La vuelta al mundo de Ángel
El disparatado regreso a casa de un ángel del señor, amnésico y gay
Acerca de
¿Qué ocurriría si un ángel resultara amnésico de un taconazo y no fuera capaz de volver al cielo? ¿Y si este ángel fuera el ojito derecho de la Virgen María y además fuera gay? En el cielo y en la tierra, la diversión está asegurada. No falta nadie: sus amigos (que lo creen muerto hace tres años), la Virgen María, su vecina favorita, la Madre Teresa, un par de chicos guapos, Marilyn Monroe... Un saludo a todos los que paséis por aquí en adelante. Espero que os guste
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CAMBIO DE DIRECCIÓN DEL BLOG
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Chic@s, me llevo el blog a la siguiente dirección:

http://lavueltaalmundodeangel.blogspot.com

Nos vemos allí. Besitos celestiales
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ENTREGA NÚMERO CUATRO
La mayoría de las personas que conozco que viven fuera del armario están orgullosas de ello, y no es para menos, porque ser homosexual y contarlo sigue siendo un paso muy importante incluso en nuestros días. Ahora bien, a veces me gustaría que el ‘salir del armario’ significase también liberarse de muchas convenciones sociales que nos siguen constriñendo. Lo políticamente correcto, la hipocresía o el deseo de ser aceptado son a veces nuestros otros armarios, y puede que de esos sea incluso más difícil salir. A menudo echo en falta tratar temas polémicos con mis amigos, porque en cuanto surgen opiniones divergentes siempre hay alguien que corta la conversación ‘en aras de la armonía’, como si esas precauciones fueran necesarias entre personas que se quieren de verdad. Es cierto que el mundo está lleno de mala leche, pero uno quiere pensar que en su entorno más querido puede permitirse bajar la guardia. Y no me vale el argumento de que ‘ya somos mayorcitos y cada cual piense lo que quiera’. Me niego a que intenten convencerme de que no voy a aprender nada de aquellos argumentos que defienden la postura contraria a la mía. No sólo no me importa que alguna opinión mía o rasgo de mi carácter le parezca mal a algún amigo, sino que cuento con ello. Pero también espero que si eso se convierte en un problema venga y me lo diga. Tan condescendiente como estar todo el día metiéndote en la vida de los otros me parece el tener un problema grave con un ser querido y no decírselo por miedo a que no sea capaz de soportarlo. Yo personalmente quiero que cualquiera que se llame amigo mío se sienta libre de hacer bromas a mi costa o de ponerme como ejemplo si llega el caso incluso aunque yo no esté presente, faltaría más; soy consciente de que hay rasgos de mi carácter que son bastante extremos y hasta caricaturescos según el momento, y muchos de estos ‘excesos’ los conozco precisamente gracias a que un buen amigo se sintió libre de hacérmelos ver. Aun así hay cosas que aún desconozco de mi, por eso uno siempre necesita de la sinceridad y la buena voluntad de los que tiene cerca. Por favor, si mis corvas son demasiado molludas para una minifalda, haced el favor de decírmelo, puedo soportarlo.
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CUATRO

Visiblemente preocupado, Jesús ensayaba frente al espejo la manera de darle a su madre la noticia sin alarmarla demasiado. Hacía ya una semana que habían perdido todo contacto con Ángel y los esfuerzos por encontrarlo no habían dado ningún resultado. En su última comunicación les había informado de que estaba a punto de enfrentarse a la banda que andaba fingiendo apariciones marianas. ‘Estaba poniendo mucho corazón en esta misión —razonaba Jesús consigo mismo—. Demasiado, tal vez. Me temo que puedan haberle hecho algo malo.’

— Hijo, ¿qué pasa? Qué extraño que vengas por aquí a estas horas, sabiendo que íbamos a estar adornando la Cruz de Mayo estas santas y yo. Pero es bueno que lo estés superando. Después de dos mil años, ya va siendo hora.
— ¿Mamá? —tan nervioso estaba que sin darse cuenta se había teletransportado al lugar donde estaba su madre.
— Hijo, ¿qué te pasa, que estás tan raro últimamente? ¿Estás preocupado por el Rocío? Ya te he dicho que no pasa nada, que ya estoy acostumbrada a que me zarandeen. Yo me tomo mi biodramina y…
— No, no es eso, madre. Se trata de Ángel. Ha desaparecido.
— ¿Qué dices? ¿Pero cómo es posible?
— Sólo sabemos que andaba detrás de algo gordo y que podría haberse visto sorprendido. Por lo visto son gente sin demasiados escrúpulos.
— ¿Qué son, los del 806? Vaya gente. Como vaya yo y me les aparezca de verdad, se van a enterar.
— Ni se te ocurra, mamá. Quedamos en que no te aparecías más, que luego los del Vaticano siempre dicen que es mentira. Trajín de curia romana, oye.
— Entonces dime. ¿no tenéis ni idea de dónde está?
— Pues no, aunque no es muy probable que haya salido de Málaga. Lo mismo se le ha roto el intercomunicador.
— Hijo, yo de verdad, no sé para qué establecisteis ese sistema de intercomunicadores. ¿Desde cuándo los hemos necesitado aquí?
— Ya te he dicho muchas veces que es para poder hablarnos sin llamar la atención. El sistema tradicional provocaba muchas aureolas.
— Bueno, ¿y qué se puede hacer? ¿no podéis mandar allí a nadie?
— Supongo que sí, pero están todos muy atareados, con tantas cosas malas que están pasando allá abajo.
— Oye, ¿seguro que el Notari de Verdaguer ese no tiene nada que ver? Ya sabes que nunca lo ha podido ver.
— No creo, mamá. Lo veo muy ocupado con el último hundimiento bursátil.
— En fin, hijo, no te preocupes —continuó la Virgen, disimulando su malestar para no inquietar a su Hijo—, que ya se nos ocurrirá algo. ¿Quieres quedarte y ayudarme a poner flores en la Cruz?
— Pues no sé, mamá. Me da un poco de repelús. Mejor me voy, ¿vale?
— Vale. Tenme informada, anda. Y tráeme un día la túnica que te arregle el dobladillo, que te la vas a pisar —la Virgen elevó sus ojos al cielo del cielo en un gesto de infinita y maternal paciencia—. Este hijo mío, no piensa más que en hacer el bien. Si es que es demasiado bueno…


 
ENTREGA NÚMERO TRES
Soy capaz de estar una tarde entera en un centro comercial sin ni siquiera mirar a una tía. ¿Por qué?... Porque soy maricón, coño. Por eso no acierto a comprender por qué los niñatos me miran tanto. Se supone que son heteros, joder. Bueno, pues o bien la mitad de la población masculina menor de 25 es homosexual (o bisexual, jajaja) o no entiendo nada. Vale que voy monísimo de la muerte, con mis trapitos y eso, vale que estoy delgado por fin después de tantos años, pero ¿tan bueno estoy que hasta los 'heteros' me miran? Aunque claro, también se miran entre ellos. No hay más que poner atención, y las escaleras mecánicas de los centros comerciales son el lugar perfecto. Si hasta ahora no os habíais dado cuenta, prestad atención la próxima vez, que vais a ver cómo vuelven los cuellos, que ni la niña del exorcista. Pero bueno, la verdad es que no es la única cosa que no comprendo de los menores de 25. Básicamente no les entiendo en absoluto. Lanzaré dos preguntas al aire; Primera: ¿de dónde sacan el tiempo para estar todo el día presentándose a castings?, y segunda: ¿por qué en la publicidad dirigida a ellos se les grita o se les supone un grado de inteligencia igual o inferior a cero (ej.: el anuncio de ONO)? En fin, se me ocurren más preguntas, pero ya seguiremos otro día. Os dejo con otro capítulo de la novela.
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TRES

El último en despertar fue Ángel. Todo el mundo le miraba muy extrañado y con cara de consternación. Le habían echado en un sofá, y lo primero que vio fue una escena campestre en tonos marrones y verdes apagados, de lo más horrible. Un espíritu inclinado al arte como el suyo se habría sentido fatal de no haber sido porque le resultaba extrañamente familiar. Era el tapiz que dominaba el salón de la señora Transi, con su ciervo y sus arbolitos. A pesar del tropel de sensaciones que embotaba su cabeza, acumulándose a mayor velocidad que su capacidad para ordenarlas, empezó a ser consciente de su situación. Todos estaban esperando con impaciencia a que dijera algo. Ernesto no pudo aguantarse más y rompió el hielo.

— Ángel, estás vivo. Te creíamos muerto… ¡Qué susto nos has dado, maricón! ¿Se puede saber dónde te has metido? ¿por qué no nos has llamado?
— Tu cara me suena mucho. ¿Te conozco de algo?
— ¡Maricóon, soy Ernesto —el caudal de las lágrimas aumentó ostensiblemente. El pobre no podía creer que su amigo del alma al que acababa de volver a encontrar con vida, su ‘hermana’, no le recordara—! Somos amigos, amigos de toda la vida, vivíamos juntos en este piso, ¿no te acuerdas?
— ¿Cómo estás, Ángel –se interesó Enrique-, te hemos hecho daño?
— ¿Qué ha pasado? Me duele la cabeza.
— Pues me temo que te he dado con un chorizo. Oímos a Ernesto gritar, subimos y te vimos echado sobre él. Creímos que le estabas atracando o algo.
— ¿Cómo no queréis que chille? Abro la puerta y me lo encuentro ahí, enfrente de mí, con cara de bobo. No me lo podía creer. Figúrate tú, Ángel, te dieron por muerto. ¡Ay, pero dinos algo, por favor!
— Bueno, yo… En realidad no os puedo decir mucho —Ángel trataba de poner en orden sus pensamientos—. Sólo sé que me atacaron y que he perdido la memoria. He estado varios días en el hospital. Recordaba esta dirección y supuse que vivía aquí, así que vine y llamé al timbre. Tú abriste y te pusiste a chillar, te desmayaste, bueno, en fin…
— Nos alegramos mucho de volver a verte, Ángel. Yo soy Paco, ¿me recuerdas?
— Todos me sois muy familiares. Como cuando un olor te trae algún recuerdo, que te provoca un estado de ánimo. Me siento muy bien entre vosotros. De hecho, es la primera vez en varios días que me encuentro como en casa.
— Te hemos echado de menos —prosiguió Paco—, sobre todo Ernesto. Si vieras qué mal lo pasó esparciendo tus cenizas.
— Bueno —se apresuró a corregir Ernesto al darse cuenta de que la imagen resultaba un tanto ‘gore’—. En realidad no eran tus cenizas, ya que tu cuerpo nunca apareció. Claro, ¿cómo iba a aparecer? Así que nos reunimos y cada uno escribió algo sobre ti. Después lo leímos y quemamos el papel, y eso fue lo que esparcimos por la playa. Resultó muy bonito. Fue idea mía, claro. ¿Puedo abrazarte?
— Claro que sí —sonrió Ángel—. Yo también lo estaba deseando.

Los dos amigos primero, y después los cuatro, se abrazaron con cariño y disfrutaron en plácido silencio de aquel momento de reencuentro. Invadido por una profunda sensación de alivio, tal como les había dicho a sus amigos, Ángel tuvo la íntima convicción de estar en casa. Se sintió en paz y protegido, y se le ocurrió que por fin estaba aflorando su verdadero yo, quienquiera que fuera. Casi le costó trabajo volver a la realidad cuando Paco le preguntó si ya sabía que se había aprobado el matrimonio gay. Para entonces la señora Transi se anunciaba por el pasillo con un tintineo de tazas y cucharillas.

— Ya podíais haber venido a ayudarme, que no soy la camarera del Hotel Ritz. Uno que si un capuchino, el otro que si té de azahar,… La próxima vez hago una cafetera para todos y que cada uno se sirva. ¿Cómo está mi Angelito? ¡Ay, que lo quiero yo, madre! ¿Cómo he podido no reconocerte?
— Señora Transi, que está amnésico, por Dios, déle un respiro.
— No pasa nada, Enrique, estoy bien —interrumpió Ángel, dejándose pellizcar la cara.
— Bueno, ¿os vais a poner vosotros el azúcar, o también tendré que hacerlo yo?
— No se queje tanto, que a usted le va la marcha, señora Transi, y además que está encantada de tener aquí otra vez a su ojito derecho, ¿o no?

Con una sonrisa que se parecía bastante a un ‘sí’, la señora Transi echó mano del azucarero e intentó recordar cuántas cucharaditas solía poner cada uno, o si preferían endulzante. Después empezó a repartir tazas sin parar de hablar, provocando la hilaridad de los chicos: ‘No sabéis el trabajo que me ha costado convencer a las demás vecinas de que no llamaran a Andalucía Directo. Sí, no sé de qué os reís, capaces son, desde luego, que parece que no tienen nada que hacer en sus casas…’
 
ENTREGA NÚMERO DOS
Hola a tod@s. En primer lugar, gracias a los que habéis dejado vuestros comentarios, especialmente a Fini y a Cax_69, y también a Serdemar y a Juanjita REina, no os enfadéis. Supongo que comprendéis la ilusión que me hace que me lean personas a las que no conozco. En fin, gracias también a los que habéis pasado por el blog pero no habéis dejado mensaje. Supongo que os morís por saber qué le pasó a Ángel tras el taconazo de Nociva. Hay que ver la 'drag', ¡qué mala! A mí casi me da pena de imaginármela corriendo descalza por los sembrados, después de haber tenido que aguantar a los pesados de los niños, jajaja. Bueno, ya no me enrollo más, prefiero que seáis vosotros los que escribais vuestros comentarios. Saludos y besitos 'celestiales'.

DOS

Cuando Paco bajó la cremallera de Enrique, el edificio tembló como si fuera el fin del mundo. Un sonido agudo y penetrante que pudo oírse en cientos de metros a la redonda, sólo comparable en decibelios al ruido que harían quince adolescentes en el momento de ser aserradas por el psico-killer de ‘La matanza de Texas’, inundó la escalera y el ojo patio. Paco y Enrique, pese a todo, no se inmutaron y Paco siguió con lo que tenía entre manos. Los dos dieron por sentado que se trataba de otro de los excesos pulmonares de Ernesto ante cualquier contrariedad, aunque quizá con un grado más de histeria de lo que venía siendo habitual, eso sí. Claro que, cuando después de tomar resuello volvió a gritar y las velas perfumadas que habían encendido para crear ambiente se apagaron les entró la duda. Realmente parecía un grito de terror. Como de todas formas la falta de concentración había hecho mella en la consistencia y turgencia de aquello y las venas habían dejado de marcarse, Paco decidió parar, y sugirió que tal vez era cosa de vestirse y salir al rellano para ver qué pasaba.

— ¡¡A ver, ¿qué te pasa, loca del demonio? —preguntó Paco asomando la cabeza desde el descansillo mientras se remetía la camisa con dos rápidos movimientos y se cerraba los dos últimos botones de la cremallera—!! ¿Se te ha vuelto a romper otro frasco de perfume?
— Debe ser algo gordo, porque no contesta,… ¡¡Niño, ¿qué te pasa?!! ¿Y usted qué mira, señora Transi? ¿es que siempre tiene que estar en todo?
— A ver, tendré que entretenerme con algo, con el poco caso que me hacéis últimamente. Por cierto, he visto subir a un hombre. No me suena su cara. Y tenía una pinta muy rara. Si es que tenéis unas amistades que ya, ya…
— ¿Es eso verdad? —preguntó Paco, preocupado ahora por su amigo y lamentando el hecho de no haberse apuntado al curso de capoeira que organizaba la ONG en la que trabajaba.
— No te preocupes, cari —le tranquilizó Enrique—. Seguro que no es nada. Igual el último ligue que se trajo a casa se ha largado con sus camisetas de ‘Custo’.
— No creo, ¿no? ¿otra vez? —se miraron el uno al otro y después a la vecina, que seguía atentamente los razonamientos de los chicos.
— Mirad, chicos, yo no sé qué es lo que ha pasado, pero si vais a subir llevaros esto.
— Pero señora Transi, ¿un chorizo?
— De Cantimpalo. Y está bien curadito, porque ya llevo con él desde las Navidades. Me lo regaló mi hija pero, con el colesterol y lo del ácido úrico y esta salud que tiene una, pues como que no.

Después de agarrar el chorizo que amablemente les tendió la señora Transi, subieron arrimándose a la pared para no ser vistos y poder mantener así el factor sorpresa. Eran mariquitas, sí, pero con muchas películas de Bruce Willis a sus espaldas. Tal vez buscando inconscientemente un auditorio, miraron hacia abajo y a la señora Transi se le habían unido catorce vecinas más. Enrique comenzó a no saber a qué tenía más miedo, si a las vecinas o a lo que pudiera encontrarse arriba, así que intentó visualizarlo todo como la escena final de una serie de televisión, en la que él interpretara a un duro inspector homosexual enamorado en secreto de Jesús Vázquez. No es que fuera a batir los records de audiencia, menudo argumento. Los gritos de las vecinas le devolvieron a la realidad y se ruborizó al percatarse de que se había evadido totalmente. Demasiadas horas aburrido sentado en su frío despacho de funcionario, tal vez. Al final se armó de valor y, tras blandir el chorizo con fuerza entre sus manos —hasta ahora lo había llevado cogido grácilmente con las puntas de los dedos para no llenarse de pringue— se plantó de un salto en el piso de arriba. Ernesto estaba tendido en el suelo, y había un sujeto de no muy buen aspecto agachado sobre él, dándole palmaditas en la cara. Enrique se acercó con sigilo y le arreó un tremendo golpe que dobló el chorizo ostensiblemente. Del impacto del embutido, el individuo quedó inconsciente y rodó sobre sí dejando ver su rostro. Un rostro delgado y de tez morena. No del todo desconocido. Paco ya había conseguido despegarse de la espalda de Enrique y ambos miraban al asaltante. Todo sucedió muy rápido. Primero, por décimas de segundo, cada uno de ellos fue consciente de que el otro le miraba de reojo. Después, efectivamente, se miraron estupefactos: ¡‘No puede ser. Es él’! Finalmente chillaron. Chillaron repetidamente con chillidos cortitos y agudos, hasta que se hiperventilaron y se desmayaron junto a los otros dos cuerpos, ante la mirada atónita de las vecinas que ya se habían incorporado a la escena en lenta procesión.

— Valiente pandilla de maricones —sentenció la señora Transi.


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ENTREGA NÚMERO UNO
En este primer contacto no añadiré nada más que lo que ya podéis leer en la descripción del blog. Conforme vaya añadiendo capítulos os iré contando cositas para que sepáis más acerca de mí. Espero que os guste. Fundamentalmente me gustaría deciros que se trata de un 'capricho literario' totalmente falto de pretensiones que escribí para hablar de mí y de algunos amigos míos. No es que yo me haya topado nunca con estos personajes, ni que yo sea uno de ellos, pero hay mucho de mí en todos ellos, y de esa familia especial que uno elige y que en mi caso son mis amigos (y mi marido).

UNO

— ¡Es la Virgen María!¡Milagro, milagro!
— ¡Qué guapa es!¡Qué pelo más largo!
— Ese vestido… ¿no es de Victorio y Lucchino?

El grupo de entregados niños se arremolinaba en torno a aquella figura vaporosa y mayestática. Por segunda vez y a la hora prometida, la Virgen María se aparecía a la inocente concurrencia en un solar abandonado a las afueras del pueblo. Los pequeños, superada la timidez inicial, se acercaron a tocarla.

— Virgen, ¿podemos tocarte?
— Siiiií, podeeeéis tocaaarme.
— ¿Podemos hacerte preguntas, eh?
— Quieeeero comunicaaaaros…
— Virgen, hoy he ‘fundío’ a mi hermano a la play.
— Aaah… siiií… qué bieeen… Mi mensaje ees…
— ¡Virgen, voy a hacer de ti en la función del colegio!
— Ee… ¿cómo? ¿tú? ¿Con esas caderas?
— ¡Virgen, ven conmigo que te voy a enseñar la pota que he echado antes!
— Tened cuidaaado con el vestido, que es muy caaaaaaro.
— ¿Lo veis? ¡Os lo dije! ¡Que es de VyL!
— ¡Tú calla, que ya apuntas con lo chico que eres! —interrumpió ella, perdiendo por un instante su dulzura.
— Virgen, ¿tocarse la picha es malo?
— Virgen, ¿por qué tienes una sombra negra debajo del maquillaje?
— Niño, ¿qué dices? —a estas alturas la aparecida empezaba a desquiciarse y daba muestras de cierta impaciencia, tal vez el maquillaje carísimo que usaba porque ella lo valía estaba traicionando su fidelidad.
— Virgen, ¿cantamos un padrenuestro?
— Virgen, ¿quieres ‘chuches’?
— Mira, ¿me vais a dejar que os cuente mi buena nueva? —dijo ella mientras se desembarazaba de un niño que se había sentado en su regazo.
— Mira, ¿me vais a dejar que os cuente mi buena nueva? —la niña redicha que iba a representar a la Virgen en el colegio se colocó a su lado, adoptando su mismo tono y tratando de imitar sus movimientos.
— ¡Hala, qué bien lo hace!
— Niños, ¿vosotros no sabéis que la Virgen puede lanzar rayos destructores? No estoy diciendo que vaya a hacerlo ahora… pero si me enfado…
— Niños, ¿vosotros no sabéis que la Virgen puede lanzar rayos… láser? No estoy ¿qué? Virgen, no corras tanto. ¿Qué es lo último, virgen?
— Ay, ¡qué pelo rubio más bonito tienes, niña! Si dejas de imitarme te hago una trenza como la que yo llevaba el día de Navidad para que vayas igualita en la función. —la Virgen decidió que necesitaba pararle los pies a aquella niña impertinente o amanecería y no habría podido terminar lo que se proponía.
— Sí, Virgen, sí —dijo la niña mientras miraba con superioridad a los demás niños y se colocaba de espaldas a la Virgen.
— Ea, pues lo que os decía… lo que os decíiiiiia es que pueeeedo comunicaaaarme con vosotros y con vuestros papáaaaaas —declamaba mientras apretaba los dientes para hacerle a la niña una trenza tan tirante que apenas podía parpadear ni dejar de sonreír—. El futuuuuuuro no tieeeeeene secreeeeeetos para mííííí,
— Aaaaay! —se quejó la niña—,…Ay!
— Así que no olvideis mi mensaje… 806 696969
— ¡Te pillé, farsante! —una voz salió de entre los arbustos.

La voz era de un joven que había estado ayudando a las autoridades a capturar a una banda que se dedicaba a fingir apariciones marianas en las que se animaba a la gente a llamar a un teléfono de pago. Todo un negocio, porque se calculaba que habían estafado casi un millón de euros. Sabía que lo ideal era esperar a que llegara la policía, pero no pudo permanecer impasible mientras la ‘drag-queen’ disfrazada de Virgen María seguía rodeada de aquellos niños, embaucándolos con sus falacias. ¿Es que no se le partía el alma a aquel pedazo de maricón de jugar así con aquellas personitas? Si después de creerse los elegidos por Nuestra Señora se daban cuenta de que todo era un engaño, jamás superarían el trauma.

— ¿Quién eres túúú….maric…? ¿Acaso no crees en míííí? —la drag, cuya dulzura inicial se había trastocado perceptiblemente, trató de sobreponerse al hecho de haber sido descubierta.
— Me llamo Ángel, y voy a acabar ahora mismo con todo este montaje repugnante. La policía ya viene hacia aquí.
— ¡No te metas con la Virgen, que es pecado!
— No es la Virgen. Se llama Nociva y es una drag-queen muy famosa.
— Dejadle, niños, no saaabe lo que dice, pero pronto se convertirá, porque la Virgen es muy buena y…

No pudo terminar de decir su frase, porque en cuestión de segundos los niños estaban acribillando a Ángel con pequeñas piedras que llenaban sus preciosas manitas. Nociva, por primera vez aquella noche, pensó que los niños eran unas criaturitas encantadoras, aunque se dio cuenta de que si no intentaba detenerles resultaría un tanto sospechoso. Cuando estaba a punto de pedirles que cesara la lluvia de pedruscos —los niños ya habían acabado con los más pequeños y algunos de los que estaban lanzando alcanzaban ya un tamaño considerable— se vieron a lo lejos las sirenas de la policía. Comprender que era el momento de huir y darse cuenta de que aquellas plataformas no eran lo mejor para correr por los sembrados fue todo uno. Así que no dudó en quitárselas con un par de rápidos movimientos. En el último segundo, le salió toda la mala leche de drag-queen y, con un certero lanzamiento y al grito de ‘mamarrachaaaa’, estrelló una de las plataformas contra la cabeza de Ángel. El plataformazo acabó de debilitar sus fuerzas, ya muy mermadas por la lluvia de piedras anterior. Cuando caía al suelo todavía alcanzó a ver a los niños persiguiendo a la ‘virgen-drag’ y acosándola a preguntas. Después, todo se tornó oscuro.