El techo virtual.
La casa moribunda se encuentra en estado de sitio, sitiada por algo que nos ataca cada año mutado de manera distinta, si, es eso, la gripe. Y esta vez no ha sido la diseñadora la que lo ha traido a casa, sino el cabeza de familia, el adorable señor que duerme en casa y que en ocasiones inventa cosas.
El pobre se pasa el día delante del ordenador (impidiéndome el acceso a él claro) abriendo su programa de corte, mirando documentos varios, moqueando y llorándole los ojos.
Al menos ahora tiene el ordenador, que le hace mantener sus pensamientos alejados de los inventos que ya en otras ocasiones he comentado. Pero no he comentado el mejor de los inventos: El techo virtual.
Resulta que hallá por el 2000 todavía era un alegre y optimista adolescente alejado del arte impropio y Mamá, que es muy buena decidió:
- "Nos vamos de vacaciones todos menos tu padre. Que se joda y se quede trabajando"
Así que nos fuimos, a Lanzarote. Precioso, maravilloso, un cielo azul muy bonito pero una isla un poco soporífera. Descubres allí cómo un artista como Cesar Manrique pudo ejercer tal influencia en la isla, para unos en afán de la conservación del patrimonio, mi opinión, para ser el único que tuviese una casa dentro de un túnel de lava volcánica. Sólo decir que me entretuve en intentar hacerme a un botones (sin éxito claro).
Pues llegamos a Madrid totalmente relajados, ansiosos por contar cosas, pero Papá inventor nos preparaba la sorpresa:
Yo- "Anda! ¿Porqué hay tanto polvo blanco en nuestro rellano?"
Y pasamos a la casa... El encuentro con aquello nos hizo ganar los kilos que perdimos y desarrollar los granos que el stress no había hecho salir. Papá se entretuvo en lijar el techo (cubriendo solo algunos muebles con un leve plástico), y colocar en él lo que denominó el "techo virtual". Una propuesta que pretendía lograr un efecto de bóveda abierta en el techo, como si tuvieramos un tragaluz. Sólo decir que la gente cuando entra en casa siempre nos pregunta que porqué tenemos un ataud en el techo. Un rectángulo enorme que pesa unos 100 kilos y que subimos con la ayuda de cada hombro, incluido el de la sufrida abuela. Parecido con un tragaluz ninguno por supuesto.
El techo nos mira constantemente, sus luces fluorescentes inundan el salón, haciendo que parezca más una sala de operaciones que el hogar que todos soñamos. A mí, me parece algo poetico también, pues mirar arriba y ver un ataud te hace tener presente que la vida es muy corta, y las posibilidades de que se desprenda y nos aplaste (por los constantes crujidos es posible que pronto) te ayudan a valorar cada segundo.
Una forma más de apreciar esta moribunda vida.
El pobre se pasa el día delante del ordenador (impidiéndome el acceso a él claro) abriendo su programa de corte, mirando documentos varios, moqueando y llorándole los ojos.
Al menos ahora tiene el ordenador, que le hace mantener sus pensamientos alejados de los inventos que ya en otras ocasiones he comentado. Pero no he comentado el mejor de los inventos: El techo virtual.
Resulta que hallá por el 2000 todavía era un alegre y optimista adolescente alejado del arte impropio y Mamá, que es muy buena decidió:
- "Nos vamos de vacaciones todos menos tu padre. Que se joda y se quede trabajando"
Así que nos fuimos, a Lanzarote. Precioso, maravilloso, un cielo azul muy bonito pero una isla un poco soporífera. Descubres allí cómo un artista como Cesar Manrique pudo ejercer tal influencia en la isla, para unos en afán de la conservación del patrimonio, mi opinión, para ser el único que tuviese una casa dentro de un túnel de lava volcánica. Sólo decir que me entretuve en intentar hacerme a un botones (sin éxito claro).
Pues llegamos a Madrid totalmente relajados, ansiosos por contar cosas, pero Papá inventor nos preparaba la sorpresa:
Yo- "Anda! ¿Porqué hay tanto polvo blanco en nuestro rellano?"
Y pasamos a la casa... El encuentro con aquello nos hizo ganar los kilos que perdimos y desarrollar los granos que el stress no había hecho salir. Papá se entretuvo en lijar el techo (cubriendo solo algunos muebles con un leve plástico), y colocar en él lo que denominó el "techo virtual". Una propuesta que pretendía lograr un efecto de bóveda abierta en el techo, como si tuvieramos un tragaluz. Sólo decir que la gente cuando entra en casa siempre nos pregunta que porqué tenemos un ataud en el techo. Un rectángulo enorme que pesa unos 100 kilos y que subimos con la ayuda de cada hombro, incluido el de la sufrida abuela. Parecido con un tragaluz ninguno por supuesto.
El techo nos mira constantemente, sus luces fluorescentes inundan el salón, haciendo que parezca más una sala de operaciones que el hogar que todos soñamos. A mí, me parece algo poetico también, pues mirar arriba y ver un ataud te hace tener presente que la vida es muy corta, y las posibilidades de que se desprenda y nos aplaste (por los constantes crujidos es posible que pronto) te ayudan a valorar cada segundo.
Una forma más de apreciar esta moribunda vida.
Comentario:
Y digo yo: ¿no podría pasar que un día, así, de repente, se desplomase el ataud? Vamos, que podrías ayudarle un poco, por ejemplo, dándole unos cuantos golpecitos con el palo de un escobón. Eso sí, bajo el quicio de la puerta más próxima, no vaya a ser que...