quiero, sí y cuando tú quieras. -y Sal, como acordándose de repente de algo, incorporándose del sofá y sacándose un cojín de detrás, con la cara muy seria, me espeta extrañado

-Y por cierto, tío............. ¿se puede saber qué demonios es eso del rayo verde? ¿Qué historia es ésa? Me lo has preguntado ya un montón de veces y es que no sé qué es – y haciendo gestos raros con la cara y boca, y movimientos agitados con las manos me pregunta a continuación. –¿Pero no tiene eso que ver con la puesta final de sol en el horizonte?

-Ahhh. No sé, no sé. –le digo yo un poco decepcionado por su pregunta y alzando los hombros como signo de sorpresa –Pues un rayo de colores que dicen que se ve cuando el cerebro se queda casi sin oxígeno y justo en ese momento se alcanza el orgasmo. O se alcanza el orgasmo justo porque se ve el rayo dichoso, no sé. Me han dicho que hay gente que se tapa la cara con bolsas de papel y plástico y respiran dentro de ellas mientras les follan o le excitan sexualmente y cuando están a punto del orgasmo, pues....., pues......., pues eso....... que alcanzan el éxtasis, yo que sé........ dicen que tienen el orgasmo más intenso del mundo. Eso dicen no sé. Se puede decir justamente que casi mueren del gusto. –esto se lo digo ya en plan gracioso- ¿Tú no sabes nada de eso? Yo creía que sí.

-Pero, tú tío ¿qué libros lees o a qué bares vas? Mira, Alejandro, desde siempre la gente ha hecho en el sexo las cosas más raras. Déjate de piquanas y de rayos verdes. Y si quieres verlos, a la vez que tienes un orgasmo, pues procuras montártelo con alguien en la terraza o en el campo o en la playa, justo cuando se pone el sol, y así a la vez que te corres observas el horizonte.

-Sabes Sal, he oído decir también que, convenientemente atado, si te dan calor en la zona que va de los testículos al ano con un puro encendido, hecho con no sé qué hierbas machacadas, te lo pasas de puta madre y alcanzas también el orgasmo sin tocarte la polla. ¿Seguro que es eso lo que quieres hacerme? ¿A qué sí? –yo sigo a mi rollo y no atiendo a razones

-¿Te refieres a la moxibustion? ¿Qué has oído sobre ella? ¿Te gustaría recibir la moxa en el perineo mientras alguien te mantiene atado? Creo que sigues desbarrando pero a lo grande, grande.

-¿Cómo lo has llamado? –inquiero interesado

-Moxibustión. La moxibustión es la aplicación de calor en el cuerpo hecha con la raíz machacada de una hierba que se llama artemisa formando una especie de puro llamado moxa. Supe de su existencia cuando viajé al Tibet.

-¿Me darías moxibustion en el perineo? Dicen que se consiguen unas sensaciones increíbles. ¿Es todo eso cierto? Dicen que te puedes correr sin que nadie te toque la polla.

-¡Y dale¡ Pues a mí, sólo me quitó un fuerte dolor de muelas que tenía, hasta que me las sacaron ya en Madrid, y aunque desde luego ya fue bastante, te aseguro que no sentí nada en la entrepierna.

-¿Pero te aplicaron el puro ese en el perineo? o no, porque después de tu gusto por la cera, nunca sería eso un problema para tí –mi pregunta no está exenta de un poco de sorna.

-Pues no, desde luego que no. Me parece a mí, tío, que tú descarrilas. Aunque no estás falto de imaginación y eso casi siempre está bien.
-Uyyyyy, imaginación la que quieras, me sobra, de otra cosa no, pero imaginación, cantidad

-Y otra cosa.....¿se puede saber por qué tienes tanto afán en corrarte sin que te la toquen? ¿Qué obsesión, tío?

-No. Es una nueva sensación, otra manera de sentir una buena corrida, es como una estimulación desde dentro, no sé.......

-¿Pero es que no te gusta que te la toquen? o ¿qué? Resulta que te digo lo de no correrte y te extrañas. Pero más extraño me resulta a mí que quieras correrte sin que te la toquen, cuando esto es lo mejor que hay. En fin, tu sabrás.

Y mientras me decía todo esto enfrente de mí, me metía la mano suavemente por las perneras de los pantalones cortos de deporte que me había prestado tras ducharme y me acariciaba los muslos, y cuando tuve mi rabo bien duro me los bajó dándome un fuerte tirón, y bajando lentamente la cabeza empezó a hacerme una mamada de ensueño y cuando me tuvo completamente desnudo y excitado a tope, mirándome a los ojos me volvió a preguntar

-¿Entonces, te vas a entregar a mí, o no?

Y con sus manos magreándome el rabo sólo le pude decir........... que sí, claro que sí, lo que él quisiera.
No