DIARIO DE UNA AUPAIR BOLLO EN USA
¿Qué mejor para entender un país que cuidar de sus futuros votantes? E hice las maletas
Acerca de

Los Neider

Betty: La mamá. Bajita a morir. Muy amable, pero parca en palabras. Después de mi primera madre de acogida (Anne), Betty me parece el colmo del saber estar. Dice que Bush está loco.

Jeremías: El papá. Ciclotímido. Lo veo de pasada. Lleva tatu en el brazo y tiene cds de Bob Marley, así que decido que no puede ser mal tipo.

Samuel: Ya once añitos, aspirante a hombrecito, chiquitín de estatura, lo sabe hacer todo solo. Al pincipio no me hablaba. Adicto a los videojuegos. Siempre digo que su auténtica nanny es la Nintendo.

Allison: Siete años. Una princesita que me reclama constantemente para jugar juntas. Odia a las Bratz y los cuentos de princesas. Decido que me cae bien.

NumberNine: Más conocida como chacha Onthedot. Metepatas ocasional, de complexión grande. Ultima adquisición de la familia, probablemente la número nueve.
Sindicación
 
En la boca del lobo
Imagina una hermosa casa en lo alto de una colina con césped. Imagina un lago increíble al otro lado de la casa cubierto de anémonas hasta la otra orilla, en donde comienza un bosque de árboles que no había visto nunca antes. Imagina todo tipo de lujos y caprichos. Añade excesos. Pongamos que de vez en cuando pasa alguien en su yate o barco de lujo también y nos saluda mientras pescamos en el muelle de la casa (dock).
Sólo me faltan los personajes para completar la escena. Son la familia de Anne, mi madre de acogida, un total de treinta y pico americanoparlanchines que responden perfectamente al prototipo de lo políticamente correcto. Todos ellos con carreras exitosas, casados (y, por tanto, aparentemente heteros) y con una piara de niños a cuestas.
El concepto de popular es muy importante para ellos y para sus hijos, y sufren mucho debido a ello. No obstante, lo disimulan todo muy bien y dicen constante y fonéticamente /kuul/ y /kiut/, lo que al final del día me agota. Yo también lo digo para pasar desapercibida. No paran de hablar y me doy la enhorabuena por no entender la mitad de lo que dicen porque la mitad de lo que entiendo me parece algo rancio y recalcitrante. De hecho ya he comprobado la naturaleza de Anne en un par de situaciones.
En la primera la acompañé a una fiesta de cumpleaños de una compañera del colegio de Lorena (que es hija de sudamericanos y hablan castellano). Hice de traductora y a la salida Anne me confió que no le parecía mala gente pero que prefería que Lorena no se relacionara con ellos porque son pobres y tienen pocas posibilidades. Punto pelota.
En la otra situación, Anne me explicó por qué se había acogido al programa de aupairs que el gobierno tiene. Se decidió finalmente cuando entrevistó a una mujer que venía "altamente" recomendada para el puesto y esta mujer, que por lo visto vive cerca con su pareja, le dijo que entendía. “¿¿¿Te imaginas a Lorena, que quiere jugar con sus muñecas princesas, teniendo ese modelo cerca???”, me dijo muy muy convencida para soltar a continuación: “Si tuviera dos hijos, no me importaría tanto”. Punto pelota. Y concluyó: “Además, era muy grande y tenía un tatuaje”. ¿No lo he dicho todavía? El color favorito de Anne, que es del partido republicano, es el rosa. ¿Quién da más?
 
Saudade
Veamos, ayer fue el encuentro en la tercera fase con la familia, un día excitante. Todavía no sé si esto me gusta o no. Espero no saberlo hasta el año que viene. Ahora, estoy sentada en la piscina del vecindario. Tengo los pelos pintados de naranja y unas terribles agujetas (por lo de la cama elástica, no creas). Hoy he descubierto además el significado de la palabra homesickness. Ha sido una experiencia gradual pero demoledora.
 
Honeymoon, amada honeymoon
En realidad, Anne, mi madre de acogida en este extraño país, es más lista que el hambre. Resulta que adjuntó al dossier que yo vi en España una foto del año 98 en la que estaba hecha en vez de una vaca, dos vacas y media. Pues bien, a fecha de 2004, la piva se ha quedado sólo en media vaca y un ternero. Y digo yo: ¿qué pretendía decirme enviándome esa foto antigua? ¿Que tiene voluntad para adelgazar? ¿Que ha cambiado mucho desde entonces? ¿Que no se ha hecho ninguna foto más reciente? ¿Que le importa todo un pito y ni se lo ha preparado? ¿Que no quiere que las apariencias influyan en mí?
Nada más llegar, me ha regalado un móvil de los que tardarán unos meses en llegar a España (de esos con mil inventos que no voy a usar), me ha enseñado una habitación gigantesca con televisión, DVD, vídeo, antena parabólica y teléfono inalámbrico y me ha regalado un bolso con un paquete de maquillaje dentro. También me ha entregado en mano las llaves de un todoterreno y las de la casa. A continuación, hemos saltado todos en una cama elástica gigantesca, de esas que ponen en Puerto Marina, y hemos ido a un centro comercial enorme en el que hemos cenado. Este periodo se llama en psicología honeymoon, como bien me apunta en un email una de mis mejores amigas, la pequeña Amelie.
 
Hey, que para mí esto es una gran prueba
Voy en tren desde New York hasta Washington. He conectado con algunas aupairs (incluyo en este femenino al chico español) y me ha resultado difícil separarme. Con la alemana me llevo muy bien porque somos igual de independientes. Sabemos cuándo pasar la una de la otra y nos fascina el american way of life, es decir sus eternas sonrisas, su obsesión con ser positivos y todas esas expresiones tales como excellent, absolutely o for sure, destinadas a reforzar el delicado ego del interlocutor de turno. De la peruana echaré de menos su sonrisa y esa curiosa y obstinada tendencia al maternalismo. Y bueno, del resto, un largo etcétera, prefiero no pensar en ello. Ahora mismo, ya digo, estoy en el tren. Anne, Tommy y Lorena estarán esperando en la estación cuando yo llegue. Estoy un poco asustada. No sé si tengo el ajuste interior que se require para hacer lo que voy a hacer. Soy un tanto grande, tetona, destartalada, impaciente, intolerante, soberbia e insegura. Hey, entiéndeme, que para mí esto es una gran prueba.
 
Convención de aupairs
Como la mayoría de las aupairs que nos acogemos a este programa venimos de países con otra cultura y otro sistema educativo, el gobierno de este extraño país ha decidido alojarnos durante una semana en un céntrico hotel de NY para impartirnos un cursillo de aupairs y luego darnos el pasaporte a nuestras respectivas familias de acogida, que digo yo que en una semana cómo pretenden que yo, terror de churumbeles, aprenda a cuidar niños.
Aquí hay un poco de todo. El pabellón español lo llevamos un chico bastante majo y yo, y luego el más exótico lo lleva una chica de Sudáfrica con cierta tendencia al autismo. Intento acercarme a ella (¿por qué me llamarán tanto la atención las tímidas?) con resultado negativo. No tiene el más mínimo interés en mí y, por extensión, en el resto.
La antípoda la encontramos en el trío ternura de chicas brasileñas, que llegan en algún momento incluso a obsequiarnos con una demostración de samba. Paréntesis: yo hice algo parecido a un taconeo y dije que era flamenco, juas. El grupo brasileño merece una especial atención. Sobre todo su portavoz, una tal Rebecca, siempre dispuesta a demostrar cuánto sabe, ya sabes, una chica de esas que ves en las clases asintiendo a todo, ejem, de las que se leen todos los manuales existentes por adelantado y ayudan dogmáticamente a los monitores haciendo preguntas oportunas y correctas. No abundaré en su risita histriónica ni en su afán de protagonismo. Todos tenemos una Rebecca en nuestras vidas y ya sabemos cómo son las Rebeccas.
Bueno, está también la, ah sí, la Croata. ¡Cuidado con ella! (admirativo). Sus lindos huesitos tienen apenas 19 años pero su espíritu ya es de mujer castigadora. Vamos, que me ha gustado... encantado, mejor. La puñetera croata no me hace ni puto caso por lo que en venganza decido darle todo tipo de desplante dialéctico. Sí, sí, muy mal, lo admito. Vamos, que cualquier mente avezada se daría cuenta de que me 'flipa' mucho. Afortunadamente, de momento, no hay ninguna mente 'avezada' en estas cuestiones, y la chica debe pensar que soy simplemente desagradable.
Hecho destacable: por primera vez en mi vida casi venzo mi tendencia al individualismo más empedernido. Comparto habitación con una alemana y una peruana. Incluso duermo con la peruana en la misma cama y, a pesar de que ronca y habla no sé qué dialecto en sueños, me cae bien. No obstante, hubiera preferido dormir con la alemana.
Consigo también hacer un recorrido turístico con un grupo de seis personas sin comerme las uñas de desesperación ni salir huyendo, a pesar de estar media hora de reloj en el metro discutiendo sobre recorrido, dinero, horarios y posibilidades del universo en general. Me parece también increíblemente divertido ver las caras del pabellón sudamericano mientras toman el metro por primera vez en sus vidas. Chévere, dicen.
Pero lo más divertido de todo en el plano humano es el grupo que formo a ratos con la alemana y a ratos con la peruana en el cursillo que el gobierno USA ha diseñado para nosostras.
Para visualizar lo soporífero que puede ser y lo divertido que resulta, hay que imaginar una gran sala gris enmoquetada y con aire setentón en la planta cuarta del hotel. Allí estamos, dieciséis personas sentadas en pupitres en medio de la penumbra tratando de seguir a una americana con ninguna o muchas inflexiones en la voz. Todos tenemos chaqueta o anorak. El aire acondicionado está encendido y la Stacy, Joanne o Jenny de turno suda en manga corta por los cuatro costados.
Pasamos ocho-nueve horas al día en esa sala con la monitora que toque hablando la mitad del tiempo sobre la nada. La otra mitad del tiempo entramos en materia. Memorizamos técnicas y pasos que seguir en muchos supuestos. Al principio me parece estúpido, yo enjaularía a los mocosos a la primera de cambio y sanseacabó. Luego, útil. Luego estúpido de nuevo. A la alemana le sucede algo similar y nos reímos un montón con los vídeos demostrativos para aupairs.
Creo que Andrea (la chica alemana) ve muy peligroso el uso de tanta sigla. La entiendo. Primero nos han enseñado la norma de la ABC, luego la de las tres C, más tarde nos han dado el número de teléfono de urgencias, volviendo a continuación sobre niños con problemas de ADHD, the one hand rule, y millones de consignas irreproducibles. El problema sale a la luz cuando un chileno que tocaba la batería en un grupo rock de su país lía unas letras con otras y sugiere un nuevo número para el servicio de emergencias. La chilena casi que se santigua y le pone una velita a Fray Leopoldo. "Pobres los niños que le toque", me dice.
Sólo he vivido un momento de tensión. La única vez que estuve a punto de degollar a una persona ha sido en el cursillo de primeros auxilios. Fue en las prácticas. Teníamos que ensayar cómo conseguir que una persona volviera a respirar. Las monitoras nos hicieron formar dos filas. Me puse a buscar con la mirada a la Croata, por si estaba libre, pero era demasiado tarde, porque, ¿quién crees que estaba ya atenta y solicita enfrente de mí? Sí, sí, ella, Rebecca, la brasileña del trío ternura, la inigualable y fantástica Rebecca. La piva se recogía el pelo con una mano, me miraba, reía y decía Jaaaaaiiiiiiiiiiiiiii (Hiiiiiii). Todo eso a la vez. ¡Terrible! La imité a ver si captaba mi actitud burlona
-Hiiiiiiiiiii -dije, pero para entonces Rebecca no me miraba.
Ok. El ejercicio era simple. Yo me había atragantado y no podía respirar. La representante del trío ternura, que casualmente pasaba por allí, tenía que ayudarme colocándose detrás de mí, localizando con sus dedos mi vientre, aplicando el puño y golpeando mi belly (más o menos). Eso en teoria, porque la colega, en lugar de eso, introdujo de manera salvaje e inhumana sus dos putos dedos en mi pobre y desvalido ombligo.
A partir de ese momento todo se vuelve confuso. Sé que grité y solté un improperio. También recuerdo que todo el mundo me miró a mí y luego a Rebecca tratando de identificar el binomio causa-efecto. Recuerdo su cara y más o menos el tono de sus disculpas. También me veo a mí procurando quitarle hierro al asunto y a la brasileña confusa y a punto de desfallecer de vergüenza. Es así de pudorosa. Que se joda.
 
Aterrizo como puedo
Llevo cinco horas en el avión. Lo he dejado para el final. Debería haberlo hecho antes, como otras cosas, pero soy una inevitable amante del último minuto. Allí asoma, desde el asiento de enfrente. He emplazado la guía de aupairs ahí nada más subir al avión. Sólo la portada me acongoja. Una pivita sostiene en su regazo un yanquisito mientra dos o tres mas de ellos permanecen alrededor de ella, cercándola, y mirando (una mirada extraña, diabólica ciertamente) al objetivo; es decir, al espectador; concretando, a la menda a 12.000 metros de altura.
Lo abro y leo metódicamente. Tengo tres horas y pico de vuelo por delante y más de 50 páginas de estúpidas pero útiles explicaciones. El caso es que aprendo mucho. Veamos. Según este folleto, Tommy, con cuatro años de edad, tiene dos palabras favoritas (no y mío), una pregunta impepinable (¿por qué?) y le gusta cuestionar la autoridad. Tommy coordina sus movimientos pero no calcula ni su fuerza ni el riesgo de algunos. Además, ha comenzado a ser independiente con algunas de sus funciones físicas y se siente orgulloso de ello.
Hace cosas como mover los objetos para conseguir que algo suceda. De esto tomo especial nota, sobre todo cuando en un apartado aclaran que la aupair no se debe molestar si te registra la maleta porque lo que en realidad sucede es que está explorando el espacio y descubriendo el mundo. Fascinante.
Más cosas. Debo tener mucho cuidado con la autoestima de Tommy. Por lo visto, puede verse peligrosamente dañada si no la cuido. Bueno, Tommy tiene cambios de humor muy rápidos y tengo que facilitarle las transiciones entre las actividades. Me queda claro que le gustan los rituales y la rutina y anoto que en esta fase el niño es egoísta y egocéntrico. A algunos, desde luego, no se les pasa.
Luego paso a Lorena, de seis años de edad. Su cuadro o diagnóstico sigue la misma línea salvo matices. Lorena, que está en edad escolar, es una científica por naturaleza y le gusta experimentar, lo que se traduce en el hecho de que Lorena está escribiendo una novela sobre un ponny salvaje y una Barbie.
Efectivamente, tiene una amiga especial y puede ser negativa e inflexible con el resto de sus amigos. Es perfeccionista y amante de las normas. Le gusta seguir las consignas, pero no está preparada emocionalmente para la competición. Puede parecer en ocasiones arrogante y resentida, pero no tengo que preocuparme ni sentirme aludida en ningún momento porque estas conductas son absolutamente normales. Como Lorena es muy exigente, puede sentirse frustrada fácilmente. Lorena ve el mundo desde los extremos y si no gusta al resto, se siente insatisfecha e infeliz. Pero no hay problema. Lo que tengo que hacer según la guía es mantener una actitud que combine un espiritu positivo, de cooperación y firme. Por lo visto es muy muy importante aquí mi sonrisa y el planteamiento que le haga a Lorena de sus obligaciones. Terminando, en un apartado en negrita el libreto especifica, por si aun no he captado la filosofía del sistema, que aplicar disciplina física al niño implica el final de mi año como aupair y mi repatriación. En este punto ya han pasado dos horas y media de vuelo.
También se me dan muchos consejos útiles y beneficiosos pero sin duda el que más me llama la atención es aquel en que se me explica cómo llamar por una emergencia a los padres. Brevemente copio el folleto. Es un ejemplo práctico muy paradigmático. El niño se ha roto una pierna o algo así y la aupair, o sea, la menda llama por teléfono a la mamá.
Host Mom: Hello, Jenny (esa soy yo) what happened?
Aupair: Hello, Anne, Tommy fell off his bicicle and I think he broke his arm. I put a splint on it and I am going to drive him to the hospital now.
Host Mom: OK I will meet you at the hospital.
Cierro el cuaderno. Diría que vamos a aterrizar y me duele terriblemente la cabeza. Nueva York está nublado y sin contemplaciones decido que esa misma noche me ventilaré con las otras aupairs y a la salud de Tommy y Lorena la botella de Tío Pepe que displicentemente llevaba para la familia de acogida.
 
Yo me voy, el resto se casa
Estos días no veo los telediarios. No es dejadez. No es abandono. Es una medida preventiva. Hay que tener cuidado. Es contagioso y los políticos están locos porque las lesbianas nos casemos. Veo poco los tele, decía. De todas formas ya sé qué van a decir y durante cuánto tiempo lo van a decir. Prefiero ahorrarme los detalles. Al igual que ellos, yo también tengo mi particular cuenta atrás (ya faltan cuatro días para tomar el avión y cruzar el charco a las américas). Como en los telediarios, tacho los días en dirección al cero.
No obstante, dejo España en un ambiente enrarecido, de extrañamiento. Lleva así dos meses y pico. No exagero, y me preocupa sentir como parte de una misma secuencia, de un mismo acontecer, una guerra, un atentado-ataque-resistencia, unas elecciones generales y una boda real. ¿Realmente son realidades distintas? ¿Existe algún subterfugio? ¿No hay ninguna relación de fondo?
Releo. ¡Mierda! He dicho las palabras. "Casemos". "Boda". "Real". Y eso que no veo los telediarios. Y eso que hace tiempo que no leo prensa ni medios rosas. Y eso que no pongo la uno, la dos, la tres, la cuatro, la cinco ni la seis. ¡Pero lo he dicho, mierda! Buf.
Anoto mentalmente varios asuntos relacionados. El primero. Siempre me ha gustado medio bromear y decirle a las chicas que no me caso con ellas porque la ley no lo permite. Bueno. Se me ha jodido el invento. Soy una persona que tiende a repetir ciertos chistes, pero ése, dentro de nada, no tendrá ya ninguna gracia. Es más, ya lo considero un chiste peligroso, con trampa, buf, el posible preludio de una crisis amorosa.
Y eso no es todo. También estoy en esa fase en la que tus amigos y conocidos se casan y a mí no me sale el felicidades y la alegría por ningún lado (con una excepción muy concreta). Es más, pìenso enseguida en cómo seremos en la fase en que se divorcien o en la que se le amontonen los hijos de varias relaciones.
Y luego, más cosas, lo confieso, esto del bodorrio real me tiene definitivamente hasta el chichi. Y no hay medidas preventivas que valgan. Tras estos meses tan agitados, pensaba dejar Madrid y España de un modo discreto, pero está visto que será a lo grande. Aunque el enlace me las suda (hey, me los trae flojos... los ovarios), tal como me lo plantean, con gente a gogó y cortes de tráfico y metro, además me jode.
Vaya, que he tardado en decirlo, que me voy, pero que todo esto me jode. Hey, os quiero.
 
Y la maleta sin hacer
-¿Braguitas?
-Sí.
-¿Calcetines?
-Hecho.
-¿Camisetas?
-Faltan las de manga larga.
Sí señor. ¿He dicho ya que me voy? Probablemente. Queda aún un par de semanas para la fecha de salida y un par de semanas es exactamente el tiempo que mi madre lleva también "movilizada".
-¿Te vas a llevar este pantalón?
No sé exactamente cuándo se me ocurrió la idea de que me ayudara a preparar el equipaje. Tapoco es que se me ocurriera la idea, digamos que todo sucedió de una manera natural. Jodidamente natural.
-¿Y el chandal que te regalé? ¿Lo has usado en Madrid? ¿Te lo vas a llevar allí?
¡Ahivá! ¡Eso! ¿Y el chandal? Ha hecho tres preguntas en una. ¡Qué mareo! ¿Cómo explicarle el dulce destino del chandal sin que se enoje? La culpa no es mía. En el fondo es suya. Me gustaría sentirme más libre en mi papel de hija. Tampoco puedo contestar "pasapalabra", que diría mi muy mejor amiga.
-Ah, sí, el chandal.
Espero que sea suficiente esta respuesta. No, no lo es. Me veo obligada a dar entender que está guardado y que no me lo voy a llevar. Es fácil, sólo que tengo que responder con monosílabos al curso de su pensamiento. Mientras, entorno los ojos. Hey, sí. Ya veo la figura de L. con el atuendo en cuestión. Le sienta tan bien. Uf. Digamos que se ajusta perfectamente a su cuerpo. Yo soy demasiado grande y las mangas se me quedan cortas. Sin embargo, a ella le va que ni pintado. Tanto que en algunas ocasiones en las que se lo presté decidí que tenía que ser suyo. Y así es. A veces pienso que a mi madre le hubiera gustado tener una hija menos grande, tetona y destartalada. No es que diga nada, pero toda la ropa que me regala tiene una o dos tallas menos. No sé. Lo noto en que me asoma el ombligo, las mangas se despiden en el antebrazo o los pantalones me aprietan tanto el vientre que casi echo las primeras papillas. ¿Será una indirecta?
 
Vida canalla
Te veo salir de un servicio. Tienes gafas de nuevo, pero esta vez llevas corbata. Me pregunto si podré salir de este garito sin pagar. También te has pintado los ojos. No me gusta nada cómo te queda, pero sé que si no me fuera, te preguntaría tu nombre. Tus amigas parecen concejalas del PP, aunque claro, prefiero pensar que no son tus amigas. Adonde voy no hay concejalas del PP. También prefiero no oír lo que dices. Me gustas demasiado. No lo estropeemos. No. No me mires. Soy un pelín fetichista y no soporto la mirada de una mujer con corbata. Me turba. Demasiado... ¿aristocrático?
Enciendo un cigarrillo. No, no fumo. Es para aparentar (para aparentar qué), pura estética, o más bien para espantar a la gente que te rodea (tienen cara antihumo). Hey, chica, yo me voy, pero esta noche dormiré en la ciudad. Me gusta tu teatro. Cómo se aburre la gente en este antro, ¿verdad? Yo no tengo ninguna hipoteca. ¿Te gustan los gatos? A mí me inspira el vermouth de grifo. Me cae bien la gente extraña. No te diré que mi color favorito es el azul porque me resulta demasiado íntimo, pero esta noche podría comerte. Miras de nuevo. Hey, soy tuya.
 
Hey, hasta pronto
Todo termina, o empieza, diciendo adiós. Me despido de un montón de gente. Mucha gente. Tanta, que pierdo la cuenta y de alguna me despido incluso varias veces. Si recapitulo, de hecho, caigo en la cuenta de que llevo un mes despidiéndome o de que, curiosamente, me despido de gente a la que llevo años sin ver, o de personas que acabo de conocer o apenas conozco. Cierro los ojos. Me veo a mí misma hablando de mí y diciendo todo eso que voy a hacer y que no pienso repetir porque, joder, ya estoy cansada.
Lo cierto es que aún no me he ido, aunque, a veces, hago ya mentalmente la maleta y en ocasiones me he hasta montado en el avión y éste se ha estrellado contra cualquier símbolo de la identidad americana. (En mis sueños, me estrello contra mí misma, contra la Casa Blanca o convierto el océano Atlántico en una tumba azul). En cualquier caso lo que más digo es adiós. Y en lo que más pienso es en cuánto os estoy ya echando de menos a todos.
Confesaré lo siguiente. Todo lo que he dicho para justificar este viaje es mentira. No tengo la más zorra idea de por qué me voy ni espero encontrar nada concreto allí. No sé qué te habré dicho a ti concretamente. Quizás algo del TOEFL, de mil cursos o de la increíble experiencia que puede ser. Bien, rectifico. Aún no sé por qué me voy y quizás no lo descubra pronto ni tarde. Hey, quizás no lo descubra nunca.
Más cosas. Echaré de menos los árboles de la calle Argumosa, el pasillo de mi casa de Augusto Figueroa, el último metro de las dos de la mañana en la línea verde y la imagen de Tirso de Molina desde el ático de la Casa de Granada.