35 - EN EL MOMENTO DE LA VERDAD
Después de algo más de un mes sin escribir en este blog, me encuentro en una fase de indecisión. De no saber si seguir publicando mis reflexiones y opiniones por la red. A mi me gusta mucho escribir, pero reconozco que ya no tengo la motivación de hace unos meses. Quizás sea porque me siento más libre que antes de navidades, cuando di el paso definitivo de contar mi gran secreto a los míos. Llevaba algunos meses con ganas de comunicárselo a mis padres y mis hermanos, pero no encontraba el momento. El miedo a la reacción me podía, en contradicción con lo que yo pensaba y que ya dejé expresado en el artículo “Miedo a nada”. Al final, y tras releer la reflexión afiancé las ideas y me lancé al ruedo, porque entendía que era el momento. Tenía previsto anunciarlo en la cena de nochebuena. En los días, en incluso en las horas previas no me sentí tenso ni nervioso, a lo mejor porque inconscientemente pensaba que en el último momento me rajaría y no contaría nada. Aguanté hasta el final de la cen y en un momento dado me abstraje de la conversación familiar y me introduje sin quererlo en un conflicto interno sobre si debía decirlo o no. Por supuesto, el no o mi lado racional, podía frente al sí del lado emocional, en esa dura pugna que se libraba en mi cabeza. Sin embargo, cuando mi lado racional se relajó porque se veía con la batalla ganada, el sí cogió fuerza y de improviso ganó el pulso. Fue entonces cuando, con unos nervios a flor de piel, respiré hondo y lo anuncié. “Os tengo que dar un notición”, les dije, ante la atenta mirada de mis familiares. “Soy homosexual”. Debo reconocer que el primer sorprendido por el anuncio fui yo, por la naturalidad con la que lo recibieron. No se me olvidará nunca la respuesta de mi hermana “¿y?”. En ese momento se me vino el mundo abajo. Tantos años agobiado porque no se enteraran y con miedo a la reacción que pudieran tener y compruebo, que a excepción de mi padre, los demás lo vieron con normalidad. Intenté darles explicaciones aunque comprobé que no era necesario, porque me aceptaban tal y como soy. “Para mi no cambia nada que seas gay” dijo mi hermano, quien añadió que “de hecho, yo siendo heterosexual también en la adolescencia tuve algunas dudas, como creo que hemos tenido todos los jóvenes”. Esas palabras me aliviaron. Tanta serenidad me abrumaba, e incluso llegué a preguntarles si lo sospecharon. Me respondieron con toda rotundidad que no. Mi hermana reconoció que en algún momento si se le pasó por la cabeza, por no haber salido nunca con ninguna chica, pero no le dio importancia a ese hecho. Mi madre añadió que creía que mi timidez me impedía relacionarme con mujeres. Pasado algo más de un mes tras comunicar la noticia, me siento satisfecho por haberlo contado. Es como si me hubiera liberado de una tacada de 20 kg que cargaba a mis espaldas. Ahora compruebo cómo los gays mantenemos un estrés permanente durante el tiempo que nos encontramos dentro del armario y lo relajado que se queda uno cuando no se tiene que preocupar de evitar que los suyos descubran la otra vida. Yo nunca me he arrepentido, ni un instante, de haber ligado o vivido una relación con un hombre, sin embargo reconozco que se me quedaba como una sensación de haber “pecado” para los míos. Es reconfortable saber que no lo ven como un delito, aunque en algún caso, como el de mi padre, le cueste aceptarlo. Si en realidad me quiere, no tendrá mas remedio que asumirlo, a pesar de que sus convicciones conservadoras le impidan abrir su mente. Para terminar este artículo, me quedo con una cita del escritor Andre Gide, cuando dice que “lo difícil no es liberarse, sino saber ser libre”.