Excentricidades de la Emperatriz Penca
Carpe diem, quam minima credula postero. (Horatio).
Acerca de
PILARES DE MI INCOMPRENSIÓN: La literatura, el cine, la pintura, Virginia Woolf, Amelie, Michael Cunningham, Jeffrey Eugenides, los perros, gatos, urracas, ocas, monos de Gibraltar y bestias en general, La Coixet, D.H. Lawrence, Dalí, el queso en todas sus formas y colores, 1984, los fonemas fricativos, los perros goyescos semihundidos, los potitos, las gafas de pasta, Winona Ryder, Keira Knightley, Londres, y Madrid. (No van ordenadas por grado de obsesión, porque entonces está claro que lo primero serían las gafas de pasta). Y La Celestina. Correo: lanogue@hotmail.com
Sindicación
 
Noches alegres, mañanas tristes. O de cómo un lunes puede quitarle toda la magia a un buen finde.
Este sábado prometía. No sé muy bien por qué, pero lo intuía. Ya de par de mañana empezamos a dar pena (que tampoco es nada nuevo), pero esta vez el grado de penosidad fue mayor que el habitual. Como aún nos duran los buenos propósitos de nuevo curso, decidimos madrugar para irnos a estudiar a la biblioteca del barrio. Madrugar, en el universo pencoitzitriano ,supone levantarse a las 12 del mediodía. Con mi tomatera característica, la ducha mañanera y tomar el desayuno me lleva una hora, (aproximadamente) con lo que llegamos a nuestro destino a la una. Las probabilidades de que la biblioteca estuviera cerrada (o por ser sábado o por ser las 13 p.m.) eran elevadas, pero la Penca, con su inquebrantable fe en el destino (el cual sin duda alguna había querido que dedicásemos esa gris mañana de otoño al estudio) ni siquiera contemplaba esa posibilidad. Así que llegamos con nuestras caras de palurdas redomadas, armadas de un arsenal de carpetas, libros, y material escolar variado. ¿Qué nos encontramos? Pues a un buen hombre vestido de segurata que nos comunicó amablemente que, como yo suponía, la biblioteca no abría los sábados. Así que, lejos de abandonar nuestro cometido, nos dispusimos a buscar otra biblioteca que sí estuviera abierta. Cogimos el bus hasta llegar a la calle dónde, supuestamente, había otra biblioteca municipal. Pero las calles en Madrid no son precisamente cortas, y tras vagar como almas en pena avenida arriba, avenida abajo, me di por vencida: “tú ganas”, le dije a mi estómago. Y nos metimos a saciar nuestro voraz apetito en el Telepizza más cercano.

Continuará (que no estoy inspirada...)