Con puro sabor ibérico
En esto que miro las noticias nacionales de Castilla la Grande y me encuentro el mismo saborcete a anís del mono de siempre, que a mí la política nacional nunca me gustó, pero aquí estoy llegando a un punto en que le veo la gracia. Me refiero a la que se ha liado con lo del simulacro de ataque terrorista en los Madriles, que hasta para gestionar simulacros somos torpes y descoordinados los españoles y, desde la distancia usasiana, qué quieres que te diga, suena a cutrez y da risa.
Pero tampoco me extraña, no creas, y le veo hasta su encanto. Es como cuando el día de las elecciones usasianas, fui a la embajada española (según mi chica, el consulado) en el cruce de la calle 23 con la calle K. [Sí, cuando te dan una dirección en Washington parece que juegas a los barquitos (tocada, hundida...)]. El caso es que respiro hondo y allí estaba el consulado/embajada/oloquesea con la banderita y el guarda tricornio (no, no tenía bigote, ya está bien de tópicos). Tras haber estado en la embajada de USA en Madrid, pues la menda se espera todo tipo de preguntas, escaneos y registros y hasta me había lavado los dientes y el culito doble, sobre todo en un día en que el país entero está en alerta máxima, pero no, qué va, a quién se le ocurre, Onthe.
De entrada, como el guardia civil estaba casi apoyado en el portalete, de cháchara con tres mujeres con pinta de no querer salir de Valladolid, que les faltaba a todos un piti por no decir otra cosa para estar de buen rollo por completo. Pues eso, que como estaba de esa guisa el personal, creo que ni me vio entrar. Y te juro por Castilla la Grande que no verme es un delito. Y una vez colada dentro, había un portero de esos como mi vecino del primero en los Madriles (qué maldad) que se asustó al verme y me mandó a las oficinas de al lado.
Te diré que no pasé el escáner de metales ni nadie me preguntó ni mi nombre y que podría haber hecho un recorrido turístico por las estancias a placer de no haber tenido prisa porque oye, como si oían llover, pero que la tenía, y que me fui a las ventanillas y allí creí despertar al agosto en una administración pública, leñe, que les faltaba la lima de las uñas a las colegas. En fin, que una vez que me aclararon que no me podían ayudar y que no tenían la más pajotera idea ni de cómo mirar mi visado pues la menda se retiró pensando en la genial habilidad de Bush para leer los libros al revés. Eso sí, con una sonrisa como un sistema subbético y otro penibético, que daba gusto verme, porque en estas cosas los españoles somos únicos y, créeme, tenemos encanto.
Pero tampoco me extraña, no creas, y le veo hasta su encanto. Es como cuando el día de las elecciones usasianas, fui a la embajada española (según mi chica, el consulado) en el cruce de la calle 23 con la calle K. [Sí, cuando te dan una dirección en Washington parece que juegas a los barquitos (tocada, hundida...)]. El caso es que respiro hondo y allí estaba el consulado/embajada/oloquesea con la banderita y el guarda tricornio (no, no tenía bigote, ya está bien de tópicos). Tras haber estado en la embajada de USA en Madrid, pues la menda se espera todo tipo de preguntas, escaneos y registros y hasta me había lavado los dientes y el culito doble, sobre todo en un día en que el país entero está en alerta máxima, pero no, qué va, a quién se le ocurre, Onthe.
De entrada, como el guardia civil estaba casi apoyado en el portalete, de cháchara con tres mujeres con pinta de no querer salir de Valladolid, que les faltaba a todos un piti por no decir otra cosa para estar de buen rollo por completo. Pues eso, que como estaba de esa guisa el personal, creo que ni me vio entrar. Y te juro por Castilla la Grande que no verme es un delito. Y una vez colada dentro, había un portero de esos como mi vecino del primero en los Madriles (qué maldad) que se asustó al verme y me mandó a las oficinas de al lado.
Te diré que no pasé el escáner de metales ni nadie me preguntó ni mi nombre y que podría haber hecho un recorrido turístico por las estancias a placer de no haber tenido prisa porque oye, como si oían llover, pero que la tenía, y que me fui a las ventanillas y allí creí despertar al agosto en una administración pública, leñe, que les faltaba la lima de las uñas a las colegas. En fin, que una vez que me aclararon que no me podían ayudar y que no tenían la más pajotera idea ni de cómo mirar mi visado pues la menda se retiró pensando en la genial habilidad de Bush para leer los libros al revés. Eso sí, con una sonrisa como un sistema subbético y otro penibético, que daba gusto verme, porque en estas cosas los españoles somos únicos y, créeme, tenemos encanto.