ENTREGA NÚMERO DOS
Hola a tod@s. En primer lugar, gracias a los que habéis dejado vuestros comentarios, especialmente a Fini y a Cax_69, y también a Serdemar y a Juanjita REina, no os enfadéis. Supongo que comprendéis la ilusión que me hace que me lean personas a las que no conozco. En fin, gracias también a los que habéis pasado por el blog pero no habéis dejado mensaje. Supongo que os morís por saber qué le pasó a Ángel tras el taconazo de Nociva. Hay que ver la 'drag', ¡qué mala! A mí casi me da pena de imaginármela corriendo descalza por los sembrados, después de haber tenido que aguantar a los pesados de los niños, jajaja. Bueno, ya no me enrollo más, prefiero que seáis vosotros los que escribais vuestros comentarios. Saludos y besitos 'celestiales'.
DOS
Cuando Paco bajó la cremallera de Enrique, el edificio tembló como si fuera el fin del mundo. Un sonido agudo y penetrante que pudo oírse en cientos de metros a la redonda, sólo comparable en decibelios al ruido que harían quince adolescentes en el momento de ser aserradas por el psico-killer de ‘La matanza de Texas’, inundó la escalera y el ojo patio. Paco y Enrique, pese a todo, no se inmutaron y Paco siguió con lo que tenía entre manos. Los dos dieron por sentado que se trataba de otro de los excesos pulmonares de Ernesto ante cualquier contrariedad, aunque quizá con un grado más de histeria de lo que venía siendo habitual, eso sí. Claro que, cuando después de tomar resuello volvió a gritar y las velas perfumadas que habían encendido para crear ambiente se apagaron les entró la duda. Realmente parecía un grito de terror. Como de todas formas la falta de concentración había hecho mella en la consistencia y turgencia de aquello y las venas habían dejado de marcarse, Paco decidió parar, y sugirió que tal vez era cosa de vestirse y salir al rellano para ver qué pasaba.
— ¡¡A ver, ¿qué te pasa, loca del demonio? —preguntó Paco asomando la cabeza desde el descansillo mientras se remetía la camisa con dos rápidos movimientos y se cerraba los dos últimos botones de la cremallera—!! ¿Se te ha vuelto a romper otro frasco de perfume?
— Debe ser algo gordo, porque no contesta,… ¡¡Niño, ¿qué te pasa?!! ¿Y usted qué mira, señora Transi? ¿es que siempre tiene que estar en todo?
— A ver, tendré que entretenerme con algo, con el poco caso que me hacéis últimamente. Por cierto, he visto subir a un hombre. No me suena su cara. Y tenía una pinta muy rara. Si es que tenéis unas amistades que ya, ya…
— ¿Es eso verdad? —preguntó Paco, preocupado ahora por su amigo y lamentando el hecho de no haberse apuntado al curso de capoeira que organizaba la ONG en la que trabajaba.
— No te preocupes, cari —le tranquilizó Enrique—. Seguro que no es nada. Igual el último ligue que se trajo a casa se ha largado con sus camisetas de ‘Custo’.
— No creo, ¿no? ¿otra vez? —se miraron el uno al otro y después a la vecina, que seguía atentamente los razonamientos de los chicos.
— Mirad, chicos, yo no sé qué es lo que ha pasado, pero si vais a subir llevaros esto.
— Pero señora Transi, ¿un chorizo?
— De Cantimpalo. Y está bien curadito, porque ya llevo con él desde las Navidades. Me lo regaló mi hija pero, con el colesterol y lo del ácido úrico y esta salud que tiene una, pues como que no.
Después de agarrar el chorizo que amablemente les tendió la señora Transi, subieron arrimándose a la pared para no ser vistos y poder mantener así el factor sorpresa. Eran mariquitas, sí, pero con muchas películas de Bruce Willis a sus espaldas. Tal vez buscando inconscientemente un auditorio, miraron hacia abajo y a la señora Transi se le habían unido catorce vecinas más. Enrique comenzó a no saber a qué tenía más miedo, si a las vecinas o a lo que pudiera encontrarse arriba, así que intentó visualizarlo todo como la escena final de una serie de televisión, en la que él interpretara a un duro inspector homosexual enamorado en secreto de Jesús Vázquez. No es que fuera a batir los records de audiencia, menudo argumento. Los gritos de las vecinas le devolvieron a la realidad y se ruborizó al percatarse de que se había evadido totalmente. Demasiadas horas aburrido sentado en su frío despacho de funcionario, tal vez. Al final se armó de valor y, tras blandir el chorizo con fuerza entre sus manos —hasta ahora lo había llevado cogido grácilmente con las puntas de los dedos para no llenarse de pringue— se plantó de un salto en el piso de arriba. Ernesto estaba tendido en el suelo, y había un sujeto de no muy buen aspecto agachado sobre él, dándole palmaditas en la cara. Enrique se acercó con sigilo y le arreó un tremendo golpe que dobló el chorizo ostensiblemente. Del impacto del embutido, el individuo quedó inconsciente y rodó sobre sí dejando ver su rostro. Un rostro delgado y de tez morena. No del todo desconocido. Paco ya había conseguido despegarse de la espalda de Enrique y ambos miraban al asaltante. Todo sucedió muy rápido. Primero, por décimas de segundo, cada uno de ellos fue consciente de que el otro le miraba de reojo. Después, efectivamente, se miraron estupefactos: ¡‘No puede ser. Es él’! Finalmente chillaron. Chillaron repetidamente con chillidos cortitos y agudos, hasta que se hiperventilaron y se desmayaron junto a los otros dos cuerpos, ante la mirada atónita de las vecinas que ya se habían incorporado a la escena en lenta procesión.
— Valiente pandilla de maricones —sentenció la señora Transi.
DOS
Cuando Paco bajó la cremallera de Enrique, el edificio tembló como si fuera el fin del mundo. Un sonido agudo y penetrante que pudo oírse en cientos de metros a la redonda, sólo comparable en decibelios al ruido que harían quince adolescentes en el momento de ser aserradas por el psico-killer de ‘La matanza de Texas’, inundó la escalera y el ojo patio. Paco y Enrique, pese a todo, no se inmutaron y Paco siguió con lo que tenía entre manos. Los dos dieron por sentado que se trataba de otro de los excesos pulmonares de Ernesto ante cualquier contrariedad, aunque quizá con un grado más de histeria de lo que venía siendo habitual, eso sí. Claro que, cuando después de tomar resuello volvió a gritar y las velas perfumadas que habían encendido para crear ambiente se apagaron les entró la duda. Realmente parecía un grito de terror. Como de todas formas la falta de concentración había hecho mella en la consistencia y turgencia de aquello y las venas habían dejado de marcarse, Paco decidió parar, y sugirió que tal vez era cosa de vestirse y salir al rellano para ver qué pasaba.
— ¡¡A ver, ¿qué te pasa, loca del demonio? —preguntó Paco asomando la cabeza desde el descansillo mientras se remetía la camisa con dos rápidos movimientos y se cerraba los dos últimos botones de la cremallera—!! ¿Se te ha vuelto a romper otro frasco de perfume?
— Debe ser algo gordo, porque no contesta,… ¡¡Niño, ¿qué te pasa?!! ¿Y usted qué mira, señora Transi? ¿es que siempre tiene que estar en todo?
— A ver, tendré que entretenerme con algo, con el poco caso que me hacéis últimamente. Por cierto, he visto subir a un hombre. No me suena su cara. Y tenía una pinta muy rara. Si es que tenéis unas amistades que ya, ya…
— ¿Es eso verdad? —preguntó Paco, preocupado ahora por su amigo y lamentando el hecho de no haberse apuntado al curso de capoeira que organizaba la ONG en la que trabajaba.
— No te preocupes, cari —le tranquilizó Enrique—. Seguro que no es nada. Igual el último ligue que se trajo a casa se ha largado con sus camisetas de ‘Custo’.
— No creo, ¿no? ¿otra vez? —se miraron el uno al otro y después a la vecina, que seguía atentamente los razonamientos de los chicos.
— Mirad, chicos, yo no sé qué es lo que ha pasado, pero si vais a subir llevaros esto.
— Pero señora Transi, ¿un chorizo?
— De Cantimpalo. Y está bien curadito, porque ya llevo con él desde las Navidades. Me lo regaló mi hija pero, con el colesterol y lo del ácido úrico y esta salud que tiene una, pues como que no.
Después de agarrar el chorizo que amablemente les tendió la señora Transi, subieron arrimándose a la pared para no ser vistos y poder mantener así el factor sorpresa. Eran mariquitas, sí, pero con muchas películas de Bruce Willis a sus espaldas. Tal vez buscando inconscientemente un auditorio, miraron hacia abajo y a la señora Transi se le habían unido catorce vecinas más. Enrique comenzó a no saber a qué tenía más miedo, si a las vecinas o a lo que pudiera encontrarse arriba, así que intentó visualizarlo todo como la escena final de una serie de televisión, en la que él interpretara a un duro inspector homosexual enamorado en secreto de Jesús Vázquez. No es que fuera a batir los records de audiencia, menudo argumento. Los gritos de las vecinas le devolvieron a la realidad y se ruborizó al percatarse de que se había evadido totalmente. Demasiadas horas aburrido sentado en su frío despacho de funcionario, tal vez. Al final se armó de valor y, tras blandir el chorizo con fuerza entre sus manos —hasta ahora lo había llevado cogido grácilmente con las puntas de los dedos para no llenarse de pringue— se plantó de un salto en el piso de arriba. Ernesto estaba tendido en el suelo, y había un sujeto de no muy buen aspecto agachado sobre él, dándole palmaditas en la cara. Enrique se acercó con sigilo y le arreó un tremendo golpe que dobló el chorizo ostensiblemente. Del impacto del embutido, el individuo quedó inconsciente y rodó sobre sí dejando ver su rostro. Un rostro delgado y de tez morena. No del todo desconocido. Paco ya había conseguido despegarse de la espalda de Enrique y ambos miraban al asaltante. Todo sucedió muy rápido. Primero, por décimas de segundo, cada uno de ellos fue consciente de que el otro le miraba de reojo. Después, efectivamente, se miraron estupefactos: ¡‘No puede ser. Es él’! Finalmente chillaron. Chillaron repetidamente con chillidos cortitos y agudos, hasta que se hiperventilaron y se desmayaron junto a los otros dos cuerpos, ante la mirada atónita de las vecinas que ya se habían incorporado a la escena en lenta procesión.
— Valiente pandilla de maricones —sentenció la señora Transi.
Comentario:
Muy bueno... Pero eso ya me lo imaginaba.
Comentario:
jajajajaj que gracioso lo del chorizo cantimpalo, si es queeeee....
Comentario:
jajajjajaj 14 vecinas? jjajajjaja