Cuadernos de un chapero
Recorrido vital de un chapero, sumiso, y pasivo, y de sus venturas e infortunios.
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Cuaderno XXXIV
-¿Y tú llamabas cabrón a Christian? Eres más canalla que él

Pero a pesar del disgusto que me embarga no estoy en absoluto cabreado, me siento muy ligero, parece que mi cuerpo no pesa nada, tengo la misma sensación que cuando flotas en un mar extremadamente salado, o mejor aún, la misma sensación que deben sentir los astronautas en la luna, los brazos hasta parecen levantarse solos, me siento ágil, subiría y bajaría la escalera de caracol aquella sin cansarme varias veces, y me siento fuerte pues me atrevería a levantar yo solito el sofá en el que estamos sentados con un solo brazo.

Abro los ojos y por un momento el entramado de cristales del techo parece que se cae sobre mí, sobre mi cabeza, me sobresalto, pero enseguida pasa, qué raro, me digo, ¿pues no me he creído que el techo se caía sobre mí? Los cristales parecen que se superponen unos a otros, que se hacen los unos más grandes mientras otros se hacen a su vez más pequeños. Los muchos cuadros que Sal tiene colgados en las paredes parece que se mueven, es más, parece que bailan, y me digo a mí mismo que eso sí que es tonto, creerse que los cuadros bailan.

Estoy muy excitado, miro mi rabo superduro y me parece más grande que nunca, eso que nunca ha sido pequeño, pero hoy parece que está especialmente exuberante, me lo agarro, me extiendo en el asiento para mayor comodidad y me exhibo y me masturbo para excitar a Sal, que se desnuda diligente. Me excito mucho. Sólo de saber que me desea me pone cantidad. En un golpe infrecuente por mi parte de vanidad, me gusta saber que se muere por mis huesos. Por cierto, me doy cuenta ahora de los pies tan enormes que tiene, ¿pero cómo conseguirá zapatos de su número este tío? Intento atarme los cordones de los míos una y otra vez, aún cuando recuerdo perfectamente que no son los zapatos de cordones, y es peor aún pues soy consciente de que estoy descalzo. Me ato los cordones tantas veces como si fuera un ciempies.

Ya se me ha pasado el enfado que tenía con Sal, me siento tan enérgico y vital, tan fuerte, que no es para menos, a mi vista desaparece el efecto triangular de su cabeza, me parece oír voces lejanas, persistentes y muy cantarinas, que me dicen cosas sugerentes y morbosas y como que me incitan a que le acaricie y bese, o me invitan a que le coma la polla, y no espero más, de un impulso eso es lo que hago, me acerco a él y le morreo mientras le echo mano al miembro que rápidamente se empalma y se hace supercabezón. No me desagrada nada cuando lo toco
desempalmado, también me gusta, pero hoy me apetecía tenerle bien empalmado. Me agacho a comérselo y me sorprendo también del tamaño. Siento como si tuviera las gafas de otro y viera todos los objetos a través de los cristales de unas gafas de miope. Es una sensación extraña, pero queda sólo en eso y además dura poco, aunque vuelve la sensación al rato.

No es extrañeza lo que tengo en este momento por el rabo de Sal, en absoluto. Está pletórico, nunca me ha parecido tan grande, parece que ha crecido en los últimos días, es precioso, tan bien proporcionado, aunque dudo que hoy me quepa en la boca, el capullo es espléndido, desde luego lo voy a intentar, me lo voy a tragar enterito. Me lo como y ayudado por su mano en mi nuca me entra hasta dentro.

El también quiere mamar y me dejo, y lo hace igual de bien que me lo ha hecho otras veces, mientras me la come veo como si las paredes de la casa se movieran, como si vinieran hacia mí y se alejaran, como si la habitación se estrechara y se hiciera mas pequeña. Sí, las paredes de la casa parece que se juntan, los objetos son mas grandes de lo que recuerdo, los cuadros se mueven, los libros se abren de vez en cuando, los cojines se levantan y las puertas de los armarios se abren y se cierran solas. Y de todo soy consciente. Soy consciente de que es imposible que el cajón de una cómoda se abra por sí solo pero no por ello dejo de atarme los cordones de unos zapatos inexistentes, y sigo con mis rodillas dobladas para facilitarme la tarea con mis dedos sobre el empeine de mis pies.

Tengo cosquillas en la boca del estómago, es una sensación extraña, no son náuseas, o ¿sí? no llega a molestia desde luego, es como desazón, algo en cualquier caso que no acierto a describir, y luego está la visión borrosa o ¿es el sol tan radiante que entra por los cristales? Y los ruidos aquellos tan persistentes, no son molestos pero si me parecen raros y desde luego preferiría que dejaran de martillearme el tarro.

Sal sigue con la mamada y sé que pronto me voy a correr en su boca porque no hace caso en modo alguno de las instrucciones que le doy. Le digo varias veces que pare un poco, que se controle, pero que va, hoy está especialmente fogoso y sé que no va a hacerme pero que ningún caso. Cuando me abandono y me derrama en su boca me agarro a su cabeza porque tengo miedo de que me vaya a levantar del sofá en los espasmos y convulsiones, de que vaya a levitar, si me agarro a su cabeza es para evitar irme al techo, doy mas gritos de los que acostumbro que no suelen ser pocos y siento ahora que el miedo que he pasado con los hongos venenosos era una tontería, una broma de Sal y me la he creído, pero, hombre, si se muere uno antes de un empacho que de los efectos psicoactivos, para morir de muscaria hacen falta muchos gramos o que se mezcle con ella otras, por ejemplo la phalloides, y a ésa, tengo la impresión que el tipo éste la conoce muy bien.

-En Winchester, de donde yo soy, me mandaban las esporas desde Holanda y las cultivaba yo, como hago con la maría. ¿Pero cómo has podido ser tan tonto? ¿Cómo te lo has podido creer?

-Sí. Lo siento, pero me lo has dicho todo tan serio. Has puesto una voz tan tenebrosa cuando me has dicho eso de ¨los senderos en busca del límiteeeeeeee¨, que sí, reconozco que me lo he creído.
También reconozco que me dio hasta miedo tu mirada. Siento mucho haberte llamado canalla. Lo único que no te perdono es no hayas preparado las setas con alguna salsita picante.
No