El suicidio amoroso
Caí en la cuenta, cuando aún no había anochecido, que todo aquello que vemos a través de nuestros ojos, no es nada más que cera que se derrite bajo este sol tan intenso. Siento que el suelo se cae bajo mis pies, que caigo precipitado a una oscuridad extrema, donde mis ojos no pueden vislumbrar ni un atisbo de luz, nada de esperanza que mantenga viva la esperanza de que la caída se detendrá. Pero hay un momento donde, perdida toda fe, te dejas caer, aun sabiendo que el golpe será tan fuerte como mortal, que morirás con los ojos despiertos, en medio de un dolor interior que te oprimirá el corazón hasta reventarlo.
No tengo alma. Soy como un fantasma que deambula perdido por las calles. Cubro mis ojos con esas gafas de sol que me alejan del mundo exterior. Me siento solo, pero a la vez busco seguir solo. Me quejo por quejarme. Lloro por llorar. Pero sé que hay algo dentro que me sigue precipitando hacia ese vacío del que tanto huyo, pero a la vez tanto me atrae.
A veces, quiero entregarme a la perdición, a dejar de ser yo, y convertirme en el otro Javier que habita dentro de mí, pero que no se atreve a salir. Un Javier más artificial, con menos sentimientos.
Joder, que duro es todo cuando parece que uno no lleva las riendas de su vida. Cuando te sientes como un caballo desbocado que se dirige hacia ese precipicio.
He muerto y he resucitado... pero sigo tan perdido como siempre. Las luces han vuelto a apagarse. Y la humedad de mi cuerpo entre las sábanas diagnostican una enfermedad incurable: mal de amores.
No tengo alma. Soy como un fantasma que deambula perdido por las calles. Cubro mis ojos con esas gafas de sol que me alejan del mundo exterior. Me siento solo, pero a la vez busco seguir solo. Me quejo por quejarme. Lloro por llorar. Pero sé que hay algo dentro que me sigue precipitando hacia ese vacío del que tanto huyo, pero a la vez tanto me atrae.
A veces, quiero entregarme a la perdición, a dejar de ser yo, y convertirme en el otro Javier que habita dentro de mí, pero que no se atreve a salir. Un Javier más artificial, con menos sentimientos.
Joder, que duro es todo cuando parece que uno no lleva las riendas de su vida. Cuando te sientes como un caballo desbocado que se dirige hacia ese precipicio.
He muerto y he resucitado... pero sigo tan perdido como siempre. Las luces han vuelto a apagarse. Y la humedad de mi cuerpo entre las sábanas diagnostican una enfermedad incurable: mal de amores.