Blanca junto a Moribundo de nuevo.
Voy a parar de hablar de campamentos un poquito porque a este paso voy a convertirme en el Miliki del ciber espacio y no me apetecen comparaciones con un personaje al que detesto y que me perdonen todos sus “niños de treinta años”.
Cuando estaba en el último campamento, el campamento que durante quince días fue el lugar más feliz del mundo (¿tengo que pagar derechos a Disney?) recordé que Blanca por fin ponía fin a su gira Argentina. Estuve todo el día pensando en llamarle para ver que tal había llegado a Madrid, si las cosas le habían ido bien y saber un poco de todo en general, pero con el ritmo de trabajo que uno mantiene en estos albergues del demonio cuando me di cuenta de que no habíamos hablado eran ya las dos de la mañana.
Con mucho dolor de mi cuerpo físico marqué su número a hora tan intempestiva pensando que, como era lógico, no me lo cogiera, pero si lo cogió. Ella no conseguía dormir por eso del jet lag y pudimos mantener una larga conversación donde me contó parte de sus anécdotas rodeada de argentinos cabreados, indígenas y carne de vaca. Quedamos en vernos prontito cuando llegase a Madrid y me acosté rápido, pero al día siguiente parecía aún más un zombie, debido a las ojeras donde me cabían el mp3 y varios artículos de papelería que por cleptomanía siempre sustraigo de las salas de material de los campamentos.
Llegué a Madrid y pasé mis días de sueño reparador en los que entremezclo sueños de niños que vienen a pedir cosas o con los que te encuentras realizando cualquier tipo de actividad tal como hacer monederos con hojas de cómic con una realidad difusa. Hablé con Blanca y quedamos, por fín estaba en su casa de Goya por la que han tenido que sudar sangre para recuperarla. Sus padres han vivido una separación bastante complicada con armas de fuego incluidas que no se puede resumir en dos líneas (es lo que tiene tener un padre desequilibrado y miembro de nuestra amada policía nacional).
Llegué allí creo que puntual, el verano con su calor y el metro cerrando la mitad de las líneas ponen muy complicada esta tarea. Pude saludarle por fin y comprobar que tampoco se había puesto tan gorda como decía. Comprendo que tanto tiempo en Argentina a base de churrascos te puede noquear, pero sé perfectamente la manera de comer de mi amiga que es, escasa.
Recuerdo una vez que fuimos a su casa otra amiga y yo en plan rescate antidepresivo y nos quedamos a comer. Después de sacarle de la cama, vestirle, sacar de su mesilla un envase de yogur con un tampón usado dentro nos fuimos a la cocina a comer. Una cucharada de arroz tres delicias y dos lonchas de bacon ahumado cocinado en el microondas fueron el menú que pagó ayuda psicológica y limpieza tan personal.
Me contó mil anécdotas ultradivertidas como siempre. Sus penas con el profesor del intercambio que era terriblemente feo y no asimilaba conceptos como programar actividades antes de hacerlas, sus compañeros que eran otros censos, su compañera de piso con la que marchó desde aquí y que Blanca planeó matar en un cuidado plan elaborado durante días.
Luego me explicó cosas sobre la personalidad de los argentinos que yo ni juzgo ni me dejo de creer pero al parecer la pobre se veia cada noche acosada por pedantes tipos que para entablar conversación no tenían mejor idea que soltar una frase de Borges o Cortázar a quemarropa y después decir algo del tipo “Perdona, es que estaba citando a Cortázar, ¿Le conocéis en España?”. Y mi pobre amiga que posee una personalidad voluble como la de su amigo que escribe estas líneas explotaba. Llegó a punto tal que lo primero que hacía cuando conocía a un argentino era gritarle que también disponíamos de ordenadores y escuelas con calefacción.
Me tragué también alrededor de setecientas fotografías de ella con un pingüino, su amiga con un pingüino, un pingüino, un glaciar, dos glaciares, un glaciar con un pingüino… Nos acostamos sobre las cuatro de la mañana extenuados del intercambio de cotilleos, yo le puse al día de todo lo que por mi vida y cavidad bucal había pasado desde su marcha y lo mucho que había deseado llamarle para pedirle consejo en algunos de esos momentos.
Pero ya está aquí y no me encuentro solo. Ahora tiene planeado irse a Italia otros cuantos meses. Allí si que iré a visitarla, es una vergüenza ser de bellas artes y no haber estado en la cuna del renacimiento.
Cuando estaba en el último campamento, el campamento que durante quince días fue el lugar más feliz del mundo (¿tengo que pagar derechos a Disney?) recordé que Blanca por fin ponía fin a su gira Argentina. Estuve todo el día pensando en llamarle para ver que tal había llegado a Madrid, si las cosas le habían ido bien y saber un poco de todo en general, pero con el ritmo de trabajo que uno mantiene en estos albergues del demonio cuando me di cuenta de que no habíamos hablado eran ya las dos de la mañana.
Con mucho dolor de mi cuerpo físico marqué su número a hora tan intempestiva pensando que, como era lógico, no me lo cogiera, pero si lo cogió. Ella no conseguía dormir por eso del jet lag y pudimos mantener una larga conversación donde me contó parte de sus anécdotas rodeada de argentinos cabreados, indígenas y carne de vaca. Quedamos en vernos prontito cuando llegase a Madrid y me acosté rápido, pero al día siguiente parecía aún más un zombie, debido a las ojeras donde me cabían el mp3 y varios artículos de papelería que por cleptomanía siempre sustraigo de las salas de material de los campamentos.
Llegué a Madrid y pasé mis días de sueño reparador en los que entremezclo sueños de niños que vienen a pedir cosas o con los que te encuentras realizando cualquier tipo de actividad tal como hacer monederos con hojas de cómic con una realidad difusa. Hablé con Blanca y quedamos, por fín estaba en su casa de Goya por la que han tenido que sudar sangre para recuperarla. Sus padres han vivido una separación bastante complicada con armas de fuego incluidas que no se puede resumir en dos líneas (es lo que tiene tener un padre desequilibrado y miembro de nuestra amada policía nacional).
Llegué allí creo que puntual, el verano con su calor y el metro cerrando la mitad de las líneas ponen muy complicada esta tarea. Pude saludarle por fin y comprobar que tampoco se había puesto tan gorda como decía. Comprendo que tanto tiempo en Argentina a base de churrascos te puede noquear, pero sé perfectamente la manera de comer de mi amiga que es, escasa.
Recuerdo una vez que fuimos a su casa otra amiga y yo en plan rescate antidepresivo y nos quedamos a comer. Después de sacarle de la cama, vestirle, sacar de su mesilla un envase de yogur con un tampón usado dentro nos fuimos a la cocina a comer. Una cucharada de arroz tres delicias y dos lonchas de bacon ahumado cocinado en el microondas fueron el menú que pagó ayuda psicológica y limpieza tan personal.
Me contó mil anécdotas ultradivertidas como siempre. Sus penas con el profesor del intercambio que era terriblemente feo y no asimilaba conceptos como programar actividades antes de hacerlas, sus compañeros que eran otros censos, su compañera de piso con la que marchó desde aquí y que Blanca planeó matar en un cuidado plan elaborado durante días.
Luego me explicó cosas sobre la personalidad de los argentinos que yo ni juzgo ni me dejo de creer pero al parecer la pobre se veia cada noche acosada por pedantes tipos que para entablar conversación no tenían mejor idea que soltar una frase de Borges o Cortázar a quemarropa y después decir algo del tipo “Perdona, es que estaba citando a Cortázar, ¿Le conocéis en España?”. Y mi pobre amiga que posee una personalidad voluble como la de su amigo que escribe estas líneas explotaba. Llegó a punto tal que lo primero que hacía cuando conocía a un argentino era gritarle que también disponíamos de ordenadores y escuelas con calefacción.
Me tragué también alrededor de setecientas fotografías de ella con un pingüino, su amiga con un pingüino, un pingüino, un glaciar, dos glaciares, un glaciar con un pingüino… Nos acostamos sobre las cuatro de la mañana extenuados del intercambio de cotilleos, yo le puse al día de todo lo que por mi vida y cavidad bucal había pasado desde su marcha y lo mucho que había deseado llamarle para pedirle consejo en algunos de esos momentos.
Pero ya está aquí y no me encuentro solo. Ahora tiene planeado irse a Italia otros cuantos meses. Allí si que iré a visitarla, es una vergüenza ser de bellas artes y no haber estado en la cuna del renacimiento.
Comentario:
miliki está muerto, no?
si no lo está, debería estarlo.
si lo está, su cadáver debería ser exhumano y arrastrado por un pedregal.
si no lo está, debería estarlo.
si lo está, su cadáver debería ser exhumano y arrastrado por un pedregal.
Comentario:
yo tampoco he estado nunca en italy
Comentario:
Que fuerte los argentinos, mi amigo mariano, de Good Winds no va del palo... Por cierto, para cuando un blog paralelo con todo lo que pasa por tu cavidad bucal? llamame marrana, pero estoy en paro y tengo demasiado tiempo. Con ganas de empezar tu ultimo curso, eeeh? Por cierto he actualizado el blog. Unbelievable. Un abrazo.
Comentario:
Hay Italia, yo tb tengo ganas de visitar tan lindo país, xo como estudiante de historia. No te has planteado hacer el interrail?
Por cierto, estaba claro k a ti no te gustaba Harry Potter, ya que tu eres de una generación posterior, jujuju...Bss artista
Por cierto, estaba claro k a ti no te gustaba Harry Potter, ya que tu eres de una generación posterior, jujuju...Bss artista
Comentario:
geniales los reencuentros .... aprovechad para contaos cosas...
kss
kss
Comentario:
¿No organiza tu escuela de arte, viajes a italia para los estudiantes?. Yo fuí con la mía, de jovencilla. Si te desmarcas del rebaño y llevas un buen plan preparado, algo ves, eh ? :P