Barbacoa Moribunda.
La barbacoa fue una idea que en mi modestia habitual, debo reconocer nació de mi increíble y creativo intelecto. Pero no había que pensar mucho para llegar a la conclusión de que una celebración cárnica debía llevarse a cabo en mi selecto grupo de gremlins de bellas artes, pues una gremlin destaca entre ellos por poseer (poniendo voz de anuncio) un fantástico y fabuloso chalet en las afueras de Madrid.
Y yo, le llevaba dando la brasa más de dos años con su chalet. Que si Sara chalet, que si Sara si yo tuviera una casa por ahí ya os habría invitado a una fiestecilla, que si Sara fíjate que yo hago fiestas en mi casa y eso que es un piso de extrarradio. Supongo que tantas y tantas horas de echar en cara y comentarios picajosos mermaron su férrea personalidad y finalmente cedió.
Organizó la barbacoa con un estilo y una decisión dignas de la mismísima Isabel Preysler, vamos que ahora que lo pienso lo único que faltó en el ágape cárnico eran los ferrero roche, tan doraditos, pero en verano se dejan de vender para que no pierdan sus propiedades fantásticas.
Nos fuimos al mercadona de Moncloa para comprar cantidades ingentes de carne, choricitos, butifarras, panceta… y por favor, aprovecho para decir que si comentais, si, todos sabemos que este es un blog mariquita pero obviemos los chistes sobre longanizas y anos.
Llegamos tarde, por supuesto. El chalecito en el quinto pino y con nuestra suerte, perdimos el autobús, por lo que nuestros cuarenta minutos de espera tragando productos cancerígenos en suspensión no nos los quitó nadie, porque el intercambiador de Moncloa es un fabrica cánceres en potencia.
La casa una maravilla como no esperaba menos de la querida Saritísima. Tres plantas de buen gusto, decoradas con todas sus obras recicladas de las sucesivas clases de pintura que la pobre ha probado sin sentirse plena, Sara hija mía, cuando vas a darte cuenta de que nuestro futuro está unido por el dibujo y no por la odiosa pintura. Además de las tres plantas cuya coronación es su propio estudio donde me habría beneficiado yo a más de uno de ser propiedad moribunda, bajamos a la bodega, con mueble castellano y allí dejamos las cositas de la comida. Nos dividieron en grupos para hacerlo todo muchísimo más sencillo y práctico, a mí, de manera absurda me tocó en el grupo vegano-vegetariano y haciendo el gazpacho no pararon los chistes sobre pepinos y las rimas sobre cebollas.
Tras los preparativos de lo que todo aquello iba a ser la mayor barbacoa jamás vista por un grupo de pre-artistas las nubes comenzaron a arremolinarse únicamente sobre el tejado del chalet, como si estuviéramos llevando a cabo un aquelarre y las fuerzas del mal lo supieran. Lady Evil, junto a su novio y otro chico se hicieron cargo de la parte más fogosa de la reunión, hacer la carne vamos. Los demás, ante la amenaza brutal de una de esas tormentas con terrible calor y mucha agua nos guarecimos en la bodega, con los aperitivos que devoramos mientras los tres cocineros trabajaban.
Y si, llovió, es una ley que cuando haces barbacoa te llueva y más teniendo a una persona que hace que las situaciones más serias o románticas se conviertan en chascarrillos de risa fácil. Mientras la escalera a la bodega se convirtió en una cascada literalmente, el novio de Lady Evil bajó con los primeros chorizos humeantes, en total paralelismo con sus ropas que supuraban agua, después de él baja Lady Evil marcando pechos con la ropa igualmente húmeda. Sara decidida va a la casa y les ofrece ropa vieja y seca, Lady Evil con un jersey que imitaba los colores de un corte de helado, nata, vainilla y fresa y unos pantalones del padre de Sara… una pesadilla conceptual para la moda.
Después de haber comido y probar unos brebajes hiperalcoholizados hechos con la termomix de Sara hicimos un break a modo de corro en uno de los patios, ya relajados, hablando de manera distendida no de las últimas exposiciones o de cómo nos influyen las actuales corrientes estéticas sino de coños y pollas que es lo que todo el mundo espera oír, sobre todo anécdotas moribundas que, aunque yo adoro hablar de mí mismo, sé de buena tinta que ellos manifiestan orgasmos mentales con cada vocablo.
Sobre las nueve y media nos fuimos a Tribunal y enfrente del instituto San Mateo hicimos un botellón de ron improvisado mientras despellejábamos a compañeros de estudios, mucho más odiosos que nosotros. Ración de Vía Láctea y para finalizar Kurgan, un antro heavy del que podría escribir una tesis sociológica.
A las cuatro de la mañana nos recogimos, llegué a casa a las cinco y dormí. Rodé por la cama relleno de pinchos y choricitos mientras pancetitas alegres danzaban a mi alrededor en un baile hipnótico.
Y yo, le llevaba dando la brasa más de dos años con su chalet. Que si Sara chalet, que si Sara si yo tuviera una casa por ahí ya os habría invitado a una fiestecilla, que si Sara fíjate que yo hago fiestas en mi casa y eso que es un piso de extrarradio. Supongo que tantas y tantas horas de echar en cara y comentarios picajosos mermaron su férrea personalidad y finalmente cedió.
Organizó la barbacoa con un estilo y una decisión dignas de la mismísima Isabel Preysler, vamos que ahora que lo pienso lo único que faltó en el ágape cárnico eran los ferrero roche, tan doraditos, pero en verano se dejan de vender para que no pierdan sus propiedades fantásticas.
Nos fuimos al mercadona de Moncloa para comprar cantidades ingentes de carne, choricitos, butifarras, panceta… y por favor, aprovecho para decir que si comentais, si, todos sabemos que este es un blog mariquita pero obviemos los chistes sobre longanizas y anos.
Llegamos tarde, por supuesto. El chalecito en el quinto pino y con nuestra suerte, perdimos el autobús, por lo que nuestros cuarenta minutos de espera tragando productos cancerígenos en suspensión no nos los quitó nadie, porque el intercambiador de Moncloa es un fabrica cánceres en potencia.
La casa una maravilla como no esperaba menos de la querida Saritísima. Tres plantas de buen gusto, decoradas con todas sus obras recicladas de las sucesivas clases de pintura que la pobre ha probado sin sentirse plena, Sara hija mía, cuando vas a darte cuenta de que nuestro futuro está unido por el dibujo y no por la odiosa pintura. Además de las tres plantas cuya coronación es su propio estudio donde me habría beneficiado yo a más de uno de ser propiedad moribunda, bajamos a la bodega, con mueble castellano y allí dejamos las cositas de la comida. Nos dividieron en grupos para hacerlo todo muchísimo más sencillo y práctico, a mí, de manera absurda me tocó en el grupo vegano-vegetariano y haciendo el gazpacho no pararon los chistes sobre pepinos y las rimas sobre cebollas.
Tras los preparativos de lo que todo aquello iba a ser la mayor barbacoa jamás vista por un grupo de pre-artistas las nubes comenzaron a arremolinarse únicamente sobre el tejado del chalet, como si estuviéramos llevando a cabo un aquelarre y las fuerzas del mal lo supieran. Lady Evil, junto a su novio y otro chico se hicieron cargo de la parte más fogosa de la reunión, hacer la carne vamos. Los demás, ante la amenaza brutal de una de esas tormentas con terrible calor y mucha agua nos guarecimos en la bodega, con los aperitivos que devoramos mientras los tres cocineros trabajaban.
Y si, llovió, es una ley que cuando haces barbacoa te llueva y más teniendo a una persona que hace que las situaciones más serias o románticas se conviertan en chascarrillos de risa fácil. Mientras la escalera a la bodega se convirtió en una cascada literalmente, el novio de Lady Evil bajó con los primeros chorizos humeantes, en total paralelismo con sus ropas que supuraban agua, después de él baja Lady Evil marcando pechos con la ropa igualmente húmeda. Sara decidida va a la casa y les ofrece ropa vieja y seca, Lady Evil con un jersey que imitaba los colores de un corte de helado, nata, vainilla y fresa y unos pantalones del padre de Sara… una pesadilla conceptual para la moda.
Después de haber comido y probar unos brebajes hiperalcoholizados hechos con la termomix de Sara hicimos un break a modo de corro en uno de los patios, ya relajados, hablando de manera distendida no de las últimas exposiciones o de cómo nos influyen las actuales corrientes estéticas sino de coños y pollas que es lo que todo el mundo espera oír, sobre todo anécdotas moribundas que, aunque yo adoro hablar de mí mismo, sé de buena tinta que ellos manifiestan orgasmos mentales con cada vocablo.
Sobre las nueve y media nos fuimos a Tribunal y enfrente del instituto San Mateo hicimos un botellón de ron improvisado mientras despellejábamos a compañeros de estudios, mucho más odiosos que nosotros. Ración de Vía Láctea y para finalizar Kurgan, un antro heavy del que podría escribir una tesis sociológica.
A las cuatro de la mañana nos recogimos, llegué a casa a las cinco y dormí. Rodé por la cama relleno de pinchos y choricitos mientras pancetitas alegres danzaban a mi alrededor en un baile hipnótico.
Comentario:
Siento ser pitufo gruñon pero no me gustan las barbacoas NO!
Comentario:
Yo anoche tuve también barbacoa... para dos. Es la época ideal para asar morcillas y alitas, y rodar luego en la cama como lo primero. Por lo visto.
Comentario:
El sueño final es muy a lo Homer Simpson. Adoro ese tipo de reuniones, pero tiene que estar la gente justa..., he ido barbacoas en las que querría haber asado a alguno de los comensales pq, directamente, sobraba del panorama.
¿Hubo música? Yo os habría amenizado con lo mejor del electropetardo español.
¿Mojaste ayer? Quiero crónica.
¿Hubo música? Yo os habría amenizado con lo mejor del electropetardo español.
¿Mojaste ayer? Quiero crónica.