Ser gay no es un privilegio
Una visión del mundo gay zerolamente incorrecto.
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Que de cosas estoy descubriendo esta noche de insomnio, no sabía que esto del blog tuviese tantas cosas. Bueno, está claro que mi foto no la pienso poner porque perdería mis lectores, que aunque sean pocos les debo un respeto jajaj. Que aburrido es poner una descripción de uno mismo, con lo bonito que es que otros hablen de ti. Pero más o menos diré que soy un chico gay de casi 25 años que desde los 17 años estoy vagando por muchos rincones de España por culpa del trabajo, también de los estudios, qué sé yo... como soy feo estoy soltero, y como estoy soltero tengo mucho tiempo para escribir, algo que es mi pasión desde los 13 años, qué precoz fui para algunas cosas, aunque para otras sigo siendo virgen.
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LA ENGAÑADA, ESA GRAN OLVIDADA
Hacía mucho tiempo que quería escribir sobre ella, la engañada. No la engañada de cuernos, no, no, que también, sino la engañada de pies a cabeza, de norte a sur. La engañada moderna que ahora parece estar de moda, esa chica maravillosa, sentimental, ciega como ella sola, que tiene como novio a un maricón como la copa de un pino y hace como que no se da cuenta. El amor, que es así de duro y de difícil.

Claro que a la hora de hablar de esta engañada moderna, siempre hay que tener respeto por aquellas mujeres que son engañadas de toda la vida y han llevado su sufrimiento con una gran dignidad, muchas veces por amor. Por esto mismo no quiero que aquí haya equívocos y que ninguna mujer cornuda se piense que este escrito va dirigido a ella, no, no, este escrito es un homenaje a aquellas chicas de ahora que encima tienen la osadía de presumir delante de sus amigas de que su novio, cuando follan, le pide que le meta 2 o 3 dedazos por el culo y aquí no pasa nada.

Esto antes no pasaba. No porque no hubiese gays casados con mujeres, qué remedio dirán muchos. Pero el maricón de antes no le pedía a su mujer que le metiese ningún dedito ni ningún juguetito, vamos, eso habría sido peor que cagarse en una estatua de Franco cuando el generalísimo aún estaba trotando por las praderas de el Pardo, no confundir con el Prado, museo este último.

Tal vez, o no tal vez, seguramente, hace algunos años, y hasta hace no bien pocos, todo hay que decirlo, tenía sentido y era síntoma de querer sobrevivir el que un gay finjiese ser un mujeriego. También estaban algunos que optaban por la soltería, aunque ya cualquier hombre que rondase los 40 y no se le conociese novia, era declarado maricón oficial por el vecindario de manera inmediata.
Hoy, sin embargo, es distinto. Yo siempre he creído que engañar a los demás es algo de muy mal gusto, pero engañarse a uno mismo es algo, directamente, de jilipollas. Hace poco leí a una personalidad rusa cuyo nombre es irreproducible por mi memoria decir que con la mentira se puede llegar muy lejos pero lo que no se puede es volver. Yo estoy totalmente de acuerdo.

Comprendo que aún a día de hoy existen rincones de la España profunda, familias dominadas por el Opus Dei, esa secta abyecta, que hacen que salir del armario sea poco más que un suicidio, aunque siempre queda la huída. En parte así es, conozco a muchos que en cuanto han podido salir de su pueblo o de su casa, Madrid es el sueño dorado, el armario ha sido cuestión de minutos, hasta que el autobús no tuviese punto de retorno.

Pero no, no, yo a estas engañadas de las que hablo las he visto en grandes ciudades, en Madrid incluso, y eso es lo que me descoloca. Hay que partir de una realidad incuestionable, y es que la figura del metrosexual existe. No es una manera fina de decir que alguien es gay y aún no lo sabe. Pero una cosa es ser metrosexual y otra ser maricón. Un metrosexual cuando va con la novia y ve a un grupo de maricones a su lado, no coge y le mete la lengua hasta la campañilla, ni le da una palmetada en el culo. Un metrosexual, cuando va con la novia, no se queda mirando extasiado a cualquier morenazo que pasa a su lado.

Pero lo mejor de todo son las conversaciones de las engañadas. Ahí están hablando con el grupo de sus amigas de lo que hacen o dejan de hacer sus novios en la cama. "Ay, pues eso no es nada. Mi Manolo ha comprado un juguetito de 23 cm que hace que se lo meta por el pompis siempre que me folla de cara, cuando por el culo, no, claro". Os podéis imaginar la cara de todas las amigas, que en cuanto se va la engañada empiezan a decir: "joder con Maruchi, como se puede ser tan tonta, que tiene un novio más maricón que paco clavel y ella como si nada". Pero así son las cosas.

Luego están ellos, los maricones con novia. Algunos a los 3 ó 4 años aparecen en la tele para relatar lo mal que lo pasaron hasta salir del armario. Y es cuando en casa se dan unos a otros codazos y empiezan a decir: "joder josefa, ¿este no es el hijo del Bola? que está ahora diciendo en la tele que es maricon!!! no se iba a casar con maruchi??
Pero es que hay parejas maricón-engañada más absurdas que el bigote rasurado de Aznar, que parece un coño de actriz porno americana del burdel más infecto. Es que hay parejas que no se sabe si la tía es ella o él, pero ellas siempre van felices.

Y que decir de aquellas que llegan a casa extasiadas, en una nube, llenas de romanticismo, sintiéndose princesas de un cuento encantado, mientras su novio está ya camino de un área de descanso a que lo enculen el primero que pille, que va ya en el coche dándose palmetadas en el culo como si de un jinete se tratase!!! porque estas cosas, pasan, y mucho.

Yo sé que la vida no es fácil, y también sé que existen los bisexuales. Pero cuando hablo de engañadas, no me refiero tampoco a las novias de los bisexuales. A mí, la verdad, no me gustaría que hubiese ninguna chica engañada de esta manera. Cornudas, cornudos, es algo inevitable. Pero nadie debería enamorarse de alguien que busca lo contrario, o que busca lo mismo que ella: un tío. Lógicamente el mundo es como es, y aún a día de hoy dar el paso, salir del armario, aceptar en algunos casos la sexualidad de cada uno, no es coser y cantar. Pero yo creo que conseguir cubrirte las espaldas y ponerte el disfraz de macho para complacer a tu mentira o a tu entorno, no compensa la posibilidad de acabar rompiendo el corazón, o la vida misma, de una persona, la engañada, que no tiene culpa de las mentiras o la cobardía, que también existe, del novio reprimido.

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LA COPLA, HOMENAJE ETERNO A LA DESCARRIADA Y A LA DESDICHADA
La copla no solamente ha sido algo muy español, sino también muy homosexual. Es verdad que la letra de todas sus canciones, la mayoría, son apología y epopeyas de la prostitución y la desdicha, pero digamos que siempre ha encerrado dentro de sus acordes un espíritu homosexual inevitablemente descarado. Claro que a día de hoy ya tenemos a Madonna o Cher para desahogarnos musicalmente los gays, pero aquí en España, el maricón de toda la vida español, siempre se ha refugiado, no digamos ya en tiempos franquistas, en la copla, en la bata de cola como expresión desgarrada de una sociedad en muchas ocasiones hipócrita que perseguía a los homosexuales mientras aceptaba en su seno prácticas más contrarias a la ley de Dios como, por ejemplo, el adulterio. Y no digamos ya el robo, especialidad culinaria de un gran número de políticos.

Así tenemos éxitos antológicos como YO SOY ESA, que suponía el sueño de muchos homosexuales reprimidos y escudados en el machismo más exacerbado de su casa o de su patio de vecinos. No sé por qué pero casi siempre el más homófobo de todos es el que lleva dentro de sí mismo la pose más maricona de toda la familia. No es cuestión de pensar que aquí todo hombre es homosexual mientras no se demuestre lo contrario, pero digamos que la fobia hacia el amor entre personas del mismo sexo puede suponer el odio por no atreverse a amar lo que uno gusta de verdad. Cuántos Coroneles franquistas no oirían a Juanita Reina cantar eso de “lo mismo me llaman Carmen, que Lolilla que Pilar, con lo que quieran llamarme me tengo que conformar…” y se les revolverían las vísceras del sentimiento, del no poder ser esa Carmen, esa Lolilla, esa Pilar. O cuántos miembros de la falanje más pura y más dura soñarían más de una noche con ser esa Lirio, incluso con su pena, pero deseada y pagada por todos los marineros y el hombre que vino de Cuba. ¡Por no hablar de esa Bien Pagá, fantasía inconfesable de ese maricón de la España profunda que creció soñando con ver su gusto cumplio, con ser María de la O, que aunque desgraciaita, envidiada por todas!.

Luego ya, conforme se acercaban los años de la televisión para todos, la copla dejó de tener un lugar único y exclusivo en el alma artística de todo homosexual, para dejar paso a esa música melódica que retrataba el nuevo sentir que se iba abriendo dentro, eso sí aún siempre dentro, de todo gay. Ya empiezan a surgir los cantantes como iconos, no un género específico como la copla, ahora ya el hombre suspiraba por otro hombre que cantaba, por ser el protagonista de esa historia de amor, o ser directamente el dueño de la canción. Lógicamente, el icono gay más mítico, más indiscutible, más arrebatador y más hecho a la imagen y semejanza del alma homosexual es el dios único y verdadero Raphael, el más grande y el mejor de todos, algo reconocido como parte natural de la vida hasta por los que lo critican, hasta por los que lo odian, aunque haya mucho más amor que odio. He podido leer en muchas ocasiones que cuando empezó Raphael a cantar no solamente triunfó allí donde fue por su voz arrolladora y arrebatadora, sino también por su manera de cantar. La imagen eterna de Raphael siempre es esa melena vestida de negro con la chaqueta al hombro y la mano el cielo. Quizás sea una imagen tópica, tal vez injusta para él, pero después de casi 50 años será difícil que venga otra imagen de Raphael a sustituirla en la eternidad.

Es evidente que por aquellos años, los 60´s, pocas canciones abiertamente homosexuales podían existir, que yo sepa, ninguna. Pero había canciones de Raphael que el público general tomaba como mensajes ambigüos, cuando no el homosexual reprimido hasta el tuétano las convertía en himnos de sus sueños imposibles de libertad. DIGAN LO QUE DIGAN aparece en algunos lugares de temática gay como una de las primeras manifestaciones de homosexualidad moderna, pero yo, realmente, no le veo mucho sentido gay. Es verdad que, para su día, fue una canción podría llamarse de protesta, pero yo como no le intuya algún verso reprimido que diga “hay mucho mucho más amor que odio, más maricones en el armario que soldados en el ejército..” por ejemplo. Pero, sin embargo, sí que hay canciones que dan pie a lecturas digamos que interesadas, como TEMA DE AMOR, cuando dicen “tienen envidia de vernos así, abrazados y alegres cruzar la ciudad, y quisieran cortar este amor de raíz que ellos nunca pudieron lograr..” y aquí es cuando el maricón que la escuchaba se llenaba de lagrimones imposibles de reprimir ante tal despliegue de orgullo gay. También tenemos HABLEMOS DEL AMOR, la segunda canción que llevó a eurovisión y que a mí me parece bastante sosa, cuando Raphael grita aquello de “que nos importa aquella gente que mira a la tierra y no ve más que tierra, que nos importa no hagamos caso de nada y de nadie y hablemos de amor, de nuestro amor”. La verdad es que visto así, desde esta perspectiva, la insinuación gay en esta letra es casi imposible de ignorar. Luego vendría SOMOS, ese sueño imposible que busca la noche, dos seres en uno que guardan en secreto lo mucho que quieren… vale, quizás los homosexuales tendemos a ver mariconeo en todo y toda canción, pero no me diréis que no se presta a la interpretación…

Pero ya el “boom” raphaelista de la homosexualidad, ese himno totalmente en carne viva que se convirtió en la música de cabecera de tanto gay tardo franquista, fue QUE SABE NADIE, escrita por Manuel Alejandro especialmente para que Raphael pudiese gritar al mundo, 20 años después, que si decían que él era maricón, que lo dijeran, porque si además era maricón, qué le importaba a nadie. Fue, sin lugar a dudas, la obra cumbre del niño de Linares en la historia de la música gay, entendida como válvula de escape de tantos sentimientos que, por entonces, se tenían que reprimir en las orillas de la apariencia.

Después de Raphael ya vino una figura también inmensa y de la que siempre se ha hablado, hasta la saciedad, de su, como mínimo, bisexualidad: Camilo Sesto. Podemos decir que Camilo no tiene canciones abiertamente homosexuales, que den a entender mensajes ocultos de un amor gay pasional, pero su figura siempre se ha dejado querer por los rumores y diretes de su supuesta, como mínimo, bisexualidad. Es más, ya por 1975 hizo unas declaraciones defendiendo, de la manera que se podía defender entonces, a los homosexuales. Pero Camilo, en sus éxitos, no ha dado mucho pie a la ambigüedad. Es verdad que tiene canciones como AMOR LIBRE, o SOY UN LOCO SINCERO, pero digamos que son composiciones muy menores solamente conocidas por sus fans de toda la vida, como yo.

Quitando a Raphael y Camilo, ya los gays de esa época no tienen muchas más referencias masculinas en la canción, porque si de algo se puede estar seguro es que Julio Iglesias nunca ha sido, faltaría más, un icono gay, sino todo lo contrario. Julio siempre ha sido el típico mujeriego que poca empatía ha generado en el público gay, lo que no quiere decir que no haya homosexuales que no se derritan cuando le oyen cantar eso de Lo mejor de tu vida me lo he llevado yoooo, lo mejor de tu vida lo he disfrutado yo… También tenemos a Perales, un compositor que siempre ha mostrado sensibilidad hacia los débiles y también ha dedicado párrafos a los homosexuales, o transexuales, ahí tenemos una composición suya cercana en el tiempo titulada SE EQUIVOCÓ EL AZAR. Empero, tampoco ha tenido un eco masivo en la cultura homosexual folclórica. LLegados a este punto, sí aparece a mediados de los 70´s la figura gay por excelencia de la transición: Miguel Bosé. Hijo del torero más rancio y machista, triunfó a pesar de todo, o, mejor dicho, a pesar de su imagen irremediable de nuevo gay americano. Era esa mezcla de niño pijo y pluma natural lo que hacía que el comentario a bocajarro de mucha españa de aquella época fuese: menudo maricón le ha salido al Dominguín. Y MIguel, para acallar esas bocas que piaban tanto y tan rápido, hizo canciones reivindicativas como SUPER SUPERMAN, o DON DIABLO. Reivindicativas del mariconeo claro. Aún así Miguel Bosé ha tenido canciones muy buena como AMIGA, o LINDA, donde un tío hetero le confiesa a una chica que quiere entregarle su virginidad que él está pensando en otra. ¡Jajajaja, un tío hetero diciéndole a una tía virgen que se piensa en tirársela porque puede hacerle daño, en todos los sentido!, ¿quién podría cantar eso si no es maricón?, es evidente. Luego llegó MORIR DE AMOR, y la canción favorita de los baretos gays de finales de los 80´s: Amante bandido. Desgraciadamente luego llegarían cosas como PAPITO, que siendo una idea inicialmente interesante, se ha terminado pervirtiéndo en la retórica de lo superficial. Yo no sé cuántas ediciones lleva ya hechas de Papito cambiando solamente una canción en cada una de ellas, una tomadura de pelo para sus fans. Hombre, Miguel, ten un poco más de consideración con los bolsillos de tus seguidoras y seguidoras.

Una vez cerrado este capítulo de históricos cantantes masculinos, ya hay que dar paso a la mujer, a la hembra, que, no sé por qué, siempre ha sido más adorada y querida por los gays que sus semejantes. Y aunque la diva glamurosa del mariconeo de siempre es Alaska, y la musa del mariconeo moderno y del fuera armarios es Mónica Naranjo, hay que reconocer el lugar especial e inalcanzable de la viuda de España, la tonadillera por excelencia, Isabel Pantoja. Isabel Pantoja no tiene ese look descaradamente rompedor que tiene la Naranjo, ni tiene ese A QUIEN LE IMPORTA, que catapulta a Alaska como diosa preferida de la homosexualidad, pero la Pantoja siempre ha movido a legiones de gays, tanto hombre como mujeres. Tal vez sea por esa dualidad Isabel- Copla que siempre se ha dado en su carrera artística, y ya sabemos la querencia de los homosexuales por la copla, por mucho que ahora no sea zerolamente correcto reconocerlo. Pero Isabel siempre se ha llevado de calle a los homosexuales, no como Rocío Jurado, siempre vista como más distante por los gays. Puede ser no ya por distintas visiones personales de las divas a los gays, sino por su forma de comportarse en el escenario. Rocío siempre ha sido el arte hecho carne, el glamour ante un micrófono, el divismo elevado a la enésima potencia. Pero las dos, tanto Rocío como Isabel, han dado al mundo gay una cantidad de canciones con las que llorar y desgarrarnos hasta quedar exaustos. Es más, ¿hay canción más homosexual, más despechada, más de cuarto oscuro, que SEÑORA?. Yo creo que SEÑORA es la canción que con más fuerza han gritado los homosexuales rurales, los gays que no se atrevían a mirarse demasiado al espejo. SEÑORA es, con diferencia, la mejor canción que se ha escrito en España para la voz de una mujer.

No podemos olvidarnos de figuras como Massiel, esa diva espectacular en los 80´s que conquistó más de un armario con esas tetas espectaculares que siempre lucía mientras nos cantaba Más fuerte que el viento es la tormenta que me estalla dentro… y las tetas ahí al aire. Es verdad que ya a día de hoy los gustos musicales, la sensibilidad de los gays, tienen poco que ver con la copla y esas letras de amores gays escondidos. Ahora esto también ha cambiado. Ya no se apagan las 5 farolas, porque si alguien llora siempre hay focos. Ni se puede gritar qué sabe nadie, porque aquí todo el mundo sabe de todos. Y tampoco hay muchas señoras… ahora se estila otra cosa. Digamos que eso que llaman liberación ha desterrado en gran parte el sentimiento gay latente en muchas canciones que servían de desahogo y de bálsamo para muchas manos heridas de tanto pegarse con la vida. Por muy libres que seamos creo que nunca se debería de haber perdido esa pasión coplera esa copla pasional que ha sido siempre el corazón de gay. Un gay de los de antes, ahora los gays somos de otra manera. Ya no no tenemos que conformar con lo que quieran llamarnos. O sí. Depende de quién.

 
EL GIMNASIO, ESE GRAN INVENTO
Es una lástima que mi familia no hubiese tenido la visión comercial de crear una red de gimnasios por toda España hace algunos años, cuando el “boom” del gimnasio empezó a ser nuclear. Así a día de hoy sería un joven rico, prepotente y aburrido al que nadie le diría lo jilipollas que es porque el dinero siempre es más importante que la dignidad. Tendré que conformarme con seguir trabajando toda mi vida y no ser en la vida millonario, así cuando me muera si alguien viene a mi entierro será porque me conocía de verdad.

Yo no sé qué haríamos muchos gays sin el gimnasio, que es tan popular entre nosotros como el cuarto oscuro. Bueno, quizás más, porque no todos los que han ido a un gimnasio han entrado en un cuarto oscuro, digamos que el cuarto oscuro es más selecto a la hora de su clientela. Pero el gimnasio no, ahí vamos todos, como ovejas al matadero, que a fin de cuentas es lo que hacemos cuando estamos en el gym: matarnos, ya sea a pesas o ya sea a baba pura y dura viendo esos pedazos de tíos y de morenazos que hay sueltos por la sala.

Yo siempre he procurado, cuando voy al gimnasio, hacerlo de tal manera que siempre que esté yo haya la menos gente posible. Por no hablar de las duchas, que no entro en los vestuarios con los ojos tapados porque sería muy escandaloso, pero menos esto he hecho de todo. La primera norma, por supuesto, no ducharme. Yo me ducho en mi casa. Luego, como es inevitable entrar al vestuario puede pasar dos cosas: que no veas a nadie que te ponga ya más sofocado que una sesión de espining en el sáhara; o que en ese momento esté el típico niñato musculado y fibrado con algo ahí entre las piernas que tiene que ser efecto óptico de tu imaginación, recién salido de la ducha y paseándose tranquilamente por tu lado mientras busca en su mochila los boxers para ponerse. Aquí es cuando uno pierde la noción del tiempo, cómo se llama, de dónde viene y hacia dónde va. Es normal, somos seres humanos débiles, carnales, y encima si te ponen un tesoro dorado al lado, es difícil reprimir la tentación de meter mano, aunque solamente sea mentalmente. Ay, qué diferente sería el mundo si imaginar y tocar fuesen el mismo acto…

Luego ya es cuando sales a la pista, a ver tanto músculo y tanto sudor que acompañado de esos gemidos por los esfuerzos que hacen muchos con las pesas, uno cierra los ojos, abre el olfato y el oído y se cree que están en el edén fálico. Claro que entonces uno recuerda que la mayoría de morenazos que hay sueltos por el gym no son homosexuales, y antes de que termine una pesa en tu cabeza por algún homófobo descarriado es mejor despertar del sueño y ponerse uno a la tabla de ejercicios lo más rápido posible. Pero la tabla de ejercicios también puede ser una tortura, sobre todo cuando tienes que preguntarle 20 veces al monitor por el mismo ejercicio porque te quedas tan hipnotizado con sus brazos, con sus pectorales, con su paqueton, que no sabes si te está explicando el cuello, el antebrazo o el abdomen. “Pero si ya te he explicado 45 veces el ejercicio en lo que llevamos de mes, ¿tan dificil es?” y ya es cuando tú ante este alarde de machito controlado, de ese macho que sabe que tiene a una perra destetada a sus pies, ya te acabas de derretir.

Pero, con todo, esto no es todo lo malo del gimnasio, porque también está cuando el morenazo que evitas mirar todo lo posible para que no estalle tu corazón de pulsaciones desbocadas, te pide que le ayudes a hacer algún ejercicio de mucho peso que precisa una mano de otro. Puff, uno piensa, cómo le explico yo a este que me pone tan malo que podemos acabar el, yo, y las pesas, por el suelo de un momento a otro. Y así uno solo puede poner una pose de masculinidad, decir “claro tío”, y empezar a recordar fotografías de su abuela para no alacanzar a ser consciente del pedazo de tío que estás tocando y que jamás volverás a tocar algo así en toda tu vida.

Aún así, yo reconozco que el gimnasio es adictivo, una vez que uno va, y consigue ir más allá de la primera semana, ya es una droga difícil de reprimir en la dosis diaria de masoquismo que todo gay poseído por las hormonas se aplica a sí mismo. Claro, llega un punto que uno no sabe si gasta más energía haciendo pesas o mordiéndose el labio cuando tienes en el banco de al lado al rubio más espectacular que has visto en carne y hueso, marcando paquete mientras sube la barra del pectoral hacia arriba.

Si el gym no existiera, habría que inventarlo, es verdad. No solamente por sus propiedades terapéuticas, sino porque es una manera extraordinaria de descargar toda la adrenalina sexual que tiene uno en sus neuronas de la fantasía, tan común y rica en la cultura mental del español. Lamento no poder contar ningún encuentro sexual en las duchas o variantes así que pueblan toda página de relato erótico, pero por desgracia a mí esas cosas no me pasan, y mira que se lo pido al señor cada vez que entro en una iglesia. A ver si algún día oye mis plegaria y así paso de decir que el gym es un gran invento a recomendar a todos los gays faltos de cariño gimnasio en sobre dosis.

 
UN MITO GAY: NOSOTROS NO ENVEJECEMOS
Es así, el gay chuequero, el gay locaza, no envejece. Es la única sub especie humana que puede no solamente detener sino engañar al tiempo. Ahí tenemos a las típicas, y tópicas, musculocas hormonadas que tienen 45 años y van por la vida como si de Rambo en sus tiempos mozos se tratasen. ¿No es hermoso ver esos injertos de pelo, esas pelucas a lo Camilo Sesto, y esas cremas rejuvenecedoras y bronceadoras, dos en uno?. Pues no, a mí me parece bastante repelente, pero en fin, cada cual intenta engañarse de la mejor manera posible cuando no puede controlar, y se le escapa de las manos, aquello a lo que teme.

No voy a ser yo el que diga que cumplir años, envejecer, que se te caiga el pelo y, si no eres una hormona andante de gimnasio, los músculos, sea algo similar a un orgamo permanente zapateril, como diría Zerolo. Es más, yo cada año que pasa, cada día de mi cumpleaños, no lo celebro, porque me deprime demasiado. Si me veo a mis 24 años como me veo cuando me miro al espejo y no tengo forma alguna de echar un polvo de esos que acabas y dices puff que polvazo he hechado, ¿qué no será con 38?, por poner un ejemplo. Ya sé que existe el gay busca maduro, pero digamos que son relaciones muchas veces difíciles de llevar y de encontrar, porque viejos maricones hay a porrillo, pero jóvenes efebos musculados de verdad con paquetes que le revienten en el pantalón y que busquen gente mayor para sentar la cabeza, no son demasiados. De ahí las típicas puñaladas, que digo puñaladas, ¡cuchilladas jamoneras! trapaeras de las que nada escapa y muchos menos con la edad.

Pero por desgracia, tal vez el peor castigo del hombre es ir envejeciendo, porque seamos sinceros, aunque uno tenga una vejez de las llamadas plácidas, todo en nostros se va atrofiando. Hay quien se consuela diciendo que disfruta de la serenidad que te dan los años, pero en el caso de los gays mal follados, como será yo seguramente, la edad nos vuelve más desquiciados, si cabe. Es malo cumplir años, sobre todo si cada año que cumples disminuye proporcionalmente las posibilidades que tienes de que te echen un buen polvo.

Sea como sea hay que aceptar que el ser humano envejece, y aceptarlo si se quiere con locura, con histeria, de acuerdo, no se trata de ser heróicos, pero sí de ser sensatos. Nadie tiene un pacto con el tiempo, como canta Gloria Estefan, excepto la melena de Aznar, espléndida en su madurez. La cuestión es que el paso de los años, nunca mejor dicho, solamente se convierte en llevadero, incluso en felicidad, si uno tiene a su lado a alguien con quien compartir el camino y poder ser feliz. Es evidente que el hombre de 38 años que lleva años casado y disfruta de su matrimonio puede ser que no se cuide tanto como el gay de 38 años que no sabe ya que ponerse para que le sigan viendo un culito tragón. Pero como en esta vida ya hay de todo y todo parece que tiene que tomarse por normal, diremos que cada uno tiene una forma de vivir como de envejecer.

Yo no puedo negar que me angustia la soledad. Pero me angustia más la vejez en soledad. La vejez, en sí misma, solamente me supone el aceptar definitivamente que no volveré a saborear en mi paladar el tacto de un buen. Por ejemplo. La cuestión es que llegará un día donde comprenda que la alopecia ha ganado la batalla, los músculos empiezan a flojear y la piel no es tan tersa como la de un tambor de semana santa. Me costará mucho seguir, me costará mucho aceptar que a partir de ese día ya sí que es verdad que el dinero y el éxito laboral serán mis únicas armas para no acabar muerto en un piso en soledad y deborado por un perro mal pagado, y desesperado también. Yo no quiero acabar así, es más, nadie se merece acabar así. Pero igual que una juventud llena de belleza o paquete asegura un desenfreno hormonal y semental continuado, luego llega el paso de los años donde la vida nos hace a todos iguales, y entonces comprendemos que a los 38 años, por ejemplo, ahora sí, buscamos el amor porque es más importante que el sexo.

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POR QUÉ EL SEXO ES MÁS IMPORTANTE QUE EL AMOR
Será, quizás, porque no nos hace sufrir. Bueno, claro, dejando a un lado a los sado-masoquistas, que en este caso tampoco sería sufrimiento porque ellos disfrutan así. Pero la verdad es que el polvo semanal, o diario, sin compromiso, por pura calentura, es lo que está de moda en el mundo gay y, además, es una moda que cada día está más fuerte, al contrario de la naturaleza propia de las modas, que tienden a ir decreciendo hasta desaparecer, exceptuando cosas eternas, como el amor por el dinero o la melena de Aznar.

Lo mejor de todo es cuando vemos a autenticas locazas de cuarto oscuro o de gatillo fácil pasearse por las televisiones vestidos de homosexuales románticos y formales que están desolados por no haber encontrado aún al amor de su vida y cuyo máximo anhelo en sus sueños, y también sus pesadillas que dirían algunos, es encontrar su media naranja para toda la vida. Pero la verdad es que no suele abundar el gay que, sinceramente, piense que el amor es más importante que el sexo. ¿La razón?, no hay más que pasear por el ambiente para ver a señores, por la edad, vestidos aún de quinceañeros con acné. Es ese síndrome llamado de Peter Pan que en el mundo gay tiene una variante mucho más virulenta y ridícula, porque una cosa es ser joven de espíritu con 45 años, y otra muy distinta vestir con 40 y tantos igual que el hijo de tu hermana, o sea, tu sobrino. Empero, esta obsesión por la edad y el resistirse a envejecer merece otra página aparte, otro día de mejor inspiración.

Y es que sí, hoy no estoy especialmente inspirado, pero escribo esto porque sé que el sexo es más importante que el amor en el mundo gay, lo llevo sabiendo desde hace años ya, pero aún así no he logrado comprenderlo. No voy a negar que cada uno crece y se reproduce en su hábitat como buenamente puede, pero digamos que la cultura de lo correctamente homosexual ha contribuido a crear una especie de mito por el cual uno es menos maricón feliz cuantos menos rabos se coma, y viceversa. Y es verdad que cuando uno lleva sin regar el jardín un tiempo ya considerable el espíritu agrio y borde de las arenas del sáhara se empiezan a notar en el carácter, pero quizás el camino más importante, que no el más fácil, para ser feliz sea el amar y ser amado, pero de verdad.

Amor, amor, amor…. palabra ya eterna, más vieja que la prostitución y a menudo incluso más caro que el mejor fulano del mejor lupanar. Pero nadie sabe como se conquista al amor, por mucho que salga un día dispuesto a encontrarlo. El amor, digamos, no es como el cagar, no solamente tiene uno que comer y esperar a que salga, porque muchas veces por mucho que aprietes, nada, no hay manera… y entonces al laxante que uno se acoje se suele llamar sexo, sexo, sexo.

Por otro lado hay que reconocer que el sexo llama más la atención. No es lo mismo encontrarte con un amigo y que te diga: “¿te acuerdas del morenazo que vimos en el cine el otro día, sí, ese con la camiseta de roja pegada y un paquetón que parecía que le iba a reventar las costuras de la bragueta del vaquero?”, “sí, sí, como para no acordarse”, “pues ayer me lo encontré en el ascensor y me f…. como una perraza sin destetar”. A encontrate con un amigo y que te diga: “pues nada, yo sigo muy feliz con mi novio, sí, el mismo quie hace 7 años, ya vamos a irnos a vivir juntos”. Y tú pensando por dentro: “joder, 7 años comiéndote el mismo rabo, si tiene que tenerlo ya desgastado, insensibilizado!”.

Pero la verdad es que al margen de este tipo de pensamientos poco fructíferos, lo único que nos da la felicidad duradera, el polvo estable y la juventud compartida, es cuando alguien se enamora de verdad y es correspondido. Muchas veces personas que se resisten a pensar que el amor es más importante que el sexo, nos habla de esas parejas que llevan años juntos por hipocresía, que la mujer tiene una amante lesbiana y el marido se acuesta con la puta más fea, que ya tiene delito, de su pueblo natal, pero es que en estos casos tampoco existe el amor. Uno no puede defenderse de una verdad que le resulte incómoda recurriendo a una mentira.

Hay cosas que nos pueden gustar más o menos, incluso cosas que por mucho que las persigamos, huyan de nosotros. Yo nunca he creído que el sexo fuese más importante que el amor, entre otras cosas porque tampoco hay que elegir entre sexo o amor. Por desgracia, a día de hoy y debido a la cultura que impregna lo homosexualmente correcto, no es que se pueda elegir entre sexo y amor, es que si eliges amor estás abocado a un lugar entra la burla colectiva y los cuernos casi seguros. Y así, es evidente, uno acaba por llorar, por sufrir y por pensar que quizás el sexo no sea más importante que el amor pero es lo único que no nos hace daño. Y claro, luego termina por vestirse como su sobrino cuando ya no le quedan ni canas que peinar. Ay, la alopecia, eso sí que es más importante que el amor.

 
EL PRIMER POLVO, COMO EL PRIMER AMOR
Al igual que el primer amor dicen que el primer polvo nunca se olvida, pero siendo sinceros, la verdad, apenas recuerdo cuál fue mi primer polvo. Bueno, mi primer polvo, polvo, es decir, cuando acabas y dices: puff que polvo he hechado, porque mi primer contacto carnal con un chico fue, realmente, para olvidar. No ya por mi falta de experiencia o porque el tío estuviese mal, sino por el contexto que fue, algo que ya contaré más adelante para no quedar a estas alturas como un cabrón insensible capaz de apuñalar a su mejor amigo con tal de comerse una buena polla, porque no es así.

Para recordar mi primer polvo, polvo, de esos que acabas y dices puff que polvo he hechado, tengo que hacer tal ejercicio de memoria que casi me pierdo en el laberinto de mis recuerdos, que son muchísimos. Yo comprendo que cada cual tiene una manera de ver un polvo ideal, pero yo tengo una forma muy especial, lo reconozco, de considerar qué es un polvo ideal. Bueno, tampoco hace falta que dé detalles, pero podría decir que mi primer polvo de verdad fue una noche de verano, precisamente, en la playa y bajo una palmera. De ese polvo salió una polvo-amistad que duró casi 2 años seguidos, y no fue a más porque yo no quise. Es verdad que aún me acuerdo de tantos polvos que vendrían después con el mismo chico, todos cargados de algo más que sexo, aunque a día de hoy me vea por la calle y haga como que no me ve. Ya se sabe, la ingratitud no es algo exclusivo del mundo político, también existe muchísima en el mundo gay. Ingratitud e hipocrésía, pero al por mayor. Yo jamás podría concebir volverle la cara a alguien con el que estuve casi 2 años acostándome y siendo, además, amigos, pero parece ser por lo que he visto con mis propios ojos y me han contado, que esto es algo tan habitual en el mundo gay que no debemos extrañarnos que del amor al oido, o al desprecio, haya poco menos que un paso. Yo diría que con solo pensarlo, muchos lo consiguen.

Y es que el sexo, en el mundo gay sobre todo, es más importante que el amor. Ya sé que esto es algo que no está zerolamente aceptado, es más, que muchos se darían golpes de pecho y se rajarían las vestiduras con solo oírlo, y quitando las excepciones que, lógicamente, pueda y deba haber, se puede afirmar, y de manera tajante, que en el mundo gay el amor es algo que muchas veces ni está y casi nunca se le espera. Yo he oído muchas veces a gays intelectuales quejándose de la fama, según ellos inmerecida, de promiscuos y locazas que tienen todos los homosexuales. Y dejando a un lado lo de locaza, especie que merece un análisis aparte, sí se puede decir, sin temor a equivocarse, que la promiscuidad es un lugar común en el ambiente gay.

El por qué de este por qué, como dice la copla, tampoco puedo explicarlo, algunos pocos que reconocen este mal endémico en el mundo gay nos dicen que se debe a que todos los gays somos hombres, y el hombre lleva la infidelidad a cuestas y el celo permanente. No lo sé. Quizás puede ser algo de eso, pero también puede jugar un papel importante el hecho de que la cultura al cuerpo y la imagen sea la única tesis reconocida en el campus homosexual. En parte es normal, si nos rodean de bombones cada vez más imponentes, ¿quién se conforma con uno pudiendo tener al día siguiente a otro mucho mejor?, y esto unido a la cultura de que la libertad y la liberación gay se tiene que cargar al deber de derrochar la juventud y desatar la líbido, pues qué decir… porque antes muchos se justificaban a que después de tantos años de represión, algunos hasta con coños incluídos, pues tocaba dedicarse a lo que verdaderamente le gustaba uno, los rabos. Pero ahora que, se podría decir, desde los 14 ó 15 años ya salen del armario sin pudor alguno, se sigue, o incluso más, tendiendo a buscar el sexo de una noche o como mucho de una semana, pero a partir de ahí ya es código prohibido para la inmensa mayoría. Hombre, claro que si apareciera en nuestra casa un Sergio Ramos o un Víctor Valdés declarándonos su amor y pidiéndonos matrimonio, todos caeríamos inevitablemente rendidos y enamorados a sus pies. Pero como conseguir esto es bastante complicado, el saltar del flor en flor, de rabo en rabo, es la forma más real de vivir en permanente éxtasis el elixir de la vida.

 
EL CALOR DEL VERANO
A mi la verdad es que nunca me ha gustado el verano. Desde pequeñito siempre huí del calor. Pero ya desde que abandoné al armario y empecé a dar voz y voto a mis hormonas de celo permanente, cada año me gusta menos. Hombre, ya no solamente por el calor, os podréis imaginar, pero es que a mí el ejercicido de ver, calentarse y no tocar es algo que no me atrae especialmente, más que nada porque las subidas de tensión son muy malas, no solamente para los figroríficos o lavavajillas.

Así resulta que en verano uno sale a pasear, sobre todo si vive en un lugar de playa como es mi caso, y ve tantas cosas esculturales que uno no sabe si pasea por un boulevar o por el taller de escultura de Miguel Ámgel que ha cobrado vida y color. Porque esta es otra, ¿de donde sale tanto y tan bueno?, porque hay que ver el nivelazo que tienen de unos años a esta parte todos los tíos, ya sean gays, heteros o lo que sean. En parte puede ser que la liberación de tanta hormona gay obliga a muchos tíos, aunque sean heteros, a trabajarse duramente a sí mismos para que sus novias no acaben locamente enamoradas y perdidas como perras sin destete detrás de un trasero gay, por ejemplo. Y es que claro, si los gays nos enamoramos muchas veces o perdemos nuestro culo, nunca mejor dicho, por morenazos que sabemos a ciencia cierta, y de toda la vida, que son heteros de los pies a la cabeza, ¿por qué las mujeres, mucho más sentimentales y ensimismadas en mundos de cenicienta, no van a dejarse los pechos si hiciese falta por un adonis de la otra acera?. Pues eso…

Lo mejor de todo ya no es el ver a tanto bombon a pleno sol y sin derretirse, que ya nos derretimos los que miramos, sino que el verano es una época dicen que propicia para el amor de verano o, dicho en plata, para el polvo desenfrenado. Yo, por desgracia, algo he tenido en verano, aunque no tanto como quisiera. La verdad es que siempre que se eche un polvo en verano es aconsejable hacerlo a media noche en la playa, o ya en una confortable habitación donde tenga un buen aire acondicionado. Es que eso del sudor es tan incómodo. Yo no podría revolcarme con un morenazo imponente en un rincón cualquiera donde el sudor hicese a nuestros cuerpos resbalar uno contra el otro… en fin, no seguiré que no es mi propósito la literatura homo-erótica.

Pero el verano también deja lugar para la depresión, para la tristeza. Sí, sí, es cuando después de ver esos cuerpazos imponentes que casi nos dejan asfixiados, nos toca mirarnos al espejo. Y claro, es cuando uno empieza a plantearse la serie de excusas para dar a los amigos con tal de no ir a la playa. Por un lado, porque se pone como una perra destetada en celo, y por otro porque le da vergüenza ponerse al lado de unos pectorales de infarto y unos abdominales de ensueño. Bueno, es verdad, hay mucha gente sin complejos, y así deberíamos ser todos, porque cada cual es como le hizo Dios o no le hizo el gimnasio, y yo no creo que nadie sea mejor que otro por estar más bueno, pero claro, en la playa, en bañador, pues… los instintos animales del ser humano no pueden reprimirse. Sí, es verdad que siempre está el tipico padre de familia cuarentón, cervecero y alopécico que hace que se te baje todo con solo mirarlo de reojo, pero no sé por qué la calentura siempre es mayor que el bienestar mental de uno y siempre acaba por mirar fijamente al pedazo de tío que tiene uno a su derecha, no al abuelo que tiene a la izquierda.

Gracias a Dios nada es eterno, excepto la calvicie cuando llega y se instala, que menos a Raphael y a Aznar, a todos nos toca. Y así el verano se va. Llega el Otoño, y ya es otra historia. Personalmente, a a la hora de actuar mis hormonas, el otoño ya es más tranquilo porque uno cuando mira tiene el ejercicido de la imaginación, no como en verano que cuando se mira pues se ve todo. Pero, sin embargo, en otoño solemos ponernos más sentimentales. La caída de las hojas, del pelo, la vuelta del frío, el anochecer prematuro, la vuelta a lo de siempre, nos hace caer en ese estado de melancolía que ya nos hace temblar nada más pensar en la Navidad, que está a la vuelta de la esquina. Porque en Navidad ya es cuando uno se derrite sin remedio al oso amoroso y al pene, digo pino, de navidad. Pero de Navidad ya habrá tiempo para hablar, aunque siempre le pida lo mismo a papa noes y nunca me lo traiga.

 
EL PRIMER AMOR (CASI) NUNCA ES EL ÚLTIMO
Cuando a mí me empujaron del armario, digamos que salí poco preparado para enfrentarme al nuevo mundo de sensaciones homosexuales que me iba a enfrentar, porque ya que uno está en la calle, ¿qué sentido tiene aplazar la tarea de realizarte sentimental y sexualmente como persona?, o dicho de otro modo, ¿por qué no empezar a conocer a gente como tú a ver lo que cae?. En mi caso, caer, caer, lo que se dice caer.. bueno, digamos que no me caí mucho.

Yo había crecido en un mundo donde el amor entre una pareja, la fidelidad entre novio y novia, o marido y mujer, era algo que venía ya de fábrica en las personas. Lógicamente dicho mundo pronto se vino abajo como un castillo de naipes en pleno puerto de Tarifa. Crecer soñando muchas veces dicen que es lo más bonito, pero ya lo dice mi dios único y verdadero, Raphael, en una gran canción suya titulada NO NOS DEJAN SER NIÑOS: “y así vamos a golpes, despertando, hasta ver que la vida no es un sueño…”.

Y del sueño uno se despierta muy pronto. Claro que ahora salir del armario, ya sea por propio pié o por movimientos sísmicos del armario, es diferente de apenas hace 6 años, no digamos ya de hace 10 años, y ya si seguimos retrocediendo en el tiempo los armarios no existían aún, creo que eran esas cajas fuertes, blindadas, y de acero de triple capa, que guardaban los tesoros de los bancos.

Cuando yo dejé el armario, más o menos cuando Felipe dejó la Moncloa, era un tiempo donde el mundo gay, su liberación, se reflejaba, se podría decir que vivía exclusivamente, en el universo de Internet, símbolo de libertad del mundo actual donde los chats o las páginas de contactos, fueron abriendo caminos nuevos a tantos y tantos que deseábamos correr campo a través. Ahora también siguen existiendo y funcionando los chat, y sobre todo las páginas de contactos donde cada cual puede hacerse un perfil personal donde el book fotográfico y las medidas de ensueño son requisito casi imprescindible para que alguien quiera quedar a tomarse un café contigo. Lo de la leche, ya es otra cuestión. Por aquel entonces, empero, lo que funcionaban a pleno rendimiento eran los chats, donde te metías en los canales específicos o de tu región y empezabas a hablar con gente anónima que estaba en parecidas condiciones a ti, a veces peores incluso.

Recuerdo perfectamente la emoción que sentí la primera vez que entré en un chat gay a través de Internet. Bueno, la emoción sólo una: el miedo. Sí, miedo a que me pillase, no sé como, la policía, o dejar algún registro que me identificase. Lógicamente, cuando hablabas con alguien y te preguntaba el nombre, decías cualquiera menos el tuyo. Y si te preguntaba donde vivías, hasta te cambiabas de país. Pero todo, eso sí, de manera muy sana y sin maldad, porque el miedo es lo que tiene, todo lo haces por sobrevivir, no con premeditación y alevosía. De aquellos primeros chateos con chicos también gays, aprendí varias cosas, y poco a poco fui abriendo los ojos al nuevo mundo que tendría que explorar. El juego, como comprobé poco después, tenía unas reglas algo diferentes a las que yo me imaginé.

Pero día a día, y chat a chat, fui haciendo una especie de grupo de amigos que empezaron a formar un mundo que aunque virtual para muchos se nos hizo hasta más real, y hasta vital, que la vida misma. Eran tiempos que deseabas que llegase el momento de tener Internet para sentirte tú mismo, para desahogarte, también para probar el cybersexo, que de todo había, no lo digo por mí, sino en general, y eran esos tiempos donde hasta llegabas a enamorarte de un nick con quien hablabas. Es verdad que enamorarse es algo muy complicado y con el tiempo te das cuenta de que existe diferencia entre enamorar o encapricharte, o, por qué no decirlo, comer por necesidad, no por apetencia. Pero en aquel entonces uno se creía que enamorase era eso y nada más.

Por esto mismo decir cuál fue mi primer amor es hacer un ejercicio bastante arriesgado, aunque lo que está claro es que de muchos que yo me encapriché hasta extremos de pasarlo realmente mal, no pasarían, a día de hoy, de deseos irrefenables de echar un par de polvos con esa persona. Los seres humanos, como animales, somos así.

La verdad es que mi primer amor, y único hasta hoy, fue algo bastante inesperado, ya en una época donde empezaba a estar de vuelta, pero aún sin anden. Ya tenía 22 años casi, y claro, desde los 17 dando tumbos por las esquinas, ya sabe uno a que huele la vida en el mundo gay. Y aunque con 22 años a mis espaldas ya sabía, de sobra, que el amor en el mundo gay no existe, porque no existe, me enamoré como un imbécil, no tiene otra palabra, y me llegué a creer algunos días que el amor, en el mundo gay, sí existía.

Casi que podría cantar esa copla tan extraordinaria eterna en nuestra memoria: “él vino en un barco de nombre extranjeroooo” y para acabar sollozando: “mira mi brazo tatuato con ese nombre de mujer”. Yo, menos tatuarme, hice todo lo que uno no debería de hacer cuando sabe, debería de haberlo sabido, que era algo con fecha de caducidad. Son esas cosas que cuando uno descubre que es un cornudo sin remisión, que ha sido engañado hasta la indignidad, le dan ganas de subir al puente más alto de tu ciudad y tirarte a lo superman pero sin la capa.

Es cuando tienes el humor a flor de piel, cuando vas por la calle y ves a una pareja abrazada y dandose besitos y maldices en voz alta: “anda que la de cuernos que tendrá ella y sin enterarse”, o ya si ves a una pareja homosexual, pasas de las palabras al foclore para hacer de trompetilla mientras tarareas, y bien fuerte, la musiquilla genuina del cosío para cuando va a entrar el toro en la plaza. Pero la verdad es que más temprano que tarde te acabas rindiendo ante la evidencia que te sientes muy solo y echas de menos al hijo de puta que tiene la culpa de que hayas sido nominado al cornudo mayor del reino, aún sin resolución.

Una vez leí, no sé donde, que no hay nada más tonto que una persona enamorada, y es que cuando dicen que el amor es ciego no se refiere, ni mucho menos, a que un morenazo se puede enamorar perdidamente de un adefesio (ja ja ja me río yo de los cuentos infantiles), sino que se refiere a que cuando te enamoras casi siempre empezas a padecer fallos de visión, y o ves muchas cosas al estilo histérico-paranoico, o prefieres vender, directamente, los cupones de la ONCE de tus cuernos, porque los cuernos son la prueba visible, para todos menos para el cornudo claro, de que te has enamorado ciegamente.

En mi caso la ceguera ha pasado, con el tiempo, a la escayola, una escayola que me mantiene inmóvil mi corazón. Yo he optado por no intentar romperla, porque cuando me la palpo compruebo, muy a mi pesar, que sigue tan dura casi igual que el primer día. Yo sé muy bien que todo esto es algo de muy difícil comprensión para la inmensa mayoría de gays que a veces me escuchan, horrorizados, como sigo enamorado de la misma persona que me enamoré hace casi 3 años. Bueno, reconozcamos que no es muy normal, pero en el mundo gay donde el amor y la fidelidad es, practicamente, ciencia ficción, una historia como la mía es tan increible que parece sacada, directamente, de la cesta de parque Jurásico. Es más, para un maricón sería más natural ver un Rex caminando por New York que un maricón enamorado de la misma persona con el paso de los años.

Ojo, desde aquí quiero pedir perdón si da la casualidad, que ya tendría que ser casualidad, que lee esto algún gay que lleve años con su pareja, se quieran de verdad y sean fieles. A ver si va a dar la casualidad que el único que me lee es la excepción que confirma la regla y claro, se dedica a insultarme. De todos modos, que nadie desespere, que algún día explicaré por qué el amor, en el mundo gay, no existe. O si existe, son como los radares de la guardia civil, que nadie les ve pero que están ahí.

 
Ser Gay No Es Un Privilegio
No recuerdo muy bien cuando supe que era gay, aunque desde el primer momento que lo supe, lo asumí. Y digo esto porque mi adolescencia, muy feliz por cierto, siempre estuvo apagada en lo referente a mis cuestiones sexuales. Desgraciadamente yo no tengo esa historia que contar de todos los amigos con 15 años masturbándonos en colectivo, ya por aquel entonces sabía de mis limitaciones y siempre traté de evitar esas cosas. Como, generalmente, siempre fui muy querido allí donde pasé la barrera crítica de los 13 años, la gente solía achacar esta falta supuesta de interés por mi parte en el sexo a una vocación latente y escondida de celibato con intenciones de beatificación. Claro, que no podían imaginar, ni de lejos, la verdad de la verdad… como dice la canción.

Y es que cuando yo cumplí los 13, luego los 14, y los 15, esa etapa de tu vida donde si estás más salido te confundes con una plancha andante, procuré siempre evitar ciertas miradas o suspiros que pudieran delatarme. Allá por el año 96 o 97, más o menos cuando Aznar ganó sus primeras elecciones generales, no estaba tan bien visto el salir del armario, el ser gay, el tener un amigo diferente. Por aquel entonces no existían los gays, solamente los maricones, y olé. Será por eso que mi instinto de supervivencia fue más poderoso que mis hormonas, y si bien es verdad que gente coetánea a mí fue muy arriesgada y gracias a ello se comió buenos rabos, yo me incliné, en el sentido metafórico de la palabra, por un camino sin demasiados sobresaltos. Ya vendrá lo que tenga que venir, ya habrá tiempo…. pero, ay, el primer gran error de mi vida: pensar, desde muy joven, que el tiempo siempre vendría, cuando el tiempo nunca viene, el tiempo sólo se va, aunque unas veces nos cueste, más que otras, dejarlo escapar.

Yo confieso que a estas alturas, casi 25 años ya que se dice pronto, me arrepiento de posibles oportunidades que pude haber dejado escapar, tampoco tantas vistas desde la sabiduría homosexual, pero sí que es verdad que este arrepentimiento va acompañado de algo bueno que me dejaron aquellos años de adolescencia donde no le dí demasiada importancia a mi vida sexual, por no decir nada, y es que crecí y me fortalecí mucho más como asceta virtuoso que como persona, en ocasiones muy a pesar mío, que todo hay que decirlo.

Porque en esto de salir del armario siempre hay una primera vez, y a veces más que salir te echan a empujones, por eso creo que es muy importante comprender que así como empieces a dar tus primeros pasos en el mundo gay, así seguirás, aunque he visto casos de metamorfosis dignos de camaleones en su más puro estado salvaje. En mi caso, desde luego, así empecé y casi que así sigo, pero mi camino desde que me echaron del armario hasta hoy no ha sido, ni de lejos, un camino de rosas.

Por eso me he propuesto crear este blog para escribir todo lo que uno lleva dentro y siempre quiere soltar pero no se atreve. Es como una especie de grito de locaza en un patio de vecinos lleno de beatos y santos que aún no lo saben en plena madrugada de invierno. Pero siempre desde una especie de anonimato, por lo menos siempre sin tener que dar la cara. No es de valientes el reprimir los sentimientos de uno, como mucho, y en ocasiones, de prudentes. Pero suele pasar que la vida, tarde o temprano, nos termina por poner delante de un espejo para que asumamos lo que somos o rompamos el espejo, caso este último muy poco aconsejable.

Ser gay, sí, no es un privilegio, pero tampoco una condena. Sí es una condena negarse los sentimientos, vivir engañado y engañar a los demás. Como también es una condena el vivir esclavizado por modas o tranvías que siempre pasan pero nunca se quedan. Ya lo dijeron hacen muchos siglos, todo es veneno, nada es veneno, la diferencia está en la dosis. Claro que hay dosis de cosas que cuanto más abundantes, pues más disfruta uno. Pero en fin, cuando se trata de ser libre y de asumir lo que somos no pueden existir dosis, eso está claro. O somos lo que somos, o seremos siempre desgraciados e infelices. Sí, ya sé que muchas veces siendo lo que somos pues acabamos llorando, pero también tenemos la ocasíón de acabar amando, por ejemplo. Sea como sea, ser gay no es un privilegio, como ser hetero tampoco lo es. El día que esto se vea en la sociedad como algo evidente la lucha por la igualdad, sí, esa lucha de la que algunos se aprovechan para lucrarse aún siendo la mediocridad hecha carne, habrá llegado a su cúspide, habrá coronado la montaña.