Hombres Botella 02.

Tinta negra sobre papel de cuaderno y collage.
Moribundo conoce el Artepolis.
Porque es algo que tenía que hacer ya y estaba alargando demasiado. Llamaba a Lady Evil sin cesar a su casa y hablábamos minutos y minutos pero siempre se posponía lo de ir a comprar el sobre de matrícula para otro momento. Ya os podéis imaginar que sus excusas ahora que tiene novio y ella se encuentra hipercasada eran en plan “estoy ciega de un ojo”, “es que estoy cansada”, “hacen obras en mi calle”… Al final le dije que me llamara y lo hizo. Quedamos para ir a por el sobre.
El sobre, siempre le he temido. Es algo angustioso ir a por él, cuatro kilos de papeles, libros que nadie mira, fanzines burocráticos y otra mierda carne del contenedor de reciclaje más cercano a mi casa. Pero este año ya empieza con sorpresas, si lo dice Blanca que éste va a ser nuestro año. Entramos al rancio caja Madrid donde huele a sobre de matrícula que tira para atrás, no preguntéis como huele pero era su olor. Intentamos recordar cual era el nuestro por el color, se supone que se diferencian por eso y por un número pero cuando la gama cromática de sobres pasa de un rosita amarillento, un salmón a un naranja rosáceo distinguirlos es imposible. Discutiendo cual parece más marica para saber cual era el correcto llegamos a la ventanilla y allí se obró el milagro. La complutense por fin ha pensado. La complutense por fin ha pensado y lo escribo dos veces para hacer constar mi asombro. Los alumnos que ya somos veteranos pasamos del famoso sobre “edición levantamiento de piedra vasca” y accedemos a otro maravilloso igual para todas las carreras, extraplano, ultrablanco y tan ligero como la dignidad de vuestro blogger moribundo. Como duendes infernales salimos y abrimos entusiasmados nuestros sobres que ahora para mayor regocijo cuestan la mitad, la explicación era lógica; han pasado esos libracos arcaicos a cd, la universidad se moderniza camaradas y empiezo a tener miedo.
Me voy con Lady Evil al centro comercial de príncipe pío porque nos pillaba muy cerca, además dispone de todas las tiendas que un comprador compulsivo de escala media-alta puede desear. Mi idea era ir a mirar por mirar y tomarnos algo, pero no había caído en que me acompañaba la reencarnación de Hitler con una noventa y cinco copa B. Ella se compró un carísimo y perfecto vestido de seda japonés y aquí comenzó su tortura y lavado de cerebro para que empezara una vorágine consumista. Mi problema con las compras es real, no es más que otra muestra de mi cada vez aún más importante trastorno obsesivo compulsivo pero ella se pasó todo por el estrecho de la braga y picando picando consiguió su objetivo, total no hubo demasiadas bajas; una camiseta colcci, unos guantes sin dedos, una bolsa de cuadros (que compré en una tienda femenina traspasando ya la última frontera que me quedaba), una gorra y unos calcetines con calaveras.
Me fui a casa a comer porque a la tarde marchábamos a la de Diseñadora para poder celebrar su cumpleaños. Con muchas ganas de dulce llegamos al alquiler de la calle Santa Engracia y allí esperaban ella y su novio que, con sólo aparecer ya provocó convulsiones vomiteras en mi estómago. Nos preparó un café y sacó una tarta muy rica pero de escaso tamaño, el hueco de la hambruna lo tapé con lambrusco como ya viene siendo habitual en mí. Me fui un poco más tarde porque había quedado en La Latina con mi amiga Laura Ramiro.
Bajando las escaleras del metro leo un mensaje de Lady Evil: “Quedamos en metro Tirso de Molina”. Genial, sin abono ni tiempo para avisar de quedar antes y en otro metro pienso que es sencillo caminar desde el punto A de quedada con Laura al punto B de quedada con Lady Evil. Lo que me equivoqué. Perdidos los dos por Madrid callejeamos hasta llegar a Banco de España. Nos llamó Lady Evil ofuscada dándonos las indicaciones correctas para llegar hasta donde nos esperaba, acompañada de sus amigos frikis.
La cosa de volver a quedar era desplazarnos hasta el sitio que se llama Artepolis. Yo le conocí gracias a un comment de sinfonía agridulce y como mi amiga y sus compañeros poseen una asociación en pro de los dibujantes y guionistas de cómic decidieron aprovechar y hablar con el coordinador de actividades para hacer un día temático (temático de friki de cojones vamos). El sitio, realmente acogedor excepto por estar enmoquetado hasta arriba convirtiéndolo en una trampa mortal en caso de incendios. Parece ser que el coordinador de eventos es supermajo y pone muchas facilidades a la hora de realizar tu proyecto.
Esperando el turno de la secta adicta al Hentai observamos la preparación del mini concierto de una rapera que cantaba junto a la China Patino. El grupo de chicos gorditos y con camisetas negras serigrafiadas con los motivos de sus películas favoritas se morían de terror estando rodeados de personas tan ultramodernas y cada vez subían más el tono de sus conversaciones con frases típicamente frikis. Yo no tengo nada en contra de este grupo tan heterogéneo, pero reconozco que dentro de ellos detesto al ser de aspecto antropomórfico que gusta de ser gordo, de mirar porno anime japonés, es un erudito de la biblioteca Marvel y su pelo y barba aparecen descuidados y con grasa porque él ya tiene sex appeal suficiente (cuando en realidad siguen siendo vírgenes). Dos comentarios desafortunados tuvieron, uno; osar decir que no hay nada peor que tener cincuenta muñecas bratz cuya respuesta fue “Si, tragarse cincuenta horas de porno hentai” (sabiendo que muchos de ellos esas horas las han superado con creces).
El otro comentario fue ya en la despedida, lo dijo uno con camiseta de spiderman y unos levis (lo único con algo de calidad en todo su armario, fijo). Me vio la muñequera blanca que llevaba y me dice:
Friki: - “¿Y qué te ha pasado en la mano? ¿Por qué llevas esa cosa en la muñeca? ¿Te la has roto o algo?”
Mori: - “ (Comentario light de respeto a Lady Evil) No, jeje… es por moda bonito”
Mi respuesta normal hubiera sido:
- “Lo llevo por gusto. Es obvio que yo soy un hedonista pero tú ni siquiera sigues los cánones mínimos de higiene personal para ser aceptado de manera correcta en nuestra sociedad. De hecho es mejor que sigas así, pues tu físico y tu edad mental te imposibilitan para cualquier tipo de relación con otros seres humanos y no digamos ya una de carácter sexual. Normal que no entiendas cómo alguien puede llevar complementos por el placer de verse bien, ahora piensa como se dice en Klingon “soy un capullo de mierda” y repítetelo para no volver a tocar los cojones a alguien que es obvio es superior físicamente a ti y podría darte la paliza de tu vida.”
Tendré que volver al Artepolis ya con mi dossier y sabiendo que son tan simpáticos y educados. Podré tener la primera exposición moribunda donde espero rodearme de todas las personas que creen en mí y mis dibujos (donde os encontrais muchos de vosotros bloggers y lectores). Si eres friki ven disfrazado, please.
El sobre, siempre le he temido. Es algo angustioso ir a por él, cuatro kilos de papeles, libros que nadie mira, fanzines burocráticos y otra mierda carne del contenedor de reciclaje más cercano a mi casa. Pero este año ya empieza con sorpresas, si lo dice Blanca que éste va a ser nuestro año. Entramos al rancio caja Madrid donde huele a sobre de matrícula que tira para atrás, no preguntéis como huele pero era su olor. Intentamos recordar cual era el nuestro por el color, se supone que se diferencian por eso y por un número pero cuando la gama cromática de sobres pasa de un rosita amarillento, un salmón a un naranja rosáceo distinguirlos es imposible. Discutiendo cual parece más marica para saber cual era el correcto llegamos a la ventanilla y allí se obró el milagro. La complutense por fin ha pensado. La complutense por fin ha pensado y lo escribo dos veces para hacer constar mi asombro. Los alumnos que ya somos veteranos pasamos del famoso sobre “edición levantamiento de piedra vasca” y accedemos a otro maravilloso igual para todas las carreras, extraplano, ultrablanco y tan ligero como la dignidad de vuestro blogger moribundo. Como duendes infernales salimos y abrimos entusiasmados nuestros sobres que ahora para mayor regocijo cuestan la mitad, la explicación era lógica; han pasado esos libracos arcaicos a cd, la universidad se moderniza camaradas y empiezo a tener miedo.
Me voy con Lady Evil al centro comercial de príncipe pío porque nos pillaba muy cerca, además dispone de todas las tiendas que un comprador compulsivo de escala media-alta puede desear. Mi idea era ir a mirar por mirar y tomarnos algo, pero no había caído en que me acompañaba la reencarnación de Hitler con una noventa y cinco copa B. Ella se compró un carísimo y perfecto vestido de seda japonés y aquí comenzó su tortura y lavado de cerebro para que empezara una vorágine consumista. Mi problema con las compras es real, no es más que otra muestra de mi cada vez aún más importante trastorno obsesivo compulsivo pero ella se pasó todo por el estrecho de la braga y picando picando consiguió su objetivo, total no hubo demasiadas bajas; una camiseta colcci, unos guantes sin dedos, una bolsa de cuadros (que compré en una tienda femenina traspasando ya la última frontera que me quedaba), una gorra y unos calcetines con calaveras.
Me fui a casa a comer porque a la tarde marchábamos a la de Diseñadora para poder celebrar su cumpleaños. Con muchas ganas de dulce llegamos al alquiler de la calle Santa Engracia y allí esperaban ella y su novio que, con sólo aparecer ya provocó convulsiones vomiteras en mi estómago. Nos preparó un café y sacó una tarta muy rica pero de escaso tamaño, el hueco de la hambruna lo tapé con lambrusco como ya viene siendo habitual en mí. Me fui un poco más tarde porque había quedado en La Latina con mi amiga Laura Ramiro.
Bajando las escaleras del metro leo un mensaje de Lady Evil: “Quedamos en metro Tirso de Molina”. Genial, sin abono ni tiempo para avisar de quedar antes y en otro metro pienso que es sencillo caminar desde el punto A de quedada con Laura al punto B de quedada con Lady Evil. Lo que me equivoqué. Perdidos los dos por Madrid callejeamos hasta llegar a Banco de España. Nos llamó Lady Evil ofuscada dándonos las indicaciones correctas para llegar hasta donde nos esperaba, acompañada de sus amigos frikis.
La cosa de volver a quedar era desplazarnos hasta el sitio que se llama Artepolis. Yo le conocí gracias a un comment de sinfonía agridulce y como mi amiga y sus compañeros poseen una asociación en pro de los dibujantes y guionistas de cómic decidieron aprovechar y hablar con el coordinador de actividades para hacer un día temático (temático de friki de cojones vamos). El sitio, realmente acogedor excepto por estar enmoquetado hasta arriba convirtiéndolo en una trampa mortal en caso de incendios. Parece ser que el coordinador de eventos es supermajo y pone muchas facilidades a la hora de realizar tu proyecto.
Esperando el turno de la secta adicta al Hentai observamos la preparación del mini concierto de una rapera que cantaba junto a la China Patino. El grupo de chicos gorditos y con camisetas negras serigrafiadas con los motivos de sus películas favoritas se morían de terror estando rodeados de personas tan ultramodernas y cada vez subían más el tono de sus conversaciones con frases típicamente frikis. Yo no tengo nada en contra de este grupo tan heterogéneo, pero reconozco que dentro de ellos detesto al ser de aspecto antropomórfico que gusta de ser gordo, de mirar porno anime japonés, es un erudito de la biblioteca Marvel y su pelo y barba aparecen descuidados y con grasa porque él ya tiene sex appeal suficiente (cuando en realidad siguen siendo vírgenes). Dos comentarios desafortunados tuvieron, uno; osar decir que no hay nada peor que tener cincuenta muñecas bratz cuya respuesta fue “Si, tragarse cincuenta horas de porno hentai” (sabiendo que muchos de ellos esas horas las han superado con creces).
El otro comentario fue ya en la despedida, lo dijo uno con camiseta de spiderman y unos levis (lo único con algo de calidad en todo su armario, fijo). Me vio la muñequera blanca que llevaba y me dice:
Friki: - “¿Y qué te ha pasado en la mano? ¿Por qué llevas esa cosa en la muñeca? ¿Te la has roto o algo?”
Mori: - “ (Comentario light de respeto a Lady Evil) No, jeje… es por moda bonito”
Mi respuesta normal hubiera sido:
- “Lo llevo por gusto. Es obvio que yo soy un hedonista pero tú ni siquiera sigues los cánones mínimos de higiene personal para ser aceptado de manera correcta en nuestra sociedad. De hecho es mejor que sigas así, pues tu físico y tu edad mental te imposibilitan para cualquier tipo de relación con otros seres humanos y no digamos ya una de carácter sexual. Normal que no entiendas cómo alguien puede llevar complementos por el placer de verse bien, ahora piensa como se dice en Klingon “soy un capullo de mierda” y repítetelo para no volver a tocar los cojones a alguien que es obvio es superior físicamente a ti y podría darte la paliza de tu vida.”
Tendré que volver al Artepolis ya con mi dossier y sabiendo que son tan simpáticos y educados. Podré tener la primera exposición moribunda donde espero rodearme de todas las personas que creen en mí y mis dibujos (donde os encontrais muchos de vosotros bloggers y lectores). Si eres friki ven disfrazado, please.
Hombres Botella 01.

Tinta negra sobre papel de cuaderno.
Vamos a vivir una experiencia artística global todos juntos.
Ahora que he descubierto que estoy pilladísimo con una asignatura gracias a Lady Evil voy a ir colgando imágenes desde los primeros bocetos y las ideas hasta la elaboración de mi trabajo y el resultado final, todo a tiempo real.
¿Me suspenderá mi profesora de Últimas Tendencias?
Blanca junto a Moribundo de nuevo.
Voy a parar de hablar de campamentos un poquito porque a este paso voy a convertirme en el Miliki del ciber espacio y no me apetecen comparaciones con un personaje al que detesto y que me perdonen todos sus “niños de treinta años”.
Cuando estaba en el último campamento, el campamento que durante quince días fue el lugar más feliz del mundo (¿tengo que pagar derechos a Disney?) recordé que Blanca por fin ponía fin a su gira Argentina. Estuve todo el día pensando en llamarle para ver que tal había llegado a Madrid, si las cosas le habían ido bien y saber un poco de todo en general, pero con el ritmo de trabajo que uno mantiene en estos albergues del demonio cuando me di cuenta de que no habíamos hablado eran ya las dos de la mañana.
Con mucho dolor de mi cuerpo físico marqué su número a hora tan intempestiva pensando que, como era lógico, no me lo cogiera, pero si lo cogió. Ella no conseguía dormir por eso del jet lag y pudimos mantener una larga conversación donde me contó parte de sus anécdotas rodeada de argentinos cabreados, indígenas y carne de vaca. Quedamos en vernos prontito cuando llegase a Madrid y me acosté rápido, pero al día siguiente parecía aún más un zombie, debido a las ojeras donde me cabían el mp3 y varios artículos de papelería que por cleptomanía siempre sustraigo de las salas de material de los campamentos.
Llegué a Madrid y pasé mis días de sueño reparador en los que entremezclo sueños de niños que vienen a pedir cosas o con los que te encuentras realizando cualquier tipo de actividad tal como hacer monederos con hojas de cómic con una realidad difusa. Hablé con Blanca y quedamos, por fín estaba en su casa de Goya por la que han tenido que sudar sangre para recuperarla. Sus padres han vivido una separación bastante complicada con armas de fuego incluidas que no se puede resumir en dos líneas (es lo que tiene tener un padre desequilibrado y miembro de nuestra amada policía nacional).
Llegué allí creo que puntual, el verano con su calor y el metro cerrando la mitad de las líneas ponen muy complicada esta tarea. Pude saludarle por fin y comprobar que tampoco se había puesto tan gorda como decía. Comprendo que tanto tiempo en Argentina a base de churrascos te puede noquear, pero sé perfectamente la manera de comer de mi amiga que es, escasa.
Recuerdo una vez que fuimos a su casa otra amiga y yo en plan rescate antidepresivo y nos quedamos a comer. Después de sacarle de la cama, vestirle, sacar de su mesilla un envase de yogur con un tampón usado dentro nos fuimos a la cocina a comer. Una cucharada de arroz tres delicias y dos lonchas de bacon ahumado cocinado en el microondas fueron el menú que pagó ayuda psicológica y limpieza tan personal.
Me contó mil anécdotas ultradivertidas como siempre. Sus penas con el profesor del intercambio que era terriblemente feo y no asimilaba conceptos como programar actividades antes de hacerlas, sus compañeros que eran otros censos, su compañera de piso con la que marchó desde aquí y que Blanca planeó matar en un cuidado plan elaborado durante días.
Luego me explicó cosas sobre la personalidad de los argentinos que yo ni juzgo ni me dejo de creer pero al parecer la pobre se veia cada noche acosada por pedantes tipos que para entablar conversación no tenían mejor idea que soltar una frase de Borges o Cortázar a quemarropa y después decir algo del tipo “Perdona, es que estaba citando a Cortázar, ¿Le conocéis en España?”. Y mi pobre amiga que posee una personalidad voluble como la de su amigo que escribe estas líneas explotaba. Llegó a punto tal que lo primero que hacía cuando conocía a un argentino era gritarle que también disponíamos de ordenadores y escuelas con calefacción.
Me tragué también alrededor de setecientas fotografías de ella con un pingüino, su amiga con un pingüino, un pingüino, un glaciar, dos glaciares, un glaciar con un pingüino… Nos acostamos sobre las cuatro de la mañana extenuados del intercambio de cotilleos, yo le puse al día de todo lo que por mi vida y cavidad bucal había pasado desde su marcha y lo mucho que había deseado llamarle para pedirle consejo en algunos de esos momentos.
Pero ya está aquí y no me encuentro solo. Ahora tiene planeado irse a Italia otros cuantos meses. Allí si que iré a visitarla, es una vergüenza ser de bellas artes y no haber estado en la cuna del renacimiento.
Cuando estaba en el último campamento, el campamento que durante quince días fue el lugar más feliz del mundo (¿tengo que pagar derechos a Disney?) recordé que Blanca por fin ponía fin a su gira Argentina. Estuve todo el día pensando en llamarle para ver que tal había llegado a Madrid, si las cosas le habían ido bien y saber un poco de todo en general, pero con el ritmo de trabajo que uno mantiene en estos albergues del demonio cuando me di cuenta de que no habíamos hablado eran ya las dos de la mañana.
Con mucho dolor de mi cuerpo físico marqué su número a hora tan intempestiva pensando que, como era lógico, no me lo cogiera, pero si lo cogió. Ella no conseguía dormir por eso del jet lag y pudimos mantener una larga conversación donde me contó parte de sus anécdotas rodeada de argentinos cabreados, indígenas y carne de vaca. Quedamos en vernos prontito cuando llegase a Madrid y me acosté rápido, pero al día siguiente parecía aún más un zombie, debido a las ojeras donde me cabían el mp3 y varios artículos de papelería que por cleptomanía siempre sustraigo de las salas de material de los campamentos.
Llegué a Madrid y pasé mis días de sueño reparador en los que entremezclo sueños de niños que vienen a pedir cosas o con los que te encuentras realizando cualquier tipo de actividad tal como hacer monederos con hojas de cómic con una realidad difusa. Hablé con Blanca y quedamos, por fín estaba en su casa de Goya por la que han tenido que sudar sangre para recuperarla. Sus padres han vivido una separación bastante complicada con armas de fuego incluidas que no se puede resumir en dos líneas (es lo que tiene tener un padre desequilibrado y miembro de nuestra amada policía nacional).
Llegué allí creo que puntual, el verano con su calor y el metro cerrando la mitad de las líneas ponen muy complicada esta tarea. Pude saludarle por fin y comprobar que tampoco se había puesto tan gorda como decía. Comprendo que tanto tiempo en Argentina a base de churrascos te puede noquear, pero sé perfectamente la manera de comer de mi amiga que es, escasa.
Recuerdo una vez que fuimos a su casa otra amiga y yo en plan rescate antidepresivo y nos quedamos a comer. Después de sacarle de la cama, vestirle, sacar de su mesilla un envase de yogur con un tampón usado dentro nos fuimos a la cocina a comer. Una cucharada de arroz tres delicias y dos lonchas de bacon ahumado cocinado en el microondas fueron el menú que pagó ayuda psicológica y limpieza tan personal.
Me contó mil anécdotas ultradivertidas como siempre. Sus penas con el profesor del intercambio que era terriblemente feo y no asimilaba conceptos como programar actividades antes de hacerlas, sus compañeros que eran otros censos, su compañera de piso con la que marchó desde aquí y que Blanca planeó matar en un cuidado plan elaborado durante días.
Luego me explicó cosas sobre la personalidad de los argentinos que yo ni juzgo ni me dejo de creer pero al parecer la pobre se veia cada noche acosada por pedantes tipos que para entablar conversación no tenían mejor idea que soltar una frase de Borges o Cortázar a quemarropa y después decir algo del tipo “Perdona, es que estaba citando a Cortázar, ¿Le conocéis en España?”. Y mi pobre amiga que posee una personalidad voluble como la de su amigo que escribe estas líneas explotaba. Llegó a punto tal que lo primero que hacía cuando conocía a un argentino era gritarle que también disponíamos de ordenadores y escuelas con calefacción.
Me tragué también alrededor de setecientas fotografías de ella con un pingüino, su amiga con un pingüino, un pingüino, un glaciar, dos glaciares, un glaciar con un pingüino… Nos acostamos sobre las cuatro de la mañana extenuados del intercambio de cotilleos, yo le puse al día de todo lo que por mi vida y cavidad bucal había pasado desde su marcha y lo mucho que había deseado llamarle para pedirle consejo en algunos de esos momentos.
Pero ya está aquí y no me encuentro solo. Ahora tiene planeado irse a Italia otros cuantos meses. Allí si que iré a visitarla, es una vergüenza ser de bellas artes y no haber estado en la cuna del renacimiento.
Artista del Mes.

Soy artista del mes en una web de zapatos que tiene una comunidad. No es la tate gallery pero algo es algo.
Moribundo y el intercambio.
Estando en el peor campamento de mi vida, mi amiga Sara me ofreció trabajar al volver a Madrid en un campamento urbano. El campamento me lo vendió muy bien, que si niños muy buenos de un pueblito al norte de la sierra madrileña, que había muchas actividades programadas donde los monitores no teníamos casi responsabilidad, dinero decente en comparación al trabajo realizado y otro buen motivo: era un campamento de intercambio.
Yo pensaba que los intercambios eran algo mucho más yanqui, algo como “Tú a Boston y yo a California” lleno de enredos y divertidas situaciones en las que la rígida familia inglesa alucinara con los modales de unos y el papá americano descubriese una señorita en donde dejó un potro desbocado premenstrual. Pero a parte de relataros los traumas que las tramas disney han dejado en mi ya de por sí afectada corteza cerebral os cuento como son realmente los intercambios entre pueblitos. Las zonas geográficas que desean participar crean un despacho de intercambios, se montan su red y ¡Ale! Los hijos de todos se mezclan y revuelcan en una vorágine de cuerpos adolescentes de franceses, italianos y españoles en este caso.
Volví a Madrid roto como siempre y quería pasar mis dos merecidos días en cama, no pudo ser. Sara llamó para ir a comprobar el material comprado para las actividades a casa de uno de los jefazos de la empresa que me explota en verano, de paso, conocería a los otros dos monitores, un chico y una chica que eran pareja. Fuimos en coche hasta la pequeña localidad con ayuntamiento del PP y allí les conocí a todos, tomando una cerveza con limón que nunca fue de mi agrado pero que he aprendido a soportar por ser los únicos atisbos de alcohol que se encuentran en mis periplos quincenales. El jefazo nos llevó a su casa, uno de estos chalets adosados pero totalmente reformado por dentro como ya nos avisó orgulloso antes de entrar, razones no le faltaban para estar orgulloso, aquello era como la casita de verano de Isabel Preysler, un canto a la opulencia plagado de esculturas renacentistas, muebles coloniales y el dormitorio principal situado en la última planta de estilo neoyorquino con bañera de cemento vista. Repasamos el material y salimos antes de que los ojos se me cuartearan ante vivienda tan ecléctica.
Esa misma noche le mandé el mensaje a Pablo del que obtuve como respuesta la nada, por suerte, las bellas artes me han terminado de templar los nervios y también me han demostrado que la dignidad de la persona es algo flexible, por lo que preferí dejar pasar tiempo.
Al día siguiente conocí a los niños españoles, una cohorte de pijos pero que particularmente me hacían mucha gracia. No eran pijos insoportables sino chicos que podían llegar a desarrollar un glamour que se acercara de manera infinitesimal al mío, luego alguno que no podía dejar de llamar la atención continuamente y que había dejado al mercado de fuencarral sin existencias de camisetas de los ramones (no le vi otra), cuanto daño ha hecho Avril Lavigne a esta nueva generación pseudopunk. Luego fuimos al aeropuerto a recoger al grupo Italiano, ocho niñas y dos monitoras; Sara simpatiquísima y muy guapa y Paola, también muy maja. El grupo francés llegó más tarde y no llevaban monitores sino un matrimonio aburrido hasta la nausea. Se organizó la presentación del evento para padres y concejales con un rico catering donde una mamá muy simpática me preguntó si yo era actor de un anuncio de telefonía porque le sonaba. No me habían vuelto a encontrar parecido con nadie desde que un niño de unos siete años un invierno comenzase a gritar en medio de la calle “Mira mamá Harry Potter” y yo tuviera que huir avergonzado de verdad.
La semana transcurrió divina, claro que el nivel de trabajo era mucho mayor que el de un campamento, sólo que aquí dormía en casa, la cual encontré llenita de mierda y con mis padres más llenos de desidia matrimonial que cuando les dejé. Mi rostro, cuerpo y pelo comenzaban a notar el desgaste por lo que mi madre me dedicó frases como “Estas realmente asqueroso” y comunicóloga “Desde que volviste te veo amarillo”.
Con los niños visitamos un parque natural, un día de visita oficial a Segovia, otro de conocimiento del pueblito pepero y otro al parque Warner donde tengo que hacer una parada obligada, ya que quedé sorprendido. Bueno, sorprendido y que en la montaña rusa esa que te lleva primero para atrás casi me lo hago en los pantalones, menos mal que llevaba una niña al lado cuyos gritos ahogaron los míos de mariquita histérica. También nos fuimos de compras al centro comercial de príncipe pío y ya notaba acercamientos sospechosos de Sara la monitora italiana. Imaginad la situación, la chica tan maja, tan guapa, intentando ligar conmigo que tengo el chip de puta puesto y a veces le seguía el juego por inercia. Al final se cansó un poco de que no le diese pie para nada más, pero no dejó de intentarlo ni en la cena de despedida donde nos repartimos los regalos del amigo invisible, una cena a todo lujo en un restaurante oriental digno de aquellas familias adineradas.
La semana acabó, me pagaron mi dinerito y mi amiga Sara Judoca y el otro monitor se fueron a Italia y Francia acompañando a los niños. Sara la monitora italiana se confesó en un par de mensajes preciosos y ya pude dormir y cortarme el pelo. Los otros tres días que me quedaron libres antes de la siguiente quincena me fui de rebajas donde me dejé el sueldo de un campamento entero.
A Pablo le envié otro mensaje porque quedé con un par de monis del campa, esta vez si contestó, estaba de vacaciones en Almería (ahora los alternativos van a Almería) pero ya quedaríamos después del tiempo de asueto. Le he dejado por imposible, es que los ex tiran mucho.
Yo pensaba que los intercambios eran algo mucho más yanqui, algo como “Tú a Boston y yo a California” lleno de enredos y divertidas situaciones en las que la rígida familia inglesa alucinara con los modales de unos y el papá americano descubriese una señorita en donde dejó un potro desbocado premenstrual. Pero a parte de relataros los traumas que las tramas disney han dejado en mi ya de por sí afectada corteza cerebral os cuento como son realmente los intercambios entre pueblitos. Las zonas geográficas que desean participar crean un despacho de intercambios, se montan su red y ¡Ale! Los hijos de todos se mezclan y revuelcan en una vorágine de cuerpos adolescentes de franceses, italianos y españoles en este caso.
Volví a Madrid roto como siempre y quería pasar mis dos merecidos días en cama, no pudo ser. Sara llamó para ir a comprobar el material comprado para las actividades a casa de uno de los jefazos de la empresa que me explota en verano, de paso, conocería a los otros dos monitores, un chico y una chica que eran pareja. Fuimos en coche hasta la pequeña localidad con ayuntamiento del PP y allí les conocí a todos, tomando una cerveza con limón que nunca fue de mi agrado pero que he aprendido a soportar por ser los únicos atisbos de alcohol que se encuentran en mis periplos quincenales. El jefazo nos llevó a su casa, uno de estos chalets adosados pero totalmente reformado por dentro como ya nos avisó orgulloso antes de entrar, razones no le faltaban para estar orgulloso, aquello era como la casita de verano de Isabel Preysler, un canto a la opulencia plagado de esculturas renacentistas, muebles coloniales y el dormitorio principal situado en la última planta de estilo neoyorquino con bañera de cemento vista. Repasamos el material y salimos antes de que los ojos se me cuartearan ante vivienda tan ecléctica.
Esa misma noche le mandé el mensaje a Pablo del que obtuve como respuesta la nada, por suerte, las bellas artes me han terminado de templar los nervios y también me han demostrado que la dignidad de la persona es algo flexible, por lo que preferí dejar pasar tiempo.
Al día siguiente conocí a los niños españoles, una cohorte de pijos pero que particularmente me hacían mucha gracia. No eran pijos insoportables sino chicos que podían llegar a desarrollar un glamour que se acercara de manera infinitesimal al mío, luego alguno que no podía dejar de llamar la atención continuamente y que había dejado al mercado de fuencarral sin existencias de camisetas de los ramones (no le vi otra), cuanto daño ha hecho Avril Lavigne a esta nueva generación pseudopunk. Luego fuimos al aeropuerto a recoger al grupo Italiano, ocho niñas y dos monitoras; Sara simpatiquísima y muy guapa y Paola, también muy maja. El grupo francés llegó más tarde y no llevaban monitores sino un matrimonio aburrido hasta la nausea. Se organizó la presentación del evento para padres y concejales con un rico catering donde una mamá muy simpática me preguntó si yo era actor de un anuncio de telefonía porque le sonaba. No me habían vuelto a encontrar parecido con nadie desde que un niño de unos siete años un invierno comenzase a gritar en medio de la calle “Mira mamá Harry Potter” y yo tuviera que huir avergonzado de verdad.
La semana transcurrió divina, claro que el nivel de trabajo era mucho mayor que el de un campamento, sólo que aquí dormía en casa, la cual encontré llenita de mierda y con mis padres más llenos de desidia matrimonial que cuando les dejé. Mi rostro, cuerpo y pelo comenzaban a notar el desgaste por lo que mi madre me dedicó frases como “Estas realmente asqueroso” y comunicóloga “Desde que volviste te veo amarillo”.
Con los niños visitamos un parque natural, un día de visita oficial a Segovia, otro de conocimiento del pueblito pepero y otro al parque Warner donde tengo que hacer una parada obligada, ya que quedé sorprendido. Bueno, sorprendido y que en la montaña rusa esa que te lleva primero para atrás casi me lo hago en los pantalones, menos mal que llevaba una niña al lado cuyos gritos ahogaron los míos de mariquita histérica. También nos fuimos de compras al centro comercial de príncipe pío y ya notaba acercamientos sospechosos de Sara la monitora italiana. Imaginad la situación, la chica tan maja, tan guapa, intentando ligar conmigo que tengo el chip de puta puesto y a veces le seguía el juego por inercia. Al final se cansó un poco de que no le diese pie para nada más, pero no dejó de intentarlo ni en la cena de despedida donde nos repartimos los regalos del amigo invisible, una cena a todo lujo en un restaurante oriental digno de aquellas familias adineradas.
La semana acabó, me pagaron mi dinerito y mi amiga Sara Judoca y el otro monitor se fueron a Italia y Francia acompañando a los niños. Sara la monitora italiana se confesó en un par de mensajes preciosos y ya pude dormir y cortarme el pelo. Los otros tres días que me quedaron libres antes de la siguiente quincena me fui de rebajas donde me dejé el sueldo de un campamento entero.
A Pablo le envié otro mensaje porque quedé con un par de monis del campa, esta vez si contestó, estaba de vacaciones en Almería (ahora los alternativos van a Almería) pero ya quedaríamos después del tiempo de asueto. Le he dejado por imposible, es que los ex tiran mucho.
Un poco de obra: Cuaderno de apuntes 01

Grafito sobre papel.
Regreso Moribundo.
Vuelvo del campamento. Doy por terminado mi ciclo de semanas y quincenas rodeado de inocentes niñitos de mamá, sádicos cabrones adolescentes, prepúberes hormonados, chavalas calentonas, marimachos encantadoras y maricas del mañana.
Duermo los dos o tres días seguidos de rigor porque el cuerpo lo necesita. Las cuatro horas que se duerme a diario en los campos de reclusión más el ejercicio físico continuo al que me veo sometido (cosa que durante el año no pasa) pasan factura. Allí, el antiojeras de nivea circulaba entre monitores como la droga entre camellos y consumidores en mi periférico barrio, vamos, que ahora me he vuelto un adicto a la coenzima Q10.
A la vuelta me veo precioso, digámoslo todo. No me extraña que las niñas utilicen los campamentos para alimentar sus anorexias nerviosas porque dan resultado y esa es toda la verdad. Eso sí, mi moreno agroman de brazos y cuellos tostados y torso transparente como el de una medusa no tiene ningún tipo de feeling. Y a la vuelta como ya he dicho me dispongo a escribir y relatar con mi característico buen hacer todo lo que me ha acontecido en los dos campamentos que no he contado, pero… El Hairblue sabio me dice:
- “Hairblucito de mi vida, antes de ponerte como un poseso a leer blogs, a comentar y a gastar la poca vida que tienes en actos tan efímeros, aprovecha y relajadamente monta tu horario para el curso que viene”
Por una vez hago caso a mi parte responsable, que bien es cierto debería hablar en muchas más ocasiones, por ejemplo cuando quedo con desconocidos para después acabar yendo a sus casas. Y me descargo los horarios al ordenador directamente de la web de la ucm. De pronto siento uno de esos “clicks” que te congelan, que te paralizan… el mundo deja de moverse y los pajaritos esperan en el aire, el agua deja de correr por los manantiales, la sangre de los daños colaterales deja de manar y todo queda quieto… Acabo de darme cuenta de que en septiembre me matricularé en quinto curso. El último año de carrera. El escalón que me convertirá en un licenciado en bellas artes.
Y el tiempo, que ya se ha vuelto loco trayendo frio a Madrid estando en agosto, continúa con sus saltos temporales y me veo entrando en la facultad para hacer mi prueba de acceso, rodeado de un montón de góticos y deseando escapar de allí corriendo. Sigo alucinando con experiencias pasadas desde el comedor de mi casa y recuerdo mi primer curso, llevando aún alguna prenda del Springfield (mea culpa), con mi cara inocente que ese mismo año manchó Jaime de semen, el segundo curso que pasó sin pena ni gloria, tercer curso donde dejé de ser pareja y comencé a plasmar mis experiencias en los dibujos y finalmente cuarto, una etapa de aceptación y liberación, como cuando medio borracho empecé a hablar de mi ex en los jardines de Bellas Artes y todos con las miradas se confirmaban lo que ya era una realidad semiescondida.
Y al llegar ahora, en quinto, todo queda en duda. ¿Me licenciaré este año o arrastraré mi estigma de la clase de pintura I un año más? ¿Conseguiré exponer? Siento un gran vacío bajo mis pies y de pronto la tierra me ahoga.
El tiempo al final se queda algo confuso y yo soy como Lois Lane asfixiada por el escombro, esperando que superman dé marcha atrás los relojes de todos los ciudadanos del mundo y me rescate…
¿Es que nadie me va a rescatar de la putada de planear un jodido horario decente con la mierda de asignaturas que me ofrecen?
Duermo los dos o tres días seguidos de rigor porque el cuerpo lo necesita. Las cuatro horas que se duerme a diario en los campos de reclusión más el ejercicio físico continuo al que me veo sometido (cosa que durante el año no pasa) pasan factura. Allí, el antiojeras de nivea circulaba entre monitores como la droga entre camellos y consumidores en mi periférico barrio, vamos, que ahora me he vuelto un adicto a la coenzima Q10.
A la vuelta me veo precioso, digámoslo todo. No me extraña que las niñas utilicen los campamentos para alimentar sus anorexias nerviosas porque dan resultado y esa es toda la verdad. Eso sí, mi moreno agroman de brazos y cuellos tostados y torso transparente como el de una medusa no tiene ningún tipo de feeling. Y a la vuelta como ya he dicho me dispongo a escribir y relatar con mi característico buen hacer todo lo que me ha acontecido en los dos campamentos que no he contado, pero… El Hairblue sabio me dice:
- “Hairblucito de mi vida, antes de ponerte como un poseso a leer blogs, a comentar y a gastar la poca vida que tienes en actos tan efímeros, aprovecha y relajadamente monta tu horario para el curso que viene”
Por una vez hago caso a mi parte responsable, que bien es cierto debería hablar en muchas más ocasiones, por ejemplo cuando quedo con desconocidos para después acabar yendo a sus casas. Y me descargo los horarios al ordenador directamente de la web de la ucm. De pronto siento uno de esos “clicks” que te congelan, que te paralizan… el mundo deja de moverse y los pajaritos esperan en el aire, el agua deja de correr por los manantiales, la sangre de los daños colaterales deja de manar y todo queda quieto… Acabo de darme cuenta de que en septiembre me matricularé en quinto curso. El último año de carrera. El escalón que me convertirá en un licenciado en bellas artes.
Y el tiempo, que ya se ha vuelto loco trayendo frio a Madrid estando en agosto, continúa con sus saltos temporales y me veo entrando en la facultad para hacer mi prueba de acceso, rodeado de un montón de góticos y deseando escapar de allí corriendo. Sigo alucinando con experiencias pasadas desde el comedor de mi casa y recuerdo mi primer curso, llevando aún alguna prenda del Springfield (mea culpa), con mi cara inocente que ese mismo año manchó Jaime de semen, el segundo curso que pasó sin pena ni gloria, tercer curso donde dejé de ser pareja y comencé a plasmar mis experiencias en los dibujos y finalmente cuarto, una etapa de aceptación y liberación, como cuando medio borracho empecé a hablar de mi ex en los jardines de Bellas Artes y todos con las miradas se confirmaban lo que ya era una realidad semiescondida.
Y al llegar ahora, en quinto, todo queda en duda. ¿Me licenciaré este año o arrastraré mi estigma de la clase de pintura I un año más? ¿Conseguiré exponer? Siento un gran vacío bajo mis pies y de pronto la tierra me ahoga.
El tiempo al final se queda algo confuso y yo soy como Lois Lane asfixiada por el escombro, esperando que superman dé marcha atrás los relojes de todos los ciudadanos del mundo y me rescate…
¿Es que nadie me va a rescatar de la putada de planear un jodido horario decente con la mierda de asignaturas que me ofrecen?