Recuerdos (relato breve)
No sabía bien qué hacía en aquella habitación. Sólo podía pensar en una cosa: él.
La habitación se iluminaba intermitentemente por el cartel luminoso del edificio de enfrente. Esa era toda la luz de la habitación. ¿Y para qué necesitaba más? Tanteó con la mano por la mesilla hasta encontrar el paquete de cigarrillos. Cogió uno y se lo llevó a la boca.
El humo empezó a flotar por la habitación, y la transportó a otro lugar. Un lugar iluminado por una lámpara que colgaba desde el techo, con miles de lágrimas que la adornaban. Lágrimas como las que había derramado esa última semana; Una habitación con una gran escalera que llevaba a lo más alto que ella podía haber imaginado, al lugar al que nunca más volvería. Una habitación llena de hombres de frac y mujeres con largos vestidos de noche, personas que no eran como ella, nunca lo habían sido y nunca lo serían. Al principio se había sentido extraña, fuera de lugar, pero había aguantado. Había aguantado sin saber por qué. Bueno, una razón sí había. Siempre hay una razón. Pero al final no fue suficientemente poderosa.
Él, él que se había presentado como el gran hombre, como su salvador, y que había acabado siendo su ruina. La casa, la casa que la había recibido en su seno y que al final se le había caído encima, se había convertido en su tumba.
El cigarrillo se iba consumiendo poco a poco, y ella lo miraba fijamente, como si hubiera sido el primero. Y a su lado aquel hombre del que apenas sabía nada. Una sucia habitación de hotel, calor frío de un desconocido. Pero el calor conocido calentaba demasiado, la había quemado, y ahora ella tendría que curarse las heridas. Pero Hay heridas difíciles de curar.
Ahora veía a aquella mujer de mediana estatura, morena, pálida. La mujer de larga cabellera y vestido negro. Bajaba por las escaleras y se perdía entre el gentío. ¿De verdad había sido ella? ¿Y dónde estaba ahora ese vestido negro? Se había transformado en un camisón blanco, que ya no era de satén. La melena seguía ahí, y la mirada felina, pero la sonrisa se había perdido. Quizás nunca hubiera sido suya. Quizás fue el pago de una deuda. Una deuda con la vida. Una deuda de la que no había sabido nada hasta el final. El pago por haber sido feliz.
Había querido cambiar. Él la deseaba otra. “¿Crees que puedo cambiar?” Ella lo había creído también. Pero se había demostrado lo contrario. Quizás, en su interior, no había deseado tal cambio. Quizás una parte de ella se negaba a desaparecer, a convertirse en una más. Quizás la vida había jugado con ella.
Una colilla se consumía en el cenicero, y otro cigarrillo acariciaba sus dedos y su boca. Ahora estaba en esa cama de sábanas de tergal, en esa habitación de paredes sin pintar, mohosas. ¿Dónde habían ido las sábanas de seda? ¿Dónde las grandes cortinas de la ventana? Habían quedado allí, donde pertenecían. Todo estaba allí, todo menos ella. Ella en realidad nunca había pertenecido a ese mundo. ¡Qué ridícula se veía al recordarse en esa casa, con aquellos vestidos, diciendo esas palabras que nunca había creído! “¿De verdad creías que todo era tuyo, que iba a durar?” Todo vuelve al sitio de donde partió. Y ella estaba allí, justo donde comenzó.
¿Y dónde estaría él? Probablemente seguiría en aquella casa. Quizás le estaría haciendo el amor a una de esas señoritas de buena posición. Al fin y al cabo era lo que siempre había deseado, tener a una señorita bien. Sólo que se había equivocado buscándola en ese barrio, en la chica de tejanos raídos, larga melena y ojos felinos.
Él, que siempre sabía caer bien. Seguro que no había tardado en encontrar nueva sustituta en la cama. Quizás fuera mejor así. Al fin y al cabo ella también había encontrado con quién pasar la noche. Quizás él estaría pensando en ella . ¿La imaginaría en algún gran hotel, o quizás el mismo lugar donde la encontró? Seguramente, pensara lo que pensara, se equivocaría.
El cartel seguía iluminando la habitación. En la pared de enfrente Cristo en la cruz le interrogaba con la mirada.
“Si de verdad existes, ¿Por qué has permitido esto?”
Pero no iba a cometer el error de echarle la culpa a una figura tallada en madera. Bien sabía quién era la responsable, aunque a veces no lo quisiera admitir. Ella, ella que había creído poder sobrevivir en aquel mundo, ella que lo había codiciado, que no había sabido distinguir la diferencia entre aquí y allí, entre su mundo y el de él.
Aquel bulto al lado se había movido. “¿Y tú, quién eres? ¿Qué haces aquí? ¿Acaso has venido a recordarme quién soy?” O quizás fuera otro pobre infeliz, otro hombre sin hogar.
“Es triste perderse dónde nadie te quiere, ¿Verdad, amigo?”
Amigo, qué extraña palabra. ¿Cuándo habría sido la última vez que la pronunció? Aquella muñeca de largos vestidos la había pronunciado a veces. Sí, igual que había pronunciado tantas cosas. Palabras que otros habían puesto en su boca, cosas sin sentido. ¿Y cuándo la última vez que salió de su corazón? Demasiado tiempo para recordarlo.
La noche invadía la habitación. La noche era su única compañera. “Noche, por fin llegaste. Sólo tú me has sabido comprender, tú has sido el único testigo. Sólo tú me puedes entender”.
La noche oscura como su futuro, ésa era su única amiga. Y sentía que era la última noche, que el día siguiente todo sería distinto. Sólo pensarlo le producía escalofríos. “¿Qué me deparará el día? ¿Qué nueva vida habré de comenzar?” Miró el reloj angustiada. No, aun quedaban algunas horas.
“Noche, sigues aquí, conmigo. ¿Qué recuerdas de mí? ¿Eres capaz de reconocer a aquella chiquilla que te contemplaba durante horas hasta que por fin el sueño la vencía? ¿Puedes ver en mí algún atisbo del ayer? Noche, sabes bien que no quise convertirme en aquella muñeca de porcelana. Fue la vida quién me jugó una mala pasada para dejarme caer ahora aquí, en esta oscura habitación donde nada es como fue.
¿Merezco de veras este dolor? Fue osado por mi parte lanzarme sin red, pero sabes que necesitaba saltar. Sí, yo me lo busqué. Sabía lo que podía pasar y aun así me lancé de cabeza a algo que desconocía. Supongo que no puedo quejarme si salió mal. Al fin y al cabo también yo fui responsable, yo lo pude evitar, yo pude dirigir mi vida, pero era demasiado fácil dejar que otros la controlaran por mí. Sí, supongo que al final todo se me escapó de las manos, como este cigarrillo se consume entre mis dedos.”
Se giró una vez más hacía el hombre que estaba a su lado.
“Eh, amigo, ¿Sigues durmiendo? Es mejor así. Si despertaras seguramente Me contarías tus penas y yo volvería a olvidarme de mí.
Quizás incluso podría llegar a creer que me enamoraba de ti. ¿No sería fantástico? Dos almas perdidas que se encuentran en la habitación de un hotel de mala muerte. No, sigue así, dormido, sólo un bulto más en la habitación. Simplemente como un cenicero usado. No quieras cobrar vida de repente, romperías esta noche con tus palabras, no me dejarías pensar y al final te maldeciría por haberme vuelto a engañar. No, sigue así, mudo, para que pueda sentir la noche a mi alrededor”
La noche la había visto nacer, la había visto crecer y ahora volvía a estar ahí. “No me juzgues, noche. Sabes que todo lo que hice lo hice por él. Sabes que si hoy estoy aquí es por él. No me digas que no tenía que haberme rendido. Es algo que ya se, pero ¿Acaso podía continuar? Todo estaba perdido ya. Todo estaba muerto. Ya sólo era un recuerdo del pasado, sólo un recuerdo del pasado. No podía convertirme en una reliquia más. Sólo sigue aquí, conmigo, hazme compañía. Noche, hoy no quiero dormir. Mis sueños me hacen recordar, y no aguanto más el dolor.
No, no te vayas aun, espera. Protégeme con tu oscuridad, envuélveme en tu negro manto. Dame el calor de ayer. Déjame sentir un poco de paz. Necesito un poco de paz , sólo eso. Noche, pronto llegará el nuevo amanecer, ya puedo olerlo. Dentro de poco se abrirá una nueva vida para mí, y no se lo que me espera. Quédate no te vayas aun, siento miedo. Aun no estoy preparada para recibir al nuevo día, aun no he recuperado mis fuerzas. El cielo empieza a clarear, falta menos. ¡Noche! Es tan fácil dejarme aquí, sola en esta habitación, en esta cama que no es mi cama, es tan fácil olvidarme..., pero tú no me puedes fallar ahora. ¿Qué me queda si tú no estás?
Noche, dame un último suspiro. Dame la energía suficiente para hacer frente al nuevo día. Noche, unos minutos más, es todo lo que te pido, unos minutos más...”
Un rayo de sol entró tímidamente por la ventana. Ya clareaba. Las luces de neón fueron apagándose y fueron dando paso al brillo de la luz natural .
“Adiós, noche, el día ya está aquí. Gracias por tu compañía. Gracias por iluminar mi realidad. Gracias por hacerme pensar aunque no quería pensar. Ahora se que siempre hay algo en lo que poder contar. Veo tu luz allá arriba, fuera del pozo donde caí. Noche, pronto volveré a ti.”
1996
La habitación se iluminaba intermitentemente por el cartel luminoso del edificio de enfrente. Esa era toda la luz de la habitación. ¿Y para qué necesitaba más? Tanteó con la mano por la mesilla hasta encontrar el paquete de cigarrillos. Cogió uno y se lo llevó a la boca.
El humo empezó a flotar por la habitación, y la transportó a otro lugar. Un lugar iluminado por una lámpara que colgaba desde el techo, con miles de lágrimas que la adornaban. Lágrimas como las que había derramado esa última semana; Una habitación con una gran escalera que llevaba a lo más alto que ella podía haber imaginado, al lugar al que nunca más volvería. Una habitación llena de hombres de frac y mujeres con largos vestidos de noche, personas que no eran como ella, nunca lo habían sido y nunca lo serían. Al principio se había sentido extraña, fuera de lugar, pero había aguantado. Había aguantado sin saber por qué. Bueno, una razón sí había. Siempre hay una razón. Pero al final no fue suficientemente poderosa.
Él, él que se había presentado como el gran hombre, como su salvador, y que había acabado siendo su ruina. La casa, la casa que la había recibido en su seno y que al final se le había caído encima, se había convertido en su tumba.
El cigarrillo se iba consumiendo poco a poco, y ella lo miraba fijamente, como si hubiera sido el primero. Y a su lado aquel hombre del que apenas sabía nada. Una sucia habitación de hotel, calor frío de un desconocido. Pero el calor conocido calentaba demasiado, la había quemado, y ahora ella tendría que curarse las heridas. Pero Hay heridas difíciles de curar.
Ahora veía a aquella mujer de mediana estatura, morena, pálida. La mujer de larga cabellera y vestido negro. Bajaba por las escaleras y se perdía entre el gentío. ¿De verdad había sido ella? ¿Y dónde estaba ahora ese vestido negro? Se había transformado en un camisón blanco, que ya no era de satén. La melena seguía ahí, y la mirada felina, pero la sonrisa se había perdido. Quizás nunca hubiera sido suya. Quizás fue el pago de una deuda. Una deuda con la vida. Una deuda de la que no había sabido nada hasta el final. El pago por haber sido feliz.
Había querido cambiar. Él la deseaba otra. “¿Crees que puedo cambiar?” Ella lo había creído también. Pero se había demostrado lo contrario. Quizás, en su interior, no había deseado tal cambio. Quizás una parte de ella se negaba a desaparecer, a convertirse en una más. Quizás la vida había jugado con ella.
Una colilla se consumía en el cenicero, y otro cigarrillo acariciaba sus dedos y su boca. Ahora estaba en esa cama de sábanas de tergal, en esa habitación de paredes sin pintar, mohosas. ¿Dónde habían ido las sábanas de seda? ¿Dónde las grandes cortinas de la ventana? Habían quedado allí, donde pertenecían. Todo estaba allí, todo menos ella. Ella en realidad nunca había pertenecido a ese mundo. ¡Qué ridícula se veía al recordarse en esa casa, con aquellos vestidos, diciendo esas palabras que nunca había creído! “¿De verdad creías que todo era tuyo, que iba a durar?” Todo vuelve al sitio de donde partió. Y ella estaba allí, justo donde comenzó.
¿Y dónde estaría él? Probablemente seguiría en aquella casa. Quizás le estaría haciendo el amor a una de esas señoritas de buena posición. Al fin y al cabo era lo que siempre había deseado, tener a una señorita bien. Sólo que se había equivocado buscándola en ese barrio, en la chica de tejanos raídos, larga melena y ojos felinos.
Él, que siempre sabía caer bien. Seguro que no había tardado en encontrar nueva sustituta en la cama. Quizás fuera mejor así. Al fin y al cabo ella también había encontrado con quién pasar la noche. Quizás él estaría pensando en ella . ¿La imaginaría en algún gran hotel, o quizás el mismo lugar donde la encontró? Seguramente, pensara lo que pensara, se equivocaría.
El cartel seguía iluminando la habitación. En la pared de enfrente Cristo en la cruz le interrogaba con la mirada.
“Si de verdad existes, ¿Por qué has permitido esto?”
Pero no iba a cometer el error de echarle la culpa a una figura tallada en madera. Bien sabía quién era la responsable, aunque a veces no lo quisiera admitir. Ella, ella que había creído poder sobrevivir en aquel mundo, ella que lo había codiciado, que no había sabido distinguir la diferencia entre aquí y allí, entre su mundo y el de él.
Aquel bulto al lado se había movido. “¿Y tú, quién eres? ¿Qué haces aquí? ¿Acaso has venido a recordarme quién soy?” O quizás fuera otro pobre infeliz, otro hombre sin hogar.
“Es triste perderse dónde nadie te quiere, ¿Verdad, amigo?”
Amigo, qué extraña palabra. ¿Cuándo habría sido la última vez que la pronunció? Aquella muñeca de largos vestidos la había pronunciado a veces. Sí, igual que había pronunciado tantas cosas. Palabras que otros habían puesto en su boca, cosas sin sentido. ¿Y cuándo la última vez que salió de su corazón? Demasiado tiempo para recordarlo.
La noche invadía la habitación. La noche era su única compañera. “Noche, por fin llegaste. Sólo tú me has sabido comprender, tú has sido el único testigo. Sólo tú me puedes entender”.
La noche oscura como su futuro, ésa era su única amiga. Y sentía que era la última noche, que el día siguiente todo sería distinto. Sólo pensarlo le producía escalofríos. “¿Qué me deparará el día? ¿Qué nueva vida habré de comenzar?” Miró el reloj angustiada. No, aun quedaban algunas horas.
“Noche, sigues aquí, conmigo. ¿Qué recuerdas de mí? ¿Eres capaz de reconocer a aquella chiquilla que te contemplaba durante horas hasta que por fin el sueño la vencía? ¿Puedes ver en mí algún atisbo del ayer? Noche, sabes bien que no quise convertirme en aquella muñeca de porcelana. Fue la vida quién me jugó una mala pasada para dejarme caer ahora aquí, en esta oscura habitación donde nada es como fue.
¿Merezco de veras este dolor? Fue osado por mi parte lanzarme sin red, pero sabes que necesitaba saltar. Sí, yo me lo busqué. Sabía lo que podía pasar y aun así me lancé de cabeza a algo que desconocía. Supongo que no puedo quejarme si salió mal. Al fin y al cabo también yo fui responsable, yo lo pude evitar, yo pude dirigir mi vida, pero era demasiado fácil dejar que otros la controlaran por mí. Sí, supongo que al final todo se me escapó de las manos, como este cigarrillo se consume entre mis dedos.”
Se giró una vez más hacía el hombre que estaba a su lado.
“Eh, amigo, ¿Sigues durmiendo? Es mejor así. Si despertaras seguramente Me contarías tus penas y yo volvería a olvidarme de mí.
Quizás incluso podría llegar a creer que me enamoraba de ti. ¿No sería fantástico? Dos almas perdidas que se encuentran en la habitación de un hotel de mala muerte. No, sigue así, dormido, sólo un bulto más en la habitación. Simplemente como un cenicero usado. No quieras cobrar vida de repente, romperías esta noche con tus palabras, no me dejarías pensar y al final te maldeciría por haberme vuelto a engañar. No, sigue así, mudo, para que pueda sentir la noche a mi alrededor”
La noche la había visto nacer, la había visto crecer y ahora volvía a estar ahí. “No me juzgues, noche. Sabes que todo lo que hice lo hice por él. Sabes que si hoy estoy aquí es por él. No me digas que no tenía que haberme rendido. Es algo que ya se, pero ¿Acaso podía continuar? Todo estaba perdido ya. Todo estaba muerto. Ya sólo era un recuerdo del pasado, sólo un recuerdo del pasado. No podía convertirme en una reliquia más. Sólo sigue aquí, conmigo, hazme compañía. Noche, hoy no quiero dormir. Mis sueños me hacen recordar, y no aguanto más el dolor.
No, no te vayas aun, espera. Protégeme con tu oscuridad, envuélveme en tu negro manto. Dame el calor de ayer. Déjame sentir un poco de paz. Necesito un poco de paz , sólo eso. Noche, pronto llegará el nuevo amanecer, ya puedo olerlo. Dentro de poco se abrirá una nueva vida para mí, y no se lo que me espera. Quédate no te vayas aun, siento miedo. Aun no estoy preparada para recibir al nuevo día, aun no he recuperado mis fuerzas. El cielo empieza a clarear, falta menos. ¡Noche! Es tan fácil dejarme aquí, sola en esta habitación, en esta cama que no es mi cama, es tan fácil olvidarme..., pero tú no me puedes fallar ahora. ¿Qué me queda si tú no estás?
Noche, dame un último suspiro. Dame la energía suficiente para hacer frente al nuevo día. Noche, unos minutos más, es todo lo que te pido, unos minutos más...”
Un rayo de sol entró tímidamente por la ventana. Ya clareaba. Las luces de neón fueron apagándose y fueron dando paso al brillo de la luz natural .
“Adiós, noche, el día ya está aquí. Gracias por tu compañía. Gracias por iluminar mi realidad. Gracias por hacerme pensar aunque no quería pensar. Ahora se que siempre hay algo en lo que poder contar. Veo tu luz allá arriba, fuera del pozo donde caí. Noche, pronto volveré a ti.”
1996