ENTREGA NÚMERO TRES
Soy capaz de estar una tarde entera en un centro comercial sin ni siquiera mirar a una tía. ¿Por qué?... Porque soy maricón, coño. Por eso no acierto a comprender por qué los niñatos me miran tanto. Se supone que son heteros, joder. Bueno, pues o bien la mitad de la población masculina menor de 25 es homosexual (o bisexual, jajaja) o no entiendo nada. Vale que voy monísimo de la muerte, con mis trapitos y eso, vale que estoy delgado por fin después de tantos años, pero ¿tan bueno estoy que hasta los 'heteros' me miran? Aunque claro, también se miran entre ellos. No hay más que poner atención, y las escaleras mecánicas de los centros comerciales son el lugar perfecto. Si hasta ahora no os habíais dado cuenta, prestad atención la próxima vez, que vais a ver cómo vuelven los cuellos, que ni la niña del exorcista. Pero bueno, la verdad es que no es la única cosa que no comprendo de los menores de 25. Básicamente no les entiendo en absoluto. Lanzaré dos preguntas al aire; Primera: ¿de dónde sacan el tiempo para estar todo el día presentándose a castings?, y segunda: ¿por qué en la publicidad dirigida a ellos se les grita o se les supone un grado de inteligencia igual o inferior a cero (ej.: el anuncio de ONO)? En fin, se me ocurren más preguntas, pero ya seguiremos otro día. Os dejo con otro capítulo de la novela.
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TRES
El último en despertar fue Ángel. Todo el mundo le miraba muy extrañado y con cara de consternación. Le habían echado en un sofá, y lo primero que vio fue una escena campestre en tonos marrones y verdes apagados, de lo más horrible. Un espíritu inclinado al arte como el suyo se habría sentido fatal de no haber sido porque le resultaba extrañamente familiar. Era el tapiz que dominaba el salón de la señora Transi, con su ciervo y sus arbolitos. A pesar del tropel de sensaciones que embotaba su cabeza, acumulándose a mayor velocidad que su capacidad para ordenarlas, empezó a ser consciente de su situación. Todos estaban esperando con impaciencia a que dijera algo. Ernesto no pudo aguantarse más y rompió el hielo.
— Ángel, estás vivo. Te creíamos muerto… ¡Qué susto nos has dado, maricón! ¿Se puede saber dónde te has metido? ¿por qué no nos has llamado?
— Tu cara me suena mucho. ¿Te conozco de algo?
— ¡Maricóon, soy Ernesto —el caudal de las lágrimas aumentó ostensiblemente. El pobre no podía creer que su amigo del alma al que acababa de volver a encontrar con vida, su ‘hermana’, no le recordara—! Somos amigos, amigos de toda la vida, vivíamos juntos en este piso, ¿no te acuerdas?
— ¿Cómo estás, Ángel –se interesó Enrique-, te hemos hecho daño?
— ¿Qué ha pasado? Me duele la cabeza.
— Pues me temo que te he dado con un chorizo. Oímos a Ernesto gritar, subimos y te vimos echado sobre él. Creímos que le estabas atracando o algo.
— ¿Cómo no queréis que chille? Abro la puerta y me lo encuentro ahí, enfrente de mí, con cara de bobo. No me lo podía creer. Figúrate tú, Ángel, te dieron por muerto. ¡Ay, pero dinos algo, por favor!
— Bueno, yo… En realidad no os puedo decir mucho —Ángel trataba de poner en orden sus pensamientos—. Sólo sé que me atacaron y que he perdido la memoria. He estado varios días en el hospital. Recordaba esta dirección y supuse que vivía aquí, así que vine y llamé al timbre. Tú abriste y te pusiste a chillar, te desmayaste, bueno, en fin…
— Nos alegramos mucho de volver a verte, Ángel. Yo soy Paco, ¿me recuerdas?
— Todos me sois muy familiares. Como cuando un olor te trae algún recuerdo, que te provoca un estado de ánimo. Me siento muy bien entre vosotros. De hecho, es la primera vez en varios días que me encuentro como en casa.
— Te hemos echado de menos —prosiguió Paco—, sobre todo Ernesto. Si vieras qué mal lo pasó esparciendo tus cenizas.
— Bueno —se apresuró a corregir Ernesto al darse cuenta de que la imagen resultaba un tanto ‘gore’—. En realidad no eran tus cenizas, ya que tu cuerpo nunca apareció. Claro, ¿cómo iba a aparecer? Así que nos reunimos y cada uno escribió algo sobre ti. Después lo leímos y quemamos el papel, y eso fue lo que esparcimos por la playa. Resultó muy bonito. Fue idea mía, claro. ¿Puedo abrazarte?
— Claro que sí —sonrió Ángel—. Yo también lo estaba deseando.
Los dos amigos primero, y después los cuatro, se abrazaron con cariño y disfrutaron en plácido silencio de aquel momento de reencuentro. Invadido por una profunda sensación de alivio, tal como les había dicho a sus amigos, Ángel tuvo la íntima convicción de estar en casa. Se sintió en paz y protegido, y se le ocurrió que por fin estaba aflorando su verdadero yo, quienquiera que fuera. Casi le costó trabajo volver a la realidad cuando Paco le preguntó si ya sabía que se había aprobado el matrimonio gay. Para entonces la señora Transi se anunciaba por el pasillo con un tintineo de tazas y cucharillas.
— Ya podíais haber venido a ayudarme, que no soy la camarera del Hotel Ritz. Uno que si un capuchino, el otro que si té de azahar,… La próxima vez hago una cafetera para todos y que cada uno se sirva. ¿Cómo está mi Angelito? ¡Ay, que lo quiero yo, madre! ¿Cómo he podido no reconocerte?
— Señora Transi, que está amnésico, por Dios, déle un respiro.
— No pasa nada, Enrique, estoy bien —interrumpió Ángel, dejándose pellizcar la cara.
— Bueno, ¿os vais a poner vosotros el azúcar, o también tendré que hacerlo yo?
— No se queje tanto, que a usted le va la marcha, señora Transi, y además que está encantada de tener aquí otra vez a su ojito derecho, ¿o no?
Con una sonrisa que se parecía bastante a un ‘sí’, la señora Transi echó mano del azucarero e intentó recordar cuántas cucharaditas solía poner cada uno, o si preferían endulzante. Después empezó a repartir tazas sin parar de hablar, provocando la hilaridad de los chicos: ‘No sabéis el trabajo que me ha costado convencer a las demás vecinas de que no llamaran a Andalucía Directo. Sí, no sé de qué os reís, capaces son, desde luego, que parece que no tienen nada que hacer en sus casas…’
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TRES
El último en despertar fue Ángel. Todo el mundo le miraba muy extrañado y con cara de consternación. Le habían echado en un sofá, y lo primero que vio fue una escena campestre en tonos marrones y verdes apagados, de lo más horrible. Un espíritu inclinado al arte como el suyo se habría sentido fatal de no haber sido porque le resultaba extrañamente familiar. Era el tapiz que dominaba el salón de la señora Transi, con su ciervo y sus arbolitos. A pesar del tropel de sensaciones que embotaba su cabeza, acumulándose a mayor velocidad que su capacidad para ordenarlas, empezó a ser consciente de su situación. Todos estaban esperando con impaciencia a que dijera algo. Ernesto no pudo aguantarse más y rompió el hielo.
— Ángel, estás vivo. Te creíamos muerto… ¡Qué susto nos has dado, maricón! ¿Se puede saber dónde te has metido? ¿por qué no nos has llamado?
— Tu cara me suena mucho. ¿Te conozco de algo?
— ¡Maricóon, soy Ernesto —el caudal de las lágrimas aumentó ostensiblemente. El pobre no podía creer que su amigo del alma al que acababa de volver a encontrar con vida, su ‘hermana’, no le recordara—! Somos amigos, amigos de toda la vida, vivíamos juntos en este piso, ¿no te acuerdas?
— ¿Cómo estás, Ángel –se interesó Enrique-, te hemos hecho daño?
— ¿Qué ha pasado? Me duele la cabeza.
— Pues me temo que te he dado con un chorizo. Oímos a Ernesto gritar, subimos y te vimos echado sobre él. Creímos que le estabas atracando o algo.
— ¿Cómo no queréis que chille? Abro la puerta y me lo encuentro ahí, enfrente de mí, con cara de bobo. No me lo podía creer. Figúrate tú, Ángel, te dieron por muerto. ¡Ay, pero dinos algo, por favor!
— Bueno, yo… En realidad no os puedo decir mucho —Ángel trataba de poner en orden sus pensamientos—. Sólo sé que me atacaron y que he perdido la memoria. He estado varios días en el hospital. Recordaba esta dirección y supuse que vivía aquí, así que vine y llamé al timbre. Tú abriste y te pusiste a chillar, te desmayaste, bueno, en fin…
— Nos alegramos mucho de volver a verte, Ángel. Yo soy Paco, ¿me recuerdas?
— Todos me sois muy familiares. Como cuando un olor te trae algún recuerdo, que te provoca un estado de ánimo. Me siento muy bien entre vosotros. De hecho, es la primera vez en varios días que me encuentro como en casa.
— Te hemos echado de menos —prosiguió Paco—, sobre todo Ernesto. Si vieras qué mal lo pasó esparciendo tus cenizas.
— Bueno —se apresuró a corregir Ernesto al darse cuenta de que la imagen resultaba un tanto ‘gore’—. En realidad no eran tus cenizas, ya que tu cuerpo nunca apareció. Claro, ¿cómo iba a aparecer? Así que nos reunimos y cada uno escribió algo sobre ti. Después lo leímos y quemamos el papel, y eso fue lo que esparcimos por la playa. Resultó muy bonito. Fue idea mía, claro. ¿Puedo abrazarte?
— Claro que sí —sonrió Ángel—. Yo también lo estaba deseando.
Los dos amigos primero, y después los cuatro, se abrazaron con cariño y disfrutaron en plácido silencio de aquel momento de reencuentro. Invadido por una profunda sensación de alivio, tal como les había dicho a sus amigos, Ángel tuvo la íntima convicción de estar en casa. Se sintió en paz y protegido, y se le ocurrió que por fin estaba aflorando su verdadero yo, quienquiera que fuera. Casi le costó trabajo volver a la realidad cuando Paco le preguntó si ya sabía que se había aprobado el matrimonio gay. Para entonces la señora Transi se anunciaba por el pasillo con un tintineo de tazas y cucharillas.
— Ya podíais haber venido a ayudarme, que no soy la camarera del Hotel Ritz. Uno que si un capuchino, el otro que si té de azahar,… La próxima vez hago una cafetera para todos y que cada uno se sirva. ¿Cómo está mi Angelito? ¡Ay, que lo quiero yo, madre! ¿Cómo he podido no reconocerte?
— Señora Transi, que está amnésico, por Dios, déle un respiro.
— No pasa nada, Enrique, estoy bien —interrumpió Ángel, dejándose pellizcar la cara.
— Bueno, ¿os vais a poner vosotros el azúcar, o también tendré que hacerlo yo?
— No se queje tanto, que a usted le va la marcha, señora Transi, y además que está encantada de tener aquí otra vez a su ojito derecho, ¿o no?
Con una sonrisa que se parecía bastante a un ‘sí’, la señora Transi echó mano del azucarero e intentó recordar cuántas cucharaditas solía poner cada uno, o si preferían endulzante. Después empezó a repartir tazas sin parar de hablar, provocando la hilaridad de los chicos: ‘No sabéis el trabajo que me ha costado convencer a las demás vecinas de que no llamaran a Andalucía Directo. Sí, no sé de qué os reís, capaces son, desde luego, que parece que no tienen nada que hacer en sus casas…’
Comentario:
JO, qué bueno!