Impresiones marítimas
Si has construido un castillo en el aire, no has perdido el tiempo, es allí donde deberia estar. Ahora debes construir los cimientos debajo de él. George Bernard Shaw.
Observo el firme trazo del horizonte partir en dos cielo y tierra. (Y me estiro y bostezo). Veo la playa, de arena no muy limpia (aunque eso desde la ventana de casa no se distingue casi), y veo las gaviotas griposas que me observan con una llama roja en los ojos.
Veo por insistencia de la Gran Jefa unos videos caseros en los que aparezco yo misma convertida en un bebé horripilante y rollizo y con pelo de monje. (Dudo de verdad que yo pueda ser la misma persona). Y confieso que hay alguna fibra sensible que se me destensa en algún punto del mecanismo interno. Puede que sea incluso algún resquicio de mi instinto maternal que siempre permanece oculto y raras veces se manifiesta. (Por no decir nunca). Y después de ver los videos no puedo evitar querer muhísimo a mi madre, a pesar de que tenga tanta ropa de color marrón y de color caqui y en general, de tonos tierra, a pesar de que diga que Madonna es una mujer sumamente vulgar y de que piense que mi lesbianidad es una fase más que incluir en el inventario de avenates excéntricos como el de querer cambiarme el nombre, y a pesar de que quiera jubilar el sofá del cuarto de estar en el que llevo sentándome y repantingándome desde que bebía potitos (los sigo bebiendo, pero como complemento alimenticio, y por incomprensión y capricho, no por necesidad). La quiero a pesar de todos estos pesares (que pesan mcuho, lo sé, pero cualquier peso es liviano al lado del amor que me profesa la Gran Jefa). La quiero inmensamente, porque su cariño es absolutamente incondicional y desinteresado.
Me horneo al sol cual lagarto de frías arterias, con mi atención dividida entre Lady Bótox y Orlando. (De vez en cuando me doy la vuelta para hacerme bien por los dos lados y que no se me quede la carne cruda). Estrujo con fuerza a Lady Bótox, que es el animal qué más adoro en el mundo entero. Una palmera resentida conmigo desde que me fui de Málaga me dispara sus proyectiles de dátiles pero afortunadamente sin demasiada puntería. Ya puedo distinguir unas diminutas esmeraldas en los esqueletos arbóreos de los plátanos, porque la primavera aquí empieza al mismo tiempo que en el Corte Inglés, por inverosímil que esto resulte.
Rompo un poquito (sin querer queriendo) las férreas leyes del vegetarianismo y me como involuntariamente una croqueta, y también una partícula de jamón serrano mimetizada por completo con los champiñones y los guisantes de la menestra (esta última sin querer de verdad). (El pollo griposo, en un arrebato de ira febril, se confabulará con la vaca loca y juntos me asaltarán en sueños). Pienso en las ánforas de sueños que están vacías por dentro y busco mil maneras de rellenarlas. Algunas de ellas se han resquebrajado y desintegrado en mil partículas. Otras están guardadas en algún sótano lleno de humedad y necesitan ser urgentemente re-modeladas. Pienso otra vez en los castillos aéreos semiderruidos. (Una idea conduce inevitablemente a la otra. Pertenecen al mismo campo semántico). Va siendo hora ya de construir los cimientos. Hablo por teléfono con algunas amigas. (Unas están aquí, otras más lejos, otras lejísimos en tierras anglosajonas o chilenas). La Pequeña Mara y yo hacemos divagaciones conjuntas sobre cuál puede ser la flor más hermosa, la amapola o la rosa, y sobre los almendros vestidos de novia que cualquier incomprendido venera inconscientemente en sus paseos por el parque (sea éste germanófilo o no).
Suena un piano de teclas invisibles con la música de Orgullo y Prejuicio. Esta noche quiero soñar con cosas bonitas, con las diversas reencarnaciones de Venus, con dibujos animados al estilo de Chihiro. Intentaré espantar a las vacas y los pollos griposos y sustituirlos por gafas de pasta, o petos, o corbatas, y hacer un divino popurrí de fetiches.
Observo el firme trazo del horizonte partir en dos cielo y tierra. (Y me estiro y bostezo). Veo la playa, de arena no muy limpia (aunque eso desde la ventana de casa no se distingue casi), y veo las gaviotas griposas que me observan con una llama roja en los ojos.
Veo por insistencia de la Gran Jefa unos videos caseros en los que aparezco yo misma convertida en un bebé horripilante y rollizo y con pelo de monje. (Dudo de verdad que yo pueda ser la misma persona). Y confieso que hay alguna fibra sensible que se me destensa en algún punto del mecanismo interno. Puede que sea incluso algún resquicio de mi instinto maternal que siempre permanece oculto y raras veces se manifiesta. (Por no decir nunca). Y después de ver los videos no puedo evitar querer muhísimo a mi madre, a pesar de que tenga tanta ropa de color marrón y de color caqui y en general, de tonos tierra, a pesar de que diga que Madonna es una mujer sumamente vulgar y de que piense que mi lesbianidad es una fase más que incluir en el inventario de avenates excéntricos como el de querer cambiarme el nombre, y a pesar de que quiera jubilar el sofá del cuarto de estar en el que llevo sentándome y repantingándome desde que bebía potitos (los sigo bebiendo, pero como complemento alimenticio, y por incomprensión y capricho, no por necesidad). La quiero a pesar de todos estos pesares (que pesan mcuho, lo sé, pero cualquier peso es liviano al lado del amor que me profesa la Gran Jefa). La quiero inmensamente, porque su cariño es absolutamente incondicional y desinteresado.
Me horneo al sol cual lagarto de frías arterias, con mi atención dividida entre Lady Bótox y Orlando. (De vez en cuando me doy la vuelta para hacerme bien por los dos lados y que no se me quede la carne cruda). Estrujo con fuerza a Lady Bótox, que es el animal qué más adoro en el mundo entero. Una palmera resentida conmigo desde que me fui de Málaga me dispara sus proyectiles de dátiles pero afortunadamente sin demasiada puntería. Ya puedo distinguir unas diminutas esmeraldas en los esqueletos arbóreos de los plátanos, porque la primavera aquí empieza al mismo tiempo que en el Corte Inglés, por inverosímil que esto resulte.
Rompo un poquito (sin querer queriendo) las férreas leyes del vegetarianismo y me como involuntariamente una croqueta, y también una partícula de jamón serrano mimetizada por completo con los champiñones y los guisantes de la menestra (esta última sin querer de verdad). (El pollo griposo, en un arrebato de ira febril, se confabulará con la vaca loca y juntos me asaltarán en sueños). Pienso en las ánforas de sueños que están vacías por dentro y busco mil maneras de rellenarlas. Algunas de ellas se han resquebrajado y desintegrado en mil partículas. Otras están guardadas en algún sótano lleno de humedad y necesitan ser urgentemente re-modeladas. Pienso otra vez en los castillos aéreos semiderruidos. (Una idea conduce inevitablemente a la otra. Pertenecen al mismo campo semántico). Va siendo hora ya de construir los cimientos. Hablo por teléfono con algunas amigas. (Unas están aquí, otras más lejos, otras lejísimos en tierras anglosajonas o chilenas). La Pequeña Mara y yo hacemos divagaciones conjuntas sobre cuál puede ser la flor más hermosa, la amapola o la rosa, y sobre los almendros vestidos de novia que cualquier incomprendido venera inconscientemente en sus paseos por el parque (sea éste germanófilo o no).
Suena un piano de teclas invisibles con la música de Orgullo y Prejuicio. Esta noche quiero soñar con cosas bonitas, con las diversas reencarnaciones de Venus, con dibujos animados al estilo de Chihiro. Intentaré espantar a las vacas y los pollos griposos y sustituirlos por gafas de pasta, o petos, o corbatas, y hacer un divino popurrí de fetiches.
Fases del pedo
Tras numerosos estudios realizados científicamente, hemos considerado conveniente incluir aquí una muestra detallada de las diferentes fases del pedo. La Emperatriz Penca desea salvaguardar su reputación y no ser tachada de borrachuza y de frívola y por ello me ha hecho subrayar el hecho de que, aunque el estudio a continuación ha sido elaborado en base a ciertos hechos verídicos indudables, ha sido ilustrado con numerosas hipérboles y exageraciones dignas de la más pura retórica andaluza. Por ello he de rogar al eventual lector que no tome al pie de la letra cada palabra expresada en este estudio.
Atentamente,
Sta. María del Perro, traductora, editora, alter ego, compiladora, nihilista, filóloga, observadora del mundo y reina freak.
FASES DEL PEDO
Bonum vinum laetificat cor hominis*. Dioniso de Halicarnaso.
1ª FASE. Fase del PRE-PEDO o PEDO PSICOLÓGICO. Fase de ebriedad fingida, o ebriedad psicológica provocada por la propia sugestión de la persona, o por la emoción producida ante la perspectiva de una noche entera en tu hábitat natural del Escape. Generalmente tiene lugar durante la preparación para salir, o durante el trayecto en metro hasta Chueca. Es en esta fase cuando algunas personas suelen hacerse preguntas sin respuesta o pensar en cosas que en estado de sobriedad total no se piensan. (A no ser que seas una emperatriz, o una incomprendida de la vida, o que tengas un blog, o que seas de Filosofía y Letras y estés ya un poco tocado de antemano). ¿Por qué se dice ser de la otra acerca? ¿O por qué se dice perder aceite? ¿Te imaginas al rey lavándose los dientes? ¿O al papa cagando? (Esas cosas se han dicho de verdad, lo juro, que yo he sido testigo ocular de ello).

2ª FASE. Fase de ACHISPAMIENTO.
Es esa fase intermedia entre el pre-pedo y el pedillo, en la que estás ya alegre y empiezas a decir algunas paridas sin importancia, o más paridas de la cuenta (hay quien las dice siempre en estado vital normal, y a mí que no me mire nadie), pero en la que todavía uno sabe que tiene pleno control sobre su ser y sobre sus instintos. Todavía no ha comenzado a surtir efecto la acción destructora de Dionisio, dios helénico del calimocho. Pero es en esta fase cuando ya comienzas a motivarte cantando a viva voz y bailando la coreografía de Madonna, llegando incluso a acertar en algunos pasos y sin dar todavía excesiva pena. (Luego siempre hay pasos improvisados, claro). Es en esta fase intermedia cuando se dicen frases del tipo ¡Mira, los chaperos! (Entiéndase vendedores de chapas de Amelie y de Rossy de Palma). O Perdonad, ¿tenéis bocadillos? (A unos chinos que iban por la calle).
3ª FASE. Fase BÁQUICA o DEL PEDILLO.
En esta fase hay quien se vuelve sumamente cariñoso y sumamente social y extrovertido, en ocasiones, calientachochos. Es la fase de los abrazos, besos, payasadas, meadas con desconocidos, contarle a la gente que te has cambiado el nombre y que has pasado de ser un animal acuático a ser un animal terrestre, que vas a pedir la nacionalidad madrileña, conocer a blogueras ilustres y contarles tu vida con pelos y detalles, et caetera. Yo me cambié el nombre y ahora me llamo Emperatriz. O yo siempre he querido tener gafas, pero me da fatiga ir a una óptica y pedir unas gafas transparentes.

4ª FASE. Fase del PEDO PLENO.
Ahí ya empiezas ya a delirar completamente. Es la fase de la KATARSIS propiamente dicha. (La katarsis griega, que luego los romanos imitaron, como siempre, adaptándola al circo máximo). Le dices a alguien que te llame al móvil para que suene la musiquilla de Hung Up, y haces un conato de coreografía que, no obstante, degenera en Terremoto de Alcorcón. (Time goes by con Loli). La depravación absoluta. Esta fase puede derivar en ocasiones a la fase trascendental en la que uno empieza ya a preguntarse por el origen metafísico del universo o confesiones íntimas, o incluso pedirle a la DJ (que tiene gafas de pasta, y lo digo como mero dato anecdótico) que ponga la canción de Los Morancos. (Inexplicablemente, no te hace caso).
5ª FASE. Fase de la COGORZA TOTAL. (A veces llamada fase del ANALFABETISMO).
Ahí es cuando uno de verdad entiende por qué se dice estar ciego, es porque no se ve. (Quién lo iba a decir). En el peor de los casos, echas la pota de Viperina en la puerta del Sojo (el marido de la soja) y tiene que venir un FREAK a decirte que su mujer se llama Sonia y a echarte un botellín de agua en la cara para que se te pase el mareo.
(Luego encima la Equis en vez de ejercer de tutora legal, como dios manda, se aprovecha de que una no tiene control sobre sí misma, y le obliga a parar a los taxis levantando una pata. Una conducta poco loable).
6ª FASE. Fase del RESACÓN, HANGOVER, o POST-PEDO (cuando escribes un post sobre la borrachera de la noche anterior).
Fase conocida mundialmente. Se caracteriza por una cierta sensación de cefalea, que puede ser más leve o más fuerte, dependiendo de la cantidad de cubatas ingeridos. Se recomienda tomar zumo de naranja o kiwis para aliviarla.
* El buen vino alegra el corazón del hombre. N. del T. (Por cierto, en realidad no es de Dionisio de Halicarnaso. Es de una pegatina que me dio Alice).
Atentamente,
Sta. María del Perro, traductora, editora, alter ego, compiladora, nihilista, filóloga, observadora del mundo y reina freak.
FASES DEL PEDO
Bonum vinum laetificat cor hominis*. Dioniso de Halicarnaso.
1ª FASE. Fase del PRE-PEDO o PEDO PSICOLÓGICO. Fase de ebriedad fingida, o ebriedad psicológica provocada por la propia sugestión de la persona, o por la emoción producida ante la perspectiva de una noche entera en tu hábitat natural del Escape. Generalmente tiene lugar durante la preparación para salir, o durante el trayecto en metro hasta Chueca. Es en esta fase cuando algunas personas suelen hacerse preguntas sin respuesta o pensar en cosas que en estado de sobriedad total no se piensan. (A no ser que seas una emperatriz, o una incomprendida de la vida, o que tengas un blog, o que seas de Filosofía y Letras y estés ya un poco tocado de antemano). ¿Por qué se dice ser de la otra acerca? ¿O por qué se dice perder aceite? ¿Te imaginas al rey lavándose los dientes? ¿O al papa cagando? (Esas cosas se han dicho de verdad, lo juro, que yo he sido testigo ocular de ello).

2ª FASE. Fase de ACHISPAMIENTO.
Es esa fase intermedia entre el pre-pedo y el pedillo, en la que estás ya alegre y empiezas a decir algunas paridas sin importancia, o más paridas de la cuenta (hay quien las dice siempre en estado vital normal, y a mí que no me mire nadie), pero en la que todavía uno sabe que tiene pleno control sobre su ser y sobre sus instintos. Todavía no ha comenzado a surtir efecto la acción destructora de Dionisio, dios helénico del calimocho. Pero es en esta fase cuando ya comienzas a motivarte cantando a viva voz y bailando la coreografía de Madonna, llegando incluso a acertar en algunos pasos y sin dar todavía excesiva pena. (Luego siempre hay pasos improvisados, claro). Es en esta fase intermedia cuando se dicen frases del tipo ¡Mira, los chaperos! (Entiéndase vendedores de chapas de Amelie y de Rossy de Palma). O Perdonad, ¿tenéis bocadillos? (A unos chinos que iban por la calle).
3ª FASE. Fase BÁQUICA o DEL PEDILLO.
En esta fase hay quien se vuelve sumamente cariñoso y sumamente social y extrovertido, en ocasiones, calientachochos. Es la fase de los abrazos, besos, payasadas, meadas con desconocidos, contarle a la gente que te has cambiado el nombre y que has pasado de ser un animal acuático a ser un animal terrestre, que vas a pedir la nacionalidad madrileña, conocer a blogueras ilustres y contarles tu vida con pelos y detalles, et caetera. Yo me cambié el nombre y ahora me llamo Emperatriz. O yo siempre he querido tener gafas, pero me da fatiga ir a una óptica y pedir unas gafas transparentes.

4ª FASE. Fase del PEDO PLENO.
Ahí ya empiezas ya a delirar completamente. Es la fase de la KATARSIS propiamente dicha. (La katarsis griega, que luego los romanos imitaron, como siempre, adaptándola al circo máximo). Le dices a alguien que te llame al móvil para que suene la musiquilla de Hung Up, y haces un conato de coreografía que, no obstante, degenera en Terremoto de Alcorcón. (Time goes by con Loli). La depravación absoluta. Esta fase puede derivar en ocasiones a la fase trascendental en la que uno empieza ya a preguntarse por el origen metafísico del universo o confesiones íntimas, o incluso pedirle a la DJ (que tiene gafas de pasta, y lo digo como mero dato anecdótico) que ponga la canción de Los Morancos. (Inexplicablemente, no te hace caso).
5ª FASE. Fase de la COGORZA TOTAL. (A veces llamada fase del ANALFABETISMO).
Ahí es cuando uno de verdad entiende por qué se dice estar ciego, es porque no se ve. (Quién lo iba a decir). En el peor de los casos, echas la pota de Viperina en la puerta del Sojo (el marido de la soja) y tiene que venir un FREAK a decirte que su mujer se llama Sonia y a echarte un botellín de agua en la cara para que se te pase el mareo.
(Luego encima la Equis en vez de ejercer de tutora legal, como dios manda, se aprovecha de que una no tiene control sobre sí misma, y le obliga a parar a los taxis levantando una pata. Una conducta poco loable).
6ª FASE. Fase del RESACÓN, HANGOVER, o POST-PEDO (cuando escribes un post sobre la borrachera de la noche anterior).
Fase conocida mundialmente. Se caracteriza por una cierta sensación de cefalea, que puede ser más leve o más fuerte, dependiendo de la cantidad de cubatas ingeridos. Se recomienda tomar zumo de naranja o kiwis para aliviarla.
* El buen vino alegra el corazón del hombre. N. del T. (Por cierto, en realidad no es de Dionisio de Halicarnaso. Es de una pegatina que me dio Alice).
Videocplis místicos
Me gusta ir a la peluquería peloponésica de mi barrio para retintarme el cabello y añadir así una mayor incomprensión a mi aspecto, y que luego me laven la cabeza y quedarme frita sin querer queriendo, y salir después con el pelo lleno de hebras arteriosas ondeando al viento y cegando a los pobres caminantes con su fulgor...Y eso, aunque me esquilen viva y me dejen convertida en una oveja neozelandesa, y a pesar de que luego me lave la cabeza y segregue espuma de color zapatilla, o color Pinkpollo. (Subordinada concesiva inevitable. Siempre hay pesares a los que contraponer la livianeidad de otras acciones más deleitosas).
Me gusta también hacer las más arriesgadas e inverosímiles mezclas culinarias, mezclar lo dulce con lo salado, porque la mezcla es bella; elaborar pócimas del druida Panorámix; ingerir involuntariamente un centímetro cúbico de jamón serrano y llevar mis extravagancias la campo de la alimentación; desayunar una papilla Nestlé cuasi solidificada con mis galletas TOCAYAS hundiéndose titánicamente en ella, (entiéndase como en el Titanic); comerme cortezas de queso (¿no sería maravilloso que las vendieran así asiladamente en el supermercado?), petisuises gigatescos o liliputienses, macedonias exóticas, y espinacas (e)popéyicas y homéricas. (Así luego tengo pesadillas con Aquiles, claro).
Me gusta ir al cine con Haizea porque al final sin saber por qué aparecemos en Chueca. (Quizá sea por esa fuerza electromagnética que arrastra nuestras imantadas zancadas sin que podamos oponer resistencia alguna. La razón está todavía por estudiar. La cuestión es que emergemos de repente en la Plaza de Chueca, pero el proceso escapa a nuestra imaginación). Me encanta seguir el espíritu jazzístico de mi tío y hacer de la improvisación mi filosofía de vida, romper la rutina siempre que puedo, y cogerme una cogorza considerable un lunes a base de cervezas y luego quedarme debatiendo sobre el género neutro en el huequecillo de la ventana hasta las 4 de la mañana. (Con la consiguiente piarda del día siguiente).
Me gusta siempre ir oyendo la miscelánea aberrante de mi MP3 (que es ya como un apéndice corporal), mezclar Edith Piaf con Albinoni y con Alaska, e ir configurando cada inspiración y espiración con una canción de mi banda sonora original. Y me gusta imaginarme que los urbanícolas que hacen de figurantes en el metro se pongan a dar palmas con una sincronización total, cantando con voz de gospel, o que se suban a lo alto del tren a bailar con el pelo al viento. Y con ciertas canciones me monto yo misma mi videoclip y me imagino que estoy en la roca máxima de un acantilado marítimo, o en un borrascoso páramo de Emily Brontë cubierto de brezo violáceo, o en la cima de una torre kío... O en general, en cualquier punto un poco elevado donde pueda sentir una soledad y una plenitud absolutas, y si tengo ganas, ponerme a volar con las bellísimas urracas, o con cuervos londinenses en su defecto. (EN PLAN místico tipo frozen).

Me gusta participar involuntariamente en las quedadas de blogueras famosas y codearme con la gran élite de la blogsfera. (Y pensar que he conocido a Sinfonía Agridulce. Es que es fuerte). Me gusta usar palabras que no existen como lesbianidad o damosa, sentarme a leer Herman Hesse en el huequecillo de la ventana, dar paseos solitarios a las ocho de la tarde y que sea todavía de día, mirar las pequeñas esmeraldas de los árboles mientras amo Madrid un poco más y gesto posts y greguerías, recoger las pinzas y las tuercas que se me caen, hablar con los íntimos desconocidos y hacer pis con ellos, encontrarme con un galgo en el parque, pensar en voz alta, inventarme sinestesias, soñar con Winona Ryder en peto, ver castillos ambulantes, hacerme preguntas sin respuesta sobre el origen etimológico de expresiones como perder aceite o tener pluma, oír hablar en alemán aunque no me entere de lo que me dicen, dejar para mañana lo que puedo hacer hoy, reírme de las ocas en las películas.
Y la cosa es que cuando pienso en todos estos tontos placeres o todos estos mínimos detalles que introducen un poco de cambio y de alegría en el desenlace de mis horas, siempre me acuerdo de Amelie. (Para variar). Porque Amelie es mucho más que un personaje ficticio, es un estilo de vida, que yo decidí seguir ya desde que era chica. (Y no es que ahora sea chico, es que soy ya un poco mayor).
Me gusta también hacer las más arriesgadas e inverosímiles mezclas culinarias, mezclar lo dulce con lo salado, porque la mezcla es bella; elaborar pócimas del druida Panorámix; ingerir involuntariamente un centímetro cúbico de jamón serrano y llevar mis extravagancias la campo de la alimentación; desayunar una papilla Nestlé cuasi solidificada con mis galletas TOCAYAS hundiéndose titánicamente en ella, (entiéndase como en el Titanic); comerme cortezas de queso (¿no sería maravilloso que las vendieran así asiladamente en el supermercado?), petisuises gigatescos o liliputienses, macedonias exóticas, y espinacas (e)popéyicas y homéricas. (Así luego tengo pesadillas con Aquiles, claro).
Me gusta ir al cine con Haizea porque al final sin saber por qué aparecemos en Chueca. (Quizá sea por esa fuerza electromagnética que arrastra nuestras imantadas zancadas sin que podamos oponer resistencia alguna. La razón está todavía por estudiar. La cuestión es que emergemos de repente en la Plaza de Chueca, pero el proceso escapa a nuestra imaginación). Me encanta seguir el espíritu jazzístico de mi tío y hacer de la improvisación mi filosofía de vida, romper la rutina siempre que puedo, y cogerme una cogorza considerable un lunes a base de cervezas y luego quedarme debatiendo sobre el género neutro en el huequecillo de la ventana hasta las 4 de la mañana. (Con la consiguiente piarda del día siguiente).
Me gusta siempre ir oyendo la miscelánea aberrante de mi MP3 (que es ya como un apéndice corporal), mezclar Edith Piaf con Albinoni y con Alaska, e ir configurando cada inspiración y espiración con una canción de mi banda sonora original. Y me gusta imaginarme que los urbanícolas que hacen de figurantes en el metro se pongan a dar palmas con una sincronización total, cantando con voz de gospel, o que se suban a lo alto del tren a bailar con el pelo al viento. Y con ciertas canciones me monto yo misma mi videoclip y me imagino que estoy en la roca máxima de un acantilado marítimo, o en un borrascoso páramo de Emily Brontë cubierto de brezo violáceo, o en la cima de una torre kío... O en general, en cualquier punto un poco elevado donde pueda sentir una soledad y una plenitud absolutas, y si tengo ganas, ponerme a volar con las bellísimas urracas, o con cuervos londinenses en su defecto. (EN PLAN místico tipo frozen).

Me gusta participar involuntariamente en las quedadas de blogueras famosas y codearme con la gran élite de la blogsfera. (Y pensar que he conocido a Sinfonía Agridulce. Es que es fuerte). Me gusta usar palabras que no existen como lesbianidad o damosa, sentarme a leer Herman Hesse en el huequecillo de la ventana, dar paseos solitarios a las ocho de la tarde y que sea todavía de día, mirar las pequeñas esmeraldas de los árboles mientras amo Madrid un poco más y gesto posts y greguerías, recoger las pinzas y las tuercas que se me caen, hablar con los íntimos desconocidos y hacer pis con ellos, encontrarme con un galgo en el parque, pensar en voz alta, inventarme sinestesias, soñar con Winona Ryder en peto, ver castillos ambulantes, hacerme preguntas sin respuesta sobre el origen etimológico de expresiones como perder aceite o tener pluma, oír hablar en alemán aunque no me entere de lo que me dicen, dejar para mañana lo que puedo hacer hoy, reírme de las ocas en las películas.
Y la cosa es que cuando pienso en todos estos tontos placeres o todos estos mínimos detalles que introducen un poco de cambio y de alegría en el desenlace de mis horas, siempre me acuerdo de Amelie. (Para variar). Porque Amelie es mucho más que un personaje ficticio, es un estilo de vida, que yo decidí seguir ya desde que era chica. (Y no es que ahora sea chico, es que soy ya un poco mayor).
Urraca

Ánforas vacías
A mis amigas Mara y Mónica, que también construyen utopías positivas sin querer, y en general, a todos los que a veces modelan ánforas vacías.
- Emperatriz, no quiero que te quedes con la superficial idea de que ser iluso es simplemente tener una ilusión - Me dijo ayer Santa María del Perro, profundamente consternada por mi abrupto altibajo, y alzando un poco la voz por encima del diálogo onomatopéyico de las urracas -. Eres una ilusa porque tu ilusión carece de fundamento. Eres ilusa porque tus pocos años te dan la temeridad y la soberbia necesarias para creer que tu plan saldrá adelante simplemente porque así lo deseas, y porque eres negada para interpretar las señales no verbales que se te envían, porque cambias los sustantivos de sitio, porque tu imaginación viaja más rápido que tu raciocinio.
En ese momento un mirlo lleno de tinta fresca sobrevoló nuestras cabezas, visiblemente molesto por el elevado tono de voz de Santa María, que no le dejaba dormir. Soltó una pluma negra que iba explícitamente dirigida a mí.
- La verdad es que no te entiendo muy bien, Santa María. Te agradacería que me hablases mejor en metáforas. A pesar de ser una buena entendedora, hay cosas que escapan a mi percepción.
El pino, bastante interesado en nuestra conversación, dejó a un lado las agujas con las que estaba tejiendo su jersey de la esperanza y nos escuchó con atención.
- Quiero decir que gastas todo tu tiempo de ocio modelando ánforas de sueños que son muy consistentes por fuera pero que están huequísimas por dentro -. Prosiguió Santa María, una vez que los seres inanimados del parque se callaron un poco -. Luego te afanas en rellenarlas de las más variopintas ilusiones que vas recolectando por ahí como si fuesen uno más de tus fetiches. Tú sola te montas tu película sin la asistencia de ningún medio audiovisual. (Excepto de tu MP3, ya convertido en una prolongación de tu cuerpo, que hace las veces de banda sonora original, con el single de Kiss Me como canción principal cuando trepas hasta la soleada cumbre de tu jornada, y el piano frenético de Erik Satie tensando las cuerdas de tus nervios cuando te lanzas en picado a los agujeros negros sin fondo).
Con la función poética logré comprender mejor sus palabras. (Pensé también en la canción de Freddy Mercury. Faltaba en el repertorio musical).
- Ya, claro, te refieres a esos castillos aéreos que luego quedan semiderruidos. Nunca entiendo por qué se derrumban. Pongo una dedicación absoluta en ir construyéndolos poco a poco y luego por culpa de cualquier terremoto algo se tambalea y todo queda reducido a ruinas, y entre las ruinas crece la hierba.
- Es ciertamente una arquitectura efímera, como tan bien lo definiría la propia Alaska. Es tu romanticismo que se alborota agigantado por todo ese tiempo libre que te deja margen para darle mil vueltas a las cosas y perfeccionar la película. ¡Ay, estos pájaros de Hitchcock me tienen más que harta!
La urraca graznó ruidosamente, molesta al sentirse aludida, y nos mandó un rayo cegador con la franja de color azul eléctrico de sus alas. ¿Cómo esos colores tan hermosos pueden estar presentas en la misma naturaleza así porque sí?
Santa María del Perro continuó su discurso con una paciencia infinita hasta que logró acallar las protestas de los pájaros. (O quizás es que se hizo ya de noche y los pájaros se fueron a la cama sin más). Después de darme todos sus consejos en formato de parábola, me sentí mucho mejor. (Un céfiro se erigió de las sombras y con sus brutal resoplido nos echó del parque. El ventarrón siguió por dentro, revolviéndome un poco las entrañas, pero era ya mucho más suave). Y es que por algo digo siempre que ella es mucho más que mi editora y mi compiladora. Es mi alter ego, es casi una hermana siamesa, un alma gemela vagando por la megalópolis sin poder meterse en mi cuerpo.
Pero a pesar de todos los disgustos que me da, creo que no voy a renunciar a mi carrera de abeja constructora de sueños. (De sueños se vive, al fin y al cabo, ¿no? Te hacen tropezar muchas veces, pero también te mantienen viva.
- Emperatriz, no quiero que te quedes con la superficial idea de que ser iluso es simplemente tener una ilusión - Me dijo ayer Santa María del Perro, profundamente consternada por mi abrupto altibajo, y alzando un poco la voz por encima del diálogo onomatopéyico de las urracas -. Eres una ilusa porque tu ilusión carece de fundamento. Eres ilusa porque tus pocos años te dan la temeridad y la soberbia necesarias para creer que tu plan saldrá adelante simplemente porque así lo deseas, y porque eres negada para interpretar las señales no verbales que se te envían, porque cambias los sustantivos de sitio, porque tu imaginación viaja más rápido que tu raciocinio.
En ese momento un mirlo lleno de tinta fresca sobrevoló nuestras cabezas, visiblemente molesto por el elevado tono de voz de Santa María, que no le dejaba dormir. Soltó una pluma negra que iba explícitamente dirigida a mí.
- La verdad es que no te entiendo muy bien, Santa María. Te agradacería que me hablases mejor en metáforas. A pesar de ser una buena entendedora, hay cosas que escapan a mi percepción.
El pino, bastante interesado en nuestra conversación, dejó a un lado las agujas con las que estaba tejiendo su jersey de la esperanza y nos escuchó con atención.
- Quiero decir que gastas todo tu tiempo de ocio modelando ánforas de sueños que son muy consistentes por fuera pero que están huequísimas por dentro -. Prosiguió Santa María, una vez que los seres inanimados del parque se callaron un poco -. Luego te afanas en rellenarlas de las más variopintas ilusiones que vas recolectando por ahí como si fuesen uno más de tus fetiches. Tú sola te montas tu película sin la asistencia de ningún medio audiovisual. (Excepto de tu MP3, ya convertido en una prolongación de tu cuerpo, que hace las veces de banda sonora original, con el single de Kiss Me como canción principal cuando trepas hasta la soleada cumbre de tu jornada, y el piano frenético de Erik Satie tensando las cuerdas de tus nervios cuando te lanzas en picado a los agujeros negros sin fondo).
Con la función poética logré comprender mejor sus palabras. (Pensé también en la canción de Freddy Mercury. Faltaba en el repertorio musical).
- Ya, claro, te refieres a esos castillos aéreos que luego quedan semiderruidos. Nunca entiendo por qué se derrumban. Pongo una dedicación absoluta en ir construyéndolos poco a poco y luego por culpa de cualquier terremoto algo se tambalea y todo queda reducido a ruinas, y entre las ruinas crece la hierba.
- Es ciertamente una arquitectura efímera, como tan bien lo definiría la propia Alaska. Es tu romanticismo que se alborota agigantado por todo ese tiempo libre que te deja margen para darle mil vueltas a las cosas y perfeccionar la película. ¡Ay, estos pájaros de Hitchcock me tienen más que harta!
La urraca graznó ruidosamente, molesta al sentirse aludida, y nos mandó un rayo cegador con la franja de color azul eléctrico de sus alas. ¿Cómo esos colores tan hermosos pueden estar presentas en la misma naturaleza así porque sí?
Santa María del Perro continuó su discurso con una paciencia infinita hasta que logró acallar las protestas de los pájaros. (O quizás es que se hizo ya de noche y los pájaros se fueron a la cama sin más). Después de darme todos sus consejos en formato de parábola, me sentí mucho mejor. (Un céfiro se erigió de las sombras y con sus brutal resoplido nos echó del parque. El ventarrón siguió por dentro, revolviéndome un poco las entrañas, pero era ya mucho más suave). Y es que por algo digo siempre que ella es mucho más que mi editora y mi compiladora. Es mi alter ego, es casi una hermana siamesa, un alma gemela vagando por la megalópolis sin poder meterse en mi cuerpo.
Pero a pesar de todos los disgustos que me da, creo que no voy a renunciar a mi carrera de abeja constructora de sueños. (De sueños se vive, al fin y al cabo, ¿no? Te hacen tropezar muchas veces, pero también te mantienen viva.