EXPERIENCIA EN SEVILLA
Antes de nada quiero aclarar que me considero un tipo de lo mas normal (teniendo en cuenta que segun mi propia teoria lo mas normal es que a la inmensa mayoria de los tios le gustaria liarse alguna vez con otro tio) Así que yo estoy dentro de ese alto porcentaje de chavales que mantienen una vida completamente heterosexual, que incluso tienen cierta fama de ligones con las tias (estoy saliendo con una chavala bastante guapa), pero que en lo mas intimo de sus pensamientos y deseos esta el montarselo con algun tio de vez en cuando.
El problema es que entre que la vida heterosexual exige unos comportamientos y que las oportunidades de llevar a la practica las fantasias con otro tio brillan por su ausencia un servidor tiene que matarse a pajas cuando se decide a pensar en un amigo en vez de una tia.
Yo no es que pueda decir que no tengo experiencias de cama con otro chaval pues mentiria, pero lo cierto es que puedo contar esas experiencias con los dedos de una mano y me sobran 2 dedos.
La primera vez con un tio fue terminando el instituto, con mi mejor amigo, de esos amigos que lo son desde chiquititos, y despues se hacen inseparables. Los 2 estudiabamos muchas veces juntos los examenes, pues a parte de aydarnos mutuamente en algunas asignaturas nos resultaba mas agradable. La verdad es que este chico esta buenisimo y a mi me encantaba verlo en calzoncillos o en pelotas en el vestuario del colegio cuando haciamos gimnasia. Alguna vez nos habiamos masturbado juntos viendo una peli porno (heterosexual) pero cada uno con su rabo, y ademas habia otros chicos. Bueno el caso es que era de madrugada, estabamos solos en mi casa, era sabado y hacia calor, mis padres y demas se habian ido a la playa a pasar el fin de semana. Estudiabamos los examenes de selectividad y andabamos cansados. Dejamos de estudiar a eso de las 3 de la mañana y nos pusimos a beber cubatas y escuchar musica.La verdad es que estabamos un poco bebidos pero sabiamos muy bien lo que haciamos. Nos pusimos a jugar al poker y al rato a el se le ocurrio que podiamos apostarnos ropa en vez de garbanzos (que era lo que estabamos utilizando). A mi me parecio bien teniendo en cuanta que estaba mas caliente que el palo de un churrero, y que mi amigo me gustaba, asi que me encantaria verlo ligerito de ropa.
Bueno todo transcurrio normalmente (y la temperatura de mi cuerpo cada vez mas alta). Era una situacion muy morbosa eso de ir perdiendo ropa y que el otro tambien fuese desprendiendose de la camiseta, los calcetines, etc. Yo estaba un poco preocupado pues temia que mi amigo comprendiese que a mi me gustaban tambien los tios si me veia el bulto que aparecia en mi entrepierna (pues estaba empalmado y la tenia dura como una piedra). Pero me tranquilice al darme cuenta de que el estaba igual. Mi amigo Javi perdio el pantalon y tuvo que quedarse en calzoncillos. Por mucho cuidado que tuvo no pudo impedir que bajo la tela de su calzoncillo se notase que estaba con la polla tiesa, y eso solo podia significar que a el tambien le iba el rollo.
No se muy bien como nos atrevimos a proponernos a hacernos una paja el uno al otro, y eso hicimos. Fue la primera vez que le cogia la polla a un tio y ese tio era mi mejor amigo y ademas me gustaba un monton (despues Javi me confeso que yo a el tambien).
La segunda vez fue tambien con mi amigo. Tampoco fue premeditado (aunque los dos hicieramos lo posible porque ocurriese).
Esta vez nos trevimos a ahcer mas cosas, pues queriamos comprobar hasta que punto nos gustaba todo esto, y deseabamos experimentar la mayoria de nuestras fantasias (los dos teniamos imaginacion y dese hacia tiempo manteniamos ciertas fantasias sobre que hacer con otro tio).
Pasamos toda lo noche juntos, nos besamos en la boca (fue muy excitante), nos chupamos mutuamente la polla, hicimos nuestro primer 69 -por mi parte el unico con un tio-, nos abrazamos, nos chupamos los huevos, el culo, etc ¡en fin! cro que hicimos de todo excepto la penetracion.
Con mi amigo disfrute tanto o mas que cuando lo hacia con mi novia. Mi amigo tambien tenia novia y no le iba nada mal con ella.
Despues del verano Javi se fue a vivir con su familia a Bilbao (somos de Sevilla) tal como tenian planeado, asi que no pude seguir viendole como hasta entonces, aunque mantenemos el contacto claro.
Actualmente esta en la misma situacion que yo, es decir le encantan las tias pero tambien los chicos.
La tercera experiencia (tercera y ultima hasta el momento) fue en una playa de Rota (Cadiz). A mi me encanta pasear por la playa, a menudo solo, y en Rota hay una playa preciosa, sin urbanizar, enorme con unos grandisimos pinares que solo estan separados de la arena y el mar por una gran duna movil, similar a las que hay en Doñana. Bueno pues era por la tarde y se me ocurrio subir a las dunas y bajar hasta los pinos. Eso hice, y al cabo del rato como se estaba alli de maravilla me tumbe en la arena bajo un pino.
Al rato de estar alli aparecio un chaval de unos 20 ó 21 años, guapisimo que me pidio fuego, yo no tenia asi que el chaval se disculpo y se fue, pero se tumbo bajo otro pino a unos diez o quince metros frente a mi. En aquel inmenso pinar no parecia haber nadie mas, y las dunas atenuavan el ruido de las olas o delos coches de la carretera cercana.
Como podeis imaginar mis ojos no quitaban ni un instante de vista al achaval, y mi mente calenturienta empezaba a imaginar montones de cosas.
El chaval tambien se fijaba en mi, pero ninguno de los dos hacia nada mas.
Al rato se levanto y vino hacia mi a preguntarme la hora. Como yo no tenia volvio a irse. Yo creo que el chaval estaba tan cortado o mas que yo. Volvio a pedirme perdon por molestarme y se fue a su pino.
Paso otro buen rato y de repente el tio empezo a sobarse el bañador por la parte de su polla y sus huevos.Parecia que lo hacia distraidamente, y no me miraba a mi, pero estaba clarisimo que comenzaba a masturbarse, y que lo que pretendia era excitarme a mi. Y lo habia conseguido, porque mi polla empezo a crecer bajo la ropa y mi bañador empezo a quedarse pequeño. Yo tamnien me estaba sobando el paquete y asi continuamos hasta que el saco su rabo al aire y ya estaba claro que se estaba haciendo una paja de campeonato.
Bueno yo hice lo mismo y asi otro buen rato super excitante, hasta que el de nuevo tomo la iniciativa y se vino hacia donde yo estaba y me propuso que nos hicieramos esa paja el uno al otro. ¡Por supuesto que acepte! Hacia calor, asi que terminamos desnudos completamente escondidos tras unas matas por si aparecia alguien. Me la chupo pero yo no me anime a chuparsela a el (tonto de mi) me dio algo de palo, pero nos lo pasamos muy bien y la corrida fue bestial.
Fue una buena y excitante experiencia, y la ultima hasta hoy. no es que este buscando desesperadamente tener mas pero confieso que no me importaria repetir.
Me considero un bisexual que mantiene mas relaciones heterosexuales que homosexuales sobre todopor exigencias sociales (digo yo) al menos de momento paso que los mios sepan nada de estos gustos.
Tal vez este verano con Javi pueda pasar algo aunque sospecho que no tendremos mucha ocasion ya que estaran las chicas por aqui, pero la verdad me encantaria, tampoco nos dio mucho tiempo a experimentar una vez que nos descubrimos el secretillo, ya veremos, sin presionar a ver si le insinuo algo si el no lo hace antes, lo que no quiero es rayarle y perder la amistad.
Bueno saludos.
Antonio
El problema es que entre que la vida heterosexual exige unos comportamientos y que las oportunidades de llevar a la practica las fantasias con otro tio brillan por su ausencia un servidor tiene que matarse a pajas cuando se decide a pensar en un amigo en vez de una tia.
Yo no es que pueda decir que no tengo experiencias de cama con otro chaval pues mentiria, pero lo cierto es que puedo contar esas experiencias con los dedos de una mano y me sobran 2 dedos.
La primera vez con un tio fue terminando el instituto, con mi mejor amigo, de esos amigos que lo son desde chiquititos, y despues se hacen inseparables. Los 2 estudiabamos muchas veces juntos los examenes, pues a parte de aydarnos mutuamente en algunas asignaturas nos resultaba mas agradable. La verdad es que este chico esta buenisimo y a mi me encantaba verlo en calzoncillos o en pelotas en el vestuario del colegio cuando haciamos gimnasia. Alguna vez nos habiamos masturbado juntos viendo una peli porno (heterosexual) pero cada uno con su rabo, y ademas habia otros chicos. Bueno el caso es que era de madrugada, estabamos solos en mi casa, era sabado y hacia calor, mis padres y demas se habian ido a la playa a pasar el fin de semana. Estudiabamos los examenes de selectividad y andabamos cansados. Dejamos de estudiar a eso de las 3 de la mañana y nos pusimos a beber cubatas y escuchar musica.La verdad es que estabamos un poco bebidos pero sabiamos muy bien lo que haciamos. Nos pusimos a jugar al poker y al rato a el se le ocurrio que podiamos apostarnos ropa en vez de garbanzos (que era lo que estabamos utilizando). A mi me parecio bien teniendo en cuanta que estaba mas caliente que el palo de un churrero, y que mi amigo me gustaba, asi que me encantaria verlo ligerito de ropa.
Bueno todo transcurrio normalmente (y la temperatura de mi cuerpo cada vez mas alta). Era una situacion muy morbosa eso de ir perdiendo ropa y que el otro tambien fuese desprendiendose de la camiseta, los calcetines, etc. Yo estaba un poco preocupado pues temia que mi amigo comprendiese que a mi me gustaban tambien los tios si me veia el bulto que aparecia en mi entrepierna (pues estaba empalmado y la tenia dura como una piedra). Pero me tranquilice al darme cuenta de que el estaba igual. Mi amigo Javi perdio el pantalon y tuvo que quedarse en calzoncillos. Por mucho cuidado que tuvo no pudo impedir que bajo la tela de su calzoncillo se notase que estaba con la polla tiesa, y eso solo podia significar que a el tambien le iba el rollo.
No se muy bien como nos atrevimos a proponernos a hacernos una paja el uno al otro, y eso hicimos. Fue la primera vez que le cogia la polla a un tio y ese tio era mi mejor amigo y ademas me gustaba un monton (despues Javi me confeso que yo a el tambien).
La segunda vez fue tambien con mi amigo. Tampoco fue premeditado (aunque los dos hicieramos lo posible porque ocurriese).
Esta vez nos trevimos a ahcer mas cosas, pues queriamos comprobar hasta que punto nos gustaba todo esto, y deseabamos experimentar la mayoria de nuestras fantasias (los dos teniamos imaginacion y dese hacia tiempo manteniamos ciertas fantasias sobre que hacer con otro tio).
Pasamos toda lo noche juntos, nos besamos en la boca (fue muy excitante), nos chupamos mutuamente la polla, hicimos nuestro primer 69 -por mi parte el unico con un tio-, nos abrazamos, nos chupamos los huevos, el culo, etc ¡en fin! cro que hicimos de todo excepto la penetracion.
Con mi amigo disfrute tanto o mas que cuando lo hacia con mi novia. Mi amigo tambien tenia novia y no le iba nada mal con ella.
Despues del verano Javi se fue a vivir con su familia a Bilbao (somos de Sevilla) tal como tenian planeado, asi que no pude seguir viendole como hasta entonces, aunque mantenemos el contacto claro.
Actualmente esta en la misma situacion que yo, es decir le encantan las tias pero tambien los chicos.
La tercera experiencia (tercera y ultima hasta el momento) fue en una playa de Rota (Cadiz). A mi me encanta pasear por la playa, a menudo solo, y en Rota hay una playa preciosa, sin urbanizar, enorme con unos grandisimos pinares que solo estan separados de la arena y el mar por una gran duna movil, similar a las que hay en Doñana. Bueno pues era por la tarde y se me ocurrio subir a las dunas y bajar hasta los pinos. Eso hice, y al cabo del rato como se estaba alli de maravilla me tumbe en la arena bajo un pino.
Al rato de estar alli aparecio un chaval de unos 20 ó 21 años, guapisimo que me pidio fuego, yo no tenia asi que el chaval se disculpo y se fue, pero se tumbo bajo otro pino a unos diez o quince metros frente a mi. En aquel inmenso pinar no parecia haber nadie mas, y las dunas atenuavan el ruido de las olas o delos coches de la carretera cercana.
Como podeis imaginar mis ojos no quitaban ni un instante de vista al achaval, y mi mente calenturienta empezaba a imaginar montones de cosas.
El chaval tambien se fijaba en mi, pero ninguno de los dos hacia nada mas.
Al rato se levanto y vino hacia mi a preguntarme la hora. Como yo no tenia volvio a irse. Yo creo que el chaval estaba tan cortado o mas que yo. Volvio a pedirme perdon por molestarme y se fue a su pino.
Paso otro buen rato y de repente el tio empezo a sobarse el bañador por la parte de su polla y sus huevos.Parecia que lo hacia distraidamente, y no me miraba a mi, pero estaba clarisimo que comenzaba a masturbarse, y que lo que pretendia era excitarme a mi. Y lo habia conseguido, porque mi polla empezo a crecer bajo la ropa y mi bañador empezo a quedarse pequeño. Yo tamnien me estaba sobando el paquete y asi continuamos hasta que el saco su rabo al aire y ya estaba claro que se estaba haciendo una paja de campeonato.
Bueno yo hice lo mismo y asi otro buen rato super excitante, hasta que el de nuevo tomo la iniciativa y se vino hacia donde yo estaba y me propuso que nos hicieramos esa paja el uno al otro. ¡Por supuesto que acepte! Hacia calor, asi que terminamos desnudos completamente escondidos tras unas matas por si aparecia alguien. Me la chupo pero yo no me anime a chuparsela a el (tonto de mi) me dio algo de palo, pero nos lo pasamos muy bien y la corrida fue bestial.
Fue una buena y excitante experiencia, y la ultima hasta hoy. no es que este buscando desesperadamente tener mas pero confieso que no me importaria repetir.
Me considero un bisexual que mantiene mas relaciones heterosexuales que homosexuales sobre todopor exigencias sociales (digo yo) al menos de momento paso que los mios sepan nada de estos gustos.
Tal vez este verano con Javi pueda pasar algo aunque sospecho que no tendremos mucha ocasion ya que estaran las chicas por aqui, pero la verdad me encantaria, tampoco nos dio mucho tiempo a experimentar una vez que nos descubrimos el secretillo, ya veremos, sin presionar a ver si le insinuo algo si el no lo hace antes, lo que no quiero es rayarle y perder la amistad.
Bueno saludos.
Antonio
Mis compañeros de residencia
Era mi tercer año en la universidad, pero el primero en aquella residencia. La habitación estaba bien. Era espaciosa, estaba muy bien equipada y el campus era agradable. Me quedaba muy cerca de la universidad y también del centro, así que no era un mal negocio a pesar del precio.
En la habitación había una pequeña cocina y un fregadero, pero el cuarto de baño lo compartía con los dos chicos de las dos habitaciones de al lado: cada habitación tenía una puerta que daba sobre el baño completo. Aunque estaba bien equipado, no había toda la intimidad que se hubiese podido desear, pero a mis dos compañeros y a mi tampoco nos importaba demasiado.
Mateo es pequeño, delgado y no especialmente musculoso. Tiene unos ojos verdes preciosos y muy especiales, así como turquesa oscuro. Siempre viste muy a la moda (algo pijo si que es) y nadie puede negarme que es muy guapo. Era su primer año en la universidad; estudiaba matemáticas y apenas tenia 17 años.
William es un estudiante inglés. Llevaba un año en la universidad y había decidido quedarse. Tiene una cara un tanto especial. Muchos dirían que es feo: tiene los dientes separados entre si, las orejas de soplillo, es pelirrojo y pecoso. Sin embargo su cara siempre me ha producido un morbo especial. Recuerdo que a veces bromeábamos diciendo que podía presentarse a un casting en las compañías esas que buscan modelos feos. El estaba en cuarto año de Relaciones Internacionales o algo así.
Fue en William en quien me fijé primero. Yo soy bisexual pero nunca me había atrevido a nada con un chico, me había limitado a mis fantasías. No obstante William me producía un morbo terrible y a veces hasta me quedaba un poco como atontado mirandole.
Rápidamente entablamos confianza. Los dos eran muy majos y enseguida hicimos buenas migas. A los diez días de conocernos hicimos la que seria la primera de un gran número de cenas los tres solos aquel año. La hicimos en la habitación de William, que estaba del otro lado del baño frente a mi puerta (la de Mateo daba al baño por uno de los lados).
Mateo se encargó de la comida (bromeamos diciéndole a William que los ingleses no sabían cocinar, aunque luego resultó ser un excelente cocinero). No fue un banquete de boda, pero estaba bueno y lo importante no era la comida sino el ambiente. Nos lo pasamos muy bien los tres juntos y a partir de entonces fuimos casi inseparables.
La rutina de la universidad se instaló rápidamente. Yo tenia cada vez mas cosas que hacer y menos tiempo para hacerlas, pero seguía saliendo con mis amigos, con los colegas de la universidad y con mis dos compañeros de la residencia. Solíamos cenar en la habitación de uno de los tres y luego salir por ahí.
Una noche de finales de octubre hacia mucho frío y decidimos quedarnos en la habitación después de cenar. Bebimos mucho, demasiado. Acabamos los tres diciéndonos lo mucho que nos queríamos tumbados sobre la alfombra de la habitación de Mateo.
Al cabo de un rato Mateo cayó rendido en su cama. Yo era el que estaba en mejor estado –dentro de lo que cabe- y acabé convenciendo a Will para que se fuera a su habitación. Le acompañé y entre risas seguimos hablando un rato. El se había tumbado en su cama, yo estaba tumbado a los pies de ésta, apoyado contra la pared. Al cabo de un rato me di cuenta de que Will se había quedado dormido oyéndome hablar.
Le mandé a la mierda y decidí irme a mi cuarto. Cuando me estaba levantando Will se movió, patoso, y me dio una patada sin querer. Me di cuenta de que llevaba las botas puestas y decidí quitárselos, para que estuviese más cómodo. No fue nada fácil, los cierres eran muy difíciles de abrir (y yo no estaba como para andar descubriendo nuevas formas de desatar zapatos). Ya que estaba, decidí quitarle la camisa para meterle en la cama. Para mi sorpresa, Will no tenía ni un pelo en el pecho. Era más bien blandengue, pero no tenía ni un gramo de grasa de más. Le quité los vaqueros (toda una hazaña en aquellas condiciones).
Hasta entonces había actuado sin malicia. Sin embargo me di cuenta de repente que lo tenia delante de mi casi desnudo e inconsciente. La situación me excitó mucho, pero me volví a mi habitación a regañadientes. Dudé tanto que cuando estaba a punto de echarme en mi cama, cambié de opinión. Volví al cuarto de Will, que estaba iluminado solo con la lámpara de su mesilla de noche. Parecía completamente rendido. Aparté las sabanas, que de todas formas apenas le cubrían y observé su cuerpo delgado y su cara dormida que tanto morbo daba.
Me fijé en sus feos gallumbos rojos. Eran unos bóxer gastados de los que se veían salir algunos pelos rubios y pelirrojos. Solo de estar en esa posición mirando a mi amigo me estaba poniendo bastante caliente, y empecé a notar que se me ponía morcillona. Envalentonado por el calentón y la borrachera me puse de rodillas junto a la cama (para tambalearme lo menos posible) e intenté desabrocharle el bóxer.
Era realmente raro, una especie de pantalón corto demasiado largo. Tenia botones desde arriba del todo hasta abajo, lo que hacia que se abriese como un verdadero pantalón. Comencé a desabotonar el bóxer intentando que lo notara lo menos posible. Al cabo del tercer botón empecé a ver la base de su pene envuelto en abundante pelo. A medida que seguía bajando y desabrochando los botones me daba cuenta de algo que me dejo de piedra: el tamaño de su pene.
Estaba completamente en reposo y aun así era muy ancho y largo. Acabe por desabrocharle todos los botones y aun así no conseguía verle la punta de la polla. Es la mayor polla que haya visto nunca. Deseando verla entera, me decidí a sacársela de los gallumbos. Entonces entendí por qué esa prenda era tan larga: era la única forma de cubrir semejante herramienta. Al sentir el contacto con mi mano su verga reaccionó y se puso morcillona. Le aparte un poco la piel y se la meneé apenas. Se puso completamente recta, apuntando al techo. La verdad es que erecta tenía un tamaño apenas superior a su estado de reposo; la diferencia es que ahora estaba muy dura. Intenté abarcarla con la mano y no lo conseguí.
Yo no podía más de la excitación, pero no me atrevía a hacerle nada más por temor a que se despertase. Me abrí los pantalones y me bajé los calzoncillos. El simple hecho de tener aquel espectáculo delante de mi hacia que aquella fuese la mejor paja que me había hecho hasta entonces. Su polla estaba a apenas unos centímetros de mi cara, brillante, palpitante, aromática, jugosa. No pude resistirlo y sin dejar de masturbarme acerqué mi boca a aquella gominola maravillosa. Apenas la toqué con mi golosa lengua y Will resopló y cambio de postura. Mi corazón dio un vuelco.
No se había despertado pero yo tenía el corazón desbocado. Además ahora me daba la espalda, así que solo veía su culo rosado. Acabé por irme a mi habitación para acabar con la paja que había empezado y para tranquilizarme un poco. Estaba tan excitado que me la casqué dos veces antes de que se me pasara realmente el calentón.
Para entonces mi borrachera ya se había pasado y yo decidí volver a su habitación: tenia que tapar la prueba del delito. Con sumo cuidado, conseguí que volviese a tumbarse sobre la espalda. Su "soldado" había perdido fuerza pero como reaccionaba cada vez que lo tocaba, me costo bastante meterlo de nuevo en su "garita". Por fin cerré el último botón.
Lo miré una vez más, tumbado tranquilamente en su cama, como un feliz duende gigante. Apagué la luz. Y esta vez si, me fui a acostar a mi habitación.
Mis compañeros de residencia (2)
No olvidaré nunca la noche en que vi desnudo a Will en su habitación. Después de ese día hasta me costaba guardar la compostura y no dejaba de sorprenderme a mi mismo mirándole el paquete a mi amigo.
Pero la vida seguía adelante, como pasa siempre. Los días se hacían mas cortos, los catarros más frecuentes y la gente se había acostumbrado a la rutina. Ese otoño estaba siendo realmente agotador y soso, tanto para mí como para Mateo, mi otro compañero de la residencia. Mateo empezaba a estar un poco deprimido. Llevaba 15 días estando algo raro y silencioso. Aunque teníamos bastante confianza, a mi me costaba preguntarle qué le preocupaba y él no parecía estar por la labor de darme ninguna pista. La primera semana de diciembre organizaron en la residencia una fiesta con la excusa de decorar el árbol de Navidad de la sala común. Esas fiestas nunca me han gustado demasiado, pero me pareció interesante invitar a Mateo, para intentar sacarle de su habitación y animarle.
El se negó desde el principio. Y yo insistí desde el principio. La víspera de la fiesta yo volvía de clase por la tarde cuando me lo encontré en el cuarto de baño, afeitándose.
Buenas… -saludé-
Hola –me miro a través de mi reflejo en el espejo y me lanzo una tímida sonrisa-.
¿Qué? Poniéndote guapo para la fiesta de mañana –aproveché la situación-.
Ya te he dicho que no voy a ir… -resoplo, impaciente-
Chico, ven aunque solo sea por un rato. Los franceses van a preparar vino caliente. Nunca lo he probado, ¿tu si? –su rictus inmutable significaba que no- ¿Y no te apetece descubrir como sabe?
El sacudió la navaja de afeitar para aclararla.
No, ya lo haré en otra ocasión.
Venga, si yo tampoco pienso quedarme mucho tiempo. Lo justo para ir allá, probar el vino ese, estar un rato y volver. De todas formas al día siguiente tengo clase.
Pues que te acompañe Will –miraba al lavabo quitando pelos-
Iba a responder cuando Will entro en el cuarto de baño, sonriente como siempre.
¿Qué decís de mi?
Nada, le decía a éste –contesto Mateo señalándome con la cabeza- que si quería ir con alguien a lo del árbol, que fuese contigo.
Lo siente, chicos…
Siento –corrigió Mateo, que se pasaba el día corrigiendo a Will, de mutuo acuerdo entre ellos-
Eso mismo –acepto Will-. Lo siento pero no iré mañana. -Me giré hacia él en guisa de pregunta-. ¡He conseguido ligar con Fernanda, la portuguesa de la que os hablo!
Hablé –corrigió Mateo-
Eso –reconoció Will-
¡Enhorabuena! –le di una palmada en el hombro pensando en la suerte que tenia la tal Fernanda-
Vamos a cenar mañana.
Entonces tienes que venir conmigo –repliqué a Mateo-.
¡Qué pesado eres! ¡Si ya ves que no va a ir nadie! –me respondió-
Pues razón de más para venir conmigo… Sino solo van a estar los pijos y los italianos hablando entre ellos y va a ser un tostón.
No piensas dejarme en paz, ¿verdad? –se giró para mirarme directamente. En su cara triste sus ojos casi turquesa brillaban un poco. De pié, desnudo de cintura para arriba, con los pelos revueltos, Mateo estaba guapísimo.
No –sonreí de oreja a oreja-
Entonces iré contigo –se resigno mientras volvía a mirarse en el espejo-. Pero solo un rato.
¡Así me gusta!
Al día siguiente fuimos los dos al salón hacia las 21h30. Acababa de empezar la música y el árbol llevaba listo desde las 6 de la tarde, como suele pasar en esas reuniones. No estaba nadie de con los que nos hablábamos, así que nos serví un poco del vino caliente –dulzon pero muy bueno- y nos sentamos en un sofá.
Mateo no se había arreglado mucho pero estaba guapísimo. Vestido muy "casual", como dicen los ingleses, parecía un modelo. Al principio casi no hablamos, pero acabamos entablando la conversación que a mi tanto me intrigaba:
¿Vas a decirme por qué estás tan mustio?
No preguntes, no podrías entenderlo…
¿Por qué?
Esperó un rato para contestar, como dudando de si quería hablar de eso o no. Levanto sus preciosos ojos de niño bueno y triste y me miro directamente a los míos.
Tu eres guapo… -empezó a decirme-, listo, simpático, te llevas bien con todo el mundo…
¡Pero que dices! –le interrumpí-.
Siempre estás hablando con alguien, tienes buenos amigos, nunca estás solo.
Yo no sabía qué decir.
¿Te sientes solo? –le pregunté-.
Pues si –dirigió su mirada al fondo de su vaso de plástico, en el que quedaba un cacho de naranja-. Nunca he salido con nadie. Me he mudado tanto que los pocos amigos que he conservado, apenas los veo de vez en cuando. Y estas navidades volveré a pasarlas con mis tíos –los padres de Mateo murieron en un accidente de trafico hace años-. Serán como todas las demás, deprimentes.
No sabía qué contestar a eso. Me acerqué y le toqué el cuello y los hombros con una mano. El volvió a mirarme.
Todo el mundo se siente así de vez en cuando –dije-.
Me lo imagino. Pero no entiendo en qué fallo: hay algo que hace que nadie se fije en mí.
No digas tonterías, estás guapísimo –le afirmé, sincero. El volvió a mirar el cadáver descuartizado de la naranja-.
Pero eso da igual. No le caigo bien a nadie. Nunca nadie se ha enamorado de mí.
No estoy de acuerdo. Siempre estas bromeando y sabes un montón de cosas. Hablar contigo es descubrir un montón de cosas. Lo que pasa es que el amor es difícil de encontrar –Hice una pausa-. No sé como puedes buscarlo, pero debes ser tú mismo y el resto llegara.
Estoy cansado de esperar…
Lo entiendo.
… y creo que ya me gusta alguien.
Ah, ¿si? ¿Quien? –dije sonriendo y dándole una palmada en el hombro-.
No te lo puedo decir. Pero esa persona se interesa por otro, no tengo posibilidad alguna.
¿Sale ya con él?
No, no.
Pues entonces, lánzate! Tienes que encontrar la forma de enamorar a esa persona.
Nos sonreímos. Al cabo de 20 minutos volvimos a nuestras habitaciones. Me eché en la cama pensando en lo encantador que era Mateo. Y me dormí.
Al día siguiente la mañana fue soleada y fría. Mi habitación daba al este, así que me despertó el amanecer. Tenía clase pero seria bastante tarde, así que no tenía prisa. Al principio lo miré sin verlo. Luego me di cuenta de que lo que estaba encima del escritorio no era mío: de pié, apoyado contra la pared, había un cuaderno. En la portada había una foto de una tormenta en el paseo marítimo de la ciudad en la que estudio (me encanta el mar).
Me levanté sin entender, fui descalzo hasta el escritorio, cogi el cuaderno y volví a la cama. Lo abrí por la primera página. La letra era bonita, escrita con pluma. Decía:
No sabes quien soy. Solo puedo decirte que me he fijado en ti pero apenas te conozco y me gustaría conocerte mejor. Como no me atrevo a hablar contigo, y aunque esto te parecerá una locura, me gustaría que me contestases a lo que te estoy escribiendo. Si lo haces, deja el diario en la taquilla 22 de la estación de autobuses (la llave está pegada detrás. Guárdatela, yo tengo otra).
Un abrazo.
Yo estaba alucinado, claro. Cualquiera había podido entrar en mi habitación (tengo la mala costumbre de no cerrar la puerta con llave) pero estaba claro que la persona podía entrar en la residencia… o que conocía a alguien que podía.
Por curiosidad, yo respondí tal y como la persona desconocida había dicho (poca gente puede decir que hable con sus admiradores secretos, al fin y al cabo). Así mantuvimos el contacto por el diario durante dos semanas. Todas las mañanas yo dejaba el diario en la estación, y todas las noches lo recuperaba. Siempre habían escrito algo. Hablábamos de banalidades, en realidad, nada importante. Cada uno divagaba de las impresiones o pensamientos que se había hecho a lo largo del día, de una forma muy platónica.
Dudé durante mucho tiempo, pero tenía la sensación de que era un tío el que escribía. ¿Will? No, porque no había faltas. Al aparecer el diario después de hablar con Mateo, se me ocurrió que fuese él, pero no reconocí su letra. Podía se cualquier otra persona de la residencia. Yo empecé a obsesionarme. Me encantaba aquella relación, pero me inquietaba al mismo tiempo. A raíz de mi paranoia creciente, el día antes de las vacaciones de Navidad escribí en el diario:
Quiero verte, quiero conocerte. Eso no significa que me gustes, pero estoy harto de preguntarme quien eres. Miro a todo el mundo como si fueras tú. Debemos vernos. Quedamos esta tarde a las 6 donde la foto de la portada. Si no vienes, no volveré a escribir.
Hasta esta tarde.
Ese día fui a clase pero estaba tan nervioso que no aguanté más y acabé volviendo a casa. Will estaba preparando la maleta para irse a Inglaterra durante las vacaciones. Mateo estaba en la universidad. Estaba tan nervioso que hablé de lo del diario con Will. El alucinaba y se reía sin parar. Pasamos dos horas imaginando quien podía ser.
Al fin llegaron las cinco y media. Bajé de la habitación y cogi el tranvía. Casi llego tarde. Busqué el banco que aparecía en la portada del diario y me senté. El mar estaba un poco revuelto y todo se parecía mucho a la imagen del diario. Yo sentía como si la sangre no me llagase a la cabeza. Pensé en irme, pero no podía, tenia que acabar con aquello.
Se hacia tarde y no venia nadie. Pensé que había metido miedo a la otra persona. Pensé que no tenía que haber escrito aquello en el diario. Pensé en todas las posibilidades para que esa persona no hubiese venido. Al cabo de un rato me cansé de pensar; me levanté. Lo mejor seria volver a casa.
En el paseo marítimo no había prácticamente nadie debido al mal tiempo. Pero salió de una bocacalle alguien corriendo. Llevaba capucha y bufanda, prácticamente no podía verle. Me miro furtivamente hasta llegar a mi altura. Se paro delante de mí sin aliento. Levanto la cabeza y reconocí sus ojos.
Abracé a Mateo, que respiraba agitadamente en mis brazos. El me devolvió el abrazo.
Las 6, era demasiado pronto, apenas me ha dado tiempo a venir –se disculpo-.
No te preocupes, no te preocupes –le quité la bufanda y la capucha. Estaba tan guapo como siempre-. Así quedaba todo mas peliculero –bromeé-. ¿Por qué has hecho todo esto?
No sabía como decírtelo.
Pero tenemos mucha confianza… podías habérmelo dicho directamente.
Pero no creía que yo pudiera gustarte. Se te caía tanto la baba con Will…
Me puse rojo.
¿Tanto se me notaba?
Mas de lo que se le puede notar a nadie. –Tomo aire-. ¿Le quieres? ¿Sabes si le gustas?
Le animé a andar por el paseo.
No creo que le guste, y él solo me atrae físicamente.
¿Físicamente? Pues guapo tampoco es…
Jeje, no, ya… Pero en cualquier caso no estoy enamorado de él, si es lo que quieres saber.
Sus ojos estaban al borde de las lágrimas. Es tan guapo… le besé. Fue un beso muy corto pero muy bonito. El se puso a llorar con una sonrisa enorme y me volvió a abrazar.
Nunca me habían besado –yo no sabia qué decir o hacer. Le acaricié el pelo. Un alud de preguntas llenaba mi cabeza. Todo era tan repentino!-.
¿Quien escribía en el diario?
Tú y yo –me miraba sin entender mi pregunta-.
Pero no reconocí tu letra
El se rió.
Cuando era pequeño me aburría en clase así que aprendí a escribir con las dos manos. Y no tengo la misma letra con las dos –me miraba con cara de niño pillo que confiesa una trastada-.
Paseamos toda la tarde y la noche, hasta casi las dos de la mañana. Hablamos de todo, de nosotros, de nuestras vidas, como si no nos conociésemos. Hacia muchísimo frió pero apenas lo notábamos. Anduvimos agarrados como si alguien nos fuera a separar y sin vergüenza pese a no estar fuera del armario ninguno de los dos. Cuando volvimos a la residencia, Will no estaba y había dejado una nota diciendo que iba a coger el avión y deseándonos unas "Feliz navidades".
Como a los dos nos encanta el chocolate, cogimos una tableta de turrón, nos tumbamos en mi cama y comimos, siempre sin dejar de hablar. El ya no parecia deprimido, y estaba tal y como a mi me gustaba. Su sonrisa iluminaba mi cara.
Me gustaría dormir contigo –me dijo, tímido-. No tenemos por qué hacer nada. –Me abrazo-, solo quiero tenerte conmigo antes de que te vayas mañana.
Me daba miedo ya que él parecía muy pillado por mi. Le besé y pasamos un rato saboreando el chocolate a medias. Me beso tiernamente bajo la oreja derecha, y a mi me dio un escalofrío. Yo hice lo mismo; aquello se convirtió en nuestro saludo personal.
Noté algo duro en su entrepierna y eso me excito.
Parece que a tu soldadito le gusta el chocolate.
El tuyo tampoco parece inmune.
Muy lentamente nos frotamos el uno al otro, besándonos. Le metí la mano bajo la camiseta. Su torso estaba duro, solo de palparlo me excité al máximo. Mi pene pedía libertad, pero yo no quería romper el momento. El sintió algo y sonriéndome desabrocho el pantalón y lo bajo un poco. Metió su mano en mis bóxer con dificultad. Me acaricio y aprovecho para bajarme los calzoncillos un poco. Yo hice lo propio. Apenas empezamos a rozarnos y a besarnos y ambos nos habíamos corrido sin preocuparnos de nada, entre besos.
Nos desnudamos y nos metimos en mi cama, porque hacia algo de frío. Seguíamos igual de empalmados que al principio. Su polla era perfecta, de tamaño y grosor normales, un color muy apetecible, recta… En general no es una parte del cuerpo que yo considere especialmente bonita, pero la suya es preciosa. Y su torso es tan perfecto como su ingle. Tenia pelo en el torso pero era tan rubio y corto que apenas se notaba.
- Eres perfecto –le dije-
- Lo dices porque no has visto mis piernas ni mis pies –sonrió-. Y tú tampoco estas mal –me beso de nuevo-.
Las caricias no me bastaban. Besé de nuevo junto a su oreja, y luego bajé por el cuello, el torso, el abdomen, hasta rozar los pocos pelos de si ingle. Le miré al tiempo que le masturbaba lentamente y le besé la punta. Sabia magnifico y ya estaba más que húmedo. Su cara de placer me animaba a abarcar aquel delicioso Chupa-Chups. Subía y bajaba por el tronco de su polla entreteniéndome en la punta, al tiempo que le acariciaba los huevos. No me entretuve en su ano pero le toqué los pelos a la base de su escroto y el se estremeció. Sus gemidos se habían convertido en una especie de ronquido grave y periódico que iba in crescendo. Yo chupaba y tragaba líquido preseminal en cantidades similares a los de alguna corrida mientras le acariciaba.
Al cabo de unos minutos se puso tenso y abrió los ojos. Nos miramos profundamente a los ojos mientras él agitaba instintivamente las caderas para impulsar su verga en mi boca. Me inundo de una corrida impresionante, y a la que debí acostumbrarme mas tarde.
Cuando todo acabo, volví a ponerme junto a él y nos besamos por enésima vez. El estaba agotado.
- Gracias –me dijo-.
Yo sonreí. Nos quedamos abrazados. Yo jugaba con su pelo. Hablamos de las relaciones que habíamos tenido o imaginado antes. Mateo es demasiado romántico, nunca había salido con nadie, ni siquiera tonteado. Es homosexual estricto (yo soy bi) y nunca se había atrevido antes con otro chico. Seguimos hablando un rato más, hasta que acabamos durmiéndonos.
Al día siguiente el sol me despertó, como de costumbre. Tenía a Mateo completamente desnudo y dormido junto a mí. No lo había soñado. Estuve un rato observando su cara de niño afeitado, sus ojos un poco almendrados, su boca. Al cabo de un buen rato abrió los ojos. Nos miramos y él me sonrió desperezándose lentamente.
Fue exactamente en ese momento cuando supe que me había enamorado. Acerqué mis labios a los suyos. Después me quedé mirándolo unos segundos en silencio.
Te quiero –le dije con voz ronca de recién levantado-.
Yo a ti también, ya lo sabes.
Sonreí.
Todavía no has cogido los billetes para ir a casa de tus tíos, ¿verdad? –le pregunté-.
No
¿Te gustaría pasar las vacaciones conmigo?
Sonrió. Me beso. Nos abrazamos.
En la habitación había una pequeña cocina y un fregadero, pero el cuarto de baño lo compartía con los dos chicos de las dos habitaciones de al lado: cada habitación tenía una puerta que daba sobre el baño completo. Aunque estaba bien equipado, no había toda la intimidad que se hubiese podido desear, pero a mis dos compañeros y a mi tampoco nos importaba demasiado.
Mateo es pequeño, delgado y no especialmente musculoso. Tiene unos ojos verdes preciosos y muy especiales, así como turquesa oscuro. Siempre viste muy a la moda (algo pijo si que es) y nadie puede negarme que es muy guapo. Era su primer año en la universidad; estudiaba matemáticas y apenas tenia 17 años.
William es un estudiante inglés. Llevaba un año en la universidad y había decidido quedarse. Tiene una cara un tanto especial. Muchos dirían que es feo: tiene los dientes separados entre si, las orejas de soplillo, es pelirrojo y pecoso. Sin embargo su cara siempre me ha producido un morbo especial. Recuerdo que a veces bromeábamos diciendo que podía presentarse a un casting en las compañías esas que buscan modelos feos. El estaba en cuarto año de Relaciones Internacionales o algo así.
Fue en William en quien me fijé primero. Yo soy bisexual pero nunca me había atrevido a nada con un chico, me había limitado a mis fantasías. No obstante William me producía un morbo terrible y a veces hasta me quedaba un poco como atontado mirandole.
Rápidamente entablamos confianza. Los dos eran muy majos y enseguida hicimos buenas migas. A los diez días de conocernos hicimos la que seria la primera de un gran número de cenas los tres solos aquel año. La hicimos en la habitación de William, que estaba del otro lado del baño frente a mi puerta (la de Mateo daba al baño por uno de los lados).
Mateo se encargó de la comida (bromeamos diciéndole a William que los ingleses no sabían cocinar, aunque luego resultó ser un excelente cocinero). No fue un banquete de boda, pero estaba bueno y lo importante no era la comida sino el ambiente. Nos lo pasamos muy bien los tres juntos y a partir de entonces fuimos casi inseparables.
La rutina de la universidad se instaló rápidamente. Yo tenia cada vez mas cosas que hacer y menos tiempo para hacerlas, pero seguía saliendo con mis amigos, con los colegas de la universidad y con mis dos compañeros de la residencia. Solíamos cenar en la habitación de uno de los tres y luego salir por ahí.
Una noche de finales de octubre hacia mucho frío y decidimos quedarnos en la habitación después de cenar. Bebimos mucho, demasiado. Acabamos los tres diciéndonos lo mucho que nos queríamos tumbados sobre la alfombra de la habitación de Mateo.
Al cabo de un rato Mateo cayó rendido en su cama. Yo era el que estaba en mejor estado –dentro de lo que cabe- y acabé convenciendo a Will para que se fuera a su habitación. Le acompañé y entre risas seguimos hablando un rato. El se había tumbado en su cama, yo estaba tumbado a los pies de ésta, apoyado contra la pared. Al cabo de un rato me di cuenta de que Will se había quedado dormido oyéndome hablar.
Le mandé a la mierda y decidí irme a mi cuarto. Cuando me estaba levantando Will se movió, patoso, y me dio una patada sin querer. Me di cuenta de que llevaba las botas puestas y decidí quitárselos, para que estuviese más cómodo. No fue nada fácil, los cierres eran muy difíciles de abrir (y yo no estaba como para andar descubriendo nuevas formas de desatar zapatos). Ya que estaba, decidí quitarle la camisa para meterle en la cama. Para mi sorpresa, Will no tenía ni un pelo en el pecho. Era más bien blandengue, pero no tenía ni un gramo de grasa de más. Le quité los vaqueros (toda una hazaña en aquellas condiciones).
Hasta entonces había actuado sin malicia. Sin embargo me di cuenta de repente que lo tenia delante de mi casi desnudo e inconsciente. La situación me excitó mucho, pero me volví a mi habitación a regañadientes. Dudé tanto que cuando estaba a punto de echarme en mi cama, cambié de opinión. Volví al cuarto de Will, que estaba iluminado solo con la lámpara de su mesilla de noche. Parecía completamente rendido. Aparté las sabanas, que de todas formas apenas le cubrían y observé su cuerpo delgado y su cara dormida que tanto morbo daba.
Me fijé en sus feos gallumbos rojos. Eran unos bóxer gastados de los que se veían salir algunos pelos rubios y pelirrojos. Solo de estar en esa posición mirando a mi amigo me estaba poniendo bastante caliente, y empecé a notar que se me ponía morcillona. Envalentonado por el calentón y la borrachera me puse de rodillas junto a la cama (para tambalearme lo menos posible) e intenté desabrocharle el bóxer.
Era realmente raro, una especie de pantalón corto demasiado largo. Tenia botones desde arriba del todo hasta abajo, lo que hacia que se abriese como un verdadero pantalón. Comencé a desabotonar el bóxer intentando que lo notara lo menos posible. Al cabo del tercer botón empecé a ver la base de su pene envuelto en abundante pelo. A medida que seguía bajando y desabrochando los botones me daba cuenta de algo que me dejo de piedra: el tamaño de su pene.
Estaba completamente en reposo y aun así era muy ancho y largo. Acabe por desabrocharle todos los botones y aun así no conseguía verle la punta de la polla. Es la mayor polla que haya visto nunca. Deseando verla entera, me decidí a sacársela de los gallumbos. Entonces entendí por qué esa prenda era tan larga: era la única forma de cubrir semejante herramienta. Al sentir el contacto con mi mano su verga reaccionó y se puso morcillona. Le aparte un poco la piel y se la meneé apenas. Se puso completamente recta, apuntando al techo. La verdad es que erecta tenía un tamaño apenas superior a su estado de reposo; la diferencia es que ahora estaba muy dura. Intenté abarcarla con la mano y no lo conseguí.
Yo no podía más de la excitación, pero no me atrevía a hacerle nada más por temor a que se despertase. Me abrí los pantalones y me bajé los calzoncillos. El simple hecho de tener aquel espectáculo delante de mi hacia que aquella fuese la mejor paja que me había hecho hasta entonces. Su polla estaba a apenas unos centímetros de mi cara, brillante, palpitante, aromática, jugosa. No pude resistirlo y sin dejar de masturbarme acerqué mi boca a aquella gominola maravillosa. Apenas la toqué con mi golosa lengua y Will resopló y cambio de postura. Mi corazón dio un vuelco.
No se había despertado pero yo tenía el corazón desbocado. Además ahora me daba la espalda, así que solo veía su culo rosado. Acabé por irme a mi habitación para acabar con la paja que había empezado y para tranquilizarme un poco. Estaba tan excitado que me la casqué dos veces antes de que se me pasara realmente el calentón.
Para entonces mi borrachera ya se había pasado y yo decidí volver a su habitación: tenia que tapar la prueba del delito. Con sumo cuidado, conseguí que volviese a tumbarse sobre la espalda. Su "soldado" había perdido fuerza pero como reaccionaba cada vez que lo tocaba, me costo bastante meterlo de nuevo en su "garita". Por fin cerré el último botón.
Lo miré una vez más, tumbado tranquilamente en su cama, como un feliz duende gigante. Apagué la luz. Y esta vez si, me fui a acostar a mi habitación.
Mis compañeros de residencia (2)
No olvidaré nunca la noche en que vi desnudo a Will en su habitación. Después de ese día hasta me costaba guardar la compostura y no dejaba de sorprenderme a mi mismo mirándole el paquete a mi amigo.
Pero la vida seguía adelante, como pasa siempre. Los días se hacían mas cortos, los catarros más frecuentes y la gente se había acostumbrado a la rutina. Ese otoño estaba siendo realmente agotador y soso, tanto para mí como para Mateo, mi otro compañero de la residencia. Mateo empezaba a estar un poco deprimido. Llevaba 15 días estando algo raro y silencioso. Aunque teníamos bastante confianza, a mi me costaba preguntarle qué le preocupaba y él no parecía estar por la labor de darme ninguna pista. La primera semana de diciembre organizaron en la residencia una fiesta con la excusa de decorar el árbol de Navidad de la sala común. Esas fiestas nunca me han gustado demasiado, pero me pareció interesante invitar a Mateo, para intentar sacarle de su habitación y animarle.
El se negó desde el principio. Y yo insistí desde el principio. La víspera de la fiesta yo volvía de clase por la tarde cuando me lo encontré en el cuarto de baño, afeitándose.
Buenas… -saludé-
Hola –me miro a través de mi reflejo en el espejo y me lanzo una tímida sonrisa-.
¿Qué? Poniéndote guapo para la fiesta de mañana –aproveché la situación-.
Ya te he dicho que no voy a ir… -resoplo, impaciente-
Chico, ven aunque solo sea por un rato. Los franceses van a preparar vino caliente. Nunca lo he probado, ¿tu si? –su rictus inmutable significaba que no- ¿Y no te apetece descubrir como sabe?
El sacudió la navaja de afeitar para aclararla.
No, ya lo haré en otra ocasión.
Venga, si yo tampoco pienso quedarme mucho tiempo. Lo justo para ir allá, probar el vino ese, estar un rato y volver. De todas formas al día siguiente tengo clase.
Pues que te acompañe Will –miraba al lavabo quitando pelos-
Iba a responder cuando Will entro en el cuarto de baño, sonriente como siempre.
¿Qué decís de mi?
Nada, le decía a éste –contesto Mateo señalándome con la cabeza- que si quería ir con alguien a lo del árbol, que fuese contigo.
Lo siente, chicos…
Siento –corrigió Mateo, que se pasaba el día corrigiendo a Will, de mutuo acuerdo entre ellos-
Eso mismo –acepto Will-. Lo siento pero no iré mañana. -Me giré hacia él en guisa de pregunta-. ¡He conseguido ligar con Fernanda, la portuguesa de la que os hablo!
Hablé –corrigió Mateo-
Eso –reconoció Will-
¡Enhorabuena! –le di una palmada en el hombro pensando en la suerte que tenia la tal Fernanda-
Vamos a cenar mañana.
Entonces tienes que venir conmigo –repliqué a Mateo-.
¡Qué pesado eres! ¡Si ya ves que no va a ir nadie! –me respondió-
Pues razón de más para venir conmigo… Sino solo van a estar los pijos y los italianos hablando entre ellos y va a ser un tostón.
No piensas dejarme en paz, ¿verdad? –se giró para mirarme directamente. En su cara triste sus ojos casi turquesa brillaban un poco. De pié, desnudo de cintura para arriba, con los pelos revueltos, Mateo estaba guapísimo.
No –sonreí de oreja a oreja-
Entonces iré contigo –se resigno mientras volvía a mirarse en el espejo-. Pero solo un rato.
¡Así me gusta!
Al día siguiente fuimos los dos al salón hacia las 21h30. Acababa de empezar la música y el árbol llevaba listo desde las 6 de la tarde, como suele pasar en esas reuniones. No estaba nadie de con los que nos hablábamos, así que nos serví un poco del vino caliente –dulzon pero muy bueno- y nos sentamos en un sofá.
Mateo no se había arreglado mucho pero estaba guapísimo. Vestido muy "casual", como dicen los ingleses, parecía un modelo. Al principio casi no hablamos, pero acabamos entablando la conversación que a mi tanto me intrigaba:
¿Vas a decirme por qué estás tan mustio?
No preguntes, no podrías entenderlo…
¿Por qué?
Esperó un rato para contestar, como dudando de si quería hablar de eso o no. Levanto sus preciosos ojos de niño bueno y triste y me miro directamente a los míos.
Tu eres guapo… -empezó a decirme-, listo, simpático, te llevas bien con todo el mundo…
¡Pero que dices! –le interrumpí-.
Siempre estás hablando con alguien, tienes buenos amigos, nunca estás solo.
Yo no sabía qué decir.
¿Te sientes solo? –le pregunté-.
Pues si –dirigió su mirada al fondo de su vaso de plástico, en el que quedaba un cacho de naranja-. Nunca he salido con nadie. Me he mudado tanto que los pocos amigos que he conservado, apenas los veo de vez en cuando. Y estas navidades volveré a pasarlas con mis tíos –los padres de Mateo murieron en un accidente de trafico hace años-. Serán como todas las demás, deprimentes.
No sabía qué contestar a eso. Me acerqué y le toqué el cuello y los hombros con una mano. El volvió a mirarme.
Todo el mundo se siente así de vez en cuando –dije-.
Me lo imagino. Pero no entiendo en qué fallo: hay algo que hace que nadie se fije en mí.
No digas tonterías, estás guapísimo –le afirmé, sincero. El volvió a mirar el cadáver descuartizado de la naranja-.
Pero eso da igual. No le caigo bien a nadie. Nunca nadie se ha enamorado de mí.
No estoy de acuerdo. Siempre estas bromeando y sabes un montón de cosas. Hablar contigo es descubrir un montón de cosas. Lo que pasa es que el amor es difícil de encontrar –Hice una pausa-. No sé como puedes buscarlo, pero debes ser tú mismo y el resto llegara.
Estoy cansado de esperar…
Lo entiendo.
… y creo que ya me gusta alguien.
Ah, ¿si? ¿Quien? –dije sonriendo y dándole una palmada en el hombro-.
No te lo puedo decir. Pero esa persona se interesa por otro, no tengo posibilidad alguna.
¿Sale ya con él?
No, no.
Pues entonces, lánzate! Tienes que encontrar la forma de enamorar a esa persona.
Nos sonreímos. Al cabo de 20 minutos volvimos a nuestras habitaciones. Me eché en la cama pensando en lo encantador que era Mateo. Y me dormí.
Al día siguiente la mañana fue soleada y fría. Mi habitación daba al este, así que me despertó el amanecer. Tenía clase pero seria bastante tarde, así que no tenía prisa. Al principio lo miré sin verlo. Luego me di cuenta de que lo que estaba encima del escritorio no era mío: de pié, apoyado contra la pared, había un cuaderno. En la portada había una foto de una tormenta en el paseo marítimo de la ciudad en la que estudio (me encanta el mar).
Me levanté sin entender, fui descalzo hasta el escritorio, cogi el cuaderno y volví a la cama. Lo abrí por la primera página. La letra era bonita, escrita con pluma. Decía:
No sabes quien soy. Solo puedo decirte que me he fijado en ti pero apenas te conozco y me gustaría conocerte mejor. Como no me atrevo a hablar contigo, y aunque esto te parecerá una locura, me gustaría que me contestases a lo que te estoy escribiendo. Si lo haces, deja el diario en la taquilla 22 de la estación de autobuses (la llave está pegada detrás. Guárdatela, yo tengo otra).
Un abrazo.
Yo estaba alucinado, claro. Cualquiera había podido entrar en mi habitación (tengo la mala costumbre de no cerrar la puerta con llave) pero estaba claro que la persona podía entrar en la residencia… o que conocía a alguien que podía.
Por curiosidad, yo respondí tal y como la persona desconocida había dicho (poca gente puede decir que hable con sus admiradores secretos, al fin y al cabo). Así mantuvimos el contacto por el diario durante dos semanas. Todas las mañanas yo dejaba el diario en la estación, y todas las noches lo recuperaba. Siempre habían escrito algo. Hablábamos de banalidades, en realidad, nada importante. Cada uno divagaba de las impresiones o pensamientos que se había hecho a lo largo del día, de una forma muy platónica.
Dudé durante mucho tiempo, pero tenía la sensación de que era un tío el que escribía. ¿Will? No, porque no había faltas. Al aparecer el diario después de hablar con Mateo, se me ocurrió que fuese él, pero no reconocí su letra. Podía se cualquier otra persona de la residencia. Yo empecé a obsesionarme. Me encantaba aquella relación, pero me inquietaba al mismo tiempo. A raíz de mi paranoia creciente, el día antes de las vacaciones de Navidad escribí en el diario:
Quiero verte, quiero conocerte. Eso no significa que me gustes, pero estoy harto de preguntarme quien eres. Miro a todo el mundo como si fueras tú. Debemos vernos. Quedamos esta tarde a las 6 donde la foto de la portada. Si no vienes, no volveré a escribir.
Hasta esta tarde.
Ese día fui a clase pero estaba tan nervioso que no aguanté más y acabé volviendo a casa. Will estaba preparando la maleta para irse a Inglaterra durante las vacaciones. Mateo estaba en la universidad. Estaba tan nervioso que hablé de lo del diario con Will. El alucinaba y se reía sin parar. Pasamos dos horas imaginando quien podía ser.
Al fin llegaron las cinco y media. Bajé de la habitación y cogi el tranvía. Casi llego tarde. Busqué el banco que aparecía en la portada del diario y me senté. El mar estaba un poco revuelto y todo se parecía mucho a la imagen del diario. Yo sentía como si la sangre no me llagase a la cabeza. Pensé en irme, pero no podía, tenia que acabar con aquello.
Se hacia tarde y no venia nadie. Pensé que había metido miedo a la otra persona. Pensé que no tenía que haber escrito aquello en el diario. Pensé en todas las posibilidades para que esa persona no hubiese venido. Al cabo de un rato me cansé de pensar; me levanté. Lo mejor seria volver a casa.
En el paseo marítimo no había prácticamente nadie debido al mal tiempo. Pero salió de una bocacalle alguien corriendo. Llevaba capucha y bufanda, prácticamente no podía verle. Me miro furtivamente hasta llegar a mi altura. Se paro delante de mí sin aliento. Levanto la cabeza y reconocí sus ojos.
Abracé a Mateo, que respiraba agitadamente en mis brazos. El me devolvió el abrazo.
Las 6, era demasiado pronto, apenas me ha dado tiempo a venir –se disculpo-.
No te preocupes, no te preocupes –le quité la bufanda y la capucha. Estaba tan guapo como siempre-. Así quedaba todo mas peliculero –bromeé-. ¿Por qué has hecho todo esto?
No sabía como decírtelo.
Pero tenemos mucha confianza… podías habérmelo dicho directamente.
Pero no creía que yo pudiera gustarte. Se te caía tanto la baba con Will…
Me puse rojo.
¿Tanto se me notaba?
Mas de lo que se le puede notar a nadie. –Tomo aire-. ¿Le quieres? ¿Sabes si le gustas?
Le animé a andar por el paseo.
No creo que le guste, y él solo me atrae físicamente.
¿Físicamente? Pues guapo tampoco es…
Jeje, no, ya… Pero en cualquier caso no estoy enamorado de él, si es lo que quieres saber.
Sus ojos estaban al borde de las lágrimas. Es tan guapo… le besé. Fue un beso muy corto pero muy bonito. El se puso a llorar con una sonrisa enorme y me volvió a abrazar.
Nunca me habían besado –yo no sabia qué decir o hacer. Le acaricié el pelo. Un alud de preguntas llenaba mi cabeza. Todo era tan repentino!-.
¿Quien escribía en el diario?
Tú y yo –me miraba sin entender mi pregunta-.
Pero no reconocí tu letra
El se rió.
Cuando era pequeño me aburría en clase así que aprendí a escribir con las dos manos. Y no tengo la misma letra con las dos –me miraba con cara de niño pillo que confiesa una trastada-.
Paseamos toda la tarde y la noche, hasta casi las dos de la mañana. Hablamos de todo, de nosotros, de nuestras vidas, como si no nos conociésemos. Hacia muchísimo frió pero apenas lo notábamos. Anduvimos agarrados como si alguien nos fuera a separar y sin vergüenza pese a no estar fuera del armario ninguno de los dos. Cuando volvimos a la residencia, Will no estaba y había dejado una nota diciendo que iba a coger el avión y deseándonos unas "Feliz navidades".
Como a los dos nos encanta el chocolate, cogimos una tableta de turrón, nos tumbamos en mi cama y comimos, siempre sin dejar de hablar. El ya no parecia deprimido, y estaba tal y como a mi me gustaba. Su sonrisa iluminaba mi cara.
Me gustaría dormir contigo –me dijo, tímido-. No tenemos por qué hacer nada. –Me abrazo-, solo quiero tenerte conmigo antes de que te vayas mañana.
Me daba miedo ya que él parecía muy pillado por mi. Le besé y pasamos un rato saboreando el chocolate a medias. Me beso tiernamente bajo la oreja derecha, y a mi me dio un escalofrío. Yo hice lo mismo; aquello se convirtió en nuestro saludo personal.
Noté algo duro en su entrepierna y eso me excito.
Parece que a tu soldadito le gusta el chocolate.
El tuyo tampoco parece inmune.
Muy lentamente nos frotamos el uno al otro, besándonos. Le metí la mano bajo la camiseta. Su torso estaba duro, solo de palparlo me excité al máximo. Mi pene pedía libertad, pero yo no quería romper el momento. El sintió algo y sonriéndome desabrocho el pantalón y lo bajo un poco. Metió su mano en mis bóxer con dificultad. Me acaricio y aprovecho para bajarme los calzoncillos un poco. Yo hice lo propio. Apenas empezamos a rozarnos y a besarnos y ambos nos habíamos corrido sin preocuparnos de nada, entre besos.
Nos desnudamos y nos metimos en mi cama, porque hacia algo de frío. Seguíamos igual de empalmados que al principio. Su polla era perfecta, de tamaño y grosor normales, un color muy apetecible, recta… En general no es una parte del cuerpo que yo considere especialmente bonita, pero la suya es preciosa. Y su torso es tan perfecto como su ingle. Tenia pelo en el torso pero era tan rubio y corto que apenas se notaba.
- Eres perfecto –le dije-
- Lo dices porque no has visto mis piernas ni mis pies –sonrió-. Y tú tampoco estas mal –me beso de nuevo-.
Las caricias no me bastaban. Besé de nuevo junto a su oreja, y luego bajé por el cuello, el torso, el abdomen, hasta rozar los pocos pelos de si ingle. Le miré al tiempo que le masturbaba lentamente y le besé la punta. Sabia magnifico y ya estaba más que húmedo. Su cara de placer me animaba a abarcar aquel delicioso Chupa-Chups. Subía y bajaba por el tronco de su polla entreteniéndome en la punta, al tiempo que le acariciaba los huevos. No me entretuve en su ano pero le toqué los pelos a la base de su escroto y el se estremeció. Sus gemidos se habían convertido en una especie de ronquido grave y periódico que iba in crescendo. Yo chupaba y tragaba líquido preseminal en cantidades similares a los de alguna corrida mientras le acariciaba.
Al cabo de unos minutos se puso tenso y abrió los ojos. Nos miramos profundamente a los ojos mientras él agitaba instintivamente las caderas para impulsar su verga en mi boca. Me inundo de una corrida impresionante, y a la que debí acostumbrarme mas tarde.
Cuando todo acabo, volví a ponerme junto a él y nos besamos por enésima vez. El estaba agotado.
- Gracias –me dijo-.
Yo sonreí. Nos quedamos abrazados. Yo jugaba con su pelo. Hablamos de las relaciones que habíamos tenido o imaginado antes. Mateo es demasiado romántico, nunca había salido con nadie, ni siquiera tonteado. Es homosexual estricto (yo soy bi) y nunca se había atrevido antes con otro chico. Seguimos hablando un rato más, hasta que acabamos durmiéndonos.
Al día siguiente el sol me despertó, como de costumbre. Tenía a Mateo completamente desnudo y dormido junto a mí. No lo había soñado. Estuve un rato observando su cara de niño afeitado, sus ojos un poco almendrados, su boca. Al cabo de un buen rato abrió los ojos. Nos miramos y él me sonrió desperezándose lentamente.
Fue exactamente en ese momento cuando supe que me había enamorado. Acerqué mis labios a los suyos. Después me quedé mirándolo unos segundos en silencio.
Te quiero –le dije con voz ronca de recién levantado-.
Yo a ti también, ya lo sabes.
Sonreí.
Todavía no has cogido los billetes para ir a casa de tus tíos, ¿verdad? –le pregunté-.
No
¿Te gustaría pasar las vacaciones conmigo?
Sonrió. Me beso. Nos abrazamos.
LA DESPEDIDA DE SOLTERO
La despedida de mi cuñado habia transcurrido sin ningun sobresalto, si es que puede decirse eso de cualquier despedida de soltero. Hace rato que se habian marchado las strippers y las putas contratadas para la ocasion. Todos estabamos bastante pasados de vueltas, muy alegres, todo en un ambiente distendido. Mucho ruido, mucha confusion y mucha oscuridad. Todo fue demasiado rapido pues me quedan pequeños flashes de lo ocurrido. Solo recuerdo que la peña estaba disminuyendo ya que faltaba poco para que amaneciera y el plato fuerte de la noche ya habia pasado, todos habiamos visto a mi cuñado Martin desnudandose sobre la barra del bar de Jorge y bailar con las strippers, y luego la habitual ceremonia de despedida es decir follarse a la tia mas maciza de las putas contratadas, todo ello en medio del griterio y frenesi de la pandilla. Aullábamos como lobos en celo, despues mientras todos se dedicaban a recibir felaciones por turnos, yo me encargaba con Jorge y Sebastian, nuestros amigos de la infancia, Esteban, mi otro cuñado y hermano de Martin, los preparativos para el final de la celebracion.
Tal como era nuestra nueva tradicion que habia comenzado tan solo un año y medio atras cuando fui el primero en casarme de la pandilla lo mejor lo reservabamos para el final de la fiesta, solo para los mas allegados. En mi caso se habia tratado de teñirme con tinta indeleble negra mi pene y mis testiculos la vispera de mi boda. De nada sirvieron todos mis esfuerzos por tratar de impedirlo, estaba borracho y los cuatro cabrones que denomino amigos pudieron con mis fuerzas mermadas por el alcohol. Fui objeto de burlas por los menos 6 meses, y de ello guardan las pruebas graficas, y me costo mi primera pelea conyugal, todavia recuerdo cuando me presente ante mi mujer con mi polla y demas teñida de negro.
Al menos ahora Martin tenia la ventaja de que no le tomaria por sorpresa lo que a continuacion vendria. Y para ello tuvimos que utilizar mas alcohol y tecnicas de distraccion. Para ir ahuyentando a la "clientela" contratamos a unas Drags Queens, eso calmó la sala por unos instantes y le dio un punto inesperado e inusual a la fiesta de Martin. Mientras él zarandeado y sobado por las drags nosotros haciamos los preparativos en la trastienda del bar. Esteban logro con cualquier excusa llevarlo donde le estabamos esperando es decir a la trastienda. Juro que lo que ocurrio a continuacion se nos escapo de las manos. Solamente queriamos afeitar todo el vello corporal de Martin pues sabiamos que la bruja de Marian su futura mujer odiaba a los lampiños, le daban bastante repelus. Realmente lo haciamos mas por molestarla a ella que por gastarle una broma a Martin. Era parte del juego y eramos todos amigos desde hacia mogollon de tiempo. Habia confianza y camaraderia. Tal como lo habiamos previsto habia llegado tambaleandose y cantando a viva voz, no se entero de que estabamos detras de la puerta y de que lo agarramos entre todos y lo colocamos boca arriba sobre una mesa del almacen, bien sujeto. Luego despues de mucho griterio y jolgorio le quitamos las pocas prendas de ropa que todavia le quedaban despues de una noche tan ajetreada, Jorge y Sebastian se encargaron de sujetarle cada uno una mano y una pierna, mientras Esteban el hermano menor de Martin y yo buscabamos los botes de espuma de afeitar y las maquinillas. No habiamos planificado nuestras posiciones pero el azar nos repartio de esta manera, asi que Esteban se encargaria de afeitarle el pubis, el pecho y las axilas, mientras que a mi me tocó afeitarle los testiculos, el perineo y nalgas. Era menos superficie pero los pliegues y la sensibilidad de la zona requerian mayor deternimiento y precision. Cuando sintio el olor mentolado y el ruido de los sprays de espuma de afeitar Martin se dio cuenta de por donde iban los tiros. Pero creo que fue solo cuando se le cruzo por la mente la cara que pondria al verle la bruja de Marian y su odio por los tios pelados cuando verdaderamente comenzo su lucha por liberarse. Pero eramos cuatro y no estabamos tan borrachos como el. Mientras cantabamos y el nos recitaba todas las malas palabras de nuestro idioma y parte de otros, todos los juramentos y amenazas que puedas imaginar, su voz se ahogaba entre nuestros cantos y la musica que venia de bar de Jorge donde continuaba la fiesta. Todo seguia su curso normal y el plan previsto, hasta alguna risotada las protestas de Martin de tanto en tanto al escuchar las cosas que le deciamos, pero seguia resistindo como un toro.
Esteban fue el que le cogio por el prepucio para facilitar la maniobra de afeitado. Estiró el pellejo y levantó su flacido miembro, yo aproveché para rociar y luego untar con la spuma los testiculos y las nalgas. Jorge y Sebastian tiraron hacia ellos las piernas y brazos de Martin para dejar mejor expuesto el area de trabajo. Yo aproveché para colocar un cojin debajo de su culo para facilitar mi trabajo y tener mejor pespectiva. Entonces es cuando comienza lo que me hace vivir intranquilo desde aquella madrugada...
No era la primera vez quelo veia desnudo, pues nuestra amistad y camaraderia era antigua y nunca hasta entonces habia sentido lo que aquella madrugada. Yo era el unico que no habia descargado los testiculos en aquella fiesta. Despues de todo era un hombre recien casado y me habia comprometido a no tener problemas con mi esposa por una chupadilla. Pero los demas ya habian tenido su racion de sexo esa noche, especialmente Martin, pero todo el ambiente cargado que se respiraba esa noche era sexo, sexo y mas sexo y me habia sido muy dificil mantenerme al margen. Recuerdo que nunca habia visto su ano desde tan cerca, es mas nunca habia visto el ano de ningun otro hombre tan de cerca, y mientras trabajaba para repartir la espuma lo toque dos o tres veces y luego a su alrededor, en ese momento es cuando comenzó Martin a tener una erección, cada vez mayor, tanto que Esteban con un poco de apuro, a pesar de ser su hermano, ya no pudo seguir cogiendole por el prepucio y tuvo que cogerle su rigido pene con su mano izquierda y cada vez tenia que abrir mas el puño puesto que aquello crecia. Y estoy seguro que lo hacia cada vez que mis manos rozaban la zona del ano. Yo empecé a afeitar sus testiculos tratando de no mirar su ano, de pronto dejé de escuhcar a Jorge y Sebastian que parecia hechizados con ele spectacular crecimiento del miembro de Martin. Sin embargo todos procuramos disimular nuestra confusion puesto que nadie dudaba de nuestra completa heterosexualidad, alli no habia nadie escondido en un armario. Esteban ya habia terminado con su pubis, y continuaba con su estomago, pero a pesar que era totalemente innecesario que continuase sujetando el miembro de su hermano pues este hacia tiempo que se sujetaba por si solo y que no impedia el afeitado, lo continuaba agarrando con su puño. Fue entonces cuando cogi sus testiculos en mi puño izquierdo, esta vez senti el impulso de cogerlos con fuerza, y mientras lo hacia sentí que mi pene reclamaba atencion, estaba creciendo dentro de mi pantalon, aparté con la mano drecha los testiculos y es cuando Martin comenó a gemir, primero era un sonido atenuado por la musica y el griterio de la fiesta, pero cuando ya me acerque a la zona de sus nalgas me percate que su ano se estaba arrugando, y moviendose en pequeñas contracciones cada vez que me acercaba a él. Para ese entonces no estaba pendiente del resto de la pandilla, ellos por alguna razon estaban entretenidos con lo suyo, y yo solo tenia ojos para su apretado agujero. Empecé a pensar que una vez afeitado y no fijandose en los detalles era exactamente igual que el culo de una mujer... Martin ya empezaba a gemir descaradamente y mis dedos sin casi darme cuenta comenzaron a jugar e introducirse levemente en el ano de mi amigo, mis manos se movian solas mientras fantaseaba con el culo de mi mujer, recuerdo haberme sentido culpable cuando me crucé con l amirada reprobatoria de Jorge ¡pero que coño! al interesado parecia estar gustandole y la prueba eran las contracciones que apretaban mis dedos y los suspiros de mi amigo, asi que utilizando parte de la crema que rodeaba su culo, unté mis dedos con ella y empujé, simplemente presioné y fue tan fácil, sentia que Jorge comenzaba a aflojar la sujección de Martin para intervenir, pero en ese momento desvió la mirada al escuchar como Martin empezaba a gritar lo que una hora antes le habia gritado la puta que se estaba follando, "metemela toda... follame hasta que reviente...." y no paraba de hacerlo, en ese momento elpene de Martin comenzó a moverse por su cuenta, yo desde adentro pude saber lo que pasaba, estaba eyaculando, el muy bestia lo hacia por segunda vez en la noche, pero esta vez era algo sorprendente... Siempre pensé que eso que veiamos en la spelis porno eran trucos o en todo caso personas que tenian unas cualidades especiales, pero ese dia me di cuenta que no tan solo era necesario tener el estimulo adecuado para que ese tipo de cosas se hagan realidad. Pude ver al incorporarme que la polla de Martin escupia leche como una manguera, y que los primeros chorreones caian sobre la nariz de su hermano que estaba afeitandole las tetillas, este reaccionó apartandose de la trayectoria de los lechazos, el resto terminó cayendo sobre el propio rostro de Martin, uno de ellos sobre sus labios. Estabamos perdiendo los papeles y todo sucedia de forma muy rapida, lo siguiente a esta escena es que oi a mi propia cremallera del pantalon bajarse, y la libertad que ahora sentia en mi polla, que muy pronto el calor que rodeaba a mis dedos indice y medio que habia estado clavados hasta los nudillos ahora se trasladaban a la punta de mi chorreante polla llena de babas. Ya habia cruzado el limite y no habia vuelta atras. Sebastian y Jorge habian soltado a Martin, pero este no cambio de postura, siguio con sus piernas abiertas en el aire ahora exigiendome por mi nombre que terminase lo que habia comenzado. Todos miraron entonces hacia mi y yo me oí decir a Jorge y Sebastian que agarraran de nuevo a Martin con fuerza, mas por su propia comodidad que por temor a que se escapara, no se muy bien como sucedio pero todos obedecieron, yo ya estaba con los cojones mios sobre los de Martin y con mi polla toda dentro de su culo... Dios que gusto era tal y como lo habia querido hacer ami esposa, tal y como lo habia hecho con putas antes de casarme, no era malo, no era antinatura como nos habian dicho, era incluso mucho mejor ya que estaba con mi amigo del alma, y le gustaba, y me gustaba y me pedia mas, viendo todo aquello Esteban comenzó a masturbar con fuerza a su hermano Martin quien volvia a tener una buena y potente erección, habiamos traspasado todo el limite con el calor del momento, ellos me alentaban a que me lo follara y coreaban cada empujon y embestia que realizaba a mi amigo, era un clima denso, se respiraba sexo, camaraderia, morbo por realizar algo prohibido, parecia que estaba durando siglos, Esteban continuaba pajeando a su hermano mientras el mismo lo hacia con su polla, los otros creo que tambien se estaban pajeando aunque no lo recuerdo muy bien ,estabamos haciendo lo que nos pedia el cuerpo, no pensaba en nada, solo en las sensaciones que estaba experimentando dentro del cuerpo de mi amigo Martin. Saque mi polla y segui trabajandomela con la mano, mientras eyaculaba en una bestial corrida, apuntando al resto de mis camaradas... el mometo se rompió cuando tambien se rompió la tarima en la barra del bar, demasiada gente sobre ella, y el estruendo y griterio que se escuchó al cesar la musica de golpe nos hizo reaccionar. Fue el pacto mas silencioso y rápido de la historia. Yo limpié los restos de leche de mi polla sobre los muslos de Martin, guardé mi polla, subí la cremallera, al mirar a mis amigos comprobé alguna smanchas en sus camisas de mis lechazos, empapados en sudor, Martin se incorporaba mas sobrio que nunca, les miré a los ojos para sellar el pacto, y luego creo que solo dije " voy a mirar que no haya heridos, ahora vuelvo".... al regresar todos estaban compuestos, Martin se habia vestido, todos regresamos al bar para despedir al resto de amigos, recoger lo que se habia caido. Los otros amigos en común hicieron que nos dispersaramos y terminamos cada uno por su lado tratando de alargar un poco mas la fiesta en otros lugares, asi sin despedirnos.
Seguimos reuniendonos los jueves en el bar de Jorge como hemos hecho desde siempre, en nuestro pacto tácito decidimos que todo tenia que volver a la "normalidad", no hemos hablado nunca mas de aquella parte de la velada, han pasado algunos meses y no todo es como antes, aunque aperentemente si, quizas todavia tenemos que enfrentarnos a algunas cosas antes de afirmar que todo es como antes.
Tal como era nuestra nueva tradicion que habia comenzado tan solo un año y medio atras cuando fui el primero en casarme de la pandilla lo mejor lo reservabamos para el final de la fiesta, solo para los mas allegados. En mi caso se habia tratado de teñirme con tinta indeleble negra mi pene y mis testiculos la vispera de mi boda. De nada sirvieron todos mis esfuerzos por tratar de impedirlo, estaba borracho y los cuatro cabrones que denomino amigos pudieron con mis fuerzas mermadas por el alcohol. Fui objeto de burlas por los menos 6 meses, y de ello guardan las pruebas graficas, y me costo mi primera pelea conyugal, todavia recuerdo cuando me presente ante mi mujer con mi polla y demas teñida de negro.
Al menos ahora Martin tenia la ventaja de que no le tomaria por sorpresa lo que a continuacion vendria. Y para ello tuvimos que utilizar mas alcohol y tecnicas de distraccion. Para ir ahuyentando a la "clientela" contratamos a unas Drags Queens, eso calmó la sala por unos instantes y le dio un punto inesperado e inusual a la fiesta de Martin. Mientras él zarandeado y sobado por las drags nosotros haciamos los preparativos en la trastienda del bar. Esteban logro con cualquier excusa llevarlo donde le estabamos esperando es decir a la trastienda. Juro que lo que ocurrio a continuacion se nos escapo de las manos. Solamente queriamos afeitar todo el vello corporal de Martin pues sabiamos que la bruja de Marian su futura mujer odiaba a los lampiños, le daban bastante repelus. Realmente lo haciamos mas por molestarla a ella que por gastarle una broma a Martin. Era parte del juego y eramos todos amigos desde hacia mogollon de tiempo. Habia confianza y camaraderia. Tal como lo habiamos previsto habia llegado tambaleandose y cantando a viva voz, no se entero de que estabamos detras de la puerta y de que lo agarramos entre todos y lo colocamos boca arriba sobre una mesa del almacen, bien sujeto. Luego despues de mucho griterio y jolgorio le quitamos las pocas prendas de ropa que todavia le quedaban despues de una noche tan ajetreada, Jorge y Sebastian se encargaron de sujetarle cada uno una mano y una pierna, mientras Esteban el hermano menor de Martin y yo buscabamos los botes de espuma de afeitar y las maquinillas. No habiamos planificado nuestras posiciones pero el azar nos repartio de esta manera, asi que Esteban se encargaria de afeitarle el pubis, el pecho y las axilas, mientras que a mi me tocó afeitarle los testiculos, el perineo y nalgas. Era menos superficie pero los pliegues y la sensibilidad de la zona requerian mayor deternimiento y precision. Cuando sintio el olor mentolado y el ruido de los sprays de espuma de afeitar Martin se dio cuenta de por donde iban los tiros. Pero creo que fue solo cuando se le cruzo por la mente la cara que pondria al verle la bruja de Marian y su odio por los tios pelados cuando verdaderamente comenzo su lucha por liberarse. Pero eramos cuatro y no estabamos tan borrachos como el. Mientras cantabamos y el nos recitaba todas las malas palabras de nuestro idioma y parte de otros, todos los juramentos y amenazas que puedas imaginar, su voz se ahogaba entre nuestros cantos y la musica que venia de bar de Jorge donde continuaba la fiesta. Todo seguia su curso normal y el plan previsto, hasta alguna risotada las protestas de Martin de tanto en tanto al escuchar las cosas que le deciamos, pero seguia resistindo como un toro.
Esteban fue el que le cogio por el prepucio para facilitar la maniobra de afeitado. Estiró el pellejo y levantó su flacido miembro, yo aproveché para rociar y luego untar con la spuma los testiculos y las nalgas. Jorge y Sebastian tiraron hacia ellos las piernas y brazos de Martin para dejar mejor expuesto el area de trabajo. Yo aproveché para colocar un cojin debajo de su culo para facilitar mi trabajo y tener mejor pespectiva. Entonces es cuando comienza lo que me hace vivir intranquilo desde aquella madrugada...
No era la primera vez quelo veia desnudo, pues nuestra amistad y camaraderia era antigua y nunca hasta entonces habia sentido lo que aquella madrugada. Yo era el unico que no habia descargado los testiculos en aquella fiesta. Despues de todo era un hombre recien casado y me habia comprometido a no tener problemas con mi esposa por una chupadilla. Pero los demas ya habian tenido su racion de sexo esa noche, especialmente Martin, pero todo el ambiente cargado que se respiraba esa noche era sexo, sexo y mas sexo y me habia sido muy dificil mantenerme al margen. Recuerdo que nunca habia visto su ano desde tan cerca, es mas nunca habia visto el ano de ningun otro hombre tan de cerca, y mientras trabajaba para repartir la espuma lo toque dos o tres veces y luego a su alrededor, en ese momento es cuando comenzó Martin a tener una erección, cada vez mayor, tanto que Esteban con un poco de apuro, a pesar de ser su hermano, ya no pudo seguir cogiendole por el prepucio y tuvo que cogerle su rigido pene con su mano izquierda y cada vez tenia que abrir mas el puño puesto que aquello crecia. Y estoy seguro que lo hacia cada vez que mis manos rozaban la zona del ano. Yo empecé a afeitar sus testiculos tratando de no mirar su ano, de pronto dejé de escuhcar a Jorge y Sebastian que parecia hechizados con ele spectacular crecimiento del miembro de Martin. Sin embargo todos procuramos disimular nuestra confusion puesto que nadie dudaba de nuestra completa heterosexualidad, alli no habia nadie escondido en un armario. Esteban ya habia terminado con su pubis, y continuaba con su estomago, pero a pesar que era totalemente innecesario que continuase sujetando el miembro de su hermano pues este hacia tiempo que se sujetaba por si solo y que no impedia el afeitado, lo continuaba agarrando con su puño. Fue entonces cuando cogi sus testiculos en mi puño izquierdo, esta vez senti el impulso de cogerlos con fuerza, y mientras lo hacia sentí que mi pene reclamaba atencion, estaba creciendo dentro de mi pantalon, aparté con la mano drecha los testiculos y es cuando Martin comenó a gemir, primero era un sonido atenuado por la musica y el griterio de la fiesta, pero cuando ya me acerque a la zona de sus nalgas me percate que su ano se estaba arrugando, y moviendose en pequeñas contracciones cada vez que me acercaba a él. Para ese entonces no estaba pendiente del resto de la pandilla, ellos por alguna razon estaban entretenidos con lo suyo, y yo solo tenia ojos para su apretado agujero. Empecé a pensar que una vez afeitado y no fijandose en los detalles era exactamente igual que el culo de una mujer... Martin ya empezaba a gemir descaradamente y mis dedos sin casi darme cuenta comenzaron a jugar e introducirse levemente en el ano de mi amigo, mis manos se movian solas mientras fantaseaba con el culo de mi mujer, recuerdo haberme sentido culpable cuando me crucé con l amirada reprobatoria de Jorge ¡pero que coño! al interesado parecia estar gustandole y la prueba eran las contracciones que apretaban mis dedos y los suspiros de mi amigo, asi que utilizando parte de la crema que rodeaba su culo, unté mis dedos con ella y empujé, simplemente presioné y fue tan fácil, sentia que Jorge comenzaba a aflojar la sujección de Martin para intervenir, pero en ese momento desvió la mirada al escuchar como Martin empezaba a gritar lo que una hora antes le habia gritado la puta que se estaba follando, "metemela toda... follame hasta que reviente...." y no paraba de hacerlo, en ese momento elpene de Martin comenzó a moverse por su cuenta, yo desde adentro pude saber lo que pasaba, estaba eyaculando, el muy bestia lo hacia por segunda vez en la noche, pero esta vez era algo sorprendente... Siempre pensé que eso que veiamos en la spelis porno eran trucos o en todo caso personas que tenian unas cualidades especiales, pero ese dia me di cuenta que no tan solo era necesario tener el estimulo adecuado para que ese tipo de cosas se hagan realidad. Pude ver al incorporarme que la polla de Martin escupia leche como una manguera, y que los primeros chorreones caian sobre la nariz de su hermano que estaba afeitandole las tetillas, este reaccionó apartandose de la trayectoria de los lechazos, el resto terminó cayendo sobre el propio rostro de Martin, uno de ellos sobre sus labios. Estabamos perdiendo los papeles y todo sucedia de forma muy rapida, lo siguiente a esta escena es que oi a mi propia cremallera del pantalon bajarse, y la libertad que ahora sentia en mi polla, que muy pronto el calor que rodeaba a mis dedos indice y medio que habia estado clavados hasta los nudillos ahora se trasladaban a la punta de mi chorreante polla llena de babas. Ya habia cruzado el limite y no habia vuelta atras. Sebastian y Jorge habian soltado a Martin, pero este no cambio de postura, siguio con sus piernas abiertas en el aire ahora exigiendome por mi nombre que terminase lo que habia comenzado. Todos miraron entonces hacia mi y yo me oí decir a Jorge y Sebastian que agarraran de nuevo a Martin con fuerza, mas por su propia comodidad que por temor a que se escapara, no se muy bien como sucedio pero todos obedecieron, yo ya estaba con los cojones mios sobre los de Martin y con mi polla toda dentro de su culo... Dios que gusto era tal y como lo habia querido hacer ami esposa, tal y como lo habia hecho con putas antes de casarme, no era malo, no era antinatura como nos habian dicho, era incluso mucho mejor ya que estaba con mi amigo del alma, y le gustaba, y me gustaba y me pedia mas, viendo todo aquello Esteban comenzó a masturbar con fuerza a su hermano Martin quien volvia a tener una buena y potente erección, habiamos traspasado todo el limite con el calor del momento, ellos me alentaban a que me lo follara y coreaban cada empujon y embestia que realizaba a mi amigo, era un clima denso, se respiraba sexo, camaraderia, morbo por realizar algo prohibido, parecia que estaba durando siglos, Esteban continuaba pajeando a su hermano mientras el mismo lo hacia con su polla, los otros creo que tambien se estaban pajeando aunque no lo recuerdo muy bien ,estabamos haciendo lo que nos pedia el cuerpo, no pensaba en nada, solo en las sensaciones que estaba experimentando dentro del cuerpo de mi amigo Martin. Saque mi polla y segui trabajandomela con la mano, mientras eyaculaba en una bestial corrida, apuntando al resto de mis camaradas... el mometo se rompió cuando tambien se rompió la tarima en la barra del bar, demasiada gente sobre ella, y el estruendo y griterio que se escuchó al cesar la musica de golpe nos hizo reaccionar. Fue el pacto mas silencioso y rápido de la historia. Yo limpié los restos de leche de mi polla sobre los muslos de Martin, guardé mi polla, subí la cremallera, al mirar a mis amigos comprobé alguna smanchas en sus camisas de mis lechazos, empapados en sudor, Martin se incorporaba mas sobrio que nunca, les miré a los ojos para sellar el pacto, y luego creo que solo dije " voy a mirar que no haya heridos, ahora vuelvo".... al regresar todos estaban compuestos, Martin se habia vestido, todos regresamos al bar para despedir al resto de amigos, recoger lo que se habia caido. Los otros amigos en común hicieron que nos dispersaramos y terminamos cada uno por su lado tratando de alargar un poco mas la fiesta en otros lugares, asi sin despedirnos.
Seguimos reuniendonos los jueves en el bar de Jorge como hemos hecho desde siempre, en nuestro pacto tácito decidimos que todo tenia que volver a la "normalidad", no hemos hablado nunca mas de aquella parte de la velada, han pasado algunos meses y no todo es como antes, aunque aperentemente si, quizas todavia tenemos que enfrentarnos a algunas cosas antes de afirmar que todo es como antes.
HIROSHIMA MON AMOUR
Hiroshima Mon Amour- Alain Resnais film, Emmanuelle Riva,
Eiji Okada
Una actriz francesa vive su última noche en Hiroshima acompañada, en su habitación de hotel, por su amante japonés. Lo que podría ser una simple aventura es un momento de gran intensidad emocional y que le hace revivir un amor imposible que sucedió en la Francia ocupada junto a un soldado aleman durante la guerra años atrás. La fugaz relación amorosa se convierte en un proceso introspectivo por el cual la mujer revela sus sentimientos íntimos y hace partícipe a su compañero de su reconstrucción del pasado, hasta ese instante oculto.
La primera vez que la vi me pareció algo lenta pero al revisarla de nuevo me quedado atrapado en ella, intensa, como todas las buenas debemos encontrar su momento.
VENTANA DE VERANO
La verdad es que no me gusta mucho mirar por la ventana de casa, vivo en un 2º piso y el paisaje que me rodea esta lleno de otras ventanas que como la mia solo miran a otras ventanas que al mismo tiempo miran a mi ventana, ventanas que no dicen nada, que simplemente estan cerradas, celosas de su intimidad. Cada noche de todos modos me quedo unos segundos mirando por la ventana ¡cuando siempre me encuentro con lo mismo! me doy cuenta de que me he equivocado entonces dejo caer la mirada por el bosque de edificios buscando alguna novedad, perooo cada dia el mismo resplandor electrico de los televisores, las mismas miradas perdidas, el mismo limite en mi sueño. Muchas veces me engaño y pienso que si estuviera en una pelicula en vez de mirar con las manos colgando sobre la baranda estaria fumando un cigarrillo, y en el limite de la pared de enfrente allí donde ahora se detienen las imagenes encontraria la luz que se enciende dentro de un piso. Yo seguiria fumando mientras tu te acercas a tu ventana, desde alli me mirarias, cansada por el trabajo, de no encontrar a nadie en una ciudad tan llena de gente, de mirar siempre por la misma ventana... me mirarias y pondrias musica
(suena Asedeje)
¡¡Noooo!! ¡¡esta nooo!!! algo más suave, algo mas....
(suena Alex Ubago, por ejemplo)
Y encenderias un cigarrillo, y te quedarias allí pensando en mí.
¡Pero solo me engaño! en el otro lado del mundo solo hay ventanas vecias y la musica que se escucha es la de la teletienda...Tampoco fumo, solo intento encontrar un poco de un paisaje que me lleve hasta un sueño de descanso, pero no puedo, la realidad tiene demasiados ladrillos, tiene demasiadas ventanas cerradas. De todas formas continuo en la ventana, hace rato que he cerrado los ojos asi que no hace falta ni que salgas ni que pongas musica
(sonido de olas en una playa desierta)
Ahora he cambiado la ventana por un balcon y los edificios por olas de sal.
¿La escuchas? es la voz del tiempo y del infinito, es la voz de todo lo que todavia es posible, es la voz de mi sueño... He decidido pasar aqui la noche, entre la arena y el horizonte, con los ojos cerrados ¡bien fuerte! para no despertar, simplemente para poder continuar soñando contigo.

(suena Asedeje)
¡¡Noooo!! ¡¡esta nooo!!! algo más suave, algo mas....
(suena Alex Ubago, por ejemplo)
Y encenderias un cigarrillo, y te quedarias allí pensando en mí.
¡Pero solo me engaño! en el otro lado del mundo solo hay ventanas vecias y la musica que se escucha es la de la teletienda...Tampoco fumo, solo intento encontrar un poco de un paisaje que me lleve hasta un sueño de descanso, pero no puedo, la realidad tiene demasiados ladrillos, tiene demasiadas ventanas cerradas. De todas formas continuo en la ventana, hace rato que he cerrado los ojos asi que no hace falta ni que salgas ni que pongas musica
(sonido de olas en una playa desierta)
Ahora he cambiado la ventana por un balcon y los edificios por olas de sal.
¿La escuchas? es la voz del tiempo y del infinito, es la voz de todo lo que todavia es posible, es la voz de mi sueño... He decidido pasar aqui la noche, entre la arena y el horizonte, con los ojos cerrados ¡bien fuerte! para no despertar, simplemente para poder continuar soñando contigo.

No es eso, no es eso
Cuantas horas la derrota
a merced del viento desaliento
tiempo dañado,
sin sentido
triste de amor
triste de amor.
Y así, así se me quedó la cara
de cretino,
palido,
tísico, de antiguo,
de esclavo.
Ahora lo se y me enfado por ladron,
por ladron de mi mismo que es peor,
por caminar el pasillo directo a nada,
y después, la nada.
Me ofenden las horas perdidas,
las mias si, ¡gran tonto yo!
¡y mil veces tonto!
las horas intolerables
escribiendo sobre vosotros
mis amados desleales
¡tantos elogios!
tantos felices futiles versos
basura,
que rima con basura
Denunciando, a mi, o a nadie
con esa sonrisa de cínico
estúpido
que es novedad
vuestros engaños
Aún guardo aquellos papeles
donde uní letras y letras
unas tras otras,
exasperadamente, con tiras de
esparadrapo,
no se si las quiero,
te las regalo,
me las arranco, y se van
marañas de piel.
Renuncio al amor finito
y al infinito dolor,
y anuncio una leccion
demasiado elemental,
no hay tiempo para suplir
al tiempo.
Os lo aseguro
queria vivir la verdad
y no me han dejado,
me han obligado a soñar,
acepto porque ni puedo creer
lo que veo
ni lo que existe es cierto,
y siento que ya no siento.
Apartir de ahora
horas sin vuelta de hoja,
me zambullo en la fantasia,
temo,
cierro los ojos,
voy a volverme loco.
Érase una vez...-imagina una melodía,
un adaggio barroco de estio, Vivaldi por ejemplo-
Érase un hombre que amaba
un hombre
y él le amaba.
Levantaria un dedo
porque se que puedo
congelaria la imagen del sol
aun caliente, y no tanto.
A media tarde de Agosto
hacia las 6 o las 7
cuando las golondrinas
se atreven a arañar el cielo,
cuando cruje la pinaza exhausta,
la buena hora para ducharse
despacio
y escurrir el cabello
directamente en los hombros,
cuando me apetece reencontrarte
desnudo, dormido
como un potro brumo sobre las sabanas
Te acaricio y te admiro
porque eres leal
porque te gusta abrazarme sin mas
Sentirte en mi ombligo,
esa suave quietud del gozo,
mudo
incluso algo tímido.
El pálpito vermellón
del atardecer suspendido,
la pereza.
Los espejismos simultáneos,
campanas
Enseguida leeré otro capítulo
de un libro cualquiera
abierto sobre tu espalda.
Mi mejilla en tu nalga fina,
fresca
meciéndome en las nubes de tu respiración,
la brisa,
las cortinas de hilo,
el jarrón con flores blancas,
los peines,
los vasos con agua,
el péndulo,
las glicinas en la terraza...
Me duermo contigo,
conmigo
quien quieres contigo.
No es eso,
no es eso.
a merced del viento desaliento
tiempo dañado,
sin sentido
triste de amor
triste de amor.
Y así, así se me quedó la cara
de cretino,
palido,
tísico, de antiguo,
de esclavo.
Ahora lo se y me enfado por ladron,
por ladron de mi mismo que es peor,
por caminar el pasillo directo a nada,
y después, la nada.
Me ofenden las horas perdidas,
las mias si, ¡gran tonto yo!
¡y mil veces tonto!
las horas intolerables
escribiendo sobre vosotros
mis amados desleales
¡tantos elogios!
tantos felices futiles versos
basura,
que rima con basura
Denunciando, a mi, o a nadie
con esa sonrisa de cínico
estúpido
que es novedad
vuestros engaños
Aún guardo aquellos papeles
donde uní letras y letras
unas tras otras,
exasperadamente, con tiras de
esparadrapo,
no se si las quiero,
te las regalo,
me las arranco, y se van
marañas de piel.
Renuncio al amor finito
y al infinito dolor,
y anuncio una leccion
demasiado elemental,
no hay tiempo para suplir
al tiempo.
Os lo aseguro
queria vivir la verdad
y no me han dejado,
me han obligado a soñar,
acepto porque ni puedo creer
lo que veo
ni lo que existe es cierto,
y siento que ya no siento.
Apartir de ahora
horas sin vuelta de hoja,
me zambullo en la fantasia,
temo,
cierro los ojos,
voy a volverme loco.
Érase una vez...-imagina una melodía,
un adaggio barroco de estio, Vivaldi por ejemplo-
Érase un hombre que amaba
un hombre
y él le amaba.
Levantaria un dedo
porque se que puedo
congelaria la imagen del sol
aun caliente, y no tanto.
A media tarde de Agosto
hacia las 6 o las 7
cuando las golondrinas
se atreven a arañar el cielo,
cuando cruje la pinaza exhausta,
la buena hora para ducharse
despacio
y escurrir el cabello
directamente en los hombros,
cuando me apetece reencontrarte
desnudo, dormido
como un potro brumo sobre las sabanas
Te acaricio y te admiro
porque eres leal
porque te gusta abrazarme sin mas
Sentirte en mi ombligo,
esa suave quietud del gozo,
mudo
incluso algo tímido.
El pálpito vermellón
del atardecer suspendido,
la pereza.
Los espejismos simultáneos,
campanas
Enseguida leeré otro capítulo
de un libro cualquiera
abierto sobre tu espalda.
Mi mejilla en tu nalga fina,
fresca
meciéndome en las nubes de tu respiración,
la brisa,
las cortinas de hilo,
el jarrón con flores blancas,
los peines,
los vasos con agua,
el péndulo,
las glicinas en la terraza...
Me duermo contigo,
conmigo
quien quieres contigo.
No es eso,
no es eso.
EL FARO
No fue muy planeado. Surgió la idea en una charla entre mates, mientras estudiábamos los tres, una miércoles por la tarde. Nos habíamos reunido para prepararnos para un exámen de física. Aunque los tres no teníamos demasiados problemas con la materia, no estaba demás hacer un repaso. Y ahí surgió la idea.
-Podríamos pasar el fin de semana en el Faro, ¿No? – Se le ocurrió a Marcelo, como al final de la charla sobre qué hacer para que ese fin de semana de principios de diciembre,sea distinto a los demás.
-Conseguimos una carpa, llevamos comida y pasamos el sábado y el domingo en los bosques del Faro, al lado del mar- Terminó de cerrar la idea, mirándonos con entusiamo.
-¡Yo me anoto!- Grité enseguida
-¡Yo también!- se apuró Fernando.
El Jueves, superado con éxito el examen porla mañana, no encontró a los tres, por la tarde en una corrida para conseguir lo necesario, acaparar comida y averiguar lo que más pudiéramos sobre el Faro, qué había allí y qué hacer durante esos dos días. El Faro queda a 6 kilómetros del último punto habitado de la ciudad, caminando por la playa. Es una especie de páramo en medio de las dunas. Un bosque frondoso, a 300 metros del mar rodeaba al Faro, que en medio de aquellas dunas y médanos, levantaba sus 58 metros hacia el cielo y mirando al océano. A su lado, un destacamento de Prefectura, con un oficial a cargo, una batería de baños y un quincho de usos múltiples, terminaban de formar la escasa infraestructura del lugar, que ya no cumplía su función específica, sino que era visitada como atractivo turístico. Pero todavía no era temporada alta, así que disfrutaríamos de la soledad de aquel lugar a nuestras anchas.
Los llamados por teléfono, los encuentros a apurones para tener todo listo, las caravanas de casa en casa para tener los permisos de nuestros padres y los últimos detalles de la "aventura", llenaron las horas de ese Jueves. Ya bien entrada la noche, en el garage de mi casa, donde habíamos centralizado las operaciones, nos encontramos para decidir la salida. Creímos mejor hacer más extensa nuestra expedición, saliendo el viernes a primera hora de la tarde, ni bien volviéramos del colegio. Marcelo hizo un gesto de fastidio y nos explicó que el viernes por la tarde tenía que ir al dentista, y como este atendía en nuestra ciudad dos veces al mes, era imposible faltar. Las ganas de los tres y el querer que todo salga bien para todos solucionó el problema: Fernando y yo saldríamos el viernes por la tarde con la mayoría de las cosas para acampar, armaríamos la carpa, pasaríamos la noche y esperaríamos a Marcelo que llegaría el sábado antes del mediodía. Con todas las expectativas, nos despedimos y nos fuimos a dormir.
De más está contar lo que me costó conciliar el sueño. Iba a ser realmente un fin de semana distinto. Con mis 17 años, el estudio, el trabajo en temporada y las obligaciones familiares, absorbían la mayor parte de mi tiempo y lo mismo le sucedía a Marcelo y Fernando. Iba a ser la primera vez que saliéramos y estuviéramos solos tanto tiempo. Y a eso sumado lo exótico de nuestra excursión. La soledad de aquel lugar y su extraña belleza, daban a esta salida y a nuestra edad, un toque especial.
El viernes amaneció como nunca: El sol despuntó temprano y ya camino al colegio contaba los minutos que faltaban para llegar a las 14.00 horas, hora fijada para emprender nuestra salida hacia el Faro. Durante la mañana no paramos de hablar y soñar con nuestra excursión, varias veces nos llamaron la atención por estar hablando ó por estar "en otro mundo". Finalmente sonó el timbre que daba fin a la semana escolar. No me daban los pies ni el tiempo para llegar a casa, comer a los apurones, cargar el auto, apurar a mi padre para que lo pusiera en marcha, pasáramos a buscar a Fernando por su casa y nos llevara hasta donde termina la villa. Desde allí, seguiríamos a pie hasta el Faro.
Y así nos encontró la tarde que recién comenzaba: caminando por la arena húmeda de la playa, un poquito alejados del mar y divisando, a lo lejos, la silueta del Faro. A paso lento, con los equipos de mochilero a cuesta. Parábamos de a ratos, veíamos cada vez con más ansias nuestro punto de llegada. Marcelo llamaba a mi celular a cada rato apara saber cómo íbamos, cosa que nos atrasaba. Y el sol permanecía resplandeciente sobre nosotros. A poco rato fue tiempo de sacarnos las remeras, ya que pegaba fuerte sobre nuestras espaldas y nos hacía transpirar. Y en una de las paradas, no aguantamos más el calor y nos metimos al mar. El agua estaba fría, pero cumplió con lo que queríamos: que nos refrescara un poco. Con los shorts mojados y sin remera, al cabo de un tiempo, llegamos al límite del bosque que rodeaba al Faro, gritando y festejando, pues ya estábamos en nuestro destino. Antes de seguir, dejamos nuestras cosas sobre la arena para admirar desde afuera el paisaje que nos albergaría durante dos días. Llamamos a Marcelo y a nuestras casas para avisar que habíamos llegado y estábamos bien.
Nos adentramos en el bosque, buscamos la parte construcciones, que estaban pegadas al Faro. Era un espectáculo imponente, se erguía con solidez hacia una altura que parecía increíble. A un costado el destacamento de prefectura en el que no vimos a nadie. Fuimos hasta la entrada y vimos un pequeño cartel "Fuera de servicio hasta diciembre. Instalaciones abiertas. Cuide este espacio. Es suyo"
¡Ya lo creo que iba a ser nuestro!. Dejamos las mochilas en un claro entre el quincho y la batería de baños y nos dispusimos a reconocer el lugar. Entramos a la base del Faro, vimos la escalera acaracolada, con sus 274 escalones con baranda que, pegada a la pared, terminaba en la torre del Faro propiamente dicho. Recorrimos los alrededores y comprobamos con alegría y satisfacción que había de todo: Duchas, servicios bien instalados y limpios, el quincho tenía parrilas, mesas y bancos de material y el agua salía de duchas y canillas limpia, clara y medianamente tibia, pues el sol daba de lleno en el tanque.
Decidimos no armar la carpa. Nos instalaríamos en el quincho , que era bastante grande y estaba protegido. Era de material, rectangular, de unos 15 metros de largo por otros 8 de ancho. Sobre una de las paredes estaban las parrillas y a su lado una pileta y mesada. Las mesas ybancos ocupaban el centro. Los dos costados eran de material, y los otros dos estaban protegidos por una gruesa cortina de lona transparente, para frenar el viento. ¡Era ideal!. Dispusimos rápidamente los elementos que habíamos llevado para comer, acomodamos las finas colchonetas al lado de una de las parrillas, dejando bien delimitado el lugar. Luego fuimos a juntar leña para hacer fuego y tener provisión para los días que nos quedaríamos allí. Fue fácil, pues el bosque era generoso en ese sentido. No dejábamos de maravillarnos por el lugar. El silencio lo invadía todo, solo se escuchaba el Prendimos fuego, calentamos agua y tomamos mate, mientras seguíamos embobados con el silencio y la soledad de aquel lugar. Yo saqué de mi mochila un libro y me puse a leer, vicio que heredé de mi familia. Leo cada rato que tengo libre, sea la hora que sea y, sin importar la hora, siempre un rato antes de dormir. La paz alrededor nos fue invadiendo a Fernando y a mí, que no hablabamos, sino que disfrutábamos de eso que el lugar nos daba: Una absoluta paz y tranquilidad. Así vimos como iba cayendo la tarde y antes que anocheciera, Fernando, mientras alimentaba el fuego de la parrilla, anunció:
- Voy a ducharme, así me saco ela transpiración y la sal del cuerpo. Sino, más tarde, me va a dar frío.-
- ¡Dale, yo también! – dije. Dejé el libro, saqué el toallón de mi mochila. Fernando hizo lo mismo y, llevando el celular, nos fuimos hacia la batería de baños. Los dos en shorts y sin nada arriba. Como nos criamos y crecimos juntos, nuestros cuerpos no nos llamaban la atención. Mientras caminábamos hacia los baños, solo pude apreciar que había crecido un poco más que yo. Me llevaba en altura dos ó tres centímetros, llegando casi hasta 1, 70, pero su espalda estaba más formada, los músculos se marcaban en detalle en su pecho, brazos y espalda. El pelo negro que llegaba hasta casi sus hombros, atado con una colita, daba marco a su cara aún adolescente, en la que se destacaban sus ojos azules oscuros y unas pequeñas pecas alrededor de la nariz. Yo, aprecié ese detalle: el había crecido un poco más que yo, pero no quedaba en desventaja. Mi espalda era un poco más estrecha, pero por muy poco y ya se notaba el surco de los músculos en mi pecho y brazos. Mi pelo tenía casi el mismo largo, solo que el mío era castaño claro, también sujeto con colita. Y mis ojos eran de color verde.
Llegamos a las duchas. Nos seguía sorprendiendo lo limpio que estaba todo. En una de las paredes estaban sujetos los percheros, un banco largo y luego cuatro duchas, sin división. Nos sacamos los shorts y quedamos desnudos sin pudor, pues como dije, nos hemos criado y crecido juntos, casi como hermanos. Ahí noté otra diferencia: Fernando se había desarrollado en otra parte más que yo. Al darse vuelta una vez que se quitó el short, dejó ante mi vista un pene que, por lo poco que sabía, era fenomenal. Fláccida como estaba, parecía una mamadera tanto en largo como en ancho. No pude menos que admirar, ya que si bien yo sabía que yo estaba bien armado con lo mío, aquello era descomunal.
-¡Epa con lo que cargás, Fer! – dije, entre risas. El sonrío y finalmente rió. Nos metimos en las duchas, dejamos que el agua, aún tibia pero no tanto, sacara los restos de sal y transpiración de nuestros cuerpos y salimos a secarnos. Yo no dejaba de pensar en las dimensiones del aparato de Fernando y compararlo con el mío, cosa que me dejó cierta inquietud. Nos atamos los toallones a la cintura y así empendimos la pequeña caminata hasta el quincho, mientras contemplábamos el crepúsculo sobre el mar, que quedaba a nuestro frente.
-¿Vemos el atardecer frente al mar? – preguntó
-Dale- contesté. Y así lo hicimos. Nos sentamos a metros de la orilla, con nuestras toallas atadas a la cintura y contemplamos como el sol desaparecía. La temperatura había bajado un poco, pero todavía estaba agradable. Fue un espectáculo único. Al rato de estar sentados, comenzamos a tirarnos arena y aquello terminó en una lucha de cuerpos sobre la arena que hizo que terminarámos los dos desnudos, pues nuestros toallones cayeron y llenos de arena sobre los cuerpos. Sentí varias veces el roce del pene de Fernando sobre mis piernas, muslos, e incluso una de las veces, sobre mi pecho y esto me hacía estremecer, sin entender muy bien por qué, pero hacía reaccionar a mi propio pene que respondía con un a leve erección.
Sin hablarnos, y a los gritos de alegría, corrimos al mar, y nos dimos una zambullida. Lo frío del agua hizo bajar toda temperatura del cuerpo. Salimos rapidamente y a la carrera y desnudos, volvimos a las duchas, donde nuevamente nos quitamos con el agua, la sal y restos de arena del cuerpo. No podía evitar mirar a Fernando mientras refregaba su cuerpo con los ojos cerrados. El fino vello era más oscuro que su pelo, llegando hasta casi un color azul y coronoba ese soberbio instrumento. Era agradable verle, con su cuerpo blanquecino y bronceado suavemente en los brazos, por efecto del sol. Estaba fuerte, con unos pectorales desarrollados, aunque sin exagerar, donde llamaba la atención, la inexistencia de vello. Los brazos y las piernas sobre todo daban cuenta de la fuerza con que se estaba desarrollando. El vello de las piernas, no era muy abundante, negro y le daba un atractivo especial.
Estuve mirándolo mientras nos duchábamos, sin entender aún la inquietud que me invadía ante la visión de la desnudez magnífica de mi amigo de la infancia. Y mientras yo dejaba correr el agua sobre mi cuerpo, con los ojos cerrados, al abrirlos noté como Fernando desviaba la mirada. No lo pude asegurar, pero juraba que me estaba mirando con la misma intensidad con la que yo lo había contemplado a él.
Sacudimos los toallones que aún tenían residuos de arena por la lucha para secarnos y atándolos nuevamente a la cintura, nos fuimos al quincho. El fuego aún estaba vivo y lo alimentamos con más leña. Ninguno de los dos, hizo amague de vestirse, como si fuera lo más natural, quedarnos solo con los toallones. Yo seguí con mi libro, embelesado por el silencio solo inerrumpido por el crepitar del fuego, el sonido del mar y los movimientos de Fernando, que empezó a desempaquetar las alimentos para ver que cenaríamos. La escasa luz del fuego no alcanzaba para alumbrarnos, pero así seguimos un rato, en penumbras. De a ratos yo quitaba mi atención del libro y detenía la mirada en Fernando, en su cuerpo y en la abertura de la toalla que, con sus movimientos, de a ratos dejaba ver su tesoro, quedando al descubierto su magnitud. Prendimos el sol de noche que habíamos llevado, dejándolo al mínimo y esto daba una extraña iluminación al lugar, dando un ámbito de luz a su alrededor y . luego todo sombra y oscuridad.
Fue hora de ponernos algo e ropa, pues ya se sentía el fresco de la noche y aproveché para ponerme otro short. Al quitarme la toalla, de espaldas a mi amigo, sentí su mirada sobre mi cuerpo y al darme vuelta, aún desnudo de la cintura para abajo, pude comprobar que así era. Me miraba con un gesto y atención tal como yo creo que eran los míos al mirarlo a él. Esto duró un segundo, y hubo cierta incomodidad en los dos, que se disipó al continuar cada uno con lo suyo. Al poco rato fue mi oportunidad, al quitarse él la toalla, de contemplarlo, descubriendo que su miembro delataba una pequeña erección, irguiendo y agrandando esa masa de carne. No llegó a descubrime mirándolo, pues el libro que continuaba leyendo, servía de escondite a mi mirada.
Sonó el celular, y era Marcelo. Contó que la había pasado bastante mal en el dentista, ya que le habían encontrado un problema en una de las muelas y el dentista tuvo que anesteciarlo, usar el torno y hacerle varias cosas para terminar el arreglo. Se sentía mal, tenía la cara hinchada y le dolía la muela como nunca había sentido. Pero confiaba que en la noche esto iba a calmar para juntarse con nosotros al mediodía del día siguiente. Bromeamos con él, le contamos lo espléndido del lugar y lo que se estaba perdiendo y así, cortamos la llamada. Yo apagué el celular para cuidar la batería.
Ya era hora de pensar en la cena y Fernando se propuso para hacer unas hamburguesas que habíamos llevado, a la parrilla. Yo preparé, con las escasa cosas que llevamos, la mesa y al poco rato estábamos comiendo. Charlamos largamente sobre cosas de la escuela, compañeros, cosas que pasaban en nuestras casas. Lentamente se fue diluyendo la charla y nos pusimos a levantar los restos de la comida y limpiar lo que habíamos usado. Yo me puse a leer y Fernando acomodó las colchonetas juntas al lado de la parrilla y se tiró a descansar.
-No tendrías que usar tanto el sol de noche, nos vamos a quedar sin carga. – me dijo.
-Tenés razón- contesté. Cerré el libro, apagué el sol de noche y me dirigí hacia las colchonetas. No quedaba todo a oscuras, ya que el poco fuego alumbraba, aunque muy escasamente. Me acosté al lado de Fernando y charlamos otro rato. Nuestros cuerpos se rozaban levemente. Sentía el contacto del vello de sus piernas contra las mías. Los dos estabamos en shorts y remeras, recostados, boca arriba, uno al lado del otro, tenuemente alumbrados por las brasas de la parrilla. Un temblor me recorrió el cuerpo por el contacto de nuestros cuerpos, pero hice lo posible para pasar por alto la reacción, hablando sin parar, riéndome junto a mi amigo.
No sé en qué momento me quedé dormido, y tampoco qué hora era cuando desperté, con algo de frío. Me costó un poco ubicarme donde estaba. Las pocas brasas y la respiración de Fernando a mi lado, me ubicaron. A tientas me levanté y agarré una manta que, por precaución, había dejado en uno de los bancos. Volví a nuestra improvisada cama y estiré la manta de tal manera que nos tapara a los dos. Tapado, giré mi cuerpo hacia la parrilla, dándole la espalda a Fernando, para ver los últimos destellos de las brasas mientras recuperaba el sueño nuevamente. Inmendiatamente y entre sueños, Fernando se giró hacia mi lado, acercó su cuerpo al mío, y pasó su brazo sobre mi cuerpo, que quedó cerca de mi pecho. Me quedé paralizado. Sentía su respiración cerca de mi nuca, su pecho practicamente estaba pegado a mi espalda, sus piernas se pegaban a las mías y su mano casi tocándome el pecho. Mi corazón latía alocado. No sábía de donde provenían todas las sensaciones, desconocidas para mí, que, de pies a cabeza me generaban un temblor interno difícil de controlar. La sensualidad de la cercanía de nuestros cuerpos, la imagen grabada a fuego en mi mente de lo que había visto esa tarde, la respiración de alguien a mis espaldas, el roce de sus vellos con los míos, me daban una agradable sensación y eso me ponía algo incómodo, confuso, y a la vez protegido, contento . Algo nuevo estaba despertando en mí, sin poder definirlo con claridad, y era producido por la cercanía de Fernando.
Tratando de controlarme intenté dormirme, cuando siento que Fernando achica la casi nula separación de nuestros cuerpos, acercandose a mi hasta quedar los dos cuerpos encajados en forma perfecta, en cucharita. Todo mi cuerpo se sacudió por el torrente de excitación que me produjo el estar pegados, sentir que no había nada que nos separara, excepto nuestra escasa ropa. Y lo más extraño para mí fue el placer producido al sentir apoyado bien en el centro de mis nalgas, el tremendo aparato de mi amigo. Lo sentía realmente e imaginaba su tamaño, su forma y como se adaptaba a la curva de mi raya. Quizás fue aquí donde se esfumó toda confusión ó sensación de incomodidad. De repente me sentí gozando de ese momento, de los cuerpos uniéndose bajo la manta, de la respiración ritmica, de dormido, del aliento que sentía bien cerca de mi oreja, las piernas en una unión perfecta y ese descomunal paquete acomodado en la raya de mi trasero.
No pude dormir. Pero aún así, no puedo decir con exactitud como empezó todo. Si fue que mi exitación hizo que empujara hacia atrás de a poco mi trasero para que se apretara más contra aquella grandiosa barra de carne ó, ya no tan dormido, Fernado empezó a presionar, delicadamente y sin apuros, su pelvis hacia mí para que su pene se pegara cada vez más a mi culo. Pero fue lo que pasó. Y sin apuros, lentamente, con movimientos casi impeceptibles, pidiendo permiso, concediendo y avanzando. Y dando paso a nuevas cosas: Mi pene que comenzo a levantarse producto de la excitación, el pene de Fernando que se ponía más duro, más grueso y agresivo, lo podía sentir agrandándose y apretarse cada vez más solido contra la raya de mi culo. Y el movimiento, primero imperceptible, luego tomando ritmo de a poco, imitando un mete y saca, un refriegue de nuestras partes; la mano de Fernando que se apoyo definitivamente sobre mi pecho y, a pesar de la remera, acariciaba mis tetillas, pasando de una a otra, bajaba a mi vientre y volvía al pecho para recomenzar. Sin poder creerlo, empecé a responder al movimiento, al refriegue y a las caricias, primero timidamente y dejándome invadir por la sensualidad que tenía el momento, abandonado a lo que sentía; luego con más intensidad a medida que Fernando aumentaba su refriegue, sus embestidas. Mi trasero respondía al roce, buscaba presionar cada vez más ese pene, mi mano se posó sobre la de mi amigo y la acompañaba en el recorrido de mi cuerpo. Creí que iba a eyacular en ese mismo momento y sin haberme tocado.
Fernando agarró mi mano y tiró de ella, en una clara señal de que me volteara hacia el. Así lo hice y ni bien me acomodé, en la ya oscuridad absoluta del lugar, sentí el tibio roce de sus labios contra los míos y su mano que avanzaba debajo de mi remera hacia mi pecho para llegar a las tetillas. Se separó un segundo, no nos podíamos ver, pero nuestras respiraciones agitadas mostraban y decían todo. Yo tomé la posta y acerqué mis labios a los suyos, devolviendo el roce que fue más fuerte esta vez y que, de poco, dió paso a un beso de labios cerrados al principio para ir lentamente abriéndolos, búscandose y convertirse en un largo, profundo y dulce beso. Las lenguas se buscaban, no con frenesí, sino con una pasión al principio mansa, dulce, pidiendo permiso, aceptando y devolviendo, acompañando a las caricias sobre que ya los dos nos regalábamos mutuamente.
Mientras continuábamos besándonos, su mano fue bajando por mi pecho y de metió sin dificultad dentro de mi short, y se detuvo a acariciar mi vello pubiano. Yo lo imité y pude sentir en mis dedos, en mi mano, la lisura de ese cuerpo joven, adolescente como el mío que respondía a las caricias. Al llegar a su pubis la lisura, como en escala, la empecé a sentir cubierta de un suave vello y luego peluda, pero muy suave, y acaricié sin prisa, disfrutando de esa sensación en mi tacto, de los pequeños pelos ensortijados que se enredaban en mis dedos. Como si hubiéramos respondido a una señal, en el mismo momento, los dos, sin dejar de besarnos con pasión, pero delicadamente, avanzamos con las manos más hacia abajo, buscando el sexo del otro. Sentí su mano acariciar la superficie de mi pene y mi mano trató de aprisionar en toda su dimensión el de él. Apenas si podía cerrarla, tratando de tomar aquel tubo inmenso, duro y suave. Las venas inflamadas por el deseo se marcaban y sentían en la palma de mi mano. Como siguiendo un mismo libreto, comenzamos a subir y bajar las manos sobre nuestros penes, en un movimiento de masturbación que nos llevaba al límite de la excitación, haciendo que nuestros besos, el empuje de los cuerpos uno contra otro, buscándose con deseo, fuera más intenso.
De repente, sin ningún aviso ó movimiento que lo anunciara, Fernando se separó de mí, corrió la manta y lo escuché pararse. Mi corazón se detuvo. Malos presgios corrieron alocados por mi cabeza. Pensé que se había arrepentido, que creería que yo forcé la situación, que quizás me acusaría de vaya a saber que cosas. En la negrura y el silencio en la que estaba teniendo lugar nuestro encuentro me sentí solo y asustado. Solo percibía, muy lejano, el ruido de la rompiente de las olas y mi mente aturdida. Escuché unos movimientos sin poder distinguir que estaba haciendo Fernando y al momento siguiente lo sentí acostarse nuevamente a mi lado, taparse con la manta, estirar su brazo buscándome y finalmente abrazarme, acercar sus labios a los míos, recomenzar el beso apasionado, volviendo a tomar mi pene y reanudar las caricias donde las había dejado. Respiré aliviado y también quise retomar lo mío, y al bajar la mano por su pecho, recorrer el costado de su cuerpo y sus muslos, me dí cuenta qué había pasado: ¡Se había quitado la remera y el short! ¡Estaba totalmente desnudo bajo la manta!. Sin darle tiempo a nada, urgido por la nueva sensación que me produjo sentirlo desnudo, me paré de golpe sobre la colchoneta y con una urgencia increíble me saqué mi remera y mi shorts, que cayeron al lado de la colchonota y volví a acostarme bajo la manta, acercando mi cuerpo desnudo a la desnudez de Fernando.
Sin decirlo, los dos sabíamos que comenzaba algo nuevo en este también nuevo juego. Los besos, se hicieron más profundos, más intensos; las manos recorrían los cuerpos, dando a entender, recorriendo, conociendo acariciando, bajando hacia la entrepierna, buscando afanosas los sexos, para acariciarlos, palparlos, bajar más hacia los testículos, apreciarlos en su totalidad y vuelta hacia arriba, deteniéndose en el pene, para asirlo y darle vigorosas pero suaves y lentas fricciones, hacia arriba y hacia abajo, provocando los gemidos de placer de ambos, que empezaron a poblar el silencio . Era un erótico y extraño ritual, una danza apretada de cuerpos avanzando uno sobre otro, teniendo una única meta: el placer del otro. Mientras nuestras manos se ocupaban del sexo del otro, los labios fueron buscando otros destinos. Cada uno por vez, dejabamos que el otro explorara el cuello, la nuca, el pecho, las tetillas, el vientre del otro. Mis labios iban y venían de su cuello a su boca y él me interrumpía para ir, con su boca, de mi boca a mis tetillas, a mi abdomen. Yo cortaba su lúbrico recorrido para prenderme con mis labios a sus tetillas y lamerlas, saborearlas, recorrerlas con la lengua y de ahí a su vientre, y volver a subir, momento que el aprovechaba para seguir saboreándome detenidamente con los labios y lengua. Las erecciones eran brutales y de ratos sacábamos las manos de ellas para que los penes se enfrentaran, se unieran uno al otro, jugaran con el roce mutuo. A pesar de la pasión, no dejba de notar la enorme diferencia de tamaño de nuestros sexos, la majestuosidad imponente de la verga de Fernando al lado de la mía que era de un muy buen tamaño.
La voluptuosidad del continuo trabajo de uno sobre el cuerpo del otro hizo que empezáramos a sentir calor y por eso saqué de un manotazo la manta que nos cubría. Esto permitió que jugáramos más con la proximidad del cuerpo del otro, ya que allí, al lado, en brazos del otro, estaba el calor, el refugio. Mis labios bajaron por el vientre de Fernando, se mezclaron con el vello de su entrepierna y bajó un poco más hasta alcanzar su magnifico pene. Con la lengua lo recorrí en todo su largo, bajaba y subia, tratando de abarcar tambien su ancho, jugando con la lengua, haciendo un espiralado sobre esa masa palpitante y caliente de carne, provocando los gemidos de Fernando que me acariciaba con su mano la nuca, la espalda y arqueaba hacia arriba su pelvis de placer, como queriendo algo más de mis labios. Los abrí un poco y me introduje apenas la punta de la cabeza de la verga de Fernando en la boca y comencé a recorrela con la lengua, escuchando los jadeos intermitentes de mi amigo y sintiendo como cada vez arqueaba más su pelvis, empujando hacia arriba. Me supo de sabor dulce, indescriptible. Los jugos preseminales de mezclaban con mi saliva, limpiando aquella maravilla de sexo y la calentura de Fernando sumada a la mía, me animó a más, abrí más mi boca y dejé paso a la cabeza completa, rodeándola con mi lengua, en el poco espacio que dejaba, mientras jugaba a un mete y seca muy lento. Con mi mano acariciaba el resto de ese aparato. Fernando gemía y suspirabatodo el tiempo, mientras seguía con sus caricias sobre mi.
No aguantó mucho tiempo más estar solo acariciando. Se fue volteando hasta que se su cara quedo a la altura de mi pene, lo metió en su boca y empezó a chuparlo. A él le era más fácil, pues mi sexo, de un tamaño grande pero dentro de lo normal, le entraba bien en la boca y podía mamarlo, besarlo, con casi todo dentro y en toda su extensión. Mi boca solo alcanzaba para lo que estaba haciendo, la cabeza y un poco, solo un poco más, no llegando ni a la mitad, y trabajosamente podía usar la lengua. En ese maravilloso sesenta y nueve, recorrí una y cien veces el largo y ancho de la verga de Fernando, mientras el hacía lo mismo con la mía. Con su lengua iba a mis tésticulos, los besaba, chupaba y subía un poco más, se detenía en el perineo, produciéndome temblores de excitación y, finalmente su lengua fue lecorriendo la línea de mi culo, los cachetes y se internó en sus profundidades hasta quedar, caliente y húmeda, apoyada en mi esfinter.
Yo, a medida que me iban invadiendo las distintas sensaciones provocadas por el camino de las caricias linguales de mi amigo, iba imitando su recorrido con la mía.Y así quedamos en un momento los dos: Con nuestras vergas al máximo de erección y nuestras lenguas apoyadas en el esfínter del otro. Nuevamente, como siguiendo una misma melodía, comenzamos a recorrer con nuestras lenguas la entrada de ese orificio, humedeciéndolo. Y otra vez, en el mismo punto de la partitura, mientras agarrrabamos el miembro del otro y comenzábamos a masturbarlo, nuestros cuerpos presionaron hacia atrás, haciendo presión sobre la lengua que estaba en la entrada de nuestro ano, dándole autorización y bienvenida al insistente, suave y nuevo visitante. La lengua de Fernando se fue introduciendo lentamente en mi agujero, conociendo su circularidad, yendo y viniendo en su profundidad, humedeciendo, conociendo, penetrando de la manera más dulce. Yo con la mía hacía otro tanto, mientras las manos se ocupaban en subir y bajar y por los penes, acariciarlos y manipularlos, masturbándolos.
Fernando abandonó el juego de su lengua por mi culo, dejando una buena cantidad de saliva depositada en él y volvió con su boca a mi pene. Hice lo mismo, al tiempo que sentí como su mano se ocupaba de empezar a acariciar mi trasero, recorrer toda la línea que separaba mis nalgas, a abrirse paso entre ella y dejar un dedo apoyado en la entrada. Imité su juego, mientras él me esperaba, jadeando. No dejaba de succionar su espléndido juguete. Sacaba un poco su pene de la boca para respirar profundo, mientras mi dedo comenzaba a introducirse en su raya y llegaba a destino. El mamaba con pasión mi sexo y cada tanto también paraba para poder respirar
Sin acuerdo, sin palabras, empezamos a introducir el dedo en el ya relajado ano del otro, primero uno, que masajeaba las paredes internas del culo, dando vueltas al dedo, entrando, saliendo, conociendo su profundidad. Nunca había experimentado un placer tan intenso. Chupábamos la verga del otro, apasionados y sentíamos un intruso recorriendo nuestro ano, estirándolo, jugando un mete y saca que nos hacía arquear el cuerpo, hacia un lado y hacia otro, buscando el placer en las dos puntas, el pene y el culo. Luego fueron dos. Nos costó un poco de trabajo introducir el segundo dedo, incluso me pareció que, a los dos, nos despertaba un poco de placentero dolor. Una vez dentro, los flexionamos y estiramos, jugando con las yemas de los dedos en la porción anterior al recto,subiendo, bajando, abriendo, y el ritmo de la mamada se hizo más intenso, y obligó a que los dedos también se volvieran más intensos, convirtiéndose el movimiento en un mete y saca, en una dulce cojida de dedos en los respectivos culos. Esto nos encendió al máximo y la noche fue sorprendida por dos claros gritos de placer, por una sucesión de gemidos, hasta que llegó la comunión al mismo tiempo y gritando salvajamente, acabamos uno en la boca del otro. Yo creí que me inundaba la boca y con mucho gusto, tragaba el torrente que se iba acumulando. El también tragó mi abundante semen, mientras sus dedos seguían entrando y saliendo de mi culo y los míos del de él. Hasta que abandonamos los cuerpos al reposo después del espectacular polvo que nos habíamos prodigado mutuamente. Retiramos los dedos y, agradeciendo, las lenguas fueron buscandose, no sin antes recorrer el cuerpo, encontrando el camino hacia las bocas, donde nos fundimos en un larguisimo, interminable beso.
Las caricias continuaron, deliciosas. No hubo palabras, ni explicaciones, ni falsas verguenzas. Solo caricias, besos, interminables búsquedas de las manos sobre el cuerpo del otro. Placer infinito. Interminable. Las primeras claridades y luego luces del día, nos encontraron así. De a ratos entredormirnos y, sintiendo al otro al lado, recomenzar, percibir y dar caricias, besos; dedos que se introducen, bocas que chupan, recorren; lenguas que entran, salen, giran y que quieren conocer más, manos que toman, suben, bajan; penes erguidos una y otra vez productos de la fricción, del encuentro con manos, boca, lenguas, orificios húmedos, dedos que entran, uno, dos y tres, salen y vuelven a entrar. Y acabadas majestuosas. Todas las que se pueden tener en una larga noche, que se convierte en día, de placer. De esas que no terminan nunca cuando cada uno lucha y se afana por placer del otro.
En algún momento, ya con las luces del día alumbrando la última sesión de sexo virginal, nos dormimos, agotados. Me despertó el caliente contacto de los labios de Fernando sobre los míos. Respondí con un beso prolongado, agradecido. El ya se había levantado, estaba con el short puesto y tenía un jarro de café caliente para mí. Me incorporé y antes de agarrar el jarro, lo abracé y volví a besar. Mientras tomaba los primeros sorbos de mi desayuno, Fernando me daba lentos besos que se demoraban en mi cuello y mi espalda, aún desnuda. Volvimos a besarnos y me incorporé, hablándonos por primera vez luego de la cena que antecedió a la magnífica maratón de sexo.
-¿Qué hora es?- le pregunté
-Las ocho y media- Me respondió
-Tengo una palma....
-Y... apenas si dormimos dos horas...- dijo con un tono seductor, mientras apagaba las últimas palabras cerca de mi boca, que se fundió con la suya, devorándosé en besos.
-Voy a prender el celular. Marcelo va a llamar en cualquier momento- dije, mientras me ponía el short y buscaba el celular. Lo prendí. Miré a Fernando, que acomodaba las colchonetas. El me miró y en ese cruce de miradas supe que no había nada que hablar, que lo pasado y, quizás, lo que pasaría, era solo cuestión nuestra y, de nuestra parte, no necesitaba ninguna explicación, ningún planteamiento.
-Me parece que vamos a tener que poner todo esto al sol- dijo, cortando mi pensamiendo y refiriendosé a la manta y las colchonetas.
-Ajá – contesté y juntos sacamos las colchonetas y la manta, que apoyamos fuera del quincho contra una de las paredes y extendimos sobre un arbusto. Contemplamos la hermosura de la soledad del bosque, admiramos el silencio que nos rodeaba y que también nos invadía, contagiándonos. Cualquiera pensaría que una salida como esas daría para hablar y parlotear sin cesar y, sin embargo, no fue así. El silencio, la paz de ese bosque cercano al mar, nos invitaba a no alterarlo, a no romperlo, sino a acompañarlo, disfrutándolo, dejándonos invadir por el.
Extrañamente, sin decirnos nada, volvimos al quincho, cada uno tomó sus elementos de baño y fuimos hacia los sanitariosy duchas. Increíblemente seguíamos accionando al unísono, sin hablarnos, como si todo hubiera estado pautado de antemano y ahora solo nos ciñéramos a cumplirlo. Mientras me sacaba el short, sonó mi movil. Era Marcelo y con malas noticias. Mientras me contaba las malas nuevas, Fernando, interesado por la llamada, se sentó a mi lado, desnudo y pegó su oreja al celular , bien pegado a mi.
- ¡Pasé una noche de mierda! Tengo la boca que parece una pelota de inflamada y me duele como los mil demonios... Mi vieja está tratando de ubicar al pelotudo del dentista para que me dé algo ó que venga a ver que carajo me hizo para que esté así. ¡No puedo ir loco! Al menos hoy, no...
- Bueno, ¡Que le vas a hacer!... Venite mañana, traete algo para que pongamos a la parrilla y pasamos el resto del día, hasta que sea la hora de irnos...
- Si, pensaba hacer eso. Espero estar bien... ¡Dentista de mierda!... Pero igual es una cagada... Yo tenía que llevar el equipo de pesca...
- No te calientes, Marce... Igual acá, hay un montón de cosas para hacer... Si ni siquiera subimos al Faro ni recorrimos el bosque para ver que hay... Mejorate y venite mañana temprano- Le dijo Fernando, compartiendo el celular...
- Bueno, dale... quedamos así.... ¡Disfruten por mí!... Mañana temprano llamo y les digo que hago... Chau...
- Chau....- se despidió Fernando
- Llamá a nuestras casas y deciles que estamos rebien, que no se preocupen. Y mejorate... Chau... – saludé y corté con una doble sensación. Por un lado triste, pues las cosas no estaban saliendo como lo habíamos planeado y, por otro lado, contento, pleno, liberado, pues tendríamos más tiempo para lo que había aparecido fuera del plan.
- Que lástima...- dijo Fernando, mientras abría la llave de dos duchas
- Ajá..., pobre Marce... – apagué totalmente el celular y me metí bajo la ducha. El agua no estaba tan tibia como la tarde anterior, pero era soportable. Pasando la mano por mi cuerpo, sentí que había partes donde estaba pegoteado y me dí cuenta que era semen, mío y de Fernando, que se había secado. Miré a Fernando y comprobé que en su cuerpo también brillaban manchas por distintas partes de su cuerpo, de idéntico origen. Empecé a enjabonarme concienzudamente y de pronto, otra mano, otro jabón, comenzó a frotarme delicadamente la espalda, mientras sentía apoyada en mi culo el semierecto, gigante y palpitante tronco de mi amigo. Me di vuelta, nuestros penes se encontraron por primera vez en esa mañana, se rozaron, se saludaron dándose los buenos días. Nos besamos bajo el agua que ya nos era indiferente. Nos enjabonamosy frotamos uno al otro, refrescándo y limpiando, dándo nueva energía a los cuerpos, enjuagando cuidadosamente. Nos secamos, besándonos cada tanto, nos cambiamos, volvimos al quincho. Mientras yo colgaba los toallones al sol, Fernando reavivó el fuego que había prendido al levantarse y puso la pava. Luego, mientras yo ya estaba enfrascado en mi libro, llenó el termo y cebó mate. Estuvimos en silencio, él con sus pensamientos y yo con mi libro, un largo rato, interrumpiéndonos solo para alcanzarnos el mate. Cerré mi libro.
-¿Vamos a caminar y después al Faro?- propuse.
-Vamos- contesto entusiasmado. Nos pusimos las remeras y gorros con visera para protegernos del sol y salimos a caminar, por el bosque, hacia el lado opuesto del mar. Recorrimos mucho trecho, hacia un lado y hacia al otro, dándo una vuelta perfecta por los límites de esa zona boscosa, hasta donde ya comenzaba la parte de dunas. Mirábamos los pájaros y distintas especies de pinos y acacias que poblaban el bosque. Y al tener la certeza de haberlo investigado casi todo, otra certeza se reafirmó en nuestras mentes: estábamos absoluta y totalmente solos en aquél páramo.
Casi terminando la caminata, Fernando, vencido por el cansancio acumulado y el caminar bajo el sol, se apoyó contra un pino, para descansar. Quizás la seguridad que me daba el sabernos solos, hizo que, decidido, me acercara hasta él y tomara su hermosa cara amiga entre mis manos y comenzara a besarlo. Y que él respondiera a mi beso, tomara mis manos y las enlazara con las suyas. Como dos enamorados, y así creo que ambos lo sentiamos pues así nos comportábamos. Estuvimos besándonos bajo la sombra del pino mucho tiempo, abrazándonos, colgando nuestras manos alrededor del cuello del otro mientras las bocas, selladas, albergabann el incesante entrelazado de las lenguas. Nos tomamos de la mano y caminamos hasta el pie del Faro. Y sin decirnos nada, pues nuesta felicidad y placer por lo que estábamos viviendo daban a entender más que miles horas de charla.
Entramos al Faro y subimos los 274 escalones hasta llegar donde estaba la luminaria. Era inmensa y estaba rodeada de marcos, protegidos por gruesos vidrios, por los que se veía el balcón mirador asegurado por barandas que rodeaba toda la estructura del Faro, desde donde se apreciaba la inmensidad de mar y la vastedad de los terrenos alrededor del Faro. Uno de esos marcos se abría hacia adentro como si fuera una puerta y por allí se accedía al mirador. Lo abrimos y salimos. El viento, no muy fuerte pero insistente, se hizo sentir cuando salimos, pero era algo agradable recorrer la circularidad de ese mirador y ver la magnificencia de la naturaleza a nuestro alrededor, mientras el viento se hacía sentir en nuestras caras. Mirando hacia el norte teníamos primero el bosque y luego reconocimos la silueta de nuestro pueblo, hacia el frente y el sur, el mar impetuoso, la continuidad de la playa que dejaba ver, allá lejos unos grises nubarrones; y a nuestras espaldas el bosque y las dunas. Yo quedé impactado por la majestuosidad de mar, que se veía inmenso, interminable. Me apoyé con los brazos en la baranda, que al darme a la altura del estómogo me hizo inclinar hacia delante, llevando la otra mitad del cuerpo hacia atrás y dejé que mis ojos absorbieran la belleza que se presentaba ante ellos. Fernando se acodó en la baranda de la misma manera a mi lado, también impactado por el encanto que se presentaba ante nosotros, mientras el viento nos revolvía el pelo y sacudía nuestras pocas prendas.
Lo ví moverse y desaparecer de mi lado, sin prestarle atención, pues seguía hipnotizado por el paisaje. Hasta que algo más mágico que ese paisaje, me hizo volver a la realidad. La presión, justo en el medio de mis nalgas, de ese otro prodigio de la naturaleza: la verga de Fernando. Apoyó toda la majestuosidad de su instrumento, haciéndo presente toda su dimensión, todo su grosor y largo, en la raya de mi culo. Y me abrazó por detrás, enlazando las manos a la altura de mi estómago y recostando su pecho en mi espalda. Me ví temblando, y no era por el frío ó por el viento. El sentir pegado a mi cuerpo el cuerpo de Fernando y a aquél pedazo colosal adherido a mi trasero, me hacía estremecer, disparando todos mis sentidos. Comencé a mover lentamente mi culo en forma circular y presionando hacia atrás, como queriendo que así, todo el largo de ese fenómeno se quedara para siempre en la unión de mis nalgas. Los labios de Fernando viajaban por mi cuello y nuca. Yo dí vuelta mi cara y se encontraron con los míos, mientras el empuje de su aparato, se hacía más agresivo, a medida que se erguía. Yo acompañaba esa excitación con movimientos de mi trasero más centralizados, dando lugar al magnífico intruso que sentía entre las telas del short, y empujando más hacia atrás.
Fernando soltó sus manos que seguían abrazándome por la cintura y una de ellas comenzó a deslizar el elástico de mi short hacia abajo, mientras notaba que la otra se movía a la misma altura en el de él. Y luego lo sentí: La mano que bajaba mi short, dio lugar y ayudó a posar esa desmedida porción de carne palpitante, directo sobre la piel de mi culo, posándose y presionando tal como estaba antes, sin la barrera de las telas de nuestras prendas. Si antes temblaba y me estremecía, ahora creía que iba a explotar, acabar allí mismo. La verga se fue abriendo camino por el lugar que podía, me rozó los testículos y llegó hasta la base de mi pene. En una de las retiradas, cerré las piernas y atrapé la cabeza entre ellas y apreté con fuerzas. Fernando se abandonó sobre mi cuerpo, gimiendo de satisfacción y comenzó un mete y saca lento, besándome el cuello y luego buscando, con gemidos como suplicando, mi boca. Cuando nuestros labios se encontraron, contrariamente a lo que yo creía que venía a continuación, detuvo el movimiento y durante el beso, sacó su sexo de entre mis piernas, acomodó su short, el mío y me giró, abrazándome, estrechándome contra sí, pegando su sexo al mío, que estaba a punto de estallar, y prolongó el beso apasionado. Nuestros paquetes se empujaban uno contra otro desesperados, queriendo romper la prisión de las prendas y encontrarse con el otro. Con un gimoteo amoroso, adolescente, nos separamos y nos miramos largamente, entramos, cerramos como estába cuando llegamos y comenzamos el descenso, tomados de la mano. Nos tomómás del doble de tiempo bajar, ya que cada tanto, él ó yo, tomaba al otro y lo besaba, ó bien lo inmovilizaba contra las curvas paredes, asaltando la boca, mejillas, orejas, cuello y en algún momento, levantaba la remera para llegar al pecho, las tetillas.
Finalmente salimos al exterior, y andando por el sendero que nos llevaba al quincho, vimos como habían avanzado esos nubarrones que venían desde el sur y se acercaban hacia nuestro paraíso. Levantamos, por las dudas, las colchonetas, las mantas y los toallones y las entramos. Fernando fue hasta el baño, yo alimenté el fuego y puse a calentar agua en una cacerola para cocinar el amuerzo.
El estar solo, mirando fijamente el fuego y esperando que hirviera el agua, me dio lugar para pensar en lo que estaba pasando, por primera vez. Siempre me consideré heterosexual, lo mismo que a mi amigo. Si bien no teníamos novias, ya habíamos salido con algunas, aunque ninguno de los dos había pasado de maratónicas sesiones de besos y algunos toqueteos. Pero lo que estaba pasando, ese conocer el sexo con mi propio amigo, sintiendonos los dos cómo novios aún virginales; con tanta dulce pasión como la desatada la noche anterior ó la demostrada durante la mañana, realmente me desorientaba y gustaba a la vez. Sentía los labios como si estuvieran hinchados de tanto besar y recibir besos, el cuerpo como flotando, vibrante, por saber a Fernando conmigo y a solas; la piel guardando la ternura de las caricias, el pasar de sus manos en ella. Y una sensación como de noviazgo, de amor profundo, del que se da y se recibe mansamente, sin apuros. Y la convicción de que a él le pasaba lo mismo, pues se le advertía en su actitud idéntica a la mía, en su mirada, en la ternura de cada gesto que tenía hacia mí. Un frío me recorría la espalda al recordar las dimensiones de su sexo, al evocar su tamaño apoyado en mi trasero.
Estaba concentrado en esto, repasando una y otra vez lo pasado en las últimas horas, reviviendo sensaciones, cuando me interrumpieron dos cosas: Un trueno ensordecedor anunciando tormenta y las manos de Fernando sobre mis hombros, que se había parado tras mío y se inclinaba para besarme el cuello. Me dí vuelta y nos besamos, fundíendonos un abrazo tierno, protector.
-Se viene el agua, se nos pincha el día- dijo, señalando hacia fuera, donde de repente empezó a soplar un viento frío, anticipando la lluvia. –Por suerte acá vamos a estar protegidos-
-Ajá. Pero no creo que dure mucho. Las últimas tormentas fueron cortitas-
-Ojalá.... Podemos aprovechar para dormir... estoy molido- dijo mientras estiraba los brazos, desperezándose.
-Voy a hervir fideos, los comemos con aceite y algo de la carne cocida que te dio tu vieja.
-Lo que quieras, pero después un buen café y me tiro un rato....
-Y yo también...- dije. Fernando preparó la mesa para comer, yo herví y colé los fideos, les puse aceite, corte dos porciones de carne y llevé todo a la mesa. Los truenos se repetían y mientras comíamos y charlábamos de todo un poc, se largó la lluvia. Terminamos de comer, levantamos las cosas y las enguagamos. Fernando puso a calentar agua, batió café, que dividió en dos tazones grandes y les echó el agua casi hirviente encima. Mientras, yo fui hasta la cortina plástica que protegía el quincho, la abrí un poco, saqué mi verga y oriné hacia fuera, tratando que la lluvia no me mojara. Esto nos hizo reír a los dos. Cuando volví a la mesa, ya estaba el café esperándome. Me senté al lado de Fernando a tomarlo y observar la caída de la lluvia, que se perdía a través del plástico que protegía al quincho.
Fernando se levantó y fue hacia las colchonetas, hizo spacio y armó la improvisada cama al lado de la parrilla, como la noche anterior, mientras yo observa atento sus movimientos. La sola idea de estar acostado nuevamente a su lado en poco rato, me excitaba, pero no queriendo anticiparme, tomé el libro y me puse a leer. Pasó poco rato y me descubrí cabeceando ante el libro, lo cerré y fui a acostarme. Fernando estaba dormido, boca arriba, tapado con la manta. Verlo me llenó de ternura, me acosté a su lado e incorporándome un poco, lo besé con los labios cerrados. El despertó entreabrió los ojos, sonrió al verme, me pasó el brazo por el cuelo, me acercó a él, me devolvió el beso de labios cerrados y recostó mi cabeza contra su pecho. Yo me quedé quieto, acompañando el compás de su respiración, feliz de estar allí y, por la sonrisa que marcaba su rostro, él también.
Nos quedamos profundamente dormidos, abrazado, mi cabeza sobre su pecho. Cuando desperté, me llamó la atención la oscuridad, apenas si podía divisar el brillo ya casi apagado de las brasas y se escuchaba la lluvia caer sobre el techo. A tientas, traté de alcanzar mi reloj, que según recordaba había dejado a un costado de las colchonetas. Lo encontré, accioné la iluminación, y acercándolo para poder mirarlo, vi la hora. ¡Las 20.30 Hs.! ¡Habíamos dormido más de seis horas de corrido y ya era de noche!. Me levanté y lo primero que percibí fue que había bajado la temperatura. A tientas, en la oscuridad, busqué el sol de noche y luego los fósforos. Lo prendí y lentamente la tenue luz fue aclarando a su alrededor. Me puse un buzo, Fernando seguía durmiendo, yo alimenté el fuego hasta que las llamas dieron un poco más de luz. Puse a calentar agua, tenía la necesidad de despejarme después de esa larga siesta. Preparé mate, tome unos cuantos solo, desdejándome en cada sorbo. Me acerqué hasta la cortina, corriéndola contemplé la lluvia, escuché el ruido del mar y volví las vista hacia donde Fernando dormía, extendiendo su hermosa anatomía sobre las colchonetas. Definitivamente, estaba en el paraíso.
Calenté más el agua, la puse en el termo, recompuse el mate y con el equipo a cuestas, fui a despertar a Fernando. Dejé el equipo a un lado, me arrodille en la colchoneta y con los dedos, le corrí un mechón de pelo que le tapaba la cara. Reaccionó refunfuñando. Con el dorso de la mano, acaricié suavente su mejilla, que estaba caliente. El abrió los ojos y se incorporó, sonriente. Yo le ofrecí el mate.
-¿Sigue lloviendo?- preguntó mientras tomaba, apoyándose en un brazo sobre la colchoneta
-Si... Lástima... podríamos haber ido a caminar de noche por la orilla del mar....
-Mañana va a estar mejor y lo hacemos a la mañana– aseguró. Terminó el mate, me lo dió y mientras yo lo llenaba se incorporó y se sentó. - ¡Ah, la mierda que se puso fresco!
-Ajá, y bastante. Yo me tuve que abrigar– repliqué y le alcancé otro mate.
-No me levanto nada... – dijo, divertido, mientras se metía bajo la manta y se tapaba del todo.
-Hacé lo que quieras, pero tomá el mate... Nos pasamos de vueltas durmiendo...- El reapareció de bajo la manta, se incorporó, agarró el mate, lo tomó y justificó:
-Lo necesitábamos... si anoche no dormimos casi nada... Encima, con el cansancio de la caminata hasta acá de ayer y la de hoy... – Me devolvió el mate vacío. Yo le cebé otro y se lo dí. El lo tomó rápido y volvió a meterse bajo la manta.
-Podríamos comer la tarta que me dio mi vieja- comenté, mientras me ilevantaba y dejaba el equipo sobre la mesa.
-Ajá. Y en la cama, así estamos abrigaditos.
-Entonces la corto y la dejo preparada, así cuando queramos, la agarramos y listo.
-Dale
Puse más leña al fuego, corté la tarta, puse varias servilletas al lado de las porciones y me senté con el libro, al lado del sol de noche y leí unos instantes. El se incorporó, vió lo que estaba haciendo, y con un tono que era mezcla de invitación y ruego, me increpó:
-¿Qué hacés ahí? Vení a leer acá, tapadito, al lado mío
Lo miré y al mirarlo, otra vez, ante la sola visión de su cercanía, su hermosura adolescente y el recuerdo de todo lo vivido en las últimas horas, un frío me corrió por la espalda. Dejé el libro, pues me parecía más interesante estar a su lado que la lectura, apagué el sol de noche, tiré más leña al fuego y antes de acostarme a su lado, alumbrado solo por la luz proveniente de la parrilla, me quité el buzo ante su mirada atenta. El se paró de golpe sobre la colchoneta y con la mirada fija en mí, buscando entre la escasa luz amarillenta mi mirada, se quito primero la remera y luego el short. Quedó desnudo, con una mirada desafiante.
-Yo repuse energías ¿Y vos? – me provocó. Yo sin contestarle, y tratando de controlar mis sentidos, le di la espalda y me quité lentamente, como en una danza de strip tease, la remera y luego el short. Al segundo que tiraba el short, lo tuve pegado a mi espalda, besando mi cuello, pellizcando delicadamente mis tetillas, acariciando mi pecho y con su titánico aparato apoyado en mi culo. En una pausada sucesión, repetía los besos y caricias. Su miembro, erguido, caliente, afirmado en todo su largo sobre la raya del culo, iba creciendo con el fragor del contacto, de las caricias. Yo le revelaba a ese grandioso intruso mi gusto y deleite por su presencia con un meneo ritmico, que buscaba acomodar, hermanar la curva raya de mi trasero a ese tamaño y extensión, como queriendo que así, encastrada, entrara todo lo que pudiera. Yo movía, trataba de abrir, para atrapar el grosor entre las nalgas. Con este profano y sensual juego, el peregrinaje de los labios de Fernando en mi espalda, mi cuello hasta llegar a mis mejillas, boca, y el tránsito continuo de sus manos por mi pecho, abdomen, pubis, hasta llegar a mi sexo y acariciarlo, para volver a empezar, comenzamos a descender, hasta quedar enalazados y de rodillas sobre la colchoneta. Largo rato estuvimos arrodillados, el pegado a mi espalda, besándome, acariciándome y yo con mis manos hacia atrás, percibiendo cada centímetro de su piel. Me hizo girar y quedamos de rodillas, frente a frente, exténdiendo los minutos en besos, caricias, abrazos y toqueteos de todo tipo. No recostamos y, otra vez, en una armonía de movimientos que parecía planeada, fuimos recoriendo con la boca, lengua y manos el cuerpo del otro, hasta quedar yo a la altura de su pubis y él del mío. No dedicamos a besar suavemente, conociendo cada milímetro, intima
-Podríamos pasar el fin de semana en el Faro, ¿No? – Se le ocurrió a Marcelo, como al final de la charla sobre qué hacer para que ese fin de semana de principios de diciembre,sea distinto a los demás.
-Conseguimos una carpa, llevamos comida y pasamos el sábado y el domingo en los bosques del Faro, al lado del mar- Terminó de cerrar la idea, mirándonos con entusiamo.
-¡Yo me anoto!- Grité enseguida
-¡Yo también!- se apuró Fernando.
El Jueves, superado con éxito el examen porla mañana, no encontró a los tres, por la tarde en una corrida para conseguir lo necesario, acaparar comida y averiguar lo que más pudiéramos sobre el Faro, qué había allí y qué hacer durante esos dos días. El Faro queda a 6 kilómetros del último punto habitado de la ciudad, caminando por la playa. Es una especie de páramo en medio de las dunas. Un bosque frondoso, a 300 metros del mar rodeaba al Faro, que en medio de aquellas dunas y médanos, levantaba sus 58 metros hacia el cielo y mirando al océano. A su lado, un destacamento de Prefectura, con un oficial a cargo, una batería de baños y un quincho de usos múltiples, terminaban de formar la escasa infraestructura del lugar, que ya no cumplía su función específica, sino que era visitada como atractivo turístico. Pero todavía no era temporada alta, así que disfrutaríamos de la soledad de aquel lugar a nuestras anchas.
Los llamados por teléfono, los encuentros a apurones para tener todo listo, las caravanas de casa en casa para tener los permisos de nuestros padres y los últimos detalles de la "aventura", llenaron las horas de ese Jueves. Ya bien entrada la noche, en el garage de mi casa, donde habíamos centralizado las operaciones, nos encontramos para decidir la salida. Creímos mejor hacer más extensa nuestra expedición, saliendo el viernes a primera hora de la tarde, ni bien volviéramos del colegio. Marcelo hizo un gesto de fastidio y nos explicó que el viernes por la tarde tenía que ir al dentista, y como este atendía en nuestra ciudad dos veces al mes, era imposible faltar. Las ganas de los tres y el querer que todo salga bien para todos solucionó el problema: Fernando y yo saldríamos el viernes por la tarde con la mayoría de las cosas para acampar, armaríamos la carpa, pasaríamos la noche y esperaríamos a Marcelo que llegaría el sábado antes del mediodía. Con todas las expectativas, nos despedimos y nos fuimos a dormir.
De más está contar lo que me costó conciliar el sueño. Iba a ser realmente un fin de semana distinto. Con mis 17 años, el estudio, el trabajo en temporada y las obligaciones familiares, absorbían la mayor parte de mi tiempo y lo mismo le sucedía a Marcelo y Fernando. Iba a ser la primera vez que saliéramos y estuviéramos solos tanto tiempo. Y a eso sumado lo exótico de nuestra excursión. La soledad de aquel lugar y su extraña belleza, daban a esta salida y a nuestra edad, un toque especial.
El viernes amaneció como nunca: El sol despuntó temprano y ya camino al colegio contaba los minutos que faltaban para llegar a las 14.00 horas, hora fijada para emprender nuestra salida hacia el Faro. Durante la mañana no paramos de hablar y soñar con nuestra excursión, varias veces nos llamaron la atención por estar hablando ó por estar "en otro mundo". Finalmente sonó el timbre que daba fin a la semana escolar. No me daban los pies ni el tiempo para llegar a casa, comer a los apurones, cargar el auto, apurar a mi padre para que lo pusiera en marcha, pasáramos a buscar a Fernando por su casa y nos llevara hasta donde termina la villa. Desde allí, seguiríamos a pie hasta el Faro.
Y así nos encontró la tarde que recién comenzaba: caminando por la arena húmeda de la playa, un poquito alejados del mar y divisando, a lo lejos, la silueta del Faro. A paso lento, con los equipos de mochilero a cuesta. Parábamos de a ratos, veíamos cada vez con más ansias nuestro punto de llegada. Marcelo llamaba a mi celular a cada rato apara saber cómo íbamos, cosa que nos atrasaba. Y el sol permanecía resplandeciente sobre nosotros. A poco rato fue tiempo de sacarnos las remeras, ya que pegaba fuerte sobre nuestras espaldas y nos hacía transpirar. Y en una de las paradas, no aguantamos más el calor y nos metimos al mar. El agua estaba fría, pero cumplió con lo que queríamos: que nos refrescara un poco. Con los shorts mojados y sin remera, al cabo de un tiempo, llegamos al límite del bosque que rodeaba al Faro, gritando y festejando, pues ya estábamos en nuestro destino. Antes de seguir, dejamos nuestras cosas sobre la arena para admirar desde afuera el paisaje que nos albergaría durante dos días. Llamamos a Marcelo y a nuestras casas para avisar que habíamos llegado y estábamos bien.
Nos adentramos en el bosque, buscamos la parte construcciones, que estaban pegadas al Faro. Era un espectáculo imponente, se erguía con solidez hacia una altura que parecía increíble. A un costado el destacamento de prefectura en el que no vimos a nadie. Fuimos hasta la entrada y vimos un pequeño cartel "Fuera de servicio hasta diciembre. Instalaciones abiertas. Cuide este espacio. Es suyo"
¡Ya lo creo que iba a ser nuestro!. Dejamos las mochilas en un claro entre el quincho y la batería de baños y nos dispusimos a reconocer el lugar. Entramos a la base del Faro, vimos la escalera acaracolada, con sus 274 escalones con baranda que, pegada a la pared, terminaba en la torre del Faro propiamente dicho. Recorrimos los alrededores y comprobamos con alegría y satisfacción que había de todo: Duchas, servicios bien instalados y limpios, el quincho tenía parrilas, mesas y bancos de material y el agua salía de duchas y canillas limpia, clara y medianamente tibia, pues el sol daba de lleno en el tanque.
Decidimos no armar la carpa. Nos instalaríamos en el quincho , que era bastante grande y estaba protegido. Era de material, rectangular, de unos 15 metros de largo por otros 8 de ancho. Sobre una de las paredes estaban las parrillas y a su lado una pileta y mesada. Las mesas ybancos ocupaban el centro. Los dos costados eran de material, y los otros dos estaban protegidos por una gruesa cortina de lona transparente, para frenar el viento. ¡Era ideal!. Dispusimos rápidamente los elementos que habíamos llevado para comer, acomodamos las finas colchonetas al lado de una de las parrillas, dejando bien delimitado el lugar. Luego fuimos a juntar leña para hacer fuego y tener provisión para los días que nos quedaríamos allí. Fue fácil, pues el bosque era generoso en ese sentido. No dejábamos de maravillarnos por el lugar. El silencio lo invadía todo, solo se escuchaba el Prendimos fuego, calentamos agua y tomamos mate, mientras seguíamos embobados con el silencio y la soledad de aquel lugar. Yo saqué de mi mochila un libro y me puse a leer, vicio que heredé de mi familia. Leo cada rato que tengo libre, sea la hora que sea y, sin importar la hora, siempre un rato antes de dormir. La paz alrededor nos fue invadiendo a Fernando y a mí, que no hablabamos, sino que disfrutábamos de eso que el lugar nos daba: Una absoluta paz y tranquilidad. Así vimos como iba cayendo la tarde y antes que anocheciera, Fernando, mientras alimentaba el fuego de la parrilla, anunció:
- Voy a ducharme, así me saco ela transpiración y la sal del cuerpo. Sino, más tarde, me va a dar frío.-
- ¡Dale, yo también! – dije. Dejé el libro, saqué el toallón de mi mochila. Fernando hizo lo mismo y, llevando el celular, nos fuimos hacia la batería de baños. Los dos en shorts y sin nada arriba. Como nos criamos y crecimos juntos, nuestros cuerpos no nos llamaban la atención. Mientras caminábamos hacia los baños, solo pude apreciar que había crecido un poco más que yo. Me llevaba en altura dos ó tres centímetros, llegando casi hasta 1, 70, pero su espalda estaba más formada, los músculos se marcaban en detalle en su pecho, brazos y espalda. El pelo negro que llegaba hasta casi sus hombros, atado con una colita, daba marco a su cara aún adolescente, en la que se destacaban sus ojos azules oscuros y unas pequeñas pecas alrededor de la nariz. Yo, aprecié ese detalle: el había crecido un poco más que yo, pero no quedaba en desventaja. Mi espalda era un poco más estrecha, pero por muy poco y ya se notaba el surco de los músculos en mi pecho y brazos. Mi pelo tenía casi el mismo largo, solo que el mío era castaño claro, también sujeto con colita. Y mis ojos eran de color verde.
Llegamos a las duchas. Nos seguía sorprendiendo lo limpio que estaba todo. En una de las paredes estaban sujetos los percheros, un banco largo y luego cuatro duchas, sin división. Nos sacamos los shorts y quedamos desnudos sin pudor, pues como dije, nos hemos criado y crecido juntos, casi como hermanos. Ahí noté otra diferencia: Fernando se había desarrollado en otra parte más que yo. Al darse vuelta una vez que se quitó el short, dejó ante mi vista un pene que, por lo poco que sabía, era fenomenal. Fláccida como estaba, parecía una mamadera tanto en largo como en ancho. No pude menos que admirar, ya que si bien yo sabía que yo estaba bien armado con lo mío, aquello era descomunal.
-¡Epa con lo que cargás, Fer! – dije, entre risas. El sonrío y finalmente rió. Nos metimos en las duchas, dejamos que el agua, aún tibia pero no tanto, sacara los restos de sal y transpiración de nuestros cuerpos y salimos a secarnos. Yo no dejaba de pensar en las dimensiones del aparato de Fernando y compararlo con el mío, cosa que me dejó cierta inquietud. Nos atamos los toallones a la cintura y así empendimos la pequeña caminata hasta el quincho, mientras contemplábamos el crepúsculo sobre el mar, que quedaba a nuestro frente.
-¿Vemos el atardecer frente al mar? – preguntó
-Dale- contesté. Y así lo hicimos. Nos sentamos a metros de la orilla, con nuestras toallas atadas a la cintura y contemplamos como el sol desaparecía. La temperatura había bajado un poco, pero todavía estaba agradable. Fue un espectáculo único. Al rato de estar sentados, comenzamos a tirarnos arena y aquello terminó en una lucha de cuerpos sobre la arena que hizo que terminarámos los dos desnudos, pues nuestros toallones cayeron y llenos de arena sobre los cuerpos. Sentí varias veces el roce del pene de Fernando sobre mis piernas, muslos, e incluso una de las veces, sobre mi pecho y esto me hacía estremecer, sin entender muy bien por qué, pero hacía reaccionar a mi propio pene que respondía con un a leve erección.
Sin hablarnos, y a los gritos de alegría, corrimos al mar, y nos dimos una zambullida. Lo frío del agua hizo bajar toda temperatura del cuerpo. Salimos rapidamente y a la carrera y desnudos, volvimos a las duchas, donde nuevamente nos quitamos con el agua, la sal y restos de arena del cuerpo. No podía evitar mirar a Fernando mientras refregaba su cuerpo con los ojos cerrados. El fino vello era más oscuro que su pelo, llegando hasta casi un color azul y coronoba ese soberbio instrumento. Era agradable verle, con su cuerpo blanquecino y bronceado suavemente en los brazos, por efecto del sol. Estaba fuerte, con unos pectorales desarrollados, aunque sin exagerar, donde llamaba la atención, la inexistencia de vello. Los brazos y las piernas sobre todo daban cuenta de la fuerza con que se estaba desarrollando. El vello de las piernas, no era muy abundante, negro y le daba un atractivo especial.
Estuve mirándolo mientras nos duchábamos, sin entender aún la inquietud que me invadía ante la visión de la desnudez magnífica de mi amigo de la infancia. Y mientras yo dejaba correr el agua sobre mi cuerpo, con los ojos cerrados, al abrirlos noté como Fernando desviaba la mirada. No lo pude asegurar, pero juraba que me estaba mirando con la misma intensidad con la que yo lo había contemplado a él.
Sacudimos los toallones que aún tenían residuos de arena por la lucha para secarnos y atándolos nuevamente a la cintura, nos fuimos al quincho. El fuego aún estaba vivo y lo alimentamos con más leña. Ninguno de los dos, hizo amague de vestirse, como si fuera lo más natural, quedarnos solo con los toallones. Yo seguí con mi libro, embelesado por el silencio solo inerrumpido por el crepitar del fuego, el sonido del mar y los movimientos de Fernando, que empezó a desempaquetar las alimentos para ver que cenaríamos. La escasa luz del fuego no alcanzaba para alumbrarnos, pero así seguimos un rato, en penumbras. De a ratos yo quitaba mi atención del libro y detenía la mirada en Fernando, en su cuerpo y en la abertura de la toalla que, con sus movimientos, de a ratos dejaba ver su tesoro, quedando al descubierto su magnitud. Prendimos el sol de noche que habíamos llevado, dejándolo al mínimo y esto daba una extraña iluminación al lugar, dando un ámbito de luz a su alrededor y . luego todo sombra y oscuridad.
Fue hora de ponernos algo e ropa, pues ya se sentía el fresco de la noche y aproveché para ponerme otro short. Al quitarme la toalla, de espaldas a mi amigo, sentí su mirada sobre mi cuerpo y al darme vuelta, aún desnudo de la cintura para abajo, pude comprobar que así era. Me miraba con un gesto y atención tal como yo creo que eran los míos al mirarlo a él. Esto duró un segundo, y hubo cierta incomodidad en los dos, que se disipó al continuar cada uno con lo suyo. Al poco rato fue mi oportunidad, al quitarse él la toalla, de contemplarlo, descubriendo que su miembro delataba una pequeña erección, irguiendo y agrandando esa masa de carne. No llegó a descubrime mirándolo, pues el libro que continuaba leyendo, servía de escondite a mi mirada.
Sonó el celular, y era Marcelo. Contó que la había pasado bastante mal en el dentista, ya que le habían encontrado un problema en una de las muelas y el dentista tuvo que anesteciarlo, usar el torno y hacerle varias cosas para terminar el arreglo. Se sentía mal, tenía la cara hinchada y le dolía la muela como nunca había sentido. Pero confiaba que en la noche esto iba a calmar para juntarse con nosotros al mediodía del día siguiente. Bromeamos con él, le contamos lo espléndido del lugar y lo que se estaba perdiendo y así, cortamos la llamada. Yo apagué el celular para cuidar la batería.
Ya era hora de pensar en la cena y Fernando se propuso para hacer unas hamburguesas que habíamos llevado, a la parrilla. Yo preparé, con las escasa cosas que llevamos, la mesa y al poco rato estábamos comiendo. Charlamos largamente sobre cosas de la escuela, compañeros, cosas que pasaban en nuestras casas. Lentamente se fue diluyendo la charla y nos pusimos a levantar los restos de la comida y limpiar lo que habíamos usado. Yo me puse a leer y Fernando acomodó las colchonetas juntas al lado de la parrilla y se tiró a descansar.
-No tendrías que usar tanto el sol de noche, nos vamos a quedar sin carga. – me dijo.
-Tenés razón- contesté. Cerré el libro, apagué el sol de noche y me dirigí hacia las colchonetas. No quedaba todo a oscuras, ya que el poco fuego alumbraba, aunque muy escasamente. Me acosté al lado de Fernando y charlamos otro rato. Nuestros cuerpos se rozaban levemente. Sentía el contacto del vello de sus piernas contra las mías. Los dos estabamos en shorts y remeras, recostados, boca arriba, uno al lado del otro, tenuemente alumbrados por las brasas de la parrilla. Un temblor me recorrió el cuerpo por el contacto de nuestros cuerpos, pero hice lo posible para pasar por alto la reacción, hablando sin parar, riéndome junto a mi amigo.
No sé en qué momento me quedé dormido, y tampoco qué hora era cuando desperté, con algo de frío. Me costó un poco ubicarme donde estaba. Las pocas brasas y la respiración de Fernando a mi lado, me ubicaron. A tientas me levanté y agarré una manta que, por precaución, había dejado en uno de los bancos. Volví a nuestra improvisada cama y estiré la manta de tal manera que nos tapara a los dos. Tapado, giré mi cuerpo hacia la parrilla, dándole la espalda a Fernando, para ver los últimos destellos de las brasas mientras recuperaba el sueño nuevamente. Inmendiatamente y entre sueños, Fernando se giró hacia mi lado, acercó su cuerpo al mío, y pasó su brazo sobre mi cuerpo, que quedó cerca de mi pecho. Me quedé paralizado. Sentía su respiración cerca de mi nuca, su pecho practicamente estaba pegado a mi espalda, sus piernas se pegaban a las mías y su mano casi tocándome el pecho. Mi corazón latía alocado. No sábía de donde provenían todas las sensaciones, desconocidas para mí, que, de pies a cabeza me generaban un temblor interno difícil de controlar. La sensualidad de la cercanía de nuestros cuerpos, la imagen grabada a fuego en mi mente de lo que había visto esa tarde, la respiración de alguien a mis espaldas, el roce de sus vellos con los míos, me daban una agradable sensación y eso me ponía algo incómodo, confuso, y a la vez protegido, contento . Algo nuevo estaba despertando en mí, sin poder definirlo con claridad, y era producido por la cercanía de Fernando.
Tratando de controlarme intenté dormirme, cuando siento que Fernando achica la casi nula separación de nuestros cuerpos, acercandose a mi hasta quedar los dos cuerpos encajados en forma perfecta, en cucharita. Todo mi cuerpo se sacudió por el torrente de excitación que me produjo el estar pegados, sentir que no había nada que nos separara, excepto nuestra escasa ropa. Y lo más extraño para mí fue el placer producido al sentir apoyado bien en el centro de mis nalgas, el tremendo aparato de mi amigo. Lo sentía realmente e imaginaba su tamaño, su forma y como se adaptaba a la curva de mi raya. Quizás fue aquí donde se esfumó toda confusión ó sensación de incomodidad. De repente me sentí gozando de ese momento, de los cuerpos uniéndose bajo la manta, de la respiración ritmica, de dormido, del aliento que sentía bien cerca de mi oreja, las piernas en una unión perfecta y ese descomunal paquete acomodado en la raya de mi trasero.
No pude dormir. Pero aún así, no puedo decir con exactitud como empezó todo. Si fue que mi exitación hizo que empujara hacia atrás de a poco mi trasero para que se apretara más contra aquella grandiosa barra de carne ó, ya no tan dormido, Fernado empezó a presionar, delicadamente y sin apuros, su pelvis hacia mí para que su pene se pegara cada vez más a mi culo. Pero fue lo que pasó. Y sin apuros, lentamente, con movimientos casi impeceptibles, pidiendo permiso, concediendo y avanzando. Y dando paso a nuevas cosas: Mi pene que comenzo a levantarse producto de la excitación, el pene de Fernando que se ponía más duro, más grueso y agresivo, lo podía sentir agrandándose y apretarse cada vez más solido contra la raya de mi culo. Y el movimiento, primero imperceptible, luego tomando ritmo de a poco, imitando un mete y saca, un refriegue de nuestras partes; la mano de Fernando que se apoyo definitivamente sobre mi pecho y, a pesar de la remera, acariciaba mis tetillas, pasando de una a otra, bajaba a mi vientre y volvía al pecho para recomenzar. Sin poder creerlo, empecé a responder al movimiento, al refriegue y a las caricias, primero timidamente y dejándome invadir por la sensualidad que tenía el momento, abandonado a lo que sentía; luego con más intensidad a medida que Fernando aumentaba su refriegue, sus embestidas. Mi trasero respondía al roce, buscaba presionar cada vez más ese pene, mi mano se posó sobre la de mi amigo y la acompañaba en el recorrido de mi cuerpo. Creí que iba a eyacular en ese mismo momento y sin haberme tocado.
Fernando agarró mi mano y tiró de ella, en una clara señal de que me volteara hacia el. Así lo hice y ni bien me acomodé, en la ya oscuridad absoluta del lugar, sentí el tibio roce de sus labios contra los míos y su mano que avanzaba debajo de mi remera hacia mi pecho para llegar a las tetillas. Se separó un segundo, no nos podíamos ver, pero nuestras respiraciones agitadas mostraban y decían todo. Yo tomé la posta y acerqué mis labios a los suyos, devolviendo el roce que fue más fuerte esta vez y que, de poco, dió paso a un beso de labios cerrados al principio para ir lentamente abriéndolos, búscandose y convertirse en un largo, profundo y dulce beso. Las lenguas se buscaban, no con frenesí, sino con una pasión al principio mansa, dulce, pidiendo permiso, aceptando y devolviendo, acompañando a las caricias sobre que ya los dos nos regalábamos mutuamente.
Mientras continuábamos besándonos, su mano fue bajando por mi pecho y de metió sin dificultad dentro de mi short, y se detuvo a acariciar mi vello pubiano. Yo lo imité y pude sentir en mis dedos, en mi mano, la lisura de ese cuerpo joven, adolescente como el mío que respondía a las caricias. Al llegar a su pubis la lisura, como en escala, la empecé a sentir cubierta de un suave vello y luego peluda, pero muy suave, y acaricié sin prisa, disfrutando de esa sensación en mi tacto, de los pequeños pelos ensortijados que se enredaban en mis dedos. Como si hubiéramos respondido a una señal, en el mismo momento, los dos, sin dejar de besarnos con pasión, pero delicadamente, avanzamos con las manos más hacia abajo, buscando el sexo del otro. Sentí su mano acariciar la superficie de mi pene y mi mano trató de aprisionar en toda su dimensión el de él. Apenas si podía cerrarla, tratando de tomar aquel tubo inmenso, duro y suave. Las venas inflamadas por el deseo se marcaban y sentían en la palma de mi mano. Como siguiendo un mismo libreto, comenzamos a subir y bajar las manos sobre nuestros penes, en un movimiento de masturbación que nos llevaba al límite de la excitación, haciendo que nuestros besos, el empuje de los cuerpos uno contra otro, buscándose con deseo, fuera más intenso.
De repente, sin ningún aviso ó movimiento que lo anunciara, Fernando se separó de mí, corrió la manta y lo escuché pararse. Mi corazón se detuvo. Malos presgios corrieron alocados por mi cabeza. Pensé que se había arrepentido, que creería que yo forcé la situación, que quizás me acusaría de vaya a saber que cosas. En la negrura y el silencio en la que estaba teniendo lugar nuestro encuentro me sentí solo y asustado. Solo percibía, muy lejano, el ruido de la rompiente de las olas y mi mente aturdida. Escuché unos movimientos sin poder distinguir que estaba haciendo Fernando y al momento siguiente lo sentí acostarse nuevamente a mi lado, taparse con la manta, estirar su brazo buscándome y finalmente abrazarme, acercar sus labios a los míos, recomenzar el beso apasionado, volviendo a tomar mi pene y reanudar las caricias donde las había dejado. Respiré aliviado y también quise retomar lo mío, y al bajar la mano por su pecho, recorrer el costado de su cuerpo y sus muslos, me dí cuenta qué había pasado: ¡Se había quitado la remera y el short! ¡Estaba totalmente desnudo bajo la manta!. Sin darle tiempo a nada, urgido por la nueva sensación que me produjo sentirlo desnudo, me paré de golpe sobre la colchoneta y con una urgencia increíble me saqué mi remera y mi shorts, que cayeron al lado de la colchonota y volví a acostarme bajo la manta, acercando mi cuerpo desnudo a la desnudez de Fernando.
Sin decirlo, los dos sabíamos que comenzaba algo nuevo en este también nuevo juego. Los besos, se hicieron más profundos, más intensos; las manos recorrían los cuerpos, dando a entender, recorriendo, conociendo acariciando, bajando hacia la entrepierna, buscando afanosas los sexos, para acariciarlos, palparlos, bajar más hacia los testículos, apreciarlos en su totalidad y vuelta hacia arriba, deteniéndose en el pene, para asirlo y darle vigorosas pero suaves y lentas fricciones, hacia arriba y hacia abajo, provocando los gemidos de placer de ambos, que empezaron a poblar el silencio . Era un erótico y extraño ritual, una danza apretada de cuerpos avanzando uno sobre otro, teniendo una única meta: el placer del otro. Mientras nuestras manos se ocupaban del sexo del otro, los labios fueron buscando otros destinos. Cada uno por vez, dejabamos que el otro explorara el cuello, la nuca, el pecho, las tetillas, el vientre del otro. Mis labios iban y venían de su cuello a su boca y él me interrumpía para ir, con su boca, de mi boca a mis tetillas, a mi abdomen. Yo cortaba su lúbrico recorrido para prenderme con mis labios a sus tetillas y lamerlas, saborearlas, recorrerlas con la lengua y de ahí a su vientre, y volver a subir, momento que el aprovechaba para seguir saboreándome detenidamente con los labios y lengua. Las erecciones eran brutales y de ratos sacábamos las manos de ellas para que los penes se enfrentaran, se unieran uno al otro, jugaran con el roce mutuo. A pesar de la pasión, no dejba de notar la enorme diferencia de tamaño de nuestros sexos, la majestuosidad imponente de la verga de Fernando al lado de la mía que era de un muy buen tamaño.
La voluptuosidad del continuo trabajo de uno sobre el cuerpo del otro hizo que empezáramos a sentir calor y por eso saqué de un manotazo la manta que nos cubría. Esto permitió que jugáramos más con la proximidad del cuerpo del otro, ya que allí, al lado, en brazos del otro, estaba el calor, el refugio. Mis labios bajaron por el vientre de Fernando, se mezclaron con el vello de su entrepierna y bajó un poco más hasta alcanzar su magnifico pene. Con la lengua lo recorrí en todo su largo, bajaba y subia, tratando de abarcar tambien su ancho, jugando con la lengua, haciendo un espiralado sobre esa masa palpitante y caliente de carne, provocando los gemidos de Fernando que me acariciaba con su mano la nuca, la espalda y arqueaba hacia arriba su pelvis de placer, como queriendo algo más de mis labios. Los abrí un poco y me introduje apenas la punta de la cabeza de la verga de Fernando en la boca y comencé a recorrela con la lengua, escuchando los jadeos intermitentes de mi amigo y sintiendo como cada vez arqueaba más su pelvis, empujando hacia arriba. Me supo de sabor dulce, indescriptible. Los jugos preseminales de mezclaban con mi saliva, limpiando aquella maravilla de sexo y la calentura de Fernando sumada a la mía, me animó a más, abrí más mi boca y dejé paso a la cabeza completa, rodeándola con mi lengua, en el poco espacio que dejaba, mientras jugaba a un mete y seca muy lento. Con mi mano acariciaba el resto de ese aparato. Fernando gemía y suspirabatodo el tiempo, mientras seguía con sus caricias sobre mi.
No aguantó mucho tiempo más estar solo acariciando. Se fue volteando hasta que se su cara quedo a la altura de mi pene, lo metió en su boca y empezó a chuparlo. A él le era más fácil, pues mi sexo, de un tamaño grande pero dentro de lo normal, le entraba bien en la boca y podía mamarlo, besarlo, con casi todo dentro y en toda su extensión. Mi boca solo alcanzaba para lo que estaba haciendo, la cabeza y un poco, solo un poco más, no llegando ni a la mitad, y trabajosamente podía usar la lengua. En ese maravilloso sesenta y nueve, recorrí una y cien veces el largo y ancho de la verga de Fernando, mientras el hacía lo mismo con la mía. Con su lengua iba a mis tésticulos, los besaba, chupaba y subía un poco más, se detenía en el perineo, produciéndome temblores de excitación y, finalmente su lengua fue lecorriendo la línea de mi culo, los cachetes y se internó en sus profundidades hasta quedar, caliente y húmeda, apoyada en mi esfinter.
Yo, a medida que me iban invadiendo las distintas sensaciones provocadas por el camino de las caricias linguales de mi amigo, iba imitando su recorrido con la mía.Y así quedamos en un momento los dos: Con nuestras vergas al máximo de erección y nuestras lenguas apoyadas en el esfínter del otro. Nuevamente, como siguiendo una misma melodía, comenzamos a recorrer con nuestras lenguas la entrada de ese orificio, humedeciéndolo. Y otra vez, en el mismo punto de la partitura, mientras agarrrabamos el miembro del otro y comenzábamos a masturbarlo, nuestros cuerpos presionaron hacia atrás, haciendo presión sobre la lengua que estaba en la entrada de nuestro ano, dándole autorización y bienvenida al insistente, suave y nuevo visitante. La lengua de Fernando se fue introduciendo lentamente en mi agujero, conociendo su circularidad, yendo y viniendo en su profundidad, humedeciendo, conociendo, penetrando de la manera más dulce. Yo con la mía hacía otro tanto, mientras las manos se ocupaban en subir y bajar y por los penes, acariciarlos y manipularlos, masturbándolos.
Fernando abandonó el juego de su lengua por mi culo, dejando una buena cantidad de saliva depositada en él y volvió con su boca a mi pene. Hice lo mismo, al tiempo que sentí como su mano se ocupaba de empezar a acariciar mi trasero, recorrer toda la línea que separaba mis nalgas, a abrirse paso entre ella y dejar un dedo apoyado en la entrada. Imité su juego, mientras él me esperaba, jadeando. No dejaba de succionar su espléndido juguete. Sacaba un poco su pene de la boca para respirar profundo, mientras mi dedo comenzaba a introducirse en su raya y llegaba a destino. El mamaba con pasión mi sexo y cada tanto también paraba para poder respirar
Sin acuerdo, sin palabras, empezamos a introducir el dedo en el ya relajado ano del otro, primero uno, que masajeaba las paredes internas del culo, dando vueltas al dedo, entrando, saliendo, conociendo su profundidad. Nunca había experimentado un placer tan intenso. Chupábamos la verga del otro, apasionados y sentíamos un intruso recorriendo nuestro ano, estirándolo, jugando un mete y saca que nos hacía arquear el cuerpo, hacia un lado y hacia otro, buscando el placer en las dos puntas, el pene y el culo. Luego fueron dos. Nos costó un poco de trabajo introducir el segundo dedo, incluso me pareció que, a los dos, nos despertaba un poco de placentero dolor. Una vez dentro, los flexionamos y estiramos, jugando con las yemas de los dedos en la porción anterior al recto,subiendo, bajando, abriendo, y el ritmo de la mamada se hizo más intenso, y obligó a que los dedos también se volvieran más intensos, convirtiéndose el movimiento en un mete y saca, en una dulce cojida de dedos en los respectivos culos. Esto nos encendió al máximo y la noche fue sorprendida por dos claros gritos de placer, por una sucesión de gemidos, hasta que llegó la comunión al mismo tiempo y gritando salvajamente, acabamos uno en la boca del otro. Yo creí que me inundaba la boca y con mucho gusto, tragaba el torrente que se iba acumulando. El también tragó mi abundante semen, mientras sus dedos seguían entrando y saliendo de mi culo y los míos del de él. Hasta que abandonamos los cuerpos al reposo después del espectacular polvo que nos habíamos prodigado mutuamente. Retiramos los dedos y, agradeciendo, las lenguas fueron buscandose, no sin antes recorrer el cuerpo, encontrando el camino hacia las bocas, donde nos fundimos en un larguisimo, interminable beso.
Las caricias continuaron, deliciosas. No hubo palabras, ni explicaciones, ni falsas verguenzas. Solo caricias, besos, interminables búsquedas de las manos sobre el cuerpo del otro. Placer infinito. Interminable. Las primeras claridades y luego luces del día, nos encontraron así. De a ratos entredormirnos y, sintiendo al otro al lado, recomenzar, percibir y dar caricias, besos; dedos que se introducen, bocas que chupan, recorren; lenguas que entran, salen, giran y que quieren conocer más, manos que toman, suben, bajan; penes erguidos una y otra vez productos de la fricción, del encuentro con manos, boca, lenguas, orificios húmedos, dedos que entran, uno, dos y tres, salen y vuelven a entrar. Y acabadas majestuosas. Todas las que se pueden tener en una larga noche, que se convierte en día, de placer. De esas que no terminan nunca cuando cada uno lucha y se afana por placer del otro.
En algún momento, ya con las luces del día alumbrando la última sesión de sexo virginal, nos dormimos, agotados. Me despertó el caliente contacto de los labios de Fernando sobre los míos. Respondí con un beso prolongado, agradecido. El ya se había levantado, estaba con el short puesto y tenía un jarro de café caliente para mí. Me incorporé y antes de agarrar el jarro, lo abracé y volví a besar. Mientras tomaba los primeros sorbos de mi desayuno, Fernando me daba lentos besos que se demoraban en mi cuello y mi espalda, aún desnuda. Volvimos a besarnos y me incorporé, hablándonos por primera vez luego de la cena que antecedió a la magnífica maratón de sexo.
-¿Qué hora es?- le pregunté
-Las ocho y media- Me respondió
-Tengo una palma....
-Y... apenas si dormimos dos horas...- dijo con un tono seductor, mientras apagaba las últimas palabras cerca de mi boca, que se fundió con la suya, devorándosé en besos.
-Voy a prender el celular. Marcelo va a llamar en cualquier momento- dije, mientras me ponía el short y buscaba el celular. Lo prendí. Miré a Fernando, que acomodaba las colchonetas. El me miró y en ese cruce de miradas supe que no había nada que hablar, que lo pasado y, quizás, lo que pasaría, era solo cuestión nuestra y, de nuestra parte, no necesitaba ninguna explicación, ningún planteamiento.
-Me parece que vamos a tener que poner todo esto al sol- dijo, cortando mi pensamiendo y refiriendosé a la manta y las colchonetas.
-Ajá – contesté y juntos sacamos las colchonetas y la manta, que apoyamos fuera del quincho contra una de las paredes y extendimos sobre un arbusto. Contemplamos la hermosura de la soledad del bosque, admiramos el silencio que nos rodeaba y que también nos invadía, contagiándonos. Cualquiera pensaría que una salida como esas daría para hablar y parlotear sin cesar y, sin embargo, no fue así. El silencio, la paz de ese bosque cercano al mar, nos invitaba a no alterarlo, a no romperlo, sino a acompañarlo, disfrutándolo, dejándonos invadir por el.
Extrañamente, sin decirnos nada, volvimos al quincho, cada uno tomó sus elementos de baño y fuimos hacia los sanitariosy duchas. Increíblemente seguíamos accionando al unísono, sin hablarnos, como si todo hubiera estado pautado de antemano y ahora solo nos ciñéramos a cumplirlo. Mientras me sacaba el short, sonó mi movil. Era Marcelo y con malas noticias. Mientras me contaba las malas nuevas, Fernando, interesado por la llamada, se sentó a mi lado, desnudo y pegó su oreja al celular , bien pegado a mi.
- ¡Pasé una noche de mierda! Tengo la boca que parece una pelota de inflamada y me duele como los mil demonios... Mi vieja está tratando de ubicar al pelotudo del dentista para que me dé algo ó que venga a ver que carajo me hizo para que esté así. ¡No puedo ir loco! Al menos hoy, no...
- Bueno, ¡Que le vas a hacer!... Venite mañana, traete algo para que pongamos a la parrilla y pasamos el resto del día, hasta que sea la hora de irnos...
- Si, pensaba hacer eso. Espero estar bien... ¡Dentista de mierda!... Pero igual es una cagada... Yo tenía que llevar el equipo de pesca...
- No te calientes, Marce... Igual acá, hay un montón de cosas para hacer... Si ni siquiera subimos al Faro ni recorrimos el bosque para ver que hay... Mejorate y venite mañana temprano- Le dijo Fernando, compartiendo el celular...
- Bueno, dale... quedamos así.... ¡Disfruten por mí!... Mañana temprano llamo y les digo que hago... Chau...
- Chau....- se despidió Fernando
- Llamá a nuestras casas y deciles que estamos rebien, que no se preocupen. Y mejorate... Chau... – saludé y corté con una doble sensación. Por un lado triste, pues las cosas no estaban saliendo como lo habíamos planeado y, por otro lado, contento, pleno, liberado, pues tendríamos más tiempo para lo que había aparecido fuera del plan.
- Que lástima...- dijo Fernando, mientras abría la llave de dos duchas
- Ajá..., pobre Marce... – apagué totalmente el celular y me metí bajo la ducha. El agua no estaba tan tibia como la tarde anterior, pero era soportable. Pasando la mano por mi cuerpo, sentí que había partes donde estaba pegoteado y me dí cuenta que era semen, mío y de Fernando, que se había secado. Miré a Fernando y comprobé que en su cuerpo también brillaban manchas por distintas partes de su cuerpo, de idéntico origen. Empecé a enjabonarme concienzudamente y de pronto, otra mano, otro jabón, comenzó a frotarme delicadamente la espalda, mientras sentía apoyada en mi culo el semierecto, gigante y palpitante tronco de mi amigo. Me di vuelta, nuestros penes se encontraron por primera vez en esa mañana, se rozaron, se saludaron dándose los buenos días. Nos besamos bajo el agua que ya nos era indiferente. Nos enjabonamosy frotamos uno al otro, refrescándo y limpiando, dándo nueva energía a los cuerpos, enjuagando cuidadosamente. Nos secamos, besándonos cada tanto, nos cambiamos, volvimos al quincho. Mientras yo colgaba los toallones al sol, Fernando reavivó el fuego que había prendido al levantarse y puso la pava. Luego, mientras yo ya estaba enfrascado en mi libro, llenó el termo y cebó mate. Estuvimos en silencio, él con sus pensamientos y yo con mi libro, un largo rato, interrumpiéndonos solo para alcanzarnos el mate. Cerré mi libro.
-¿Vamos a caminar y después al Faro?- propuse.
-Vamos- contesto entusiasmado. Nos pusimos las remeras y gorros con visera para protegernos del sol y salimos a caminar, por el bosque, hacia el lado opuesto del mar. Recorrimos mucho trecho, hacia un lado y hacia al otro, dándo una vuelta perfecta por los límites de esa zona boscosa, hasta donde ya comenzaba la parte de dunas. Mirábamos los pájaros y distintas especies de pinos y acacias que poblaban el bosque. Y al tener la certeza de haberlo investigado casi todo, otra certeza se reafirmó en nuestras mentes: estábamos absoluta y totalmente solos en aquél páramo.
Casi terminando la caminata, Fernando, vencido por el cansancio acumulado y el caminar bajo el sol, se apoyó contra un pino, para descansar. Quizás la seguridad que me daba el sabernos solos, hizo que, decidido, me acercara hasta él y tomara su hermosa cara amiga entre mis manos y comenzara a besarlo. Y que él respondiera a mi beso, tomara mis manos y las enlazara con las suyas. Como dos enamorados, y así creo que ambos lo sentiamos pues así nos comportábamos. Estuvimos besándonos bajo la sombra del pino mucho tiempo, abrazándonos, colgando nuestras manos alrededor del cuello del otro mientras las bocas, selladas, albergabann el incesante entrelazado de las lenguas. Nos tomamos de la mano y caminamos hasta el pie del Faro. Y sin decirnos nada, pues nuesta felicidad y placer por lo que estábamos viviendo daban a entender más que miles horas de charla.
Entramos al Faro y subimos los 274 escalones hasta llegar donde estaba la luminaria. Era inmensa y estaba rodeada de marcos, protegidos por gruesos vidrios, por los que se veía el balcón mirador asegurado por barandas que rodeaba toda la estructura del Faro, desde donde se apreciaba la inmensidad de mar y la vastedad de los terrenos alrededor del Faro. Uno de esos marcos se abría hacia adentro como si fuera una puerta y por allí se accedía al mirador. Lo abrimos y salimos. El viento, no muy fuerte pero insistente, se hizo sentir cuando salimos, pero era algo agradable recorrer la circularidad de ese mirador y ver la magnificencia de la naturaleza a nuestro alrededor, mientras el viento se hacía sentir en nuestras caras. Mirando hacia el norte teníamos primero el bosque y luego reconocimos la silueta de nuestro pueblo, hacia el frente y el sur, el mar impetuoso, la continuidad de la playa que dejaba ver, allá lejos unos grises nubarrones; y a nuestras espaldas el bosque y las dunas. Yo quedé impactado por la majestuosidad de mar, que se veía inmenso, interminable. Me apoyé con los brazos en la baranda, que al darme a la altura del estómogo me hizo inclinar hacia delante, llevando la otra mitad del cuerpo hacia atrás y dejé que mis ojos absorbieran la belleza que se presentaba ante ellos. Fernando se acodó en la baranda de la misma manera a mi lado, también impactado por el encanto que se presentaba ante nosotros, mientras el viento nos revolvía el pelo y sacudía nuestras pocas prendas.
Lo ví moverse y desaparecer de mi lado, sin prestarle atención, pues seguía hipnotizado por el paisaje. Hasta que algo más mágico que ese paisaje, me hizo volver a la realidad. La presión, justo en el medio de mis nalgas, de ese otro prodigio de la naturaleza: la verga de Fernando. Apoyó toda la majestuosidad de su instrumento, haciéndo presente toda su dimensión, todo su grosor y largo, en la raya de mi culo. Y me abrazó por detrás, enlazando las manos a la altura de mi estómago y recostando su pecho en mi espalda. Me ví temblando, y no era por el frío ó por el viento. El sentir pegado a mi cuerpo el cuerpo de Fernando y a aquél pedazo colosal adherido a mi trasero, me hacía estremecer, disparando todos mis sentidos. Comencé a mover lentamente mi culo en forma circular y presionando hacia atrás, como queriendo que así, todo el largo de ese fenómeno se quedara para siempre en la unión de mis nalgas. Los labios de Fernando viajaban por mi cuello y nuca. Yo dí vuelta mi cara y se encontraron con los míos, mientras el empuje de su aparato, se hacía más agresivo, a medida que se erguía. Yo acompañaba esa excitación con movimientos de mi trasero más centralizados, dando lugar al magnífico intruso que sentía entre las telas del short, y empujando más hacia atrás.
Fernando soltó sus manos que seguían abrazándome por la cintura y una de ellas comenzó a deslizar el elástico de mi short hacia abajo, mientras notaba que la otra se movía a la misma altura en el de él. Y luego lo sentí: La mano que bajaba mi short, dio lugar y ayudó a posar esa desmedida porción de carne palpitante, directo sobre la piel de mi culo, posándose y presionando tal como estaba antes, sin la barrera de las telas de nuestras prendas. Si antes temblaba y me estremecía, ahora creía que iba a explotar, acabar allí mismo. La verga se fue abriendo camino por el lugar que podía, me rozó los testículos y llegó hasta la base de mi pene. En una de las retiradas, cerré las piernas y atrapé la cabeza entre ellas y apreté con fuerzas. Fernando se abandonó sobre mi cuerpo, gimiendo de satisfacción y comenzó un mete y saca lento, besándome el cuello y luego buscando, con gemidos como suplicando, mi boca. Cuando nuestros labios se encontraron, contrariamente a lo que yo creía que venía a continuación, detuvo el movimiento y durante el beso, sacó su sexo de entre mis piernas, acomodó su short, el mío y me giró, abrazándome, estrechándome contra sí, pegando su sexo al mío, que estaba a punto de estallar, y prolongó el beso apasionado. Nuestros paquetes se empujaban uno contra otro desesperados, queriendo romper la prisión de las prendas y encontrarse con el otro. Con un gimoteo amoroso, adolescente, nos separamos y nos miramos largamente, entramos, cerramos como estába cuando llegamos y comenzamos el descenso, tomados de la mano. Nos tomómás del doble de tiempo bajar, ya que cada tanto, él ó yo, tomaba al otro y lo besaba, ó bien lo inmovilizaba contra las curvas paredes, asaltando la boca, mejillas, orejas, cuello y en algún momento, levantaba la remera para llegar al pecho, las tetillas.
Finalmente salimos al exterior, y andando por el sendero que nos llevaba al quincho, vimos como habían avanzado esos nubarrones que venían desde el sur y se acercaban hacia nuestro paraíso. Levantamos, por las dudas, las colchonetas, las mantas y los toallones y las entramos. Fernando fue hasta el baño, yo alimenté el fuego y puse a calentar agua en una cacerola para cocinar el amuerzo.
El estar solo, mirando fijamente el fuego y esperando que hirviera el agua, me dio lugar para pensar en lo que estaba pasando, por primera vez. Siempre me consideré heterosexual, lo mismo que a mi amigo. Si bien no teníamos novias, ya habíamos salido con algunas, aunque ninguno de los dos había pasado de maratónicas sesiones de besos y algunos toqueteos. Pero lo que estaba pasando, ese conocer el sexo con mi propio amigo, sintiendonos los dos cómo novios aún virginales; con tanta dulce pasión como la desatada la noche anterior ó la demostrada durante la mañana, realmente me desorientaba y gustaba a la vez. Sentía los labios como si estuvieran hinchados de tanto besar y recibir besos, el cuerpo como flotando, vibrante, por saber a Fernando conmigo y a solas; la piel guardando la ternura de las caricias, el pasar de sus manos en ella. Y una sensación como de noviazgo, de amor profundo, del que se da y se recibe mansamente, sin apuros. Y la convicción de que a él le pasaba lo mismo, pues se le advertía en su actitud idéntica a la mía, en su mirada, en la ternura de cada gesto que tenía hacia mí. Un frío me recorría la espalda al recordar las dimensiones de su sexo, al evocar su tamaño apoyado en mi trasero.
Estaba concentrado en esto, repasando una y otra vez lo pasado en las últimas horas, reviviendo sensaciones, cuando me interrumpieron dos cosas: Un trueno ensordecedor anunciando tormenta y las manos de Fernando sobre mis hombros, que se había parado tras mío y se inclinaba para besarme el cuello. Me dí vuelta y nos besamos, fundíendonos un abrazo tierno, protector.
-Se viene el agua, se nos pincha el día- dijo, señalando hacia fuera, donde de repente empezó a soplar un viento frío, anticipando la lluvia. –Por suerte acá vamos a estar protegidos-
-Ajá. Pero no creo que dure mucho. Las últimas tormentas fueron cortitas-
-Ojalá.... Podemos aprovechar para dormir... estoy molido- dijo mientras estiraba los brazos, desperezándose.
-Voy a hervir fideos, los comemos con aceite y algo de la carne cocida que te dio tu vieja.
-Lo que quieras, pero después un buen café y me tiro un rato....
-Y yo también...- dije. Fernando preparó la mesa para comer, yo herví y colé los fideos, les puse aceite, corte dos porciones de carne y llevé todo a la mesa. Los truenos se repetían y mientras comíamos y charlábamos de todo un poc, se largó la lluvia. Terminamos de comer, levantamos las cosas y las enguagamos. Fernando puso a calentar agua, batió café, que dividió en dos tazones grandes y les echó el agua casi hirviente encima. Mientras, yo fui hasta la cortina plástica que protegía el quincho, la abrí un poco, saqué mi verga y oriné hacia fuera, tratando que la lluvia no me mojara. Esto nos hizo reír a los dos. Cuando volví a la mesa, ya estaba el café esperándome. Me senté al lado de Fernando a tomarlo y observar la caída de la lluvia, que se perdía a través del plástico que protegía al quincho.
Fernando se levantó y fue hacia las colchonetas, hizo spacio y armó la improvisada cama al lado de la parrilla, como la noche anterior, mientras yo observa atento sus movimientos. La sola idea de estar acostado nuevamente a su lado en poco rato, me excitaba, pero no queriendo anticiparme, tomé el libro y me puse a leer. Pasó poco rato y me descubrí cabeceando ante el libro, lo cerré y fui a acostarme. Fernando estaba dormido, boca arriba, tapado con la manta. Verlo me llenó de ternura, me acosté a su lado e incorporándome un poco, lo besé con los labios cerrados. El despertó entreabrió los ojos, sonrió al verme, me pasó el brazo por el cuelo, me acercó a él, me devolvió el beso de labios cerrados y recostó mi cabeza contra su pecho. Yo me quedé quieto, acompañando el compás de su respiración, feliz de estar allí y, por la sonrisa que marcaba su rostro, él también.
Nos quedamos profundamente dormidos, abrazado, mi cabeza sobre su pecho. Cuando desperté, me llamó la atención la oscuridad, apenas si podía divisar el brillo ya casi apagado de las brasas y se escuchaba la lluvia caer sobre el techo. A tientas, traté de alcanzar mi reloj, que según recordaba había dejado a un costado de las colchonetas. Lo encontré, accioné la iluminación, y acercándolo para poder mirarlo, vi la hora. ¡Las 20.30 Hs.! ¡Habíamos dormido más de seis horas de corrido y ya era de noche!. Me levanté y lo primero que percibí fue que había bajado la temperatura. A tientas, en la oscuridad, busqué el sol de noche y luego los fósforos. Lo prendí y lentamente la tenue luz fue aclarando a su alrededor. Me puse un buzo, Fernando seguía durmiendo, yo alimenté el fuego hasta que las llamas dieron un poco más de luz. Puse a calentar agua, tenía la necesidad de despejarme después de esa larga siesta. Preparé mate, tome unos cuantos solo, desdejándome en cada sorbo. Me acerqué hasta la cortina, corriéndola contemplé la lluvia, escuché el ruido del mar y volví las vista hacia donde Fernando dormía, extendiendo su hermosa anatomía sobre las colchonetas. Definitivamente, estaba en el paraíso.
Calenté más el agua, la puse en el termo, recompuse el mate y con el equipo a cuestas, fui a despertar a Fernando. Dejé el equipo a un lado, me arrodille en la colchoneta y con los dedos, le corrí un mechón de pelo que le tapaba la cara. Reaccionó refunfuñando. Con el dorso de la mano, acaricié suavente su mejilla, que estaba caliente. El abrió los ojos y se incorporó, sonriente. Yo le ofrecí el mate.
-¿Sigue lloviendo?- preguntó mientras tomaba, apoyándose en un brazo sobre la colchoneta
-Si... Lástima... podríamos haber ido a caminar de noche por la orilla del mar....
-Mañana va a estar mejor y lo hacemos a la mañana– aseguró. Terminó el mate, me lo dió y mientras yo lo llenaba se incorporó y se sentó. - ¡Ah, la mierda que se puso fresco!
-Ajá, y bastante. Yo me tuve que abrigar– repliqué y le alcancé otro mate.
-No me levanto nada... – dijo, divertido, mientras se metía bajo la manta y se tapaba del todo.
-Hacé lo que quieras, pero tomá el mate... Nos pasamos de vueltas durmiendo...- El reapareció de bajo la manta, se incorporó, agarró el mate, lo tomó y justificó:
-Lo necesitábamos... si anoche no dormimos casi nada... Encima, con el cansancio de la caminata hasta acá de ayer y la de hoy... – Me devolvió el mate vacío. Yo le cebé otro y se lo dí. El lo tomó rápido y volvió a meterse bajo la manta.
-Podríamos comer la tarta que me dio mi vieja- comenté, mientras me ilevantaba y dejaba el equipo sobre la mesa.
-Ajá. Y en la cama, así estamos abrigaditos.
-Entonces la corto y la dejo preparada, así cuando queramos, la agarramos y listo.
-Dale
Puse más leña al fuego, corté la tarta, puse varias servilletas al lado de las porciones y me senté con el libro, al lado del sol de noche y leí unos instantes. El se incorporó, vió lo que estaba haciendo, y con un tono que era mezcla de invitación y ruego, me increpó:
-¿Qué hacés ahí? Vení a leer acá, tapadito, al lado mío
Lo miré y al mirarlo, otra vez, ante la sola visión de su cercanía, su hermosura adolescente y el recuerdo de todo lo vivido en las últimas horas, un frío me corrió por la espalda. Dejé el libro, pues me parecía más interesante estar a su lado que la lectura, apagué el sol de noche, tiré más leña al fuego y antes de acostarme a su lado, alumbrado solo por la luz proveniente de la parrilla, me quité el buzo ante su mirada atenta. El se paró de golpe sobre la colchoneta y con la mirada fija en mí, buscando entre la escasa luz amarillenta mi mirada, se quito primero la remera y luego el short. Quedó desnudo, con una mirada desafiante.
-Yo repuse energías ¿Y vos? – me provocó. Yo sin contestarle, y tratando de controlar mis sentidos, le di la espalda y me quité lentamente, como en una danza de strip tease, la remera y luego el short. Al segundo que tiraba el short, lo tuve pegado a mi espalda, besando mi cuello, pellizcando delicadamente mis tetillas, acariciando mi pecho y con su titánico aparato apoyado en mi culo. En una pausada sucesión, repetía los besos y caricias. Su miembro, erguido, caliente, afirmado en todo su largo sobre la raya del culo, iba creciendo con el fragor del contacto, de las caricias. Yo le revelaba a ese grandioso intruso mi gusto y deleite por su presencia con un meneo ritmico, que buscaba acomodar, hermanar la curva raya de mi trasero a ese tamaño y extensión, como queriendo que así, encastrada, entrara todo lo que pudiera. Yo movía, trataba de abrir, para atrapar el grosor entre las nalgas. Con este profano y sensual juego, el peregrinaje de los labios de Fernando en mi espalda, mi cuello hasta llegar a mis mejillas, boca, y el tránsito continuo de sus manos por mi pecho, abdomen, pubis, hasta llegar a mi sexo y acariciarlo, para volver a empezar, comenzamos a descender, hasta quedar enalazados y de rodillas sobre la colchoneta. Largo rato estuvimos arrodillados, el pegado a mi espalda, besándome, acariciándome y yo con mis manos hacia atrás, percibiendo cada centímetro de su piel. Me hizo girar y quedamos de rodillas, frente a frente, exténdiendo los minutos en besos, caricias, abrazos y toqueteos de todo tipo. No recostamos y, otra vez, en una armonía de movimientos que parecía planeada, fuimos recoriendo con la boca, lengua y manos el cuerpo del otro, hasta quedar yo a la altura de su pubis y él del mío. No dedicamos a besar suavemente, conociendo cada milímetro, intima