Un gay en Madrid
Mi vida en Madrid
Acerca de
Me considero una persona atenta, simpática, alegre y viva. Me gusta el placer de la compañía, pero valoro también la soledad no desmesurada. Me encanta el cine. Amo el cine. Y también el amor. Me encanta escribir y conjugar todo lo que quiero en unas palabras. Ansío la libertad y la igualdad y mi mayor temor es perder aquello que uno más desea. Porque me dan miedo el tiempo y los sueños. Y me da miedo una vida vacía. "Odio el silencio que deja tu ausencia..."
Sindicación
 
Solos, muy solos...
Ayer me decidí por perder mi tarde libre en ir al cine y, después, darme una vuelta por Madrid. La película que escogí fue "En la cama", una película chilena que ganó en Valladolid el máximo premio del festival que allí se celebra anualmente.
La historia es muy simple: dos personas (un hombre y una mujer) se encuentran en un café y, allí, deciden irse juntos a un motel a pasar la noche.
Toda la película transcurre en esa habitación del motel. Ellos son los dos únicos personajes que aparecen en la película. Y todo descansa en sus diálogos, en el modo en el que poco a poco se van conociendo.
Y me resultó muy sorprendente (y es verdad) la facilidad que tenemos, en general, de abrirnos ante alguien desconocido, alguien que no nos conoce de nada. A esa persona cuyo pasado desconocemos y cuyo futuro, dilucidamos, también ignoraremos.
Esa persona es, podría decirse así, un purgatorio donde liberarnos de los problemas que agrietan nuestra alma, una redención a una vida atada a la apariencia y a la falsedad.
Con esa persona, somos sinceros. Quizá, al principio, no de forma abosluta, porque normalmente uno nunca dice aquello de lo que más está arrepentido, de lo que más duele hablar (eso también pasa en la película), pero si la conversación fluye por el cauce adecuado, poco a poco todo se va contando a esa persona que escucha y, lo más importante: no valora.
¿Por qué no hacemos lo mismo con la gente que nos rodea? ¿Por qué no hacemos lo mismo con las personas a las que consideramos amigas? Quizá sea por ese engaño que siempre queremos enseñar. Es decir, no mostrar esos puntos vulnerables que todos tenemos (sobre todo, en las experiencias pasadas) para que ello no pueda convertirse algún día en un temor, tras una traición. Y porque, en fin, todos nos sentimos temerosos de que nos muestren el supuesto camino correcto, pero que dudamos coger o no. Porque no todo es tan sencillo como parece desde fuera...
La persona que se ha encerrado conmigo en un motel no valora o, si lo hace, no nos importa su opinión. Al fin y al cabo, es una persona que se ha metido de forma rápida en nuestra vida, sin conocernos de nada, y de la misma manera la abandonará.
Quizá, la existencia de los blogs cumplan la función del compañero desconocido con el que nos encerramos en una habitación. Contamos cosas que a nadie cercano le atreveríamos a contar, porque sería como desnudar nuestra alma, y eso es algo que siempre da miedo, porque nos hace sentir indefensos.
Pero con gente a la que no conocemos y, muy probablemente nunca conoceremos, tenemos la posibilidad de gritar aquello que nos oprime corazón, que atormenta nuestra mente. Es la redención que todos pretendemos conseguir.
Pero en un mundo tan artificial, eso es muy difícil de conseguir. Por eso nos refugiamos en el anonimato de medios de expresión como los blogs, para buscar a ese compañero con el que poder liberarnos de aquello que nos mata por dentro.
Madrid es una ciudad enigmática, pero atrapa su inmensidad. ¡Uno se siente tan pequeño aquí! ¡Y tan sólo a veces! Tanta gente, y parece que uno está solo.
Y deambulamos perdidos por sus calles, intentando encontrar a aquella persona con la que poder sincerarnos. Y hacer que la ciudad y el mundo entero caigan, por unas horas, en el abismo del olvido.
Que sólo exista aquello que hay en el interior de las cuatro paredes de ese motel. Y, lo más importante: que todo quedé allí, todo lo contado, cuando el mundo vuelva a emerger del olvido.
FELIZ FIN DE SEMANA
 
ODIO LOS HALAGOS GRATUITOS
Durante este casi ya largo año que llevo viviendo en Madrid, he tenido "algo" con cuatro chicos. A tres de ellos los conocí en un chat, ese virtual mundo que merece algún día un post para analizar los especímenes y formas de contacto más comunes que existen, porque no tienen desperdicio alguno. Es un mundo aparte, tan atrayente como peligroso. Es un mundo con reglas muy poco explícitas, donde el ingenio, el atrevimiento y las estratagemas cobran una relevancia fundamental. Es una guerra con definición de victorias muy similares: el sexo o el contacto físico mayor posible.
A pesar de todo, sí es un lugar (¿idóneo?) para conocer a gente similar a ti. Pero quien piense que las reglas del juego virtuales se quedan en las pantallas del ordenador, están muy equivocados. Las estratagemas continúan en esa temida cita, en ese encuentro de dos nicks en el mundo real.
Yo he tenido tres citas así. La primera de ellas la recuerdo muy fácilmente. Yo estaba muerto de miedo. Las piernas me temblaban. Era la vez primera que hacía algo así. Estaba convencido de hacerlo, aunque no sabía qué me podía encontrar. O mejor dicho: no sabía qué quería encontrar.
Y encontré a Dani. Un chico de 17 años con el que pasé una conversación agradable en torno a un café. Los nervios, en un efecto contradictorio, se fueron diluyendo en la cafeína y todo fue más fácil de lo previsto.
Pero fue una conversación fría. Amigos, estudios, problemillas, antiguas parejas, tíos... Esa conversación se tornó en una charla forzada, porque para eso nos habíamos citado. Para hablar...
No volví a saber más de él.
No oculto que me quedó un regusto bastante amargo tras esa primera cita.
Pero luego llegaron ellos...
Javi y David. Javi tenía 23 años y vivía en Fuenlabrada. Las pautas fueron las mismas que con Dani: charla en torno a un café (bueno, en este caso, en torno a un "refrigerio de cola".) con los mismos nervios que la primera vez. Pero todo, como en la cita de Dani, se fue haciendo más ameno y relajado, con la diferencia de que empezaba a haber una cierta conexión entre nosotros.
Y todo se hizo mucho mucho más fácil cuando él empezó a halagarme y empecé a sentirme deseado. Que era muy guapo, que era un encanto de persona, que qué pena no haberme conocido antes... Era la primera vez que alguien me entraba (a los 20 minutos de conocernos), por lo que no negaré que me sentí muy a gusto.
David (un chaval de 21 años de Móstoles) hizo lo mismo. Halagos, caricias en los brazos... También pasé una tarde muy agradable con él, charlando de muchas cosas. Quizá, tuvimos la conversación más profunda de todas las que he tenido con gente a la que he conocido en un chat.
PERO TODO ES UN ENGAÑO. Toda la belleza, todo el encanto, todas las caricias se desvanecen tras el primer contacto sexual. BATALLA GANADA. VICTORIA OBTENIDA.
A David no he vuelto a verle hasta la fecha. Y lo de Javi... lo de Javi fue aún peor. Él fue mi primera pareja, con él perdí la virginidad. Todo el romanticismo del cual se había impregnado nuestra relación, se desvaneció tras acostarnos un par de veces. Y los piropos acabaron convirtiéndose en insultos.
Yo no me considero ni guapo ni feo. Soy un chico normal al que le están yendo muy bien las cosas en el tema de ligar desde que estoy en Madrid. Pero me queda el regusto amargo de pensar que todo es, en fin, las consecuencias de la búsqueda de sexo de aquellas personas a las que yo confié un trocito de mi vida, y que cuando me tuvieron, se deshicieron de mí. Un juguete roto.
Por eso, ahora recuerdo con mayor agrado mi cita con Dani. Él no me halagó, no me engatusó para conseguir que yo fuera suyo. Simplemente, fue sincero. Si los otros también lo fueron (que yo soy guapo o que soy una persona especial) pronto se cansaron de mí.
Por eso, siempre que ahora quedo con alguien, me da miedo que, nada más conocernos, me empiezo a llamar "guapo" o "qué persona tan maravillosa eres". He empezado a desconfiar de esas personas, porque quizá sólo es el arma que utilizan cuando apagan las pantallas de su ordenador y se adentran en el mundo real a perseguir un objetivo que saben que con buenas palabras y con insistencia pueden llegar a obtener.
No me siento víctima. Yo también he disfrutado haciendo el amor con ellos. Pero ese no era mi objetivo. O, al menos, no era mi único objetivo.


 
"Disculpen por besar a alguien de mi mismo sexo"
Ese quizá sea el texto del letrero que deberemos colgarnos muy pronto en nuestro pecho para exhibirlo siempre que a nosotros se nos antoje el absurdo deseo de besar a alguien en un lugar público.
Me explico: hoy, en la web de "El País" aparece publicada la noticia de que dos hombres fueron apedreados en una piscina pública de Moratalaz (un barrio de Madrid) por besarse en público. Fueron recriminados por un grupo de gitanos y apedreados y golpeados por los mismos.
http://www.elpais.es/articulo/madrid/hombre/pateado/besarse/piscina/publica/elpepiautmad/20060725elpmad_12/Tes/
Sí, esto ocurre en el 2006. Esto ocurre en, la que se supone, es la ciudad más abierta y liberal de este país. No en un pueblo perdido, sino en pleno Madrid.
Está claro que la integración de la vida gay en el conjunto de la sociedad ha ido aumentando en los últimos años. Pero no nos debemos dejar engañar aún por esa fachada de mentira que muchos se enorgullecen de decir. Por desgracia, TODAVÍA NO HAY IGUALDAD. ¿O es que cuando os besais en público con alguien de vuestro mismo sexo a veces no os señalan y algunos incluso se mofan? Y lo vuelvo a decir: no hablo de pueblos o ciudades pequeñas. Hablo de Barcelona o Madrid.
¿No es Chueca un gueto que se ha construido para refugiarnos de la intolerancia que la rodea? ¿No es el reducto que esta sociedad aún injusta nos permite tener?
¿Por qué debo temer al rechazo o, aún peor, a la violencia cuando sólo quiero exteriorizar mi amor por alguien de mi mismo sexo? ¿Quién se atreve a calificar los distintos amores que puede haber? ¿No existe un sólo amor que es el que nace del deseo y de la sinceridad?
Pues eso. Que me perdonen por besar a alguien de mi mismo sexo en la calle. Pero yo voy a seguir haciéndolo. Ya me cansé de ocultarme.
 
Mi vida sin ti (La inmensidad del vacío que dejas...)
A veces me siento arrastrado hacia la ingravidez de la inexistencia.
¿Cuándo mi vida dejó de ser especial? ¿Cuándo mi vida dejó de tener esperanza? ¿Cuándo mi vida dejó de ser vida?
Deambulo perdido en esta gran ciudad, con los ojos naufragando en la oscuridad. Parece que el mundo se derrite tras mis pasos. Ya nada queda, ya todo desaparece.
Incluso ellos. La gente que se tropieza conmigo por la calle. Aquellos que rozan mi cuerpo, que sienten mi respiración. ¿aprecian que ya estoy muerto?
A veces, me sorprendo buscándote. Lo hago en los ojos de la gente. Te busco sin saberlo. Ha pasado tanto tiempo...
Creo que mi luz se ha apagado,que ya sólo vivo para recordarte. No puedo alzar mi mirada del suelo, porque un mundo sin ti me asusta aún más.
Un mundo en soledad, rodeado de gente, pero sintiéndome vacío, ausente... solo.
Yo sigo perdido, sin saber en qué momento dejaré de vagar por las calles de esta ciudad... buscándote.

 
A veces...
A veces cierro los ojos, queriendo encontrar en la oscuridad de la inexistencia aquello que no encuentro en la realidad.
A veces me dejo caer rendido en mi cama, derrotado en la lucha de buscarte.
A veces me oculto en la oscuridad de mi habitación, sintiendo amenazante el ruido que llega de la calle.
Me siento frágil, asustado, derrotado, perdido... Siento que mi vida se escapa en cada respiración.
Cada día, el mundo parece algo más grande. Y yo, más inferior.
Percibo que estoy condenado a esta existencia irreal de perseguir aquello que perdí. De preguntarme siempre dónde estarás, con quién y por qué no estás conmigo.
A veces, siento deseos de consumirme en vida, rendirme finalmente a mi destino y cerrar los ojos, deseando no despertar.
Porque un mundo sin ti, es un mundo vacío.
Una vida sin ti es algo que yo no quiero vivir.
Qué lejos quedan ya aquellos días...


 
Una noche más
Ayer, mientras tú no estabas, sentí el silencio gravitando sobre mí. Me sentía vacío, solo, ahogado en el recuerdo que tú me dejaste...
Yo que te creía inalcanzable, un sueño frustrado, un silencio ahogado, una luz apagada... te convertiste en una posibilidad real, cargada de expectativas, aunque de fragil futuro.
Y estos pensamientos me atormentaban. Y no estabas tú para resolverlos. ¿volverías esa noche a mi cama?
A cada segundo, mi deseo aumentaba. Necesitaba volver a sentir tu calor, tus abrazos, tu cuerpo oprimiendo el mío. Necesitaba sentirte cerca de mí de nuevo. Necesitaba sentir que eras mío de nuevo.
Necesitaba sentir que volvías a estar dentro de mí.
Odio la noche, porque me siento perdido en su oscuridad. Y odio esta noche, porque me siento perdido sin ti.
Y solo, caí en el sueño. Y allí, volví a sentir tus abrazos y mis labios besando tu rígido cuerpo. Y volviste a ser mío. Y tú... volviste a estar conmigo.
Una noche más.

 
Creemos en la creencia de nuestra existencia
Creemos vivir en el lugar infinito de la vida, en el espacio imperecedero por el que deambulamos ansiando encontrar el camino que buscamos recorrer.
No somos conscientes de que nuestras huellas se borran a cada paso que damos, que nuestro recuerdo se difumina con el paso del tiempo.
Creemos vivir una vida feliz, cuando en realidad nuestra vida está más vacía que el infinito por el cual seguimos perdidos.
Buscando a aquella persona, aquel momento por el cual creemos que hemos nacido.
Intentamos atrapar el significado de nuestra existencia, que nace y muere en el latido de otro corazón, en la existencia de aquél con el cual hemos soñado.
El sueño de encontrarle llena este infinito que cada vez se hace más inmenso.
Y nos abandonamos a nuestra suerte, cansados ya de buscar aquello que parece imposible de encontrar en este infinito.
Pero siempre encontramos aquella energía que nos devuelve a la búsqueda, que nos anima a seguir caminando.
Esa energía es la sensación de dar a la vida esa oportunidad que se merece. La oportunidad para que la vida sea vida.

 
Soy...
Soy nómada que se deja llevar por el viento que agitas, agua que se desliza por tus manos.
Soy oscuridad prendida, silencio entre el ruido.
Soy tierra frágil, dolor inocuo.
Tú, sólo tú, me has robado la esencia. Me has despojado de lo que me hacía ser. Ahora sólo soy el aire que respiras, el servil que vive a merced del latido de tu vida.
Ya no concibo mundo sin ti. Ya no me concibo sin tu existencia. Me has atrapado y me has atado a desearte siempre.
Y mi única redención, mi único LENITIVO, es permanecer siempre contigo, sentir tu calor, observarte aunque sea en la distancia.
Yo ya no soy yo. Ahora sólo soy el abrazo que aún no te he dado, el beso que aún no ha acariciado tu mejilla.
Y sigo esperando...

 
Nada más llegar a esta ciudad...
Hola amigos.
Siento que soy como el anfitrión de una fiesta a la que habéis acudido sin saber nada de mí. Permitidme que me presente.
Me llamo Javier, tengo 19 años y soy natural de Aragón, aunque llevo un año viviendo en Madrid.
Mi sueño siempre fue venir aquí, a estudiar la carrera que siempre he deseado hacer. Me costó mucho trabajo lograrlo, pero finalmente aquí estoy. Y el cambio no me ha supuesto gran problema, pues me he sabido adaptar muy bien.
Aquí, mi vida se ha transformado. He hecho nuevos amigos, he empezado una vida universitaria... y me he liberado.
Liberado en el sentido más literal. Porque salir del armario me ha supuesto una liberación que yo deseaba desde hacía largo tiempo.

No creais que hablaré de mi vida. O al menos no de una forma directa. A mí no me gusta hablar de mí. Lo que aquí incluiré serán escritos (me encanta escribir), opiniones y todo aquello que me salga del corazón.
Madrid es una ciudad inmensa, donde entre la multitud, uno puede sentirse solo.
Ahora, al menos, tengo un lugar, un pequeño reducto donde liberar todas las emociones que guardo en mi interior.
Salir del armario... una vez más.