Excentricidades de la Emperatriz Penca
Carpe diem, quam minima credula postero. (Horatio).
Acerca de
PILARES DE MI INCOMPRENSIÓN: La literatura, el cine, la pintura, Virginia Woolf, Amelie, Michael Cunningham, Jeffrey Eugenides, los perros, gatos, urracas, ocas, monos de Gibraltar y bestias en general, La Coixet, D.H. Lawrence, Dalí, el queso en todas sus formas y colores, 1984, los fonemas fricativos, los perros goyescos semihundidos, los potitos, las gafas de pasta, Winona Ryder, Keira Knightley, Londres, y Madrid. (No van ordenadas por grado de obsesión, porque entonces está claro que lo primero serían las gafas de pasta). Y La Celestina. Correo: lanogue@hotmail.com
Sindicación
 
Bulbo
La naturalidad es la más difícil de las poses. (Oscar Wilde).

Tengo mi ser expuesto por completo a todo tipo de estímulos sensoriales y extrasensoriales. Tengo mi espíritu prácticamente a la intemperie. (Un nervio se me destensa ante la imagen del tanatorio de sueños sin raíces). Soy la que intenta conjugar los verbos en presente y no en futuro, y fracaso estrepitosamente en el intento. (Hay un cementerio de ánforas vacías muy cerca de aquí). Soy receptor de la genialidad y la belleza en todas sus manifestaciones. (Otro nervio tiembla ante la hierba whitmaniana que se agita con ondas de mar, ante la incomprendida urraca que sufre el rechazo social y es condenada al ostrascismo por sus iguales). Soy un bulbo sin florecer, llevo los pétalos por dentro. (Hay una rosa pálida que sobrevuela mis circuitos cerebrales). No puedo dejar mis sentidos por completo a la intemperie. Vivo las cosas con demasiada intensidad. A veces puedo sentir tanto que me haga daño. A veces es necesario destilar las palabras antes de bebérselas, así no se te revuelven tanto los conductos sensibles.

Soy la poetisa de los sentimientos no verbalizados. Mis pensamientos son concebidos, pero no llegan a ver la luz. Y mientras hago un sobrehumano esfuerzo por transformar el contenido en la forma, me revisto de una cáscara no del todo opaca, pero que tamiza la luz y quita, en cierta manera espontaneidad. (Aunque la naturalidad es la más difícil de las poses. Quizá no sea posible ser siempre una persona espontánea, o quizás existan varias emperatrices que actúen de manera distinta según las circunstancias y según quién u qué sea el verborreado).

Pero creo que a veces es necesario exteriorizar las emociones silenciosas, verbalizar la negrura que se te mete dentro por mil sitios distintos (por los huequecillos que hay entre las líneas concéntricas de las yemas de los dedos, esas que de verdad nos distinguen del resto de los humanoides). En ocasiones hay que expresar el malestar y la cardialgia, no hay más remedio. (Y esta es una de las múltiples funciones que cumple el blog. ¡Vaya mierda de post!)
 
Melocotones
Hoy he estado haciendo los preparativos para la fiesta que voy a dar mañana en la madriguera real. (Y me siento un poco como Clarissa Dalloway, intentando ser la perfecta anfitriona, aunque se me ha olvidado ir a por flores). Afortunadamente he contado con la inestimable ayuda de la Pequeña Mara, que me ha acompañado al DIA y me ha ayudado a cargar las bolsas, porque es pequeñita pero parece que se cayó en la marmita de poción mágica cuando era chica y ahora tiene fuerza de Obélix. (Hipérbole necesaria. Soy andaluza de nacimiento). Y aguantó con estoicismo mis irrefrenables impulsos de leer en griego las etiquetas de los productos. (Ella como es monóglota, y además, no entiende, no se entera de nada). Hemos comprado piruletas del arco iris y moras de color rosa emperatriz para sumergirlas en las ánforas de calimocho y que impregnen el líquido con su esencia. Me he querido comprar también un lagarto de plástico, y una corona de emperatriz infantil, pero al final he logrado contener mis deseos. (Y eso aunque en mi barrio pijo no haya contenedores en la calle).

He leído en uno de estos periódicos de hacer barquitos que te dan en el metro que hay políticos que se han hecho blog, y entre ellos salía Michelle Bachelet, que convirtió su diario de campaña en un blog, y también Maragall. ¡Qué cosas! Será que también ellos han sucumbido al embrujo del blog. (Porque el blog engancha). Parece que el friquismo no es exclusivo de gente como yo.



Yo de hecho quería escribir hoy algo sobre los melocotones. O sobre los damasquillos o albaricoques, que son como los melocotones, pero de recién nacidos. Esta mañana le dije a la Pequeña Mara que me escribiera una palabra al azar (aunque el azar no exista, pero es que es una frase hecha), y me ella eligió la palabra pensamiento. Yo me acordé de la flor, que tiene esos colores tan intensos, porque yo buscaba algo concreto. (Y qué gracia llamarles pensamientos a las flores). Entonces me dijo la palabra melocotón, y yo estuve pensando como gestar un post a partir del melocotón. Porque yo pensaba, como Autonauta, que todo es carne de post, cualquier cosa es posteable, pero en el caso del melocotón es bien difícil, a no ser que te dejes llevar por tu vena filológica y hables de su origen etimológico. (Del latín malum cotonĭum).

¿Y por qué se la gente dice que se cae cuando se le va la conexión a Internet?
 
Músculos hipertrofiados
Me encantan los regalos artesanos, son los mejores, y más aún si se trata de monederos de punto que huelen a viejecita rosada de mesa camilla, y que atesoran en su interior los elixires del pelo pantene. Y cómo me gusta que me regalen pasteles de emperatrices, con coronitas y bucles de limón. (Aunque el hecho de comérselos sea un acto de vergonzante antropofagia)...Y todo eso acompañado de abrazos de osa menor, piardas continuadas, y de sesión intensiva de sol en el césped. Yo creo que se me hipertrofian los músculos de las mejillas de sonreír con tanto ímpetu, y que se lo he contagiado a la borde de la cafetería de la facultad, que hoy tenía agujetas de color de rosa en los músculos de las mejillas, porque no acostumbra a sonreír, y encima me ha dicho gracias cuando me ha dado el ticket. (Tal vez porque le hago gracia yendo vestida de Naranjito). O tal vez es que a ella también le han regalado un pastel con una corona, o según la Pequeña Mara, es que ha follado en Semana Santa y está contenta. Por cierto, qué bonitas son las urracas.
 
Mi sueño hecho realidad
 
Torrija contrahecha
Es verdad que en menos de veinticuatro horas se me ha curado la disforia por completo y ya no tengo tantas ganas irrefrenables de tirar a la basura las criaturas monstruosas que engendro. Porque es una tontería estar triste cuando tienes tan buenos amigos que soportan con estoicismo tus verborreas telefónicas y te hacen pasteles, y que te sacan por ahí un domingo por la noche en plan cuelgue total. (Polisíndeton inevitable). Anoche vino la Equis a cenar a la madriguera real con espíritu de columpio y piruletas y llenó un cáliz entero de calimocho para celebrar que era domingo de resurrección. (Hipérbaton inevitable). Y también comimos espinacas, claro, con un par de huevos, y las contrahechas torrijas de Victoria Frankenstein a modo de postre. (Durante una décima de segundo contemplé la hipotética posibilidad de hacerme vegana de verdad, porque me acordé de las cabritas recién nacidas que se vieron despojadas de su leche materna que les correspondía, y luego mira, ahí estaban mis abominables torrijas, vergonzosamente gordas y pesadas, hinchadas como una esponja de absorber tanta leche caprina. Pero es que luego me acordé también de que el queso sale de la leche, que es un producto animal, y yo no puedo vivir sin el queso, mi manjar celestial).



Y como había que celebrar la resurrección del señor, cogimos una cantimplora de calimocho y nos teletransportamos a la Plaza de Chueca, cegando con nuestra orgía de colores a los pobres urbanícolas que hacían de figurantes en el metro en ese momento, y cantando la canción del universo y las casitas de muñecas donde celebraba fiestas donde sólo estaba yo, y ya de paso, con la excusa del domingo de resurrección celebramos también que soy un año más chica (porque soy más mujer, quizás). Y una vez en el hábitat de siempre, nos hicimos las reinas de la pista y acabé fatigada de tanto hacer de gogó con pasos inventados, pero qué pechá de reír me di.

Hoy tengo una resaca considerable, y me da la sensación de que he matado unas cuantas neuronas de golpe, me pesa menos la materia gris, porque anoche entré de lleno en la fase de la cogorza total y del analfabetismo pleno; estaba tan ciega perdida que no podía ni leer el mensaje que me mandó Mafalda; me duele el cuerpo, y la tripa, como dicen aquí en Madrid, y las pestañas y el pelo, pero estoy muy contenta por todo en general, porque me funcionan los cinco o seis sentidos bastante bien, por los abrazos de osa menor, por las bicicletas y las gafas de pasta. La casa está otra vez puerca y acogedora, con pegotes en el suelo, y ya he caído en la cuenta de que no tengo motivos para estar con penas ni chorradas. Y no pienso trocear más pastillas de las de crecer en los petisuís oníricos, porque es muchísimo mejor ser una Emperatriz Infantil con sangre azul en el mundo de Fantasía.
 
El clímax viene antes
Hoy he tenido un día un poco raro, porque empecé por el climax y terminé por la disforia. (O voy a terminar, mejor dicho, porque todavía no he cerrado del todo los párpados ni he congregado a las ovejas en torno a mi cabeza para que me hagan un desfile). Me levanté por la mañana y al salir al mundo exterior me hendió por completo un despiadado rayo de sol, así que salí fuera a cocerme a la parrilla con las pancetas y chorizos de la barbacoa.

Viene la Gran Jefa con olor a romero y me da mi regalo que es el guión de Mi vida sin mí. (En edición bilingüe especial para anglófilos). Hace una tarde espléndida, con abejorros ronroneando, animales, leche de cabra en la nevera, vírgenes suicidas de Jeffrey Eugenides. La lluvia ha apaciguado momentáneamente a las gramíneas asesinas, y mi tío me lleva en su jeep antidiluviano en plan safari mediterráneo, engullendo todas jaras silvestres a su paso. (Y mi perra, qué tonta, se creía que las jaras eran monstruos devoraperras y les ladraba. Yo me lo imagino, pero no me lo creo, aunque sea también pequeña e ingenua).

Y sin embargo, luego resulta que pongo todo mi amor en unas torrijas que están buenas de sabor, pero que visualmente son absolutamente mostruosas, desfiguradas, contrahechas, y que se desintegran como el mercurio y sangran leche caprina y se desinflan. Salgo de la cocina con cara de Victor Frankenstein después de haber creado al moderno prometeo, y me entran ganas de hacer como Laura Brown en Las Horas y lanzar las torrijas a la basura (o a las cabritas de tres días, para que sorban la leche que le corresponde, eso haría una verdadera vegana). Y me imagino que después de tirar la tarta, o las torrijas en su defecto, viene la vecina del chalet invisible de al lado y me da un morreo. (Cosa que no pasa en la vida real, desgraciadamente).

La casa se inunda con el tubo de la lavadora y hay que achicar el agua, para hacerla más chica, y que se recoja más fácilmente, y nos dedicamos todos a la titánica tarea de vaciar la casa (porque la casa era una pequeña versión del Titanic, aunque sin Kate Winslet, qué pena). Mi perra se rebozó en mierda, mierda pura de verdad, no mierda en sentido figurado, o más bien en mierda disuelta en agua estancada y en agua de cadáveres, y fui yo quien la tuve que rociar con mistol y sacarle brillo. (Porque soy una penca de por vida).

Y aunque mi padre me hizo acelgas con pencas para cenar y para darme ese placer de antropófaga, yo no estaba contenta. No me alegro tanto de ser un año mayor. Quería ser mayor para poder estar con mis amigos mayores, y por el deseo de ser mayor en sí, pero es que en realidad no quiero serlo. Quiero volver a ser chica y estar enmadrada. A las 11 me despido de la Gran Jefa, y me vuelvo a la megalópolis con mi tío favorito, que conduce a la velocidad de la luz y yo voy acojonada en el asiento de atrás, mientras me entra la clásica mamitis aguda mezclada con penilla así en sentido general y con síndrome post vacacional.

No hay nadie en casa, claro. No está Haizea para que me hable en su idiolecto de palabras inventadas, y la casa está hiper limpia, demasiado limpia. Los churretes y la fauna ibérica la hacían acogedora. Y el ataque de mamitis trae consigo el ataque de mollas imaginarias, de chorradas de de estoy hecha un adefesio, joder, por qué no me nadie me quiere, y la chica que de verdad quiero está muy lejos y muy cerca a la vez, ay, por qué no puedo ser chica otra vez, pero chica de verdad, no chica de dieciocho, y convertirme de nuevo en la cría canguro de la mamá canguro, para que me lleven y no tener yo nunca la responsabilidad de dedicir, o ya que nos ponemos, ninguna responsabilidad.

Y como llego triste y no encuentro ni churretes ni conversaciones verborreicas, ni palabras inventadas, me como un petisuís blanco de los sueños y una partícula desintegrada de la torrija de Frankenstein, y se me pasa un poco la gilipollez, porque soy medio gilipollas, no tiene más historia.
 
Cuarta entrega de greguerías
Pasó meses y meses preguntándose por el fin del entendimiento humano y un día en la Plaza de Chueca halló la respuesta.

Una cosa que el Manco de Lepanto nunca reveló es que Don Quijote pasó los últimos años de su vida regando la meseta castellana con Fairy para intentar limpiar La Mancha.

La verdad es que los indios piel roja tenían un poco de pluma.



Resulta paradójico pensar que en inglés, naturaleza muerta se dice still life.

Moto acuática es a maremoto lo que moto terrestre es a terremoto.

Tras un arduo estudio arqueológico, un apicultor especializado en las antiguas civilizaciones de la América Precolombina descubrió la existencia de la llamada Abeja Maya. (La azteca está aun por descubrir).

Había una hormiga que comió tantos petisuís que creció hasta convertirse en hormigón.

Comía tanto que en vez de tenedores y cucharas usaba tridentes y cucharones.

Como no sabía cómo poner los signos de puntuación en el post, cogió la línea naranja de metro y se bajó en Lacoma.

Tan desesperada estaba que organizó una quedada orgiástica en Villaviciosa de Odón.

Decía que no tenía agallas ni valentía, pero un día compró chocolate Valor, y su mundo cambió por completo.

Su desesperación llegaba a tales extremos que no tuvo bastante con ver The L World un día entero seguido y asaltó la fábrica de Bollilandia.

Era tan incomprendida que hizo un viaje a Chiclana y trajo de souvenir un paquete de Trident sin azúcar.


 
Crónica del fin de semana
Hoy me he caído de la cama al levantarme y he apoyado el pie derecho justo antes de estrellarme contra el suelo, y luego he hecho un brunch anárquico a la una de la tarde a base de espinacas, queso manchego y petisuís liliputienses. (Por innovar, más que nada). Estoy contenta porque he tenido un fin de semana más que bueno. No he cumplido con ningunas de mis obligaciones ni he hecho nada de lo que tenía planeado hacer. El refrán aquel de deja para mañana lo que puedas hacer hoy se concreta en mi persona a la perfección. No he terminado todavía el trabajo sobre mi muy querido Johann Wolfgang von Goethe, ni he ordenado mi madriguera (porque sigo con el ordenador roto), ni he leído al Marqués de Santillana ni he impiado la casa. (Polisíndeton necesaria). Y eso que ya tocaba, porque venía la Gran Jefa a realizar su supervisión de siempre, y siempre intento dejar la casa medianamente impecable antes de que venga. Pero la cocina sigue llena de churretes y pegotes, y el otro día una cucaracha asesina casi nos mata del susto. Pero a pesar esta negligencia atroz, he pasado un fin de semana estupendo. El viernes fui a ver en directo el Nacimiento de la Primavera, gracias unas entradas que me consiguió Boticcelli, y luego pasé una sobremesa cuasi sublime horneándome al sol en compañía de Mónica y de la Suiza Loca, y divagando sobre fricadas varias. (Porque con Mónica no puede ser de otra forma). Los árboles del parque germanófilo ya se han recubierto por entero del abrigo de la esperanza, y hay margaritas en la flor de la vida con pétalos recién estrenados.



Pero el sábado fue un día de clímax en todo su conjunto. Clímax a la mañana, clímax para comer y clímax a la noche. Mafalda y yo tomamos de rehén a la Equis, que nos trajo souvenirs de reglas flexibles y un enorme huevo amarillo que guiaba nuestros pasos por la selva humana de Madrid. El huevo es la luz que nos guía. Y por la noche tuvo lugar el clímax dentro del clímax, porque fui a la macrofiesta de cumpleaños de mi tía, y creo que no pude pasármelo mejor. Mi tía cumplía años, aunque no diré cuántos, por si acaso...Sólo que era una cifra muy redonda y muy importante, de las que terminan en cero, así que decidió celebrarlo como dios manda. Por culpa de la barra libre entré en la fase báquica casi sin darme cuenta, y cervecita a cervecita me fui animando progresivamente. (Aunque hay quien prefiere aprovechar la barra libre para embriagarse de agua mineral). Creo que batí mi propio récord de katarsis poniéndome pedo en compañía de mi madre. Tuve el privilegio de charlar un rato con mi pareja lésbica y grecolatina preferida, y ver a mi tía tan animada y tan contenta me dio una alegría enorme. Y luego ya en la fase de post pedo del día siguiente me acordé (porque a veces se me olvida) de lo afortunada que soy de tener unos tíos tan melómanos y tan buenos, y que encima vivan en la megalópolis madrileña. Y yo no sé si yo seré su sobrina favorita (digo yo que sí, porque soy sobrina única), pero lo que sí sé es que ellos son mi tía y mi tío preferidos, y que no los cambio por nada del mundo, ni por unas gafas de pasta ni por Winona Ryder en peto. Y para rematar la noche Haizea y yo nos fuimos a nuestro hábitat natural del Escape, y como siempre nos encontramos con la bloguera omnipresente Sinfonía Agridulce, y pude hacer la coreografía de Hung Up en el cuarto de baño. El domingo fue un día más moderado, pero igualmente climático. Tuve que despedirme de la Gran Jefa, que se volvía a Málaga después de su visita relámpago, y como siempre me entró un poco de penilla tonta y de ganas de ser chica otra vez. (Porque con tantos petisuís he crecido un montón y me he hecho mayor). Pero fue un domingo de crecimiento de la primavera, de más sol, de misses pánfilas malagueñas, de parque y de perros, de proyectos de primera comunión y paseos llenos de incomprensión.
 
Mi hotel