Luchando con un fantasma
Vida nueva, blog nuevo. Cuando un fantasma te domina la vida, has de luchar y vencerlo
Sindicación
 
Historias del amor verdadero

Tres puntos de vista distintos- de diferentes bloggers- sobre un mismo tema propuesto por canalla. Para tí, canalla, va dedicado este post.



¿AMOR VERDADERO?

No lo puedo evitar. No puedo moverme de aquí. Llevo casi un mes sin salir. Casi un mes en que no soy capaz de levantarme de esta silla. Y no leo. No veo la televisión. Ni siquiera chateo con mis amigos ciber. El móvil está apagado. Al teléfono de casa le he quitado el volumen. Todo el tiempo lo dedico a pensar. A recordar.
A recordar aquel día. Jo, sin duda fue el día más feliz de mi vida. Pero como casi todos esos días trascendentes, no me di cuenta hasta más tarde de su importancia. Sí, le conocí a él. Perdón. Le conocí a ÉL. Pol.
He tenido que reconstruir ese día poco a poco. Yo entonces no estaba en la mejor época de mi vida. Todo era un desastre. Mi relación de varios años con Andrés, acabó abruptamente. Se fue. Huyó. Casi ni se despidió. Fueron años de desengaños, de obsesión por él. Luché por él como en mi vida he luchado por mi. Ni por nadie de mi familia. Pero él, no sabía lo que quería. No sabía qué era. Él creo que me amaba. Pero amar a un hombre, no entraba en sus esquemas. Y encima unos años mayor que él. Y para más INRI, no siendo nada especial, ni un adonis, ni el más listo, ni el que más dinero ganaba del mundo... Y luchó con todas sus fuerzas contra ese sentimiento de amor que, creo, tenía por mí. Fueron tiempos de esperar, de esperar que me dedicara unos segundos, una mirada, un café. Fueron años de no separarme del teléfono. Con la esperanza de que un día sucumbiera a sus sentimientos, y se decidiera a quererme, a amarme. Pero, perdí la batalla, perdí la guerra. Para no sucumbir, acabó yéndose a la otra punta del país.
Y tantos años obsesionado, tantos años viviendo sólo por la esperanza de que esos pequeños momentos de cariño, de complicidad, de amor, pasaran a ser un continuo sentimiento de compañía, de cariño, de complicidad, de amor, que me hundí. Nada tenía sentido. Mi vida era la nada. Si hubiera sido valiente, quizás me hubiera quitado de en medio. Pero hasta para eso hay que tener un punto de valentía. Pero siempre puedes iniciar una escalada de autodestrucción. Siempre puedes empezar a beber, a no cuidarte, a comer sin medida, a darte de puñetazos con el primero que te mira de reojo al pasar, o el que te empuja en la disco.
No me di cuenta cuando Pol me recogió del suelo. Fue un viernes. Ni me acuerdo que hora era. Ya estaba borracho. Me había peleado con unos que me habían ofendido gravemente. Sí, me habían pedido que les dejara pasar. Yo estaba en medio de la puerta. Y no me gustó el tono. Y fue suficiente para iniciar una pelea. Y claro, me dieron hasta en el carné de identidad.
Lo siguiente que soy capaz de recordar es estar tumbado en mi cama. Estaba desnudo. Pol estaba allí, curando mis heridas. Con delicadeza. Vio como abrí los ojos y me sonrió. Y como agradecimiento, en ese momento no se me ocurrió otra forma que... vomitarle encima. Después volví a cerrar los ojos.
Desperté ya entrado el día siguiente. Joder, tan entrado que era la hora de comer. Había por toda la casa un maravilloso olor a... ¿sopa? Y a un ¿asado?. No era posible. En mi casa hacía dos años que no se cocinaba. Dudaba de que hasta la cocina funcionara. Apareció él, en la puerta. Llevaba una de mis camisas. Era casi como un camisón. Le estaba enorme. Me incorporé levemente, mi cabeza no me permitía más movimientos de momento. Recordé vagamente la vomitona. Pero no había rastros de ella ni en mi cuerpo ni en ningún lado de la habitación. Me volvió a sonreír. Yo, agradecido por sus atenciones, le espeté:
- ¿Quién coño te ha dado permiso para ponerte mi camisa?
Creo que fue una buena forma de hacerle sentir el agradecimiento que anidaba en mi espíritu. Como vi que no hacía efecto, le volví a dar las gracias:
- ¿Quién te crees para entrar en mi casa, y limpiar mis heridas, y limpiar mi mierda? Si tienes ganas de hacer caridad, vete a la puta iglesia. Yo no necesito caridad.
Intenté levantarme para mostrarle ya de una puñetera vez que se podía ir a la puta mierda. Que yo no lo necesitaba, ni a él ni a nadie. Pero me fallaron las fuerzas, la cabeza empezó a dar vueltas y caí al suelo. Él se acercó, me sujetó del brazo y me ayudó a tumbarme otra vez en la cama. Cogió un paño húmedo que tenía en la mesilla y me lo pasó por la cara, suavemente, acariciándome. Siempre sonriéndome, mirándome a los ojos.
- No te muevas, voy a la cocina para traerte un poco de comida.
Y se inclinó y me dio un beso en la frente.
No me rendí. Seguí durante unos días demostrándole de todas las formas posibles que se fuera. Que me dejara en paz. Pero el era más constante que yo. No desfalleció en ningún momento. No perdió su sonrisa. Pero es que con esa sonrisa, que iluminaba toda su cara, que iluminaba toda la casa, era imposible seguir por mucho tiempo resistiéndose.
Consiguió, no se muy bien como, que al lunes siguiente estuviera preparado para ir a trabajar. Preparó mi ropa, pero lo más importante, me preparó a mi.
Y cuando volví de trabajar, me encontré la casa completamente limpia, ordenada... la cena en la mesa... Ya con las ideas más claras, y sin resaca, hablamos. Perdón hablé. Le dije que no estaba preparado para una relación. No quería volver a sufrir. Y él era mucho para mi. Yo no merecía tanto. Es que es tan bello, tan joven, tiene un cuerpo... Yo tenía miedo. Estaba empezando a romper mis barreras. Pero era tanto al lado mio.
Y no se rindió. Y yo sí. Cayeron todas mis defensas. Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que hicimos el amor. Como nos besamos. Como recorrimos cada rincón de nuestros cuerpos. Primero con las manos. Después con los labios. Nuestras lenguas también exploraron. Y como nos mirábamos a los ojos en los pequeños descansos de nuestras caricias. Y como bebí por primera vez su leche. Y como él bebió la mía. Y como la compartimos y la mezclamos en nuestras bocas. Y con que pasión saboree su agujero. Primero con mis labios. Después con la lengua. Mi pene acabó ahí, dentro. Y quiso quedarse a vivir en esa nueva casa. Y mi culo hizo los honores a su polla. Que bonita era. Y nos amamos esa noche durante horas. Y nos dormimos desnudos, abrazados. Y desde aquella noche, no volvimos a dormir...
- ¿Vins?
- ¿Sí mi amor?
- Me duele la espalda.
- Voy, espera. – me levanté de la silla. Fui a la cama. Le rodeo la cara con mis, me inclino sobre él y le doy un beso en la boca. - ¿Qué tal has dormido?
- He soñado.
- Sí te he notado inquieto. Relájate, estoy aquí. – Fui dándole la vuelta y le empecé a masajear la espalda con el aceite que tenía en la cómoda.
- Vins, tenemos que hablar. Debes hacer caso a todos. No debes cargar conmigo. No me sentiría bien... – le he puesto el dedo en la boca. Para que callara. – Mis padres ya se ocuparán de mi – No me queda más remedio que besarle para que se calle. Saboreo una vez mas sus labios, en este caso resecos. Pero me encantan. Pero se zafa de mi beso. – Enciende los teléfonos. Escúchales a todos. En la Residencia esa estaré bien.
- Pol, vamos a aclarar las cosas. Y no, no digas nada. ¿Crees que podría vivir sin ti? ¿Crees que puedo concebir en mi mente otra forma de vida que no sea junto a ti? ¿Crees que después de lo que luchaste por conquistarme, por salvarme, me voy a rendir ahora? Conquistaste mi corazón para siempre. Y no te sacaré de él nunca. Si te sacara, moriría. Eres mi hombre. Eres mi vida. Me da igual que estés condenado a una cama o con suerte a una silla de ruedas de por vida. El accidente no ha cambiado nada. Te amo. Y siempre será así. Y mi vida la quiero pasar junto a mi amor. Junto a ti.
No he separado mis ojos de los suyos ni un momento. Este es el momento que temía desde que Pol tuvo el accidente. Sabía que me iba a pedir que le abandonara. Como toda la gente de nuestro alrededor. Pero no. No era posible. No era posible que yo renunciara a él, aunque no pudiera levantarse nunca de la cama. Había preparado estas palabras desde que hace tres meses tuviera el accidente. Ya cuando le llevé a casa, después de dos meses de hospital, estaba esperando este momento.
Le dejo un instante. Voy al armario. Busco en la chaqueta el paquete que compré el otro día, en el único momento que salí de casa. Me acerco otra vez a Pol. Con mi mano izquierda le cojo la mano. Le miro a los ojos. Sonrío. Cojo aire. Y lo digo:
- Pol, ¿te quieres casar conmigo?
Le acerco el paquetito. Lo abre. Son dos anillos de oro blanco. Como cientos de veces me dijo que le gustaría. Le miro a los ojos. Y en ellos veo su respuesta. Y en ellos veo que asoman las lágrimas. Y detrás de ellas, veo que me ama. Sí, nos casaremos. Sí. Me inclino de nuevo. No puedo dejar de besarle una vez más. Me separo un poco, para poder mirarle a los ojos de nuevo. Mi amor. Quiere hablar, pero no le dejo. En su lugar, hablo yo:
- Gracias.


tatojimi




*

De verdad



Le quiero mucho. Él también a mí. Y hacemos muy buena pareja, todo el mundo lo dice. Me encanta su manera de ser, su sonrisa, su mirada, sus abdominales. Me gusta todo él. Y se nota que él también me encuentra muy atractivo. No sé qué haría con mi vida si no le hubiera conocido.



Yo soy una persona fiel, porque no me imagino al lado de otro. Pero entiendo que para algunos el sexo es sexo y nada más. Al principio de nuestra relación, él se liaba a veces con otros y no me importaba, de verdad. Es solo sexo, pasión. No implica amor. Sé que ahora me quiere solo a mí.



A veces se enfada, sí, pero es parte de su carácter y así es como le amo. Tiene muy claro lo que quiere y por eso no le gusta que le lleven la contraria. Alguna vez se le ha ido la mano, por pequeñas cosas, y en realidad nunca me ha hecho daño. Lo que pasa es que mi piel es fina y enseguida me salen morados, como me ocurría con los chupetones cuando nos conocimos. Para que la gente no se preocupe me invento alguna tontería. Es nuestro secreto, jeje.



Alguna discusión en pareja es necesaria, claro y, a veces, alzamos la voz. Bueno, lo hace él. A mi no me gusta discutir, así que lo evito. Pero él si que se pone nervioso y a veces rompe cosas o sin querer se le escapa algún objeto y me lo acaba tirando, Es tan gracioso… Entonces, aún se enfada más y dice que "no sabe cómo me dejaron nacer siendo tan tonto". Es como un crío.



Otras ocasiones no viene a dormir a casa. Pero yo no le pregunto nada porque confío en él. Trabaja muy duro y a veces acaba tarde, por lo que supongo que va a dormir a casa de alguna amiga o en un hotel. Es bonito poder confiar en alguien de esta manera y esto me hace muy feliz. Creo que es imposible que nos amemos más.

j'a

*

JUNTOS

Se engañaban. Con chaperos. Con adolescentes. Con rubios. En el gimnasio. En baños públicos. En saunas. Y todos les parecían más atractivos que su pareja. Mejores cuerpos. Mayores tamaños. Más guapos.

- Al menos -dijo Luis- olían mejor.
- Como mínimo –habló Carlos- no les olía el aliento
- Y llevan limpias las uñas.
- Y no tienen los dientes amarillos
- Carlos a veces me repugna. Todo el día sacándose mocos.
- No soporto su cuerpo fofo.
- Hace años que no follamos.
- No podría hacerlo.
- A veces me avergüenzo de él.
- En ocasiones he deseado que se muriera.
- Cuando nos cabreamos a menudo llegamos a las manos.
- Y entonces le tengo miedo.
- Es un hijo de puta.
- Es un cobarde.
- Le detesto.
- Le odio.
- Pero le quiero.
- No podría dejar de quererlo.
- Somos humanos.
- Llevamos muchos años juntos.
- Acabó la pasión.
- Se nos fundió el enamoramiento.
- Somos muy diferentes.
- Y chocamos.
- Y nos conocemos demasiado bien.
- Ya no hay misterio.
- Y él es un hijo de puta, apestoso y sucio. Pero es mi hijo de puta.
- Y él es un cobarde y un gordo asqueroso. No me atrae, no podría hacer sexo con él, pero no podría dejar de despertarme cada mañana a su lado.
- Porque aunque las hayamos pasado de toda clase, aunque no somos ningún modelo, ni ningún ejemplo a seguir, aunque no seamos buenas personas, ni nos deseemos, y todo y que sentamos aversión y hasta repugnancia hacia el otro, en el fondo sabemos que nos tenemos el uno al otro.
- Y que puesto que sabemos que nunca cambiaremos a nuestro cónyuge, no deseamos más que seguir por mucho tiempo enfadándonos, engañándonos, y detestándonos juntos.


Se engañaban. Ellos creían que al otro, pero en realidad se engañaban a si mismos. Follaban con otros. Pero sólo ellos dos hacían el amor. Y sí, lo seguían haciendo cada día. Aunque ellos no se dieran cuenta. En sus conversaciones. En sus diálogos. Fluían espontáneamente, congeniaban, se adivinaban, se intuían. Sus palabras se encadenaban, cómplices, como dos cuerpos al son de un mismo movimiento, de un mismo placer. Juntos. Amándose.

rober



Etiquetas:    
 
Al este del edén
A veces tenemos miedo de escucharnos. Miedo de nuestros sentimientos, de nuestros deseos. A veces nos damos miedo a nosotros mismos. Porque nuestros deseos no son los que se esperan de nosotros.

Un día cerramos los ojos y sentimos por primera vez un anhelo, florecer en nuestras alas. Pero al instante un relámpago ilumina espantosamente nuestra conciencia y un cuchillo penetra en nuestra carne, helándola. Y temerosos huimos. Lejos. Lejos de casa.

Quise ser correcto, políticamente correcto. Lo necesitaba. Todos necesitamos sentirnos arropados. Arropados por la madre sociedad. Una madre que si haces lo que te dice, si piensas como ella piensa -o mejor dicho, si dejas de pensar y te limitas a que ella piense por ti- te cobija entre sus brazos. Pero que si decides no someterte a sus órdenes, a su dominio te destierra al este del edén. Y te envenena día a día con sus injurias y su desprecio hacia ti.
Así aprendí a ser un buen niño, a rehuir de mis deseos y someterme a su voluntad y su cariño. Y cuando a veces entraba en los bajos fondos de internet y veía en los chats gente depravada y viciosa que se anunciaban sin el menor reparo como “busco pollón” o “busco buenorro que me deje sin leche”, me escandalizaba de semejantes barbaridades y creyéndome superior me disponía a escribir un anuncio diciendo que estaba cansado de encontrar gente superficial que lo primero que te preguntan es como eres –físicamente, se entiende, porque el interior, aclaraba indignado, no les interesaba lo más mínimo- o cuanto te mide. Que a mi me gustaría encontrar alguien a quien querer y que me quisiera. Que yo no buscaba un cuerpo danone sino una persona etc.

Y entonces me contestaba gente. Y después de hablar algún tiempo nos intercambiamos las fotos “para poner una cara a quien hablábamos”. Y curiosamente si está persona era poco favorecida, de una forma educada me dejaba de interesar por ella. Pero eso sí, continuaba criticando a los anuncios que ponían “busco buenorro” o “quiero bellezón con una buena tranca”.

Muy a menudo pensamientos calenturientos me invadían la mente pero intentaba ignorarlos o fantasear quimeras que luego me imponía olvidar. Pero cuando las voces braman como condenadas viéndose morir, viéndose ahogadas desde lo más profundo de las entrañas...Cuando un trecho de camino ya está andado, y eres más fuerte y duro que en el pasado, entonces mientras una lágrima te acaricia la cara... sólo una lágrima, rocío del amanecer de una nueva mirada, te cobija, te arropa...Sólo entonces comprendes que huir de tus deseos es huir de la felicidad. Que no serás feliz arropado por una madre que te niega y que tu destino es ser un desterrado. Como lo habría de ser el de todos. Si todos se atrevieran a vivir de verdad. A escucharse. A ser capaz en tu propia soledad, de buscar cuerpos, buscar pollas, buscar bellezas o buscar lo que quiere que sientas, lo que quiere que anhelas.

Ser auténticos como los que dicen en voz alta lo que quieren sin miedo, sin vergüenza. Volver a nuestro sitio. A nuestra casa. Al este del edén. Al este de la muerte.

*
Bienvenidos a todos. Gracias por los comentarios
.
 
Réquiem por un sueño
Los sueños son la ilusión que dan sentido a la vida de los hombres. Son su mayor tesoro y su mayor veneno. Y así vivimos saboreando la dulce droga que un día nos destruirá.

Hace poco más de un mes un sueño coronaba mi felicidad. Venir a vivir a Barcelona. Empezar una nueva vida en esta ciudad. Aquí estaban mis amigos; aquí estaba todo aquello que como gay podía desear: lugares de ambiente, proposiciones indecentes de la marabunta mariquita catalana inmigrada toda ella a la gran urbe, pisos gayfriendly para compartir. Barcelona era un sueño llamado plenitud. Se acabaron –me decía- las semanas de soledad sin quedar con nadie porque donde vivía no tenía con quien salir. Se acabó el no poderme abrir con mis compañeros de piso por el miedo al rechazo, porque los de mi nuevo piso gay también entenderían y me entenderían y así ellos se convertirían en mi nueva familia –ya que con mis padres que he estado muy ligado tengo que tomar distancia porque nuestros absorbentes roles de padre, madre e hijo respectivamente son tan intensos que no dan espacio, para que nos podamos relacionar más allá de sus consejos paternales y mi dependencia filial-.
Cada día quedaría con mis amigos, comería con mis compañeros de piso, me daría un baño de luna con algún buenorro del gaydar y me dormiría con una sonrisa en la boca soñando en despertar para vivir mi vida de ensueño.
Mi único miedo, mi gran miedo era no poderlo aguantar. Hace 6 años vine a estudiar a Barcelona, como ahora, y no lo aguanté. El motivo: ansiedad. Barcelona, entonces, como ahora, era un sueño. Y cuando has tenido una vida vacía, los sueños asustan. Y se mitifican, y se van hinchando y hinchando hasta que te explotan en las manos. Y huyes asustado como si de la peste se tratara.

Ayer fui al Salvation. Solo, porque no tenía con quien ir. No quería ligar. No, hasta que no hablara con un chico que cada semana no para de mirarme. Quería decirle para ser amigos. Me acerqué a él. Pero la ley de Murphy es infalible: cuando no quieres, ocurre. Un joven polonés, rubio, de ojos azules, y belleza nórdica vi como bailaba mirándome. Así que me acerqué y... Después de horas de bailar y tontear sin parar, cuando cerraron la disco nos fuimos a mi casa. Era tierno. Cariñoso. Nos besamos. No quiso que entrara a dentro suyo. Simplemente tras desnudarnos poquito a poco nos masturbamos mutuamente. De nuevo no disfrute, ni me corrí. Para qué salir de marcha y estar todo el día deseando tíos cuando a la hora de la verdad no siento nada? Al menos hemos dormido juntos. Abrazados.

Mañana empiezo un nuevo curso. Tengo miedo. Miedo de no aguantar las clases llenas de gente de Barcelona. Pero si algo he aprendido este mes que llevo en Barcelona, este largo mes de soledad en que me he dado cuenta que ni los amigos están siempre allí y dispuestos a quedar, ni los compañeros de piso son como te gustarían, y que tus fantasías de hacer el amor entre las olas y la oscuridad de las estrellas no son lo que quiere la gente; Y que aún cuando consigues follar con alguien que te gusta y hacerlo como te gusta no sientes apenas placer; Hoy, pues, desengañado, algo triste y un poco más fuerte has aprendido a construir una nueva arma con los despojos de tu sueño. Una arma que controle la imaginación, que sepa no esperar nada de las cosas, y no agrandar lo desconocido. Aún no se mucho como funciona. Pero sé lo suficiente como para afrontarme al nuevo curso con un mínimo de tranquilidad.

Barcelona no es lo que pensaba. No es la Barcelona que tenía en mi cabeza. Pero mi Barcelona de ensueño, con el dolor que esto conlleva, a de dar paso a la Barcelona real, ni tan espantosa ni tan maravillosa como la soñada. Pero seguro que con muchos más matices, muchas más posibilidades y mucho más rica.

A veces hemos de matar un sueño para poder seguir adelante: Mirarle a los ojos. No poder evitar emocionarse y disgustarse por última vez. Dejar que una lágrima se pierda como una estrella fugaz. Y asustando el llanto y aguantando la respiración decir con voz rota pero firme: Descansa en paz.

Así que mañana empezaré mi nueva vida a Barcelona, a la Barcelona de verdad, a mi nueva universidad de la vida. Deseadme suerte. La voy a necesitar.