Las cartas sobre la mesa
Anne, mi madre de acogida en este incomprensible país, me lleva en coche al videoclub. Le digo que congratulations porque Bush ha ganado. Pretendo ser sarcástica pero no lo pilla y empieza a hablar de lo feliz que se siente por el resultado. Se me dibuja una mueca de horror justo en el momento en que me mira, lo advierte y juraría que la situacion le divierte. "Onthe, esta mujer tiene nervios o corazón de acero", me digo.
Le pregunto, siguiendo los razonamientos de Romu, una de las amigas bollos de Piotra ahora también amigas mías, por los jueces del Supremo que serán elegidos por Bush (cargos vitalicios) y me dice que está contentísima de que sea él quien tome esa decisión. Mi cara es un poema, no lo puedo disimular, y se me ve el peluquín pero a Anne parece no importarle.
Le pregunto, siguiendo los razonamientos de Romu, una de las amigas bollos de Piotra ahora también amigas mías, por los jueces del Supremo que serán elegidos por Bush (cargos vitalicios) y me dice que está contentísima de que sea él quien tome esa decisión. Mi cara es un poema, no lo puedo disimular, y se me ve el peluquín pero a Anne parece no importarle.