Un gay en Madrid
Mi vida en Madrid
Acerca de
Me considero una persona atenta, simpática, alegre y viva. Me gusta el placer de la compañía, pero valoro también la soledad no desmesurada. Me encanta el cine. Amo el cine. Y también el amor. Me encanta escribir y conjugar todo lo que quiero en unas palabras. Ansío la libertad y la igualdad y mi mayor temor es perder aquello que uno más desea. Porque me dan miedo el tiempo y los sueños. Y me da miedo una vida vacía. "Odio el silencio que deja tu ausencia..."
Sindicación
 
Disparar al aire
El suceso de ayer en la Universidad de Virginia (EEUU) me reconduce a dos referencias cinematográficas. La primera de ellas es la inteligente película del cineasta Gus Van Sant, "Elephant", en la cual de una forma muy experimental se pretende reflejar la tragedia que aconteció en Columbine, en 1999, donde en un instituto de enseñanza media fueron asesinadas doce personas. Muy paralelamente, el poémico Michael Morre radiografió a la sociedad norteamericana en el tema de la pertenencia de armas en el documental "Bowling for Columbine", que acabó llevándose un Oscar. Las dos son películas imprescindibles para entender sucesos como el de ayer, o la locura que lleva a millones de personas a guardar un arma en el trasfondo de un armario o debajo de la cama.
Mientras los norteamericanos se preguntan qué han hecho mal para que una persona, uno de ellos, sea capaz de cometer una salvajada de tales proporciones; el resto de nosotros nos preguntamenos cómo el país más desarrollado y "civilizado" del mundo, permite la libre posesión de armas. "Una milicia bien regulada, en caso de ser necesaria para mantener la seguridad de un Estado libre, el derecho de la gente a tener y portar armas, no debe ser infringido", dice la segunda enmienda de su Constitución. Y los americanos la cumplen: casi la mitad de las familias estadounidenses tienen rifles o pistolas para protegerse. ¿Protegerse de qué?
El estudioso Zygmunt Bauman, en su libro "Vidas desperdiciadas: La modernidad y sus parias", plantea algo muy interesante. Una vez que "Dios ha muerto", que la religión ha perdido el poder de amedrentación social, el poder busca nuevas formas para controlar su soberanía. Y en la época postmodernista, ese poder de influencia, ese instrumento de dominación no es sino el miedo y la inseguridad. Se infunde a la gente el temor de poder ser agredidos, se necesita que los ciudadanos crean que su Gobierno les defiende del enemigo. Pero, ¿ese enemigo en realidad existe, o sólo es una invención necesaria?
Hace sólo unos días, el gobierno argelino desautorizó a Norteamérica por intentar, según ellos, crear temor entre sus ciudadanos ante nuevos ataques islamistas. Es sólo un ejemplo externo de algo que se vive en su mayor plenitud dentro del territorio nortamericano. A raíz del 11-S, pero mucho antes incluso, el miedo y la inseguridad han sido las poderosas armas estratégicas del gobierno de Bush. Basta recordar que la campaña de su reeleción como presidente se basó casi de forma exclusiva en la lucha contra el terorrismo. Hay que decirle a la gente que está en peligro, que el enemigo quiere hacerles daño. Los níveles de emergencia suben y bajan sin sentido alguno. Y como los ciudadanos tienen miedo, corren apresuradamente a comprar armas para sentirse protegidos, para intentar conciliar mejor el sueño con una pistola bajo la almohada.
¿Por qué ocurren hechos como los de Virginia? Al margen de la locura personal, estos hechos ocurren por la tremenda laxitud con la que se toma un tema tan serio como la posesión de armas. "Es tan fácil de entender que, sin pistolas o fusiles, la matanza de ayer hubiera sido mucho más difícil de consumar", expresa hoy un periodista en "El País". Una opinión totalmente asumible para la mayoría. Pero, ¿cómo no correr a la compra de un arma, si nuestro Gobierno, a quien le dedicamos nuestra plena confianza, nos avisa de que vivimos constantemente bajo peligro?
La seguridad se ha convertido en el mejor arma de los gobiernos. Un arma mucho más terrorífica que la suma de todas las existentes en el mundo. Es capaz de provocar "guerras preventivas" como las de Irak. Y también, en consecuencia, un suceso tan horrible como el de ayer.
 
Cadáveres enajenados
16 de abril de 2007
Ayub Raydi se inmoló el pasado 10 de abril en Casablanca (Marruecos), llevándose consigo la vida de un policía. Antes de ayer, dos hermanos, atemorizados por su posible detención tras la caída de los jefes de la célula islámica a la cual servían, decidieron poner fin a sus vidas enfrente del consulado de EEUU en Marruecos. Por fortuna, no hubo víctimas inocentes.
Desde hace algo más de un mes, el terrorismo integrista avanza en la zona del Magreb. Marruecos y Argelia han sido los dos países que más han sufrido este avance. Cabe reseñar, por ejemplo, que el día 11 de abril, en Argel, un atentado con coche bomba delante de la sede de la Presidencia del Gobierno sesgó la vida de 33 personas. Parece ser que el integrismo ya se ha extendido por tierras más allá de Irak o Afganistán y que, de forma lenta pero amenazante, se va asentando poco a poco en estos nuevos países. ¿Cuál es el caldo de cultivo que alimenta esta expansión? La clave se encuentra en la relación que une a Ayub Raydi con los dos hermanos que se inmolaron el sábado.
Y esa relación se llama “Shaquila”, pero tiene muchos otros nombres. Son barrios o, ni siquiera, extensiones de terreno donde la pobreza y el olvido se han adueñado de cada metro de tierra. Un artículo publicado ayer por el diario “El País” narraba cómo se vive allí. Lo poco que hay son chabolas diminutas, sin ventanas ni agua corriente. Dentro de ellas, no hay camas ni muebles, porque no caben en tan ínfimas dimensiones. Dos solares sirven como terreno de juego para el fútbol de los más jóvenes. De esta zona, eran Ayub y los dos hermanos que se suicidaron el sábado. Las condiciones en las que han crecido y han vivido durante toda su vida les han convertido en el objetivo perfecto de captación de las células islamistas. Los mártires necesarios de la yihad. Si uno vive en el infierno, ¿qué más da otorgar su vida por esa “justa” causa? Son jóvenes desesperanzados, cansados, sin sueños que perseguir, porque cualquier sueño se antoja imposible. Están en una calle sin bifurcaciones, caminando por ella hasta llegar al muro que la corta. Y después, sólo queda volver e iniciar de nuevo ese duro camino de la rutina entre la pobreza y la falta de oportunidades.
A los primermundistas, y sobre todo a España por eso de la cercanía geográfica, se nos ha puesto de nuevo el nudo en el estómago, observando como la amenaza islamista se extiende sin detenimiento. El gobierno español ya ha impuesto fuertes medidas de seguridad en las zonas fronterizas a Ceuta y Melilla. Quieren evitar la circulación de esta ideología dentro del país. El PP, en su dialéctica oportunista, exige más seguridad, no vaya a ser que vuelva a ocurrir otro 11-M, ahora que ya sí se toman en serio lo del terrorismo islámico, sobre todo cuando les costó unas elecciones…
Pero, ¿para cuándo EEUU, España, y el resto de países occidentales se van a dar cuenta de que no es Al Qaeda quien de verdad fomenta esta expansión? ¿Cuándo se darán cuenta de que la pobreza a la cual están sometidas estas zonas es de verdad el factor clave que fomenta el terrorismo integrista? Estas zonas han sido las grandes olvidadas por las potencias, y ahora el fruto que recogen es sólo el aviso de esos desesperanzados, de esos olvidados, de esos apartados que, sin dar valor alguno a su vida, deciden rendir cuentas a su manera. Y a nosotros sólo nos queda protegernos, atrincherarnos en nuestra jaula de oro, esperando que no ocurran pesadillas como el 11-M. Pero tras las fronteras, el odio se sigue fomentando, y el tablero de juego ahora lo dominan aquellos que se valen de los cadáveres vivientes, los juguetes rotos de un Occidente que recoge lo que ha sembrado. Las verdaderas víctimas se llaman, por ejemplo, Ayub Raydi, y viven en zonas como Shaquila. Allí es donde se encuentran las amenazas manifiestas de ese terrorismo islámico. El siguiente suicida procederá de allí. Lo sabemos. Al igual que sabemos el eje central del problema. Pero preferimos dar la espalda al verdadero problema y gastar el dinero en protegernos de algo que nosotros mismos hemos creado. Evitar la pobreza sigue siendo una solución olvidada.