Convención de aupairs
Como la mayoría de las aupairs que nos acogemos a este programa venimos de países con otra cultura y otro sistema educativo, el gobierno de este extraño país ha decidido alojarnos durante una semana en un céntrico hotel de NY para impartirnos un cursillo de aupairs y luego darnos el pasaporte a nuestras respectivas familias de acogida, que digo yo que en una semana cómo pretenden que yo, terror de churumbeles, aprenda a cuidar niños.
Aquí hay un poco de todo. El pabellón español lo llevamos un chico bastante majo y yo, y luego el más exótico lo lleva una chica de Sudáfrica con cierta tendencia al autismo. Intento acercarme a ella (¿por qué me llamarán tanto la atención las tímidas?) con resultado negativo. No tiene el más mínimo interés en mí y, por extensión, en el resto.
La antípoda la encontramos en el trío ternura de chicas brasileñas, que llegan en algún momento incluso a obsequiarnos con una demostración de samba. Paréntesis: yo hice algo parecido a un taconeo y dije que era flamenco, juas. El grupo brasileño merece una especial atención. Sobre todo su portavoz, una tal Rebecca, siempre dispuesta a demostrar cuánto sabe, ya sabes, una chica de esas que ves en las clases asintiendo a todo, ejem, de las que se leen todos los manuales existentes por adelantado y ayudan dogmáticamente a los monitores haciendo preguntas oportunas y correctas. No abundaré en su risita histriónica ni en su afán de protagonismo. Todos tenemos una Rebecca en nuestras vidas y ya sabemos cómo son las Rebeccas.
Bueno, está también la, ah sí, la Croata. ¡Cuidado con ella! (admirativo). Sus lindos huesitos tienen apenas 19 años pero su espíritu ya es de mujer castigadora. Vamos, que me ha gustado... encantado, mejor. La puñetera croata no me hace ni puto caso por lo que en venganza decido darle todo tipo de desplante dialéctico. Sí, sí, muy mal, lo admito. Vamos, que cualquier mente avezada se daría cuenta de que me 'flipa' mucho. Afortunadamente, de momento, no hay ninguna mente 'avezada' en estas cuestiones, y la chica debe pensar que soy simplemente desagradable.
Hecho destacable: por primera vez en mi vida casi venzo mi tendencia al individualismo más empedernido. Comparto habitación con una alemana y una peruana. Incluso duermo con la peruana en la misma cama y, a pesar de que ronca y habla no sé qué dialecto en sueños, me cae bien. No obstante, hubiera preferido dormir con la alemana.
Consigo también hacer un recorrido turístico con un grupo de seis personas sin comerme las uñas de desesperación ni salir huyendo, a pesar de estar media hora de reloj en el metro discutiendo sobre recorrido, dinero, horarios y posibilidades del universo en general. Me parece también increíblemente divertido ver las caras del pabellón sudamericano mientras toman el metro por primera vez en sus vidas. Chévere, dicen.
Pero lo más divertido de todo en el plano humano es el grupo que formo a ratos con la alemana y a ratos con la peruana en el cursillo que el gobierno USA ha diseñado para nosostras.
Para visualizar lo soporífero que puede ser y lo divertido que resulta, hay que imaginar una gran sala gris enmoquetada y con aire setentón en la planta cuarta del hotel. Allí estamos, dieciséis personas sentadas en pupitres en medio de la penumbra tratando de seguir a una americana con ninguna o muchas inflexiones en la voz. Todos tenemos chaqueta o anorak. El aire acondicionado está encendido y la Stacy, Joanne o Jenny de turno suda en manga corta por los cuatro costados.
Pasamos ocho-nueve horas al día en esa sala con la monitora que toque hablando la mitad del tiempo sobre la nada. La otra mitad del tiempo entramos en materia. Memorizamos técnicas y pasos que seguir en muchos supuestos. Al principio me parece estúpido, yo enjaularía a los mocosos a la primera de cambio y sanseacabó. Luego, útil. Luego estúpido de nuevo. A la alemana le sucede algo similar y nos reímos un montón con los vídeos demostrativos para aupairs.
Creo que Andrea (la chica alemana) ve muy peligroso el uso de tanta sigla. La entiendo. Primero nos han enseñado la norma de la ABC, luego la de las tres C, más tarde nos han dado el número de teléfono de urgencias, volviendo a continuación sobre niños con problemas de ADHD, the one hand rule, y millones de consignas irreproducibles. El problema sale a la luz cuando un chileno que tocaba la batería en un grupo rock de su país lía unas letras con otras y sugiere un nuevo número para el servicio de emergencias. La chilena casi que se santigua y le pone una velita a Fray Leopoldo. "Pobres los niños que le toque", me dice.
Sólo he vivido un momento de tensión. La única vez que estuve a punto de degollar a una persona ha sido en el cursillo de primeros auxilios. Fue en las prácticas. Teníamos que ensayar cómo conseguir que una persona volviera a respirar. Las monitoras nos hicieron formar dos filas. Me puse a buscar con la mirada a la Croata, por si estaba libre, pero era demasiado tarde, porque, ¿quién crees que estaba ya atenta y solicita enfrente de mí? Sí, sí, ella, Rebecca, la brasileña del trío ternura, la inigualable y fantástica Rebecca. La piva se recogía el pelo con una mano, me miraba, reía y decía Jaaaaaiiiiiiiiiiiiiii (Hiiiiiii). Todo eso a la vez. ¡Terrible! La imité a ver si captaba mi actitud burlona
-Hiiiiiiiiiii -dije, pero para entonces Rebecca no me miraba.
Ok. El ejercicio era simple. Yo me había atragantado y no podía respirar. La representante del trío ternura, que casualmente pasaba por allí, tenía que ayudarme colocándose detrás de mí, localizando con sus dedos mi vientre, aplicando el puño y golpeando mi belly (más o menos). Eso en teoria, porque la colega, en lugar de eso, introdujo de manera salvaje e inhumana sus dos putos dedos en mi pobre y desvalido ombligo.
A partir de ese momento todo se vuelve confuso. Sé que grité y solté un improperio. También recuerdo que todo el mundo me miró a mí y luego a Rebecca tratando de identificar el binomio causa-efecto. Recuerdo su cara y más o menos el tono de sus disculpas. También me veo a mí procurando quitarle hierro al asunto y a la brasileña confusa y a punto de desfallecer de vergüenza. Es así de pudorosa. Que se joda.
Aquí hay un poco de todo. El pabellón español lo llevamos un chico bastante majo y yo, y luego el más exótico lo lleva una chica de Sudáfrica con cierta tendencia al autismo. Intento acercarme a ella (¿por qué me llamarán tanto la atención las tímidas?) con resultado negativo. No tiene el más mínimo interés en mí y, por extensión, en el resto.
La antípoda la encontramos en el trío ternura de chicas brasileñas, que llegan en algún momento incluso a obsequiarnos con una demostración de samba. Paréntesis: yo hice algo parecido a un taconeo y dije que era flamenco, juas. El grupo brasileño merece una especial atención. Sobre todo su portavoz, una tal Rebecca, siempre dispuesta a demostrar cuánto sabe, ya sabes, una chica de esas que ves en las clases asintiendo a todo, ejem, de las que se leen todos los manuales existentes por adelantado y ayudan dogmáticamente a los monitores haciendo preguntas oportunas y correctas. No abundaré en su risita histriónica ni en su afán de protagonismo. Todos tenemos una Rebecca en nuestras vidas y ya sabemos cómo son las Rebeccas.
Bueno, está también la, ah sí, la Croata. ¡Cuidado con ella! (admirativo). Sus lindos huesitos tienen apenas 19 años pero su espíritu ya es de mujer castigadora. Vamos, que me ha gustado... encantado, mejor. La puñetera croata no me hace ni puto caso por lo que en venganza decido darle todo tipo de desplante dialéctico. Sí, sí, muy mal, lo admito. Vamos, que cualquier mente avezada se daría cuenta de que me 'flipa' mucho. Afortunadamente, de momento, no hay ninguna mente 'avezada' en estas cuestiones, y la chica debe pensar que soy simplemente desagradable.
Hecho destacable: por primera vez en mi vida casi venzo mi tendencia al individualismo más empedernido. Comparto habitación con una alemana y una peruana. Incluso duermo con la peruana en la misma cama y, a pesar de que ronca y habla no sé qué dialecto en sueños, me cae bien. No obstante, hubiera preferido dormir con la alemana.
Consigo también hacer un recorrido turístico con un grupo de seis personas sin comerme las uñas de desesperación ni salir huyendo, a pesar de estar media hora de reloj en el metro discutiendo sobre recorrido, dinero, horarios y posibilidades del universo en general. Me parece también increíblemente divertido ver las caras del pabellón sudamericano mientras toman el metro por primera vez en sus vidas. Chévere, dicen.
Pero lo más divertido de todo en el plano humano es el grupo que formo a ratos con la alemana y a ratos con la peruana en el cursillo que el gobierno USA ha diseñado para nosostras.
Para visualizar lo soporífero que puede ser y lo divertido que resulta, hay que imaginar una gran sala gris enmoquetada y con aire setentón en la planta cuarta del hotel. Allí estamos, dieciséis personas sentadas en pupitres en medio de la penumbra tratando de seguir a una americana con ninguna o muchas inflexiones en la voz. Todos tenemos chaqueta o anorak. El aire acondicionado está encendido y la Stacy, Joanne o Jenny de turno suda en manga corta por los cuatro costados.
Pasamos ocho-nueve horas al día en esa sala con la monitora que toque hablando la mitad del tiempo sobre la nada. La otra mitad del tiempo entramos en materia. Memorizamos técnicas y pasos que seguir en muchos supuestos. Al principio me parece estúpido, yo enjaularía a los mocosos a la primera de cambio y sanseacabó. Luego, útil. Luego estúpido de nuevo. A la alemana le sucede algo similar y nos reímos un montón con los vídeos demostrativos para aupairs.
Creo que Andrea (la chica alemana) ve muy peligroso el uso de tanta sigla. La entiendo. Primero nos han enseñado la norma de la ABC, luego la de las tres C, más tarde nos han dado el número de teléfono de urgencias, volviendo a continuación sobre niños con problemas de ADHD, the one hand rule, y millones de consignas irreproducibles. El problema sale a la luz cuando un chileno que tocaba la batería en un grupo rock de su país lía unas letras con otras y sugiere un nuevo número para el servicio de emergencias. La chilena casi que se santigua y le pone una velita a Fray Leopoldo. "Pobres los niños que le toque", me dice.
Sólo he vivido un momento de tensión. La única vez que estuve a punto de degollar a una persona ha sido en el cursillo de primeros auxilios. Fue en las prácticas. Teníamos que ensayar cómo conseguir que una persona volviera a respirar. Las monitoras nos hicieron formar dos filas. Me puse a buscar con la mirada a la Croata, por si estaba libre, pero era demasiado tarde, porque, ¿quién crees que estaba ya atenta y solicita enfrente de mí? Sí, sí, ella, Rebecca, la brasileña del trío ternura, la inigualable y fantástica Rebecca. La piva se recogía el pelo con una mano, me miraba, reía y decía Jaaaaaiiiiiiiiiiiiiii (Hiiiiiii). Todo eso a la vez. ¡Terrible! La imité a ver si captaba mi actitud burlona
-Hiiiiiiiiiii -dije, pero para entonces Rebecca no me miraba.
Ok. El ejercicio era simple. Yo me había atragantado y no podía respirar. La representante del trío ternura, que casualmente pasaba por allí, tenía que ayudarme colocándose detrás de mí, localizando con sus dedos mi vientre, aplicando el puño y golpeando mi belly (más o menos). Eso en teoria, porque la colega, en lugar de eso, introdujo de manera salvaje e inhumana sus dos putos dedos en mi pobre y desvalido ombligo.
A partir de ese momento todo se vuelve confuso. Sé que grité y solté un improperio. También recuerdo que todo el mundo me miró a mí y luego a Rebecca tratando de identificar el binomio causa-efecto. Recuerdo su cara y más o menos el tono de sus disculpas. También me veo a mí procurando quitarle hierro al asunto y a la brasileña confusa y a punto de desfallecer de vergüenza. Es así de pudorosa. Que se joda.