Luchando con un fantasma
Vida nueva, blog nuevo. Cuando un fantasma te domina la vida, has de luchar y vencerlo
Sindicación
 
Los fantasmas de mis sueños
Llegando de la casa de reposo pasé un par de días a casa de mis padres y luego volví para Barcelona. Mientras iba en camino a la gran ciudad mi ánimo empezó a desfallecer un poco. Me dije que esta semana pasada, aunque todo había sido más difícil, también había sido más fácil. Pero que ahora volvía a mi rutina y volvía a mi soledad. Y sí, volvía con el espíritu de no lamentarme, de tirar para adelante, pero quieras o no, volvía de nuevo para enfrentarme con mi soledad, con las ruinas de una vida. No sería fácil volver a empezar. Volver a estar solo. En esta ciudad donde cuesta tanto hacer amistades. No sería fácil. Y no sabía si podría. Me pesaba después de estar con gente, tener que volver a encararme a mi vida de antes. Sí, la podría redecorar, pero aunque vistas a la mona de seda, mona se queda. Podía salir a pasear, no quedarme en casa todo el día, ir a clase pero no por hacer esto, dejaba de estar solo y sentirme solo. Y esto me pesaba y no sabía si podría. Sí podría después de una semana en un oasis volverme a tirar a la jungla, tan cruda y descarnada. Tenía miedo. No quería sufrir otra vez. Sabía que era inevitable. Pero me resistía. Cuando llegué a Barcelona ya era de noche. Así que me fui a mi piso, cené, miré un rato la tele y me fui a la cama bien pronto, dispuesto al día siguiente a empezar una nueva vida. Pero no muy convencido. No sabía si podría. Necesitaba creer en mí, necesitaba sentir que era posible. Y durante la noche ocurrió el milagro...
En la casa de reposo comprendí el significado de los dos seres que cada noche, ininterrumpidamente, habitaban mis sueños, desde hacía al menos una década. Uno era mi abuela. El otro mi amigo de infancia. Los dos cada noche se me aparecían y me probaban de matar –la primera a veces, el segundo siempre-. Sí, siempre, toda la vida que he tenido pesadillas. Pero desde hacía una década que cada noche mi amigo de infancia, el cual ya hace al menos cinco años que no he visto, me humilla, me insulta, me desprecia, me pega y me martiriza. Esto me lo hizo realmente este amigo durante casi quince años. Desde los tres años en que fui a la guardería hasta los 15, o 16. Teníamos una relación muy peculiar. Él era mi mejor amigo, y siempre me venía detrás y quería estar a todas horas conmigo pero sólo para joderme. Diréis ¿y yo porque lo permitía? No sé, era una especie de relación de conveniencia. O al menos lo fue hasta los 11 años. Después ya no. Me distancié de él, pero él junto con los otros compañeros de clase me seguían haciendo la vida imposible. Pero de los 3 a los 11 años yo estaba conforme. Me dejaba hacer. Cada uno obtenía sus ganancias, aunque la relación fuera destructiva. Él obtenía poder, dominio pero a cambio él jugaba a mis juegos, me acompañaba en mi mundo de fantasía. La mayoría de los juegos que yo inventaba eran sexuales –supongo que el temprano abuso de mi tío me dio a conocer un mundo que los niños no descubren hasta más tarde- así que o bien lo desnudaba, me desnudaba, me estiraba encima suyo, y me empezaba a refregar, o bien adaptaba juegos o series televisivas a mi particular visión sexual. O hacíamos la subasta del “Un, dos, tres” y cada objeto era una prueba sexual, o bien una serie que se llamaba “Tom Sawer” en que el maestro castigaba al travieso Tom pegándole al culo con una regla, yo lo sofisticaba, desnudándole y castigándole de mil y una formas. La verdad es que no sólo lo hice con él, sino que a todos los compañeros de mi clase les hacía de las mías. Luego crecieron tanto en centímetros como en crueldad y aun se metieron más conmigo, pero bueno esto ya es otra historia.
La cuestión es que en la casa de reposo nos hicieron ver que a veces cuando una persona nos cae mal porque nos remueve algo por dentro, es porque en el fondo nos vemos reflejados en ella, nuestras partes ocultas que somos incapaces de aceptar, pero que existen, y que los vemos en los demás. También pasa lo contrario. Hicimos un juego en que teníamos de contar a alguien quien había sido nuestro guía en la vida, y luego nos dijeron, que estas cualidades por las que admirábamos y queríamos a nuestros guías, también eran cualidades, que en el fondo, aunque tal vez algo ocultas, formaban parte de nosotros mismos. Que sólo hacía falta escucharlas. Y entonces comprendí que yo tenía una parte oculta que compartía con mi amigo de infancia. Este amigo de infancia del que os he hablado, era mi mejor amigo y a la vez mi peor enemigo. Y luego cuando a los 11 años me distancie de él pasé yo a ocupar este rol. Sí, yo era mi mejor amigo para mi mismo. No necesitaba a nadie. Me bastaba a mi sólo para a través de la imaginación, y las fantasías pasármelo bien y ser feliz. Pero a la vez era mi peor enemigo, porque el vivir en este mundo paralelo hecho a mi medida, al margen de la realidad ha sido la causa de mi infelicidad y de gran parte de mis problemas.
Y al hacer el ejercicio de compartir con alguien quien había sido para nosotros nuestro guía en la vida yo pensé en mi abuela. Antes de que enloqueciera, de que se volviera violenta y perdiera la cabeza, ella que vivía conmigo en casa de mis padres, me cuido como una madre. Como una madre de verdad. Una madre sana, que quiere que sus hijos crezcan y sean felices e independientes. De ella mamé lo poco sano que pudo haber en mi vida. Porque mi madre de verdad, era y es patológica. A su lado sólo podría ser y de hecho sólo soy un enfermo, un inútil y un dependiente de ella.

Por eso comprendí que en mis sueños cada noche batallaban mi parte sana y mi parte enferma, mi abuela y mi amigo de infancia, para ver quien reinaba, quien se imponía, quien me dominaba la vida. Casi siempre tenía más poder, más fuerza y más protagonismo mi amigo de infancia que noche tras noche dolido por mi repudio, él, enamorado de mí, me probaba de matar. Primero se burlaba, me venía siempre detrás molestándome y cada vez estaba más agresivo, hasta que me probaba de tirar por la ventana, clavarme un cuchillo o quemarme vivo. Desde hace un par de meses que mi amigo de infancia había –en mis sueños, claro- contraído una enfermedad terminal y le quedaba poco tiempo de vida. Pero seguía tocando los huevos noche tras noche. Estos días en la casa de reposo comprendí el significado de estos fantasmas de mis sueños. Y cuando volví, tras los días que pasé en mi pueblo, al ir de nuevo a Barcelona, ya de noche, y ponerme a dormir, invocando antes de acostarme, que con la nueva vida que empezaría al despertar el día siguiente, que ojalá tuviera las fuerzas, la confianza y la fe para creer en mí y tirar adelante, a la mañana siguiente, mi primera mañana en que madrugaba, tuve un regalo de buenos días. Y es que justo antes de que sonara el despertador había soñado que mi amigo de infancia finalmente había muerto, y que yo rodeado de todos los fantasmas de mi pasado acudíamos al entierro para darle el último adiós. Mi abuela, había ganado, mi loca y cuerda, mi sana enferma, mi abuela madre había ganado la batalla. Yo había ganado la batalla. Mi parte que quiere luchar, que quiere tirar adelante había ganado la batalla en mis sueños. Y entonces supe que esta vez sería diferente. Que sí, aun había de empezar a conquistar Barcelona y a sus gentes. Pero esta vez lo conseguiría. Tendría fe en mis sueños. En mis sueños nocturnos, y poco a poco quizás también conseguiría tenerla en mis sueños de día. Y con esta creencia y una sonrisa en los labios, me lancé de nuevo a la jungla de la vida.
Y ni mi amigo de infancia ni mi querida abuela me han vuelto a perturbar los sueños desde entonces.
*
Tengo miedo que el próximo post no sea tan optimista, pues cada año cuando cumplo años, me deprimo, me ansio etc. De hecho mi morfoanalista atribuye parte de mis “locuras” del último mes, al hecho de que se acercaba mi cumpleaños. Dice que cada año es como un nuevo renacimiento. Y que un mes antes nos alteramos un poco. En fin, el 24 de abril, espero sobrevivir, aguantarlo, y como no queda más remedio cumplir un cuarto de siglo. Que horror!
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Guerra y paz
El domingo de Pascua por la tarde, tras más de medio día de viaje, llegué a la casa de reposo en el corazón de Navarra. Siempre había sido un sueño para mi vivir unos días en medio de la naturaleza, en un lugar tranquilo, hermoso, paradisíaco. Y este se asemejaba mucho al paraje de mis fantasías. Así que me dispuse a pasar unos días en el cielo. Pero tardé pocos minutos en descubrir que si a fuera había verdes montañas, acogedores jardines floridos y pequeñas fuentes, el paisaje que nos marca es el interior. Y de mis adentros no tardaron en salir mis demonios internos al empezar a llegar la gente. Y lo que podía ser el paraíso se convirtió en un infierno. Porque no hay peor infierno que el quema en nuestro interior. Y mis demonios me llenaron de ansiedad, de tics, de miedo, de angustia. Y vi que no podría aguantar. Que yo no servía ni para estar pasivamente encerrado, que no servía ni para estar en un psiquiátrico. Es más, me di cuenta que si en vez de a la casa de reposo hubiera finalmente ido, como pensaba hacer, a un psiquiátrico, allí realmente me hubiera vuelto loco. Porque no me había querido acordar o lo había ignorado que yo no aguanto rodeado de gente. Y así llegué al lunes, dispuesto a irme. Triste viendo que una vez de vuelta a Barcelona sólo me quedaba dejarme morir, porque no tenía solución, porque estaba atrapado, porque no tenía cura, porque era incapaz de aguantar un solo día rodeado de gente en un lugar donde era atendido y respaldado por médicos y psiquiatras. Ya me podía olvidar de intentar trabajar, de intentar hacer amigos, de intentar vivir la vida, de querer ser feliz. Ya nada tenía sentido. Nada. Hablé aquella noche con Salva. Me dijo que luchara. Que lo intentara. Que si me rendía ya estaba todo perdido, y que en cambio ahora aun estaba allá y por mucho que me costara, por mucho que sufriera, era mi oportunidad y la había de aprovechar. Pero yo no podía. Es lo mismo que cuando pones la mano al fuego. Instintivamente la quitas aunque no quieras. Es un acto reflejo. Pues yo estaba tan ansioso y angustiado que aunque el futuro que me esperaba si huía fuera desolador, necesitaba huir. Como fuera. Porque me estaba quemando. Sí, me estaba quemando vivir en mi propio infierno. Sentía el fuego en mis manos, en mi cabeza y en mi corazón. Y no lo soportaba. Pero Salva me tranquilizó. Y vi que si conseguía enfrentarme a la gente y superar el miedo, si conseguía imponerme y superar la ansiedad a las relaciones sociales que todo sería mucho más fácil. Y que la única forma de superarlo era enfrentarme a ello, sufrir, quemarme vivo, y renacer de mis cenizas. Y con esta ilusión, con esta esperanza de un futuro mejor decidí aguantar, esperar un día más. El martes me desperté agotado. Nos hacían levantar cada día a las 8:30 de la mañana para estar listo a las 9 para hacer desde esta hora hasta las 11:00 gimnasia. A las 11:00 hacíamos ejercicios de relajación. A las 11:30 desayunábamos. A la 1 nos reuníamos todos y comentábamos lo que habíamos sentido, descubierto o aprendido a las actividades de la mañana. Acabábamos esto a las 3 y entonces comíamos. Comíamos sólo los que no hacíamos ayuno. De todas formas desde que llegamos a la casa, no sé si por arte de magia, por ser el campo, porque bebíamos una agua especial o quien sabe porqué, la cuestión es que todos habíamos perdido el hambre. Era lo normal. Comíamos muy poco. Sólo lo que el cuerpo necesitaba. Y ni carne ni pescado. Yo me alimentaba a base de ensaladas y frutas ya que la verdura tampoco me gusta. Después de comer teníamos libre hasta las 7 en que o bien nos daban una charla, o íbamos a hacer una caminata o hacíamos más ejercicios. Y esto duraba hasta las 9:30 en que cenábamos.
El martes pues como digo, me desperté agotado y lleno de agujetas y de ansiedad así que en vez de hacer la gimnasia continué durmiendo. El grupo éramos 18 y había desde un anciano de 80 años a una madre y una hija, a una niña que acababa de cumplir la mayoría de edad. Aunque la mayoría tenían más que 40 años. Y aparte de una chica andaluza muy dulce todos éramos o catalanes o vascos. La cuestión es que el lunes le pedí al médico algo para la ansiedad y me dio una gotas que me había de beber antes de cada comida. Y el martes le pedía algo para las agujetas. Pero exhausto como estaba vi que no aguantaría este ritmo más días y ansioso como me encontraba vi que no resistiría mucho. La gente hablaban entre ellos y yo pues como siempre aislado y al margen de todos. Y esto me hacía sentir mal. Yo quería hablar pero no podía. Después de cada comida todos se quedaban por allí hablando y yo ya iba corriendo a encerrarme a la habitación. Pero bueno, aguanté como pude pensando como dice Salva o tatojimi que en realidad soy yo que no estoy a gusto conmigo mismo pero que los demás me aceptan como soy y no ven que tenga problemas. Pero después de cenar intenté hacer el esfuerzo de quedarme con un grupito que charlaban cinco minutos y uno de ellos no tardó en responder a la frase de una chica que comentó que “En esta casa y en estos grupos cualquier persona encajaba”, pues le respondió diciendo que esto no era verdad, que había gente muy problemática que no encajaba en ningún sitio y diciendo eso, descaradamente me señaló con la cabeza. Y esto, juntamente con que el anciano de 80 años iba difundiendo que mi habitación era la mejor de todas, que tenía cama doble, vista espectacular, que estaba en el mejor sitio de la casa, que tenía ducha y baño etc lo cual propiciaba que alguno que otro me cogiera manía por el privilegio que me habían dado. Total, que acabé el martes hecho una mierda. Quería aguantar pero veía y temía que este infierno me sobrepasaba. Pero llegó el miércoles y en la gimnasia de la mañana no me sentí tan mal como en el lunes, y por la tarde fuimos a hacer una caminata por la naturaleza, donde todos iban a su bola, y conseguí abrirme algo y hablar con tres o cuatro personas por separado.
En grupo seguí sin poder hablar, seguí rehuyendo el contacto con todos fuera de las actividades, me emparanoié con que no caía bien a la gente, estaba agotado, no paraba de hacer tics pero la ansiedad había bajado un poco. Así que aguanté como pude jueves y viernes. Nos daban unas charlas muy interesantes y aunque lo que contaran al principio me parecía muy extraño poco a poco fui viendo que era muy posible que así fuera y que era una visión nueva y muy interesante de la enfermedad, de la medicina y de la vida. Algún día hablaré de ello. También aprendí que había de vivir en el aquí y el ahora, el instante que no hay otro momento, no hay otro lugar. Porque si pensamos la vida en vez de vivirla si huimos del momento que estamos viviendo pensando en otras cosas, en recuerdos o sueños, en el futuro o en el pasado, desaprovechamos el instante que estamos aconteciendo. Vi que yo con mi forma de ser había optado ante la vida y las emociones que todos experimentamos por la opción patológica. Todos tenemos miedo, y tristeza y rabia. Pero cuando también decidimos dejar de vivir estas emociones naturales, se tuercen en otras enfermizas. La ansiedad es el miedo no vivido. Yo siempre he tenido miedo pero no me enfrento a él, y entonces caigo ansioso. Y lo mismo con la tristeza, como siempre quiero estar bien cuando me pasa una desgracia en vez de permitirme estar triste, yo lo que quiero es seguir con mi vida de siempre, estar bien y ignoro esta tristeza y es entonces cuando aparece la depresión. Cuando no expresas la rabia acaba saliendo la violencia. Yo soy incapaz de enfadarme con nadie. Y después las consecuencias son peores.
Y llegó el sábado, día en que algunos ya empezaban a irse y como siempre –no tengo remedio- cuando algo se acaba, cuando sé que ya no veré más a aquella gente –cada año me pasaba lo mismo en fin de curso- cuando perdía el miedo a que me pudieran hacer daño porque no era físicamente posible porque ya me iría para siempre lejos de allí, entonces es cuando me abría, entonces fue cuando me abrí. Cuando acabando de comer decidí no esconderme en mi refugio sino sentarme allí con los demás. Y me senté y hablé y conté mis problemas. Y me apoyaron, y me escucharon, y me sentí bien, y por primera vez sentí este espíritu de grupo, tan curativo que los demás llevaban experimentando durante toda la semana. Y decidí no encerrarme en las horas que me quedaban de compartir. Y fue muy bonito. Todo el mundo estuvo encantador conmigo. Sólo había de abrirme. Y llegó el domingo y tras la relajación y el desayuno partí. El viaje de vuelta duró más de 12 horas, pero durante el tren noté como me invadía una extraña sensación de paz, de bienestar. Mientras me acercaba a casa, en la distancia la iba aireando para hacerla un lugar más habitable. Aunque me cuesta, me dije, aunque casi sea el único amigo que tengo en Barcelona, he de cortar el contacto con él, con ricitos. Sólo me hace sufrir. Me ha demostrado con creces que no puedo confiar en él. Lo único que puedo sacar de él es algún polvo y aunque me guste, seguro que hay a miles que están tan buenos o más que él. Tengo que vivir de día -abrí mi ventana con la imaginación. Como me ha dicho el médico de la casa de reposo parte de los tics se deben a problemas del sueño, de dormir mal, fuera de horas, de tener pesadillas. Así que con todo lo que él me ha recetado para los tics, la ansiedad, los miedos, el estar más comunicativo, el dormir bien, tengo que intentar poner de mi parte y levantarme por la mañana. Sí, cada día me levantaré pronto e iré a descubrir Barcelona. Un día iré al parque Güell, el otro a Collserola, el otro a mi antigua facultad, el otro a la vila olímpica, a Montjuïc, al barrio antiguo, de librerías, a comprar ropa, a la Ciutadella, a la Barceloneta. Y dentro de cuatro días a la playa a bañar. La barrí a golpe de deseos: intentaré hacer amigos, ir a clase, estudiar para acabar este año filosofía, continuar escribiendo mi novela, cambiar de piso.
“Próxima parada Barcelona, final de trayecto” anunciaron. Y se abrió la puerta y abrí mis ventanas visuales al mundo, a una Barcelona primaveral que había sido limpiada con mis lágrimas. Hacen falta las aguas tristes de invierno para que crezcan las flores en primavera. Y este invierno he llorado mucho.
 
Redecorar
Decidí luchar. Redecorar mi vida. Donde antes sólo había noche, oscuridad, un cuarto asfixiante y sucio, silencio, rencor, tristeza y desolación...me levanté de mi tumba aunque me extrañó que la luz del día se filtrara por las rendijas... Como puede ser? Los fantasmas, los zombies, los muertos vivimos de noche? Pero yo había decidido dejar de serlo, así que decidí enfrentar mis ojos a la luz de este ojo luminoso que le da a todo forma y color. Me dije “vete a errar por las calles” como recordaba algunas noches de invierno en que me perdía por las calles por no tener que enfrentarme al ojo negro de mi habitación que comunicaba con el abismo, con mi origen y mi destino y con lo que sentía, vacío, y quería que mi sentimiento se materializara, quería caer en el vacío, morir después de muerto. Y “erré” por las calles, o así lo nombraba yo porque no sabía otra manera de nombrarlo, porque había olvidado o no había conocido, lo que era pasear, con la calidez del sol en tu mejilla digno sucedáneo de las tibias lágrimas. Y vagué por las ramblas, y me perdí por el puerto y me olvidé entre la gente, entre rostros hermosos y llamé a la puerta de mi vieja memoria y me abrió una aroma dulce porque maquillada, peinada y vestida iba de tiempo y nostalgia y aunque en el fulgor húmedo de sus ojos ahogaba el dolor a un niño asustado y su ropa y los falsos colores, le daban un aire de sueño anhelado. Y anduve con pasos sobre aguas profundas, en la Barcelona de mis recuerdos. Salvé, reviví, recuperé del fondo del lago al pequeño monstruo llamado pasado. Decidí entrar al fondo del pozo para recuperar mi voz extraviada, mi voz desolada, perdida entre sombras de mis propios fantasmas, mi voz muda que sólo hablaba con ella misma, con su eco maldito, pegándole fuego para hacerlo cenizas. Sí, y la encontré y la utilicé y hablé y hablé con los que podía. Hasta con mis compañeros de piso quienes me provocaban tirria. Y decidí que no podía dejar deslizarla entre mis manos de agua y que volviera a perderse en un pozo ancestral. Decidí pulirla y cultivarla, y escucharla hablándome a mi mismo. Y así después de más de tres o cuatro años preparando mi novela pero sin atreverme a empezar a escribirla, al fin este día a la vuelta a mi tumba decidí empezar a narrarla, a narrar lo que sentía, a dejar hablar mi voz y a aprender a escucharla, porque ella sabe lo que dice y algo sé que me ha de contar. Entonces, me acerqué al ojo vacío que antes me miraba y me decía ven, y esta vez fui, y la abrí para que mi hasta ahora sepulcro se aireara. Abrí la ventana y de pronto al ponerme a dormir, cansado por los paseos –sí, me dije paseos y no mi errar o vagar-, y notando el airecillo que corría, sentí que ya no estaba en mi tumba durmiendo el sueño eterno, sino que estaba descansando en mi cama, para recobrar energías para al día siguiente volverme a levantar y salir y andar y enfrentarme al mundo, a la vida y a lo que ella me tuviera preparado. Y simplemente con este cambio de mirada, con este redecorar mi visión de las cosas todo dejo de ser tan fúnebre, espantoso y oscuro y se llenó de color esperanza.
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He hablado con mi morfoanalista lo de ir a los encuentros de las víctimas de abusos. También cree que me puede ir bien. Y ella también me ha propuesta una cosa que por un lado me produce curiosidad pero por el otro miedo. Dice que como que mi familia está llena de secretos –aparte de lo del abuso hay más- pues para descubrirlos me hará acudir a una cosa que se llama constelaciones familiares. Que es un grupo reducido de personas, donde tu escoges a una diferente para que haga de cada miembro de tu familia y de ti mismo. Y entonces ellos interpretan delante de ti y acaban saliendo muchas cosas a la luz. No sé, yo al principio no sabía si darle mucha credibilidad porque me decía ¡que coño sabrán los demás de mi familia!, pero parece un método intuitivo bastante interesante. Mi morfoanalista es psicoanálitica pero dice que a estas alturas, en pleno S.XXI que las teorías y métodos Freudianos que estaban enfocados al problemas principal de entonces que era la represión sexual, no tienen sentido hoy que el problema viene a ser el contrario. Más que la represión, el saber poner límites. Y por esto ahora están surgiendo, según ella, nuevos métodos que parecen ser muy efectivos y que dentro de poco, cogerán gran importancia.
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Y bueno mañana por la mañana marcho finalmente a la casa de reposo donde voy a estar una semana. No va a ser fácil. Allí van enfermos terminales y ha de ser duro. Y tengo miedo de no aguantar. De no abrirme. Porque allí todos hemos de contar nuestros problemas delante del grupo. Yo aun nunca he dicho a nadie cara a cara –excepto a mis padres- que soy gay por miedo al rechazo. Es un miedo muy arraigado. Y allí lo tendré de decir. Y no sé si podré. Y tendré que convivir con el grupo y quieras o no, el ambiente y la situación, hacen que hayas de intimar. Y yo con mis problemas de comunicación, y que cuando veo que no me puedo expresar me desespero y me deprimo, y esto que no acostumbro a estar expuesto a estas situaciones más de dos o tres horas. Y allí una semana entera...O lo supero como sea o no lo voy a soportar. No sé, no será fácil. Nada fácil. Pero sé que es lo que he de hacer. Lo que necesito. Me he pasado la vida huyendo. No enfrentándome a las cosas y a las personas. Huyendo de los demás y de mi mismo. Allí me tendré de enfrentar a mis problemas, a la fuerza. O hacer como siempre, y huir sin remedio. Intentaré enfrentarlo, luchar, sobrevivir. No sé si es una secta. No lo creo. Necesito huir de mi familia. Pero no creo que una secta sea una buena solución. Sea como sea, rober coge este camino porque quiere vivir, porque quiere luchar, porque quiere curarse, porque quiere ser feliz. No sé que me encontraré allí. Pero sé que cuando vuelva no seré del todo el mismo. Lo intuyo. O lo deseo. Así que hago lo que creo que debo hacer, andar, avanzar, adelante, siempre adelante. Lo que me encuentre ya no depende de mí. Al menos lo habré intentado.
Hasta pronto, espero...
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Réquiem por un desengaño
Empecé este blog el 18 de septiembre con un post llamado “Réquiem por un sueño”. Réquiem por el sueño de una nueva vida. De la vida que yo quería, que yo deseaba.
Una vez comprendí que las partículas secretas de mis sueños eran el miedo y el deseo. Sí, cuando más soñaba algo, más se alargaban las sombras del anhelo de lograrlo, del temor inevitable que conllevara conseguirlo. Y más sublime y inalcanzable me parecía el sueño.
El 1 de Octubre sentenciaba “Nunca pensé que estaría contento de no sentir miedo. Pero creedme es peor sentir indiferencia”. Y en efecto ni sentía miedo –de ciertas cosas, claro- ni sentía deseo. Sí, si en una ilusión bailan desenfrenadamente temor y voluntad, cuando esta expía es la desidia la que errando agoniza lentamente en el baile de la tristeza. Me dominó, me poseyó, me hizo suya paralizándome poquito a poco. Primero fue la sensación de soledad y de abandono, el cerrarme más en mi mismo. El desánimo, el salir poco de casa, el dormir mucho y cada vez horarios más intempestivos. El dejar de ir a clase, dejar de ver la luz del día, dejar de escribir, de leer, de salir a la calle, de tomarme las pastillas cuando debía. Las lágrimas, el consumirme, los deseos suicidas frustrados. Y por último la desesperación, el odio desmedido, el querer tirar la toalla, rendirme, creer que no podría, no ver salida.
Y es que si al comenzar el blog sentí como mueren los sueños, hoy sé que también mueren los desengaños. Que todo muere en esta vida dando a luz un nuevo renacer.
Ni yo muy bien entiendo cuando ha sido el cambio. Sólo sé que ayer domingo, tras meses sin mirar ninguna peli, por la tarde ví una junto a mis padres. No era buena. Era una especie de cuento de la Cenicienta, sólo que la cenicienta llegaba a princesa por méritos propios. Era una chica que dejaba su hogar y se iba a Barcelona para cumplir su ilusión. En las calles y en las plazas en que la protagonista sonreía y luchaba, compartía y amaba, eran las calles en que yo arrastraba mi miseria y mi desolación. Ya lo sé, era una peli, pero luego cogí el bus para volver a Barcelona, y llovía y el día poco a poco declinaba, pero aún había luz. Una luz que la primavera le robó a las tinieblas, una luz que para mí tras casi medio año sin verla, ni rozarla me llevó a comprender que la vida, aunque duela, yo podía disfrutarla. Y de pronto quise ver como si el llover me limpiara y me sacara todo el barro y la mierda que me tapaba y me ahogaba, y entonces pude ver que podía pasear por las calles y las plazas y los parques y las playas. Y el agua esclareció la oscura condena que tan solo una hora atrás me decía preocupado “La vida es algo infrahumano, insoportable. No me puedo imaginar nada más espantoso que vivir segundo a segundo, hora a hora, año a año sin tregua un solo instante. No poderme aliviar del peso de respirar ni tan solo un solo día, un solo año o un solo instante. No hay nada que hacer, desde que el mundo te recibe hasta que la tierra te cubre ni un solo descansar de la atormentada autoconciencia y del sentirse. Duermas o estés despierto, no te libras de sufrir por Ser y por vivir”. En cambio ahora con la llegada de la primavera mil sensaciones han brotado de lo más profundo de mis entrañas y se entremezclan entre ellas y me empalagan de emoción. Recuerdos de infancia, de tardes hablando por teléfono al aire libre viendo anochecer, libros con los que he dejado volar la imaginación, viajes, primeras experiencias, la animación de mi pueblo con la llegada de hermosos turistas que invaden el lugar de alegría y tostoterona. Y todo me parece mágico. Simplemente pasear reviviendo todas estas sensaciones. Y ahora sé que cuando haga lo que debo hacer me sentiré mejor. Y debo pasear por la montaña, debo cambiar de piso, debo ir a la casa de reposo, debo estar despierto de día, debo mirar películas, debo ir a clase, debo escribir mi novela. Y debo hacerlo porque me gusta. Y debo sentirme afortunado por poder hacer lo que me gusta. Y debo hacerlo porque lo necesito. Porque debo ser feliz porque quiero ser feliz. Sólo hace falta que venza la comodidad y deje de dejarme llevar por la desidia. Y entonces, todo será mágico. La vida será mágica.
Sé que últimamente he recibido por todos lados y estoy vulnerable. Y sé que no es todo tan fácil. Que mi principal problema es la incomunicación, que siento que no me puedo comunicar con los demás y no puedo ignorar esta realidad que me mata por dentro. Ayer un amigo me dijo que la realidad nos la construimos nosotros mismos. Ojalá tenga razón. Ojalá pueda domar mi realidad. Ojalá sea capaz de hacer magia con la vida. “Aquí está la vida. Un martillazo me la rompe en mil pedazos. Soplo con todas mis fuerzas, hasta que me ahogue si hace falta, y allí está la vida, reconstruida gracias a mi esfuerzo y a mi fe”.
La lluvia me limpió por dentro y por fuera de todo el barro que me invadía. Sólo en mi pupila quedaba un pequeño fragmento de suciedad. Ya había travesado el paseo de San Joan y estaba en mi portal. Entonces oí tímidamente el cantar de los pájaros. Es primavera me dije y una lágrima de alegría cayó llevándose con ella el trocito de barro que aun colgaba de mi ojo.
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