Cuaderno XXXIII
Y Sal preparó un porro de maría que nos fumamos entre ambos, yo aprovechándome más que él, dejándonos relajados a los dos, a mí más que a él, y buscó un paquete que me pareció era aquel que le habían dado sus amigos chinos en el resaurante. De aquel paquete sacó unos trozos de setas más secos que la mojama, puso en el fuego una de esas cazuelas para vaporizar vegetales, de varios pisos, donde puso agua en la parte inferior y echó algunos trozos en la parte superior por donde habría de pasar el vapor. Con otro trozo seco se acercó a mí:
-¿Sabes que esto? –me dice mirándome fijamente a los ojos con cara de estar descubriéndome el gran secreto de la porcelana china
-Setas secas, ¿porqué? –le digo esto extrañado porque es obvio lo que tiene en sus manos
-Son venenosos –fue oír esto y me estremecí hasta los huesos. La afirmación como es natural me dio un mal rollo de la hostia. Sé que hay setas venenosas aunque no necesariamente mortales porque en mi pueblo hay setas cantidad, aún cuando nunca las presté demasiada atención porque no me gustan, nada. Pero aún así me estremecí a la vez que un escalofrío me recorrió la espalda.
-¿Venenosos? –le digo con cara angustiada –No pensarás hacerte una tortilla, porque a mí no me gustan, te advierto –intento distender la situación porque el nerviosismo que me está entrando es grande a pesar de que la maría es buena. La tensión psicológica también aumenta
-Ésta, concretamente es el Amanita muscaria – Tiempo después sabría que muscaria viene de mosca. En mi pueblo la llaman matamoscas porque antiguamente si se la ponía con agua o mejor con leche en un plato, servía para matar las muchas moscas que había dada la proximidad de las casas a los establos y vaquerías. Y cuanto mayores eran las moscas, sobre todo las verderonas, mejor, antes caían. Al menos eso decían.
-¿Y las otras más pardas? –le digo señalando con la cabeza a las setas secas que quedan aún en el paquete
-Esos son más venenosos aún. Las llaman panteras. Vas a meterte un trozo en la boca y lo vas masticar sin tragártelo. Sólo para lixiviarlo. -Este hongo más adelante sabría que era el Amanita pantherina que en contraste con la muscaria, que es de color rojo intenso al menos en España, esta otra es de color pardo, como café con leche y también con sus verruguitas blancas pero mucho más psicoactivo
-¿Quieres envenenarme, tío? ¿Estás loco? -le digo esto a la par que se acerca a mí y me besa, me pasea el trozo de hongo seco por los labios, me mete el dedo corazón espetándome la boca mientras con su otra mano me acaricia los muslos, los huevos y el rabo que ya no puede estar más duro.
-Vaya, no sabía que tan pronto te rendirías. ¿Es a esto a todo lo que se limita tú entrega? ¿es éste, el límite al que quieres acercarte? –Y levantándose se acercó a la cazuela y depositó en un plato el contenido de lo que ya podríamos llamar, setas al vapor. Se comió un trozo que estuvo durante un buen rato masticando mientras me miraba para tranquilizarme.
– ¿Quieres ahora tú una? –me dijo mirándome muy seriamente
Y cuando sus manos se acercaron a mí, una a mi boca y la otra a manipular mi miembro, con sus ojos negros profundos mirando fijamente a los míos, mis labios se abrieron rendidos y con no poca aprensión me comí un trozo de hongo que a mí me pareció demasiado grande y me dispuse a caer fulminado sin remisión en breves instantes. Recuerdo que mientras mordía aquello pensé en la forma en que encontraían nuestros cuerpos y en que al menos deberíamos estar correctamente vestidos para la ocasión, para cuando llegaran jueces y policías. Pensé también que el corazón se me pararía, que empezaríamos a vomitar, que nos retorceríamos de dolor apretándonos con las manos el estómago. Y pensé que ojalá en el momento del desmayo no cayéramos en una posición demasiado sórdida. No me habría atrevido a probarlas por muy seducido y cachondo que hubiera estado, de haber sabido en aquel entonces que hay un Amanita, el llamado phalloides, -porqué será que le llaman así- que tiene el sombrerete entre blanco o gris-verdoso en el que con unos pocos gramos escasamente un pequeño mordisquito ya eres hombre muerto. Con otro hongos de similares formas también hay que tener cuidado, son más sonrosados, pero casi pasa lo mismo, te arruinan la vida por siempre y no hay que ir a los bosques de abedules a buscarlos.
Pero nada de todo eso pasó y nada sentí, ni sentí mareos, ni náuseas, ni vómitos, ni visiones borrosas ni mucho menos caí fulminado por ningún rayo divino. Tras un rato de dudas miré al experto micólogo y le hice un gesto de decepción
-Tío, que es lo que se supone que tiene que pasar, porque no siento nada de nada. ¿Porqué no enciendes otro porrete? Creo que será más interesante si queremos ponernos de algo.
-Tranquilo, espera un poco, no seas impaciente
-Pero, ¿esperar a qué? ¿Qué es lo que tiene que pasar? Venga, vamos a comernos otro de ésos
-No, espera un poco, coño.
-Claro, tío, no me extraña que no pase nada si estaban más secos esos hongos que la mojama.
-Hay que tomarlos siempre secos, es más difícil que provoquen el vómito y son más potentes.
-Si tu lo dices, pero ese estaba muy seco, tío, no había más que verle y en cambio muy potente parece que no –digo yo esto muy chulo como si fuera el más experto en el asunto de los hongos alucinógenos
Tras casi media hora en la que sólo sentí la placidez suave y dulce del porro, Sal me da un trozo de los hongos secos y me ordena masticarlo durante bastante rato.
-No quiero que te lo tragues, sólo mastícalo. Cuando lo hayas masticado quiero que me lo pases. –Y a su criterio acercando su boca a la mía me besa apasionadamente mientras nuestras lenguas pasan de mi boca a la suya el contenido masticado del hongo. Y al cabo de un cuarto de hora hacemos la misma operación.
-Te advierto que me encanta, Sal pero ¿porqué lo mastico yo primero y te lo paso después? –le pregunto yo extrañado de semejante operación que a mí me parece de lo más morbosa.
-Muy fácil –me contesta mirándome muy serio y con el gesto torcido, con una expresión que no le he visto nunca. –ya te he dicho que algunas de estas setas son venenosas y como mi esclavo que eres simplemente te utilizo como conejillo de indias, si el hongo está envenenado, tú sentirás primero los efectos, tú te llevarás la peor parte. Una vez masticado y viendo que nada te pasa ya me lo como yo.
Me quedo callado y estupefacto de oír lo que oigo. Estoy totalmente paralizado y sin dar crédito de escuchar aquello. Cierro los ojos, echo la cabeza sobre el sofá y con profunda consternación pienso en cómo me he vuelto a dejar engañar. Pero me sorprende tanto que sea por Sal....... Desde que le conocí no dejaba de preguntarme cómo un ser así podía ser amigo o relacionarse con tipos como Christian o como Pierre o como los otros, me preguntaba cómo era posible que él qué era la bondad personificada podría andar entre tanta víbora, y he aquí que ahora se me descubre como la peor de todas ellas, como la peor áspid, como la más rastrera. Cuando por fin recupero el habla sólo me pudieron salir unas palabras:
-Eres un cabrón y un hijo de puta –pero a pesar del exabrupto que sale de mi boca, Sal no parece ni inmutarse
-En la antigüedad había esclavos dedicados exclusivamente a esto. Ellos probaban estos hongos antes de que los comieran los amos. Te sientes esclavo, ¿no? Compórtate y siente entonces como ellos. Nunca se sabe dónde está el veneno, quién lo pone y cuándo, y la única manera era así, masticándolos ellos primero y pasándoselos a sus dueños después.
Y me debí sentir como un esclavo porque en ese momento me acordé de Sergio. Recostada mi cabeza en el sofá, con las manos en la cara pensé en él, y en la mezcla del veneno que le pudo matar, o en la dosis de prueba demasiado pura, o en la estricnina. Eso, si no murió congelado en alguna fría noche de invierno tirado en aquel páramo hendido de surcos. O atropellado en cualquiera de las carreteras que habían abierto en los alrededores de Mercamadrid, recién inaugurado por aquel entonces, no lejos de allí. Y pensé también que encima se habría tenido que arrastrar por el lodo delante del suministrador del veneno, delante de su esclavizador, suplicándole que le diera aquella dosis mortal para acabar, no sólo con el mono de aquel día, sino probablemente para acabar con todos los monos de una puta vez.
Y también pensé que quizá se habría lamentado de no poder seducir ya al camello, como quizá habría hecho tantas veces, sobre todo al principio, para conseguir esa dosis última, aquella que provocaría el ansiado final. Y no podría ser así porque, debido a aquellos labios con pústulas y aquellos dientes negros consecuencia de tantos malos viajes, hasta al chivo aquél ya le repugnaría. ¿Se habría quejado Sergio de no haber podido trocar su cuerpo para conseguir su postrero viaje?
Y le vi tirado en cualquier oscuro y escondido rincón o en su vieja tienda entre convulsiones y espasmos muriendo como había vivido, como un puto perro, solo y abandonado. Y le imaginé arrojado y hundido dentro de un recóndito pozo donde habría sido tirado por sus esclavizadores para tratar de ocultar el delito cometido. Y también vi a Sergio aplastado por un camión de pescado en cualquier cuneta de carretera en aquellas noches en las que le daba la negra o el mono, porque a la pasma, o a la bofia, o a los leños, o a los polinarcos o a los estupas, que a la policía como al jaco también de muchas formas son conocidos, decidían hacer una redada o una batida de varios días para espantar al ganado.
En alguno de estos hostigamientos, quizá por estar en elecciones o para dar gusto a los bienpensantes, aquellos defensores de la tranquilidad pública ponían sitio el territorio, asediando la plaza, o los puentes, como si de fortalezas medievales se tratara, obligando a sus indefensos moradores y visitantes, más espectrales que nunca por la restricción del suministro, a realizar recorridos más amplios, hacer grandes rodeos o a cruzar las carreteras de circunvalación en estado mas que modorro, para romper el asedio y conseguir su sustento.
Nunca he conocido a nadie con quien los dioses se hayan ensañado tan cruelmente como con Sergio. ¿Tanto fue su desafío, tanta su provocación como para merecer tal venganza? ¿Tanto daño les hizo a ellos o a otros, como para tal desquite? Visto el mal que los hombres son capaces de realizar dudo mucho que Sergio mereciera tanta saña. ¿Qué pudo hacerles como para merecer tanto odio? ¿Tanto les pudo ofender su vida como para darle tan mal escarmiento? ¿Tanto se encaró con ellos? ¿Tanto les insultó? ¿Siempre se comportarán así ante cualquier ser humano que se atreva a vivir libre? ¿A quienes osen vivir libre de acuerdo a sus criterios tendrán que temer por siempre tan horrendas represalias?
Estoy en la duda de que Sergio pudiera hacer tanto mal a alguien como para merecer tanto castigo, y además con tanto ensañamiento, porque ni tiempo para ello tuvo. ¿Tanto mal se puede hacer con veinte años? ¿Y por ser casquivano o atolondrado, quizá cabra loca, uno debe temer tal fin? ¿Tener la desgracia de ser falto de juicio, o de inteligencia o ser un alocado, también tiene el riesgo de acabar como Sergio?
¿O es acaso la vanidad lo que no aguantan los dioses? ¿Tanto les repugna? ¿Pueden soportar la codicia, que es la causante de todos los males de la humanidad y no la vanidad? ¿O es, quizá, el dejarse arrastrar por los placeres de la carne lo que los dioses no pueden soportar? ¿No será el hedonismo lo que no perdonan? ¿No será porque acaso el hedonismo es lo único que nos acerca a los dioses? ¿Lo único que nos aproxima a ellos? Los dioses no sufren, eso queda para los humanos, sólo disfrutan, y si es en el Olimpo, allí más que en ninguna otra parte. Y además eternamente que para eso beben el néctar de la inmortalidad y la ambrosía, por no hablar de los caudalosos ríos de leche y miel. Ni de las vírgenes y huríes. ¿Pero en cualquier caso no se rebajan hasta el fango los dioses vengándose tan encarnizadamente por tan poca cosa? ¿Merecen siquiera que pensemos en ellos si se entretienen en tal nimiedad?
Me martilleaba el cerebro con todas estas preguntas como si fuera un tas, me las hacía una tras otra sin descanso, pero me sentía tan disperso que era incapaz de darme respuesta alguna. Algo me estaba ocurriendo en el cerebro, o en los ojos, que me impedía concentrarme, pero no podía saber exactamente qué.
-¿Sabes que esto? –me dice mirándome fijamente a los ojos con cara de estar descubriéndome el gran secreto de la porcelana china
-Setas secas, ¿porqué? –le digo esto extrañado porque es obvio lo que tiene en sus manos
-Son venenosos –fue oír esto y me estremecí hasta los huesos. La afirmación como es natural me dio un mal rollo de la hostia. Sé que hay setas venenosas aunque no necesariamente mortales porque en mi pueblo hay setas cantidad, aún cuando nunca las presté demasiada atención porque no me gustan, nada. Pero aún así me estremecí a la vez que un escalofrío me recorrió la espalda.
-¿Venenosos? –le digo con cara angustiada –No pensarás hacerte una tortilla, porque a mí no me gustan, te advierto –intento distender la situación porque el nerviosismo que me está entrando es grande a pesar de que la maría es buena. La tensión psicológica también aumenta
-Ésta, concretamente es el Amanita muscaria – Tiempo después sabría que muscaria viene de mosca. En mi pueblo la llaman matamoscas porque antiguamente si se la ponía con agua o mejor con leche en un plato, servía para matar las muchas moscas que había dada la proximidad de las casas a los establos y vaquerías. Y cuanto mayores eran las moscas, sobre todo las verderonas, mejor, antes caían. Al menos eso decían.
-¿Y las otras más pardas? –le digo señalando con la cabeza a las setas secas que quedan aún en el paquete
-Esos son más venenosos aún. Las llaman panteras. Vas a meterte un trozo en la boca y lo vas masticar sin tragártelo. Sólo para lixiviarlo. -Este hongo más adelante sabría que era el Amanita pantherina que en contraste con la muscaria, que es de color rojo intenso al menos en España, esta otra es de color pardo, como café con leche y también con sus verruguitas blancas pero mucho más psicoactivo
-¿Quieres envenenarme, tío? ¿Estás loco? -le digo esto a la par que se acerca a mí y me besa, me pasea el trozo de hongo seco por los labios, me mete el dedo corazón espetándome la boca mientras con su otra mano me acaricia los muslos, los huevos y el rabo que ya no puede estar más duro.
-Vaya, no sabía que tan pronto te rendirías. ¿Es a esto a todo lo que se limita tú entrega? ¿es éste, el límite al que quieres acercarte? –Y levantándose se acercó a la cazuela y depositó en un plato el contenido de lo que ya podríamos llamar, setas al vapor. Se comió un trozo que estuvo durante un buen rato masticando mientras me miraba para tranquilizarme.
– ¿Quieres ahora tú una? –me dijo mirándome muy seriamente
Y cuando sus manos se acercaron a mí, una a mi boca y la otra a manipular mi miembro, con sus ojos negros profundos mirando fijamente a los míos, mis labios se abrieron rendidos y con no poca aprensión me comí un trozo de hongo que a mí me pareció demasiado grande y me dispuse a caer fulminado sin remisión en breves instantes. Recuerdo que mientras mordía aquello pensé en la forma en que encontraían nuestros cuerpos y en que al menos deberíamos estar correctamente vestidos para la ocasión, para cuando llegaran jueces y policías. Pensé también que el corazón se me pararía, que empezaríamos a vomitar, que nos retorceríamos de dolor apretándonos con las manos el estómago. Y pensé que ojalá en el momento del desmayo no cayéramos en una posición demasiado sórdida. No me habría atrevido a probarlas por muy seducido y cachondo que hubiera estado, de haber sabido en aquel entonces que hay un Amanita, el llamado phalloides, -porqué será que le llaman así- que tiene el sombrerete entre blanco o gris-verdoso en el que con unos pocos gramos escasamente un pequeño mordisquito ya eres hombre muerto. Con otro hongos de similares formas también hay que tener cuidado, son más sonrosados, pero casi pasa lo mismo, te arruinan la vida por siempre y no hay que ir a los bosques de abedules a buscarlos.
Pero nada de todo eso pasó y nada sentí, ni sentí mareos, ni náuseas, ni vómitos, ni visiones borrosas ni mucho menos caí fulminado por ningún rayo divino. Tras un rato de dudas miré al experto micólogo y le hice un gesto de decepción
-Tío, que es lo que se supone que tiene que pasar, porque no siento nada de nada. ¿Porqué no enciendes otro porrete? Creo que será más interesante si queremos ponernos de algo.
-Tranquilo, espera un poco, no seas impaciente
-Pero, ¿esperar a qué? ¿Qué es lo que tiene que pasar? Venga, vamos a comernos otro de ésos
-No, espera un poco, coño.
-Claro, tío, no me extraña que no pase nada si estaban más secos esos hongos que la mojama.
-Hay que tomarlos siempre secos, es más difícil que provoquen el vómito y son más potentes.
-Si tu lo dices, pero ese estaba muy seco, tío, no había más que verle y en cambio muy potente parece que no –digo yo esto muy chulo como si fuera el más experto en el asunto de los hongos alucinógenos
Tras casi media hora en la que sólo sentí la placidez suave y dulce del porro, Sal me da un trozo de los hongos secos y me ordena masticarlo durante bastante rato.
-No quiero que te lo tragues, sólo mastícalo. Cuando lo hayas masticado quiero que me lo pases. –Y a su criterio acercando su boca a la mía me besa apasionadamente mientras nuestras lenguas pasan de mi boca a la suya el contenido masticado del hongo. Y al cabo de un cuarto de hora hacemos la misma operación.
-Te advierto que me encanta, Sal pero ¿porqué lo mastico yo primero y te lo paso después? –le pregunto yo extrañado de semejante operación que a mí me parece de lo más morbosa.
-Muy fácil –me contesta mirándome muy serio y con el gesto torcido, con una expresión que no le he visto nunca. –ya te he dicho que algunas de estas setas son venenosas y como mi esclavo que eres simplemente te utilizo como conejillo de indias, si el hongo está envenenado, tú sentirás primero los efectos, tú te llevarás la peor parte. Una vez masticado y viendo que nada te pasa ya me lo como yo.
Me quedo callado y estupefacto de oír lo que oigo. Estoy totalmente paralizado y sin dar crédito de escuchar aquello. Cierro los ojos, echo la cabeza sobre el sofá y con profunda consternación pienso en cómo me he vuelto a dejar engañar. Pero me sorprende tanto que sea por Sal....... Desde que le conocí no dejaba de preguntarme cómo un ser así podía ser amigo o relacionarse con tipos como Christian o como Pierre o como los otros, me preguntaba cómo era posible que él qué era la bondad personificada podría andar entre tanta víbora, y he aquí que ahora se me descubre como la peor de todas ellas, como la peor áspid, como la más rastrera. Cuando por fin recupero el habla sólo me pudieron salir unas palabras:
-Eres un cabrón y un hijo de puta –pero a pesar del exabrupto que sale de mi boca, Sal no parece ni inmutarse
-En la antigüedad había esclavos dedicados exclusivamente a esto. Ellos probaban estos hongos antes de que los comieran los amos. Te sientes esclavo, ¿no? Compórtate y siente entonces como ellos. Nunca se sabe dónde está el veneno, quién lo pone y cuándo, y la única manera era así, masticándolos ellos primero y pasándoselos a sus dueños después.
Y me debí sentir como un esclavo porque en ese momento me acordé de Sergio. Recostada mi cabeza en el sofá, con las manos en la cara pensé en él, y en la mezcla del veneno que le pudo matar, o en la dosis de prueba demasiado pura, o en la estricnina. Eso, si no murió congelado en alguna fría noche de invierno tirado en aquel páramo hendido de surcos. O atropellado en cualquiera de las carreteras que habían abierto en los alrededores de Mercamadrid, recién inaugurado por aquel entonces, no lejos de allí. Y pensé también que encima se habría tenido que arrastrar por el lodo delante del suministrador del veneno, delante de su esclavizador, suplicándole que le diera aquella dosis mortal para acabar, no sólo con el mono de aquel día, sino probablemente para acabar con todos los monos de una puta vez.
Y también pensé que quizá se habría lamentado de no poder seducir ya al camello, como quizá habría hecho tantas veces, sobre todo al principio, para conseguir esa dosis última, aquella que provocaría el ansiado final. Y no podría ser así porque, debido a aquellos labios con pústulas y aquellos dientes negros consecuencia de tantos malos viajes, hasta al chivo aquél ya le repugnaría. ¿Se habría quejado Sergio de no haber podido trocar su cuerpo para conseguir su postrero viaje?
Y le vi tirado en cualquier oscuro y escondido rincón o en su vieja tienda entre convulsiones y espasmos muriendo como había vivido, como un puto perro, solo y abandonado. Y le imaginé arrojado y hundido dentro de un recóndito pozo donde habría sido tirado por sus esclavizadores para tratar de ocultar el delito cometido. Y también vi a Sergio aplastado por un camión de pescado en cualquier cuneta de carretera en aquellas noches en las que le daba la negra o el mono, porque a la pasma, o a la bofia, o a los leños, o a los polinarcos o a los estupas, que a la policía como al jaco también de muchas formas son conocidos, decidían hacer una redada o una batida de varios días para espantar al ganado.
En alguno de estos hostigamientos, quizá por estar en elecciones o para dar gusto a los bienpensantes, aquellos defensores de la tranquilidad pública ponían sitio el territorio, asediando la plaza, o los puentes, como si de fortalezas medievales se tratara, obligando a sus indefensos moradores y visitantes, más espectrales que nunca por la restricción del suministro, a realizar recorridos más amplios, hacer grandes rodeos o a cruzar las carreteras de circunvalación en estado mas que modorro, para romper el asedio y conseguir su sustento.
Nunca he conocido a nadie con quien los dioses se hayan ensañado tan cruelmente como con Sergio. ¿Tanto fue su desafío, tanta su provocación como para merecer tal venganza? ¿Tanto daño les hizo a ellos o a otros, como para tal desquite? Visto el mal que los hombres son capaces de realizar dudo mucho que Sergio mereciera tanta saña. ¿Qué pudo hacerles como para merecer tanto odio? ¿Tanto les pudo ofender su vida como para darle tan mal escarmiento? ¿Tanto se encaró con ellos? ¿Tanto les insultó? ¿Siempre se comportarán así ante cualquier ser humano que se atreva a vivir libre? ¿A quienes osen vivir libre de acuerdo a sus criterios tendrán que temer por siempre tan horrendas represalias?
Estoy en la duda de que Sergio pudiera hacer tanto mal a alguien como para merecer tanto castigo, y además con tanto ensañamiento, porque ni tiempo para ello tuvo. ¿Tanto mal se puede hacer con veinte años? ¿Y por ser casquivano o atolondrado, quizá cabra loca, uno debe temer tal fin? ¿Tener la desgracia de ser falto de juicio, o de inteligencia o ser un alocado, también tiene el riesgo de acabar como Sergio?
¿O es acaso la vanidad lo que no aguantan los dioses? ¿Tanto les repugna? ¿Pueden soportar la codicia, que es la causante de todos los males de la humanidad y no la vanidad? ¿O es, quizá, el dejarse arrastrar por los placeres de la carne lo que los dioses no pueden soportar? ¿No será el hedonismo lo que no perdonan? ¿No será porque acaso el hedonismo es lo único que nos acerca a los dioses? ¿Lo único que nos aproxima a ellos? Los dioses no sufren, eso queda para los humanos, sólo disfrutan, y si es en el Olimpo, allí más que en ninguna otra parte. Y además eternamente que para eso beben el néctar de la inmortalidad y la ambrosía, por no hablar de los caudalosos ríos de leche y miel. Ni de las vírgenes y huríes. ¿Pero en cualquier caso no se rebajan hasta el fango los dioses vengándose tan encarnizadamente por tan poca cosa? ¿Merecen siquiera que pensemos en ellos si se entretienen en tal nimiedad?
Me martilleaba el cerebro con todas estas preguntas como si fuera un tas, me las hacía una tras otra sin descanso, pero me sentía tan disperso que era incapaz de darme respuesta alguna. Algo me estaba ocurriendo en el cerebro, o en los ojos, que me impedía concentrarme, pero no podía saber exactamente qué.