Vuelta a casa
What's up? Hoy me siento bastante animada porque tengo cuatro comentarios en el artículo del otro día. He batido un récord. ¡Menos mal! No, en serio, nunca me había leído tanta gente. My goodness, I'm so flattered! No sé qué decir. Menudo impulso para mi ego. Y encima me ha escrito la ilustre Djuna. Ahora sí que voy a tener que cuidar mi estilo para no defraudar a mis lectores. Una presión terrible. Pero claro, es el precio que tengo que pagar por la fama, ¿no? Ya he tenido que renunciar al anonimato, está claro.
Pues no sé qué contar. Últimamente no he vivido ninguna situación de excesiva penquez dinga de poner en el blog. Lo de siempre, se me caen las cosas, pierdo el abono dentro del bolsillo del abrigo, me paso de parada en el metro y acabo en Puerta de Arganda, etc. Pero eso entra dentro del orden natural de las cosas. (Es consustancial a mi persona). Además, luego baja mi índice de popularidad, y eso perjudica mi imagen pública. Que yo también soy una eminencia, al fin y al cabo, aunque no me vaya de cañas con el Gabi. (Por cierto, Equis, no sé si te has percatado de he hecho un punto y aparte por vez primera desde que parí este blog. [Una circunstancia francamente anecdótica]. Deberías estar orgullosa de mí. Ahora me queda mejorar lo de los paréntesis kilométricos y resulta bastante evidente, a juzgar por la desmesurada longitud de éste, que no estoy progresando mucho).
Llevaba ya varios día con mono de blog. Como me fui ya definitivamente al nuevo piso, todavía no tengo Internet, y no he podido conectarme en tres días. Así que hoy que me he podido conectar, pues lo primero que he hecho ha sido actualizar mi blog. La verdad es que estoy enchochaíta con el piso. Y tú tranquila, Haizea (bonito nombre, por cierto, a mí es que el fonema /Z/ me gusta mucho), que en cuanto mi amiga la suizo-belga (es que tiene la doble nacionalidad) se decida, yo te lo comunico. Además, eso de las sesiones de the L world en la casa me apetece bastante. (Con acompañamiento de tortillas verdes radioactivas y petisuís gigantes).
Ya estoy en Málaga para pasar las navidades, y no estoy tampoco demasiado entusiasmada. Me ha dado alegría reencontrarme con mi perra, eso sí. (Y con mis padres, vale...). Y por fortuna, esta vez no he perdido el tren ni nada. (Ya voy sentando la cabeza). Eso sí, se me ha sentado un diabólico niño cordobés al lado que me ha dado el viaje. Y no tengo más novedades. ¡Ah! El otro día me compré unos guantes de homo erectus hispanicus, y los llevo puestos hasta dentro de la facultad. (Pura vanidad, ya se sabe). Ya me los pondré cuando salga por Chueca para estar más irresistible.
Pues es que no tengo nada nuevo que contar. Hoy no estoy muy inspirada. (Estoy en fase de sequía mental). Ya siento la nostalgia de Madrid. A ver si hago uno de estos días una expedición al Palo Profundo y me pasa algo para contarlo aquí.
Besos, abrazos y carpe diem,
La Emperatriz Penca.
Pues no sé qué contar. Últimamente no he vivido ninguna situación de excesiva penquez dinga de poner en el blog. Lo de siempre, se me caen las cosas, pierdo el abono dentro del bolsillo del abrigo, me paso de parada en el metro y acabo en Puerta de Arganda, etc. Pero eso entra dentro del orden natural de las cosas. (Es consustancial a mi persona). Además, luego baja mi índice de popularidad, y eso perjudica mi imagen pública. Que yo también soy una eminencia, al fin y al cabo, aunque no me vaya de cañas con el Gabi. (Por cierto, Equis, no sé si te has percatado de he hecho un punto y aparte por vez primera desde que parí este blog. [Una circunstancia francamente anecdótica]. Deberías estar orgullosa de mí. Ahora me queda mejorar lo de los paréntesis kilométricos y resulta bastante evidente, a juzgar por la desmesurada longitud de éste, que no estoy progresando mucho).
Llevaba ya varios día con mono de blog. Como me fui ya definitivamente al nuevo piso, todavía no tengo Internet, y no he podido conectarme en tres días. Así que hoy que me he podido conectar, pues lo primero que he hecho ha sido actualizar mi blog. La verdad es que estoy enchochaíta con el piso. Y tú tranquila, Haizea (bonito nombre, por cierto, a mí es que el fonema /Z/ me gusta mucho), que en cuanto mi amiga la suizo-belga (es que tiene la doble nacionalidad) se decida, yo te lo comunico. Además, eso de las sesiones de the L world en la casa me apetece bastante. (Con acompañamiento de tortillas verdes radioactivas y petisuís gigantes).
Ya estoy en Málaga para pasar las navidades, y no estoy tampoco demasiado entusiasmada. Me ha dado alegría reencontrarme con mi perra, eso sí. (Y con mis padres, vale...). Y por fortuna, esta vez no he perdido el tren ni nada. (Ya voy sentando la cabeza). Eso sí, se me ha sentado un diabólico niño cordobés al lado que me ha dado el viaje. Y no tengo más novedades. ¡Ah! El otro día me compré unos guantes de homo erectus hispanicus, y los llevo puestos hasta dentro de la facultad. (Pura vanidad, ya se sabe). Ya me los pondré cuando salga por Chueca para estar más irresistible.
Pues es que no tengo nada nuevo que contar. Hoy no estoy muy inspirada. (Estoy en fase de sequía mental). Ya siento la nostalgia de Madrid. A ver si hago uno de estos días una expedición al Palo Profundo y me pasa algo para contarlo aquí.
Besos, abrazos y carpe diem,
La Emperatriz Penca.
La comunidad

Fulanita de tal
Hoy que estoy más o menos inspirada (en plena fase de lucidez mental post resaca) creo que voy a (intentar) hacer una crónica breve y concisa sobre la noche del sábado. (Y con puntos y aparte, por consejo Equis). En fin, que haré un esfuerzo por ser más lacónica, aunque no garantizo que lo consiga, porque yo sin mis subordinadas y sin mis paréntesis kilométricos no soy yo. Es una característica intrínseca a mi persona, como la penquez o el emparramiento, y que encima se ha visto agudizada por todo el tema de la filología. El sábado salí por Chueca con las blogueras, y me lo pasé genial. Siempre que salgo con la Equis me lo paso fenomenal, porque es un encanto de persona, y porque además, se inventa los pasos (y los gestos) de las canciones sobre la marcha cuando baila. Pero el sábado me lo pasé mejor todavía si cabe. Primero, porque fue todo un honor enorme salir con la Djuna, que es una diosa en el mundo de los blogs. Yo que soy una pobre y humilde principiante a quien nadie lee, la tengo casi como mentora, junto con la Equis, claro, que es la principal instigadora del blog. (Ver génesis de mi blog. Capítulo I). Primeramente estuvimos en el Viperina, para variar, hasta que nos pusieron los lunis y nos echaron sutilmente del sitio. Bueno, más primeramente aún, yo estuve como dos horas esperando a que vinieran Equis y Djuna y claro, me tuve que tomar un cubata y un calimocho para pasar estas largas horas de soldedad. (Una se refugia en el alcohol en estas ocasiones, es inevitable, y además, al carecer de turora legal, estaba como salvajita, sin ningún tipo de autoridad que limitase mi capacidad sobrehumana para ingerir minis). Luego llegaron por fin Djuna y Equis, todavía secándose la baba que les caía por la comisura después de haber estado viendo a Texas en el paraíso bollo, y después se vino la archiconocida Top (yo flipando, claro, al estar rodeada de las más famosas blogeras de la historia). Yo pedí entonces que nos pusieran la canción de Los Morancos, porque me encanta, pero no me hicieron ni puto caso (me vieron cara de penca), y mandé a la Equis a que lo pidiera en mi nombre, a ver si le hacían caso a ella, que al fin y al cabo es toda una eminencia en la universidad, y se va de cañas con el Gabi (el rector), pero tampoco. Y en su lugar nos pusieron esa canción de la letra hiper profunda, como dice Equis. (Pún chimpún chimpún. Una canción con un mensaje, y un objectivo social evidentes). Luego se nos unió otra amiga de la Top, y nos fuimos todas en tropel al Fulanita, y nos metimos sin pagar, afortunadamente, porque yo me lo había gastado casi todo en los minis, y me hallaba también al borde de la inmundicia y la marginalidad. El Fulanita me gustó un montón. No por nada en especial, sino simplemente por estar acompañada de una gente tan divertida, y por estar rodeada de tantísimas lesbianas en un espacio vital tan reducido, donde el contacto físico era deliciosamente inevitable, y porque encima la DJ era guapísima. (Unos calores tremendos que me entraron). Nos pasamos el resto de la noche allí , y entre medias, estaba la famosa italiana que yo no sé si iba medio pedo o qué, pero iba reptando constantemente en plan provo de un lado a otro del local, pegandóse a todas las tías y paseando las pechugas por todos sitios, y lanzando miradas lascivas a la gente. (Al principio yo pensé que las miradas lascivas y todo el manoseo y paseo de pechugas implicado en el ritual iba dirgido exclusivamente a mí, tal es mi ego y mi prepotencia. Pensé, es que soy demasiado atractiva, no puedo contener mi sex appeal. Iba causando sensación por todos sitios, y eso sin necesidad de ponerme mis guantes de homo sapiens californiano. Pero luego me di cuenta de que todo era como una especie de estrategia de ataque de la tía esta, que no acababa de poner el huevo nunca, iba y venía, y se nos echaba encima en plan acosador. (Y yo por dentro regocijándome pensando que ya tenía tema para poner en el blog, porque bueno, de verdad, yo no aspiro a poner nada excesivamente interesante en el blog, sólo las historias de mis pedos descomunales, de las expediciones a Chueca o mis experiencias friquis en el tren o en el metro, muchas de ellas derivadas de la ya resabida penquez congénita que padezco). Luego no sé cómo ni por medio de que vínculo (que me lo expliquen otro día cuando esté sobria) nos hicimos amigas de Bea y de Icíar Bollaín (yo lo escribo así, con C, en plan penco), dos chicas majísimas que se vinieron con nosotras en un vano y deseperado intento de atrapar un taxi. (Una vez más intenté poner en práctica el truco de levantar la pata para parar a los taxis, pero inexplicablemente, esta vez no tuvo éxito). Al final nos fuimos andando hasta el metro y allí nos dividimos. Y al final me dormí a las ocho y me levanté a las diez, con lo cual tengo un sueño que me muero, y me voy a ir a la piltra en menos que canta una gallinota. Y al final tampoco he puesto puntos y aparte, es verdad. Lo siento, NO PUEDO, NO PUEDO. Es superior a mis fuerzas. (Tened piedad de mí. Llevo padeciendo esta verbodiarrea compulsiva y crónica desde que era feto, o aún más, cigoto. Oye, que esto es verdad, está comprobado científicamente. Los niños son receptores de ondas lingüísticas desde que están en el vientre materno, me lo dijo el otro día mi profesor de introducción a la lengua española. Y mi madre es que es igual que yo, tiene una nula nulísima capacidad de síntesis. Así que no se me puede culpar. Estoy determinada tanto por mis genes como por la verbosidad a la que estuve expuesta en mi perídodo prenatal).
Besos, abrazos, y carpe diem,
Emperatriz Penca
Besos, abrazos, y carpe diem,
Emperatriz Penca
Cambio de pseudónimo
Creo que hoy ha sido uno de los días más pencos de mi vida. (Aunque eso también es difícil de determinar, porque anda que cuando perdí el avión el otro día...). Primero voy a explicar ya de una vez lo que es penco, porque creo que es la palabra que más utilizo últimamente, además de perita y puerco, tal es mi pobreza léxica. (Ver dialectología amalagueña). Bueno, en realidad es que penco significa eso, que uno es penco, es que no tiene más vuelta de hoja, es así de simple. Y yo con mi torpeza y mi emparramiento congénitos, pues soy como la penquez per se. Yo sé que es una idea muy abstracta y compleja, pero al final se acaba comprendiendo. Y encima tengo a mi amiga Equis que me lo restriega siempre que me ve. ¡Hola, repenca! ¡Qué penca eres! Al final he acabado por rebautizarme (huy, no, rebautizarse no es el término apropiado, precisamente ahora que estoy en proceso para hacerme apóstata y desbautizarme)...Pues he acabado por re-nombrarme a mí misma como la Emperatriz Penca. Habría preferido algo como la Penca Presidenta de la República, o la Canciller Penca (así tipo Angela Merkel) porque total, yo no soy precisamente monárquica, pero lo de emperatriz queda mejor. (Y esa es la explicación racional de por qué he cambaido mi nombre artístico. Lo digo más que nada para aliviar el desconcierto de mis lectores). Y luego, segunda cosa. (Cada vez escribo peor, ¿eh? Y eso que soy de filología, y que solía ejercer de escritora en mis años mozos. No dejo de emplear la palabra cosa. ¡Pero es que resulta siempre tan recurrente! No os podéis imaginar. Especificar siempre supone un desgaste intelectual muy fuerte, y yo no me lo puedo permitir, que tengo que reservarme neuronas para los exámenes, especialmente en esta época de sequía cerebral que estoy atravesando). Pues volviendo al hilo de la cuestión (es que me voy por los cerros de Úbeda y Baeza, no consigo centrarme en una sola idea). Segunda cosa. Ya por recomendación de Equis voy a explicar por qué puse esa enigmática imagen de las acelgas vivas en mi blog el otro día. (Todo tiene una explicación racional al final). Yo pensé que era bastante evidente, y que era sólo que las capacidades de la Equis no le daban para entenderlo. La pobretica no da para más. (Es broma, ¿eh?) Pero ante la avalancha de interrogantes, he decidido desvelar el misterio. La penca es el tallo de la acelga. Yo pensé que eso era universal, como el mal gusto o la estulticia de la especie humana, pero resulta que es un término que sólo se usa en Málaga, o en mi casa. Aquí se dice simplemente tallo de acelga. (Una averiguación que me ha dejado perpleja. Ya no puedo dormir por las noches). ¡Con lo fácil que es decir penca! Una penca, toda la vida de dios se ha dicho así. Pencas en el puchero (quiero decir, en el cocido), pencas en las lentejas, pencas en el potajito de garbanzos y con las manitas de cerdo...Y bueno, toda esta compleja explicación no es más que un preámbulo para contar(os) por qué hoy he tenido un día 100% penco. (Aunque parezca surrealista, esto es un preámbulo. Yo intento por todos los medios refrenar esta verborrea crónica que llevo padeciendo desde que era feto, pero no puedo, se me derraman las palabras por la comisura de los labios. ¿No os recuerda verborrea a la palabra diarrea? En realidad tiene su lógica, es como defecar palabras con gran ímpetu. A todo esto, no sé si existe el término verborrea, puede que incluso me lo haya inventado, lo cual no sería del todo descabellado, considerando esta friquez incurable mía). En primer lugar, los trenes no llegaban a la universidad esta mañana. Por lo visto se había caído ALGO (algo, un ente, no se sabe qué, una viga, un puente, una rodaja de autovía, es un misterio sin descifrar) sobre las vías del tren y estaba todo cortado. Yo ya me puse nerviosa y estuve a punto de convertirme en una mujer al borde de un ataque de nervios, porque encima de ser penca soy de provincias, y no sé cómo moverme en la gran urbe. Tenía la esperanza de que viniera la equis y me llevase, pero la tía se quedó dormida cual marmota, y no fue hasta más tarde. Bueno, tras una odisea homérica que no voy a detallar aquí (para no agudizar el aburrimiento de la población), llegué sana y salva a la facultad, pero sólo fui a una clase. Soy piardera por naturaleza. (Ver dialectología malagueña una vez más). Luego encima nos fuimos a imprimir unos papeles a la sala de ordenadores, y yo no me las apañaba para enviarlo del ordenador a la impresora correcta. (Una fatiga horrible). Pero es que luego, a la vuelta, ya me vine con la Equis en el autobús, y pasé por una experiencia sobremanera embarazosa. Primero, como no tenía abono ni dinero suelto, tuve que pagar el viaje en moneditas de 10 y 5 centímos hasta llegar a 1,30. (Lo han subido, ¿no? Esta vida es una ruina. Voy a acabar yo también en la inmundicia extrema). Y tras tirarme un buen rato recopliando la calderilla (mientras la gente me miraba, eso sí), pues entré ya en el cuerpo del autobús, y me choqué con un Don Limpio, y le tiré todas las monedas al suelo (sin querer, ¿eh?) Y como yo soy una persona cívica, pues me agaché y le ayudé a recogerlas. (Otro momento de fatiga). Y todo el mundo con los ojos clavados en mí. Y luego para colmo no encontraba a Equis, que se había sentado hacía ya un siglo y me había dejado sola ante el peligro, mientras se regocijaba observando mi penco espectáculo. Total, que cuando la hallé por fin, ella se encontraba ya en pleno ataque de risa. (Descojonándose de mí la tía, claro). Luego pasé unos trabajos horribles para quitarme el abrigo y los guantes de homo sapiens californiano (con pulgar oponible u opositor, no como los de la Equis, que son de chimpancé, o pero aun, de marsopa), y con la fatiga que pasé y todo, me entraron unos calores que ni en plena menopausia los tiene una. La Equis me tuvo que desencapuchar y arrancar los guantes aun en contra de mi voluntad. (Yo le intenté explicar que yo los llevo simplemente por vanidad, pero hizo caso omiso a mis palabras). Y el resto del viaje parece que transcurrió sin más contratiempos. Bueno, luego por la tarde tuve que coger otro autobús porque quedé con dos amigas mías (una de ellas, de Suiza, pero está aquí de Erasmus) para tomar un café cerca de Sol, y tuve que hacer frente con valentía a una situación similiar que puso nuevamente al descubierto mi penquez congénita. (Aunque esta vez no iba con la Equis y quedé libre de todo comentario vejatorio). Y pasé un resto de la tarde muy agradable. Luego mis amigas y yo nos dimos un paseo por la Plaza de Oriente, y nos pelamos un poco de frío (que a mí me encanta), y no volví a hacer ninguna payasada más. Y ya son las 2 .45 de la madrugada y estoy sopa, así que me voy a dormir. (Aparte de que he escrito un pedazo de artículo. Ya prometo para la próxima vez que no me enrollaré tanto).
Besos, abrazos, y carpe diem,
La Emperatriz Penca
Besos, abrazos, y carpe diem,
La Emperatriz Penca
Oveja neozelandesa
Pues ayer sí que me ocurrió algo digno de poner como anécdota en el blog. (Juro que el artículo de hoy va a ser más breve que el del otro día, porque total, tampoco hay mucho que contar. Lo digo más que nada para no asustar a mis posibles lectores, que pueden sentirse desanimados ante el gran despliegue de mi verbosidad implacable). Tampoco es nada del otro mundo, pero sí lo suficientemente interesante como para ponerlo aquí. Pues resulta que ayer me fui con una amiga mía de aquí de Málaga a la peluquería. La peluquería estaba ya en la zona limítrofe con el Palo Profundo. (The DEEP PALO, Eastern Málaga. Es un barrio internacionalmente conocido. Yo me acuerdo que cuando me fui a Portland (Oregon) este verano me encontré en el aeropuerto con una sueca de Göteborg, y claro, me puse a hablar con ella, porque yo soy pro escandinava, y la tía resulta que había estado estudiando español en el Palo, Málaga. Ahí es cuando uno dice eso de ¡El mundo es un pañuelo! Y para que luego diga mi amiga Margarete que todo es casualidad. ¡Ni hablar! Yo es que como no creo en el azar... Pero esa es otra historia, y será contada en otra ocasión). Así que volviendo al hilo de la cuestión. (Menudo paréntesis monumental he hecho. Es que nunca logro refrenar esta verborrea crónica que tengo. Llevo padeciéndola desde que adquirí la capacidad del habla). Pues eso. (Función fática ahí a lo bestia). Yo tenía que cortarme el pelo porque tenía unas greñas de mucho cuidado. (No he contado nunca que a mí las merdellonas en el colegio me llamaban LA PELOS). Y me fui con mi amiga Elein, que se tenía que re-tintar sus mechas rojas, y fue ella la que me animó a ponerme mechas rojas yo también, y yo me las puse, porque es que, de verdad, no tengo ninguna fortaleza, en seguida me convencen, y como me apetecía cambiar, porque si nunca rompes con la rutina esta vida se vuelve tediosamente aburrida, pues me puse mechas rojas (pero rojo chillón, casi color viperina). Y las mechas rojas resaltan un montón, parece que tengo el pelo rojo entero, pero bueno, que aun así me gusta como ha quedado. Al final Elein y yo nos tiramos toda la tarde en la peluquería, oyendo la elevada conversación de las maris del PALO hablando de sus embarazos y sus preñeces involuntarias. Nada más llegar una le preguntan: Niña, ¿tú estás preñada o qué? (Transcripción en castellano del original en dialecto vernáculo andaluz-paleño). Y a partir de ahí la peluquería entera se vio inmersa en una apasionante conversación interminable sobre embarazos, y de embarazos, se pasó a hospitales, y de hospitales a Los Hombres de Paco (no sé por medio de qué nexo, eso rebasa ya mis capacidades intelectivas), y de ahí no sé a donde. Y mientras tanto, la peluquera que me asignaron a mí me estuvo cortando el pelo, y te lo juro (os lo juro, porque ya he visto que me lee más de una persona, qué ilusión), me ESQUILÓ VIVA. La tía se puso ahí al ataque en plan Eduardo Manostijeras y me dejó cuasi calva. Y yo cuando salí me llevé un cabreo considerable, no por las mechas, sino por el pelo. ¡Ay, mi adorado pelo! Lo que me ha costado que me creciera, y ha desaparecido. Meses y meses de potingues para lograr un pelo pantene, y nada. Mi amado pelo. Una tragedia griega digna de Esquilo, como puede apreciarse. Me sentía completamente oveja. ¿Nunca os habéis sentido oveja? Es un sentimiento terrible. Verdaderamente extremo y desgarrador. Pero eso me pasa por querer pasarme de fashion. Que, no Abigail, que eres penca, y ya está, asúmelo con estocicismo, no intentes hacerte la chic. Vuelve a tus orígenes. (Lo orginal es volver al origen, ¿no? No lo digo yo, que soy la reina penca, lo dijo Gaudí en uno de sus días de esplendor intelectual). Pues eso, pero por lo menos me consuela que lo del pelo me ha dado tema para el blog. No os podeis imaginar. Yo con esta lectura masiva, es que tengo que elegir muy bien los temas, no puedo defraudar a los lectores, que soy una imagen mediática. Mucho estrés, mucho estrés. Pero es el precio que hay pagar por la fama. (Ya he perdido el anonimato, por supuesto. Los sacrificios que tiene que hacer una. ¡Qué le vamos a hacer!) Ya tengo que dejar siempre el listón muy alto, que el otro día me leyeron más de tres personas. Todo gracias a la Equis, que supongo que me ha ido recomendando por ahí. ¡Qué maja! Muchas gracias. Por cierto, que el lunes no voy a clase porque no tengo, y además, estaré viajando, así que ya nos veremos el martes en el tren, a ver si esta vez no nos perdemos. (Sí, sí, tengo que contar la historia del tren, y la del IKEA, todo a su tiempo, no agotemos los temas, que si no luego me da una crisis de inspiración).
Pues hasta la próxima.
Besos, abrazos, y carpe diem,
Abigail Williams
Pues hasta la próxima.
Besos, abrazos, y carpe diem,
Abigail Williams
Entre pencas y acelgas
Yo no sé qué contar hoy, de verdad. Estoy intentando por todos los medios que me pase algo mínimamente interesante para ponerlo como anécdota en el blog este. Pero es que ahora durante el puente me he venido a Málaga, y no hago nada. Ni cojo el metro ni el cercanías (que dan mucho de sí para hacer estudios sociológicos y contar historias), ni voy a la facultad ni salgo de marcha ni nada. (Pedazo de polísíndeton ahí). El otro día me pasó algo que sí sería digno de contar, y es que perdí el avión de Madrid a Málaga, todo debido a mi emparramiento y penquez congénitas, pero no pienso dar detalles porque eso perjudicaría seriamente mi imagen pública. No puedo permitírmelo, tal es la lectura masiva de mi blog (una auténtica avalancha de lectores). Descendería brutalmente mi índice de popularidad. Soy una imagen mediática, al fin y al cabo. (Huelga decir que había un sarcasmo descomunal en la frase anterior. No me lee nadie, ¿de acuerdo?)
Pues volvemos a lo de siempre. ¿Qué cuento aquí? Equis me sugirió dar algunas instrucciones sobre cómo atraer a los friquis. Yo en eso soy experta, te lo juro. Se me pegan, los atraigo, no sé cómo. (Debe ser debido a tanta filología y tanta lingüística. Al final te vuelves inevitablemente friqui tu también). También puedo hablar aquí sobre mis pedos descomunales (entiéndase por pedos cogorzas o borracheras, no flatulencias, claro). ¿Ves tú? ¡Eso sí es interesante!
El otro día me pillé un pedo memorable. Equis y yo nos fuimos al Viperina un viernes por la noche. Bueno, y estuvimos allí un rato con Berta Bollo, Claraboya, Rubén Coronado y otros amigos. Lo de ir al Viperina es un chollo. Te coges una cogorza gratis. Te sirven un calimocho mágico que se regenera automáticamente. Bueno, aunque el viernes aquel yo me pedí un Viperina para evitar la rutina. Digo, pues vamos a probar el viperina este, que es la bebida de la casa y tiene que estar buena. Y me sirvieron un brebaje de color rosa, que está muy dulce y muy rico, pero nadie sabe de qué está hecho, y se te sube pechá. Una poción rarísima. Y luego además estuve por ahí tomando sorbitos de lo que me ofrecía Claraboya o Rubén o quien fuera, y eso que iba con Equis, que teóricamente es mi tutora legal, pero que es muy negligente la tía, y al final no me controla nada, sino que se embriaga ella misma también.
Total, que luego tras un rato en el Sojo, yo me empecé a encontrar mareadilla. La Equis y yo tuvimos que salir y sentarnos en la puerta, y yo vomité todo el viperina que me había tomado. (Esa fue la auténtica culminación de la noche). Además, ya a partir de ese momento no recuerdo muy bien lo que pasó luego. Sólo tengo un recuerdo fragmentario. Parece como que dejé de ser consciente. Equis me tenía que sujetar la cabeza porque a mí se me derramaba por los lados. Y mientras tanto, me salía la fluctuante pota rosácea volando por los aires hasta parar al suelo (o a mis pantalones). Y encima eso, se nos pegaban todos los friquis de Chueca. Uno de ellos se sentó a nuestro lado y nos empezó a contar su vida. Pues mi mujer se llama Sonia. (Una confesión interesantísima. Me impidió conciliar el sueño aquella noche). Y luego va el tío y nos dice: Esta niña está muy mal, ¿eh? Y acto seguido me arroja un botellín de agua entero en la cara. No sé si pasó algo más, yo desde luego no lo recuerdo.
Luego sí fui consciente de que Equis me levantó del escalón y que bajamos andando por unas calles, y de repente aparecimos en la Plaza de Cibeles. (Aparecimos, sí, de verdad. No hubo trayecto. Nos teletransportamos). Y allí me puse a intentar detener a algún taxi levantando una pata, y al final uno me hizo caso, y nos metimos en el taxi. (El taxista era también un tío bastante friqui, por eso nos recogió, supongo). En fin, que fue todo así muy surrealista y onírico, de verdad.
Y bueno, creo que lo voy a dejar por hoy, porque me enrollo como las persianas, y a veces no soy consciente de lo pesada que soy. Y como siempre, persistiré en mi empeño de recopliar anécdotas dignas de contar en el blog. (Sigo abierta a cualquier sugerencia de los lectores).
Besos, abrazos, y carpe diem,
Abigail Williams
Pues volvemos a lo de siempre. ¿Qué cuento aquí? Equis me sugirió dar algunas instrucciones sobre cómo atraer a los friquis. Yo en eso soy experta, te lo juro. Se me pegan, los atraigo, no sé cómo. (Debe ser debido a tanta filología y tanta lingüística. Al final te vuelves inevitablemente friqui tu también). También puedo hablar aquí sobre mis pedos descomunales (entiéndase por pedos cogorzas o borracheras, no flatulencias, claro). ¿Ves tú? ¡Eso sí es interesante!
El otro día me pillé un pedo memorable. Equis y yo nos fuimos al Viperina un viernes por la noche. Bueno, y estuvimos allí un rato con Berta Bollo, Claraboya, Rubén Coronado y otros amigos. Lo de ir al Viperina es un chollo. Te coges una cogorza gratis. Te sirven un calimocho mágico que se regenera automáticamente. Bueno, aunque el viernes aquel yo me pedí un Viperina para evitar la rutina. Digo, pues vamos a probar el viperina este, que es la bebida de la casa y tiene que estar buena. Y me sirvieron un brebaje de color rosa, que está muy dulce y muy rico, pero nadie sabe de qué está hecho, y se te sube pechá. Una poción rarísima. Y luego además estuve por ahí tomando sorbitos de lo que me ofrecía Claraboya o Rubén o quien fuera, y eso que iba con Equis, que teóricamente es mi tutora legal, pero que es muy negligente la tía, y al final no me controla nada, sino que se embriaga ella misma también.
Total, que luego tras un rato en el Sojo, yo me empecé a encontrar mareadilla. La Equis y yo tuvimos que salir y sentarnos en la puerta, y yo vomité todo el viperina que me había tomado. (Esa fue la auténtica culminación de la noche). Además, ya a partir de ese momento no recuerdo muy bien lo que pasó luego. Sólo tengo un recuerdo fragmentario. Parece como que dejé de ser consciente. Equis me tenía que sujetar la cabeza porque a mí se me derramaba por los lados. Y mientras tanto, me salía la fluctuante pota rosácea volando por los aires hasta parar al suelo (o a mis pantalones). Y encima eso, se nos pegaban todos los friquis de Chueca. Uno de ellos se sentó a nuestro lado y nos empezó a contar su vida. Pues mi mujer se llama Sonia. (Una confesión interesantísima. Me impidió conciliar el sueño aquella noche). Y luego va el tío y nos dice: Esta niña está muy mal, ¿eh? Y acto seguido me arroja un botellín de agua entero en la cara. No sé si pasó algo más, yo desde luego no lo recuerdo.
Luego sí fui consciente de que Equis me levantó del escalón y que bajamos andando por unas calles, y de repente aparecimos en la Plaza de Cibeles. (Aparecimos, sí, de verdad. No hubo trayecto. Nos teletransportamos). Y allí me puse a intentar detener a algún taxi levantando una pata, y al final uno me hizo caso, y nos metimos en el taxi. (El taxista era también un tío bastante friqui, por eso nos recogió, supongo). En fin, que fue todo así muy surrealista y onírico, de verdad.
Y bueno, creo que lo voy a dejar por hoy, porque me enrollo como las persianas, y a veces no soy consciente de lo pesada que soy. Y como siempre, persistiré en mi empeño de recopliar anécdotas dignas de contar en el blog. (Sigo abierta a cualquier sugerencia de los lectores).
Besos, abrazos, y carpe diem,
Abigail Williams
Acelgas vivas

Inaguración del blog
Yo, bueno, hasta hace dos días no sabía ni lo que era un blog, de verdad. Sabía que existía el término, pero no sabía lo que era. Es increíble cómo he podido permanecer ajena a todo este mundo de los blogs durante tanto tiempo. En realidad lo descubrí gracias a una buena amiga mía, cuyo nombre no voy a desvelar aquí, por si acaso. (Bueno, ya le buscaré un pseudónimo, o le consultaré sobre el nombre que quiere tener. De momento llamémosle X, aunque suene a porno). Pues bueno, X (que además se ha ido de viaje hoy, con las bragas de rayas colgando de su mochila para cabezas flotantes, y espero que se lo pase muy bien) me puso al día en seguida de lo que era un blog, y me animó a que me hiciera uno, y me dijo cómo se hacían también (porque yo con estas cosas de Internet soy tremendamente PENCA), y nada, esa fue la génesis de mi blog. Así que nada, este blog existe gracias a Equis. (Esto sirve como agradecimientos y acknowledgements y todo el rollo). Y ahora me tengo que poner a pensar en cosas que escirbir aquí, porque de verdad no sé cómo empezar. Es que a todo el mundo le pasan sucesos mínimamente interesantes, pero a mí no me pasa nada. Mi vida es tediosamente cotidiana. Yo en mi juventud escribía relatos cortos sobre animales que se rebelaban contra los hombres. (Ya entonces comenzaba a despertar esa friquez mía tan característica). Pero ahora es que no tengo inspiración ninguna. Estoy sin musa. Como no cuente historias de la facultad no sé qué voy a contar. Así que si alguien tiene alguna sugerencia, por favor que me la diga, porque será acogida con gran entusiasmo. Y ahora me tengo que ir que mi tío da un concierto (es músico, sí, y de los buenos, yo soy su fan número 1), y no me lo puedo perder.